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[P/L@797] El ultimo aliento de Victor Jara   Lista de mensajes  
Responder | Reenviar Mensaje #839 de 1054 |
"Es difícil encontrar
en la sombra claridad,
cuando el sol que nos alumbra
decolora la verdad."

Víctor Jara
¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬

[P/L@] Septiembre, mes de la Memoria Popular Chilena

1973, 16 de septiembre
A 31 años del asesinato de Víctor Jara
Paraleer te recomienda:
[P/L@218] Homenaje a Víctor Jara
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer/message/226


El alma llena de banderas

Ahi debajo de la tierra,
no estas dormido,
hermano, compañero.
Tu corazon oye
brotar la primavera
que como tu soplando
iran los vientos.

Ahi enterrado cara al sol,
la nueva tierra cubre tu semilla,
la raiz profunda se hundira
y nacera la flor del nuevo dia.

A tus pies heridos llegaran,
las manos del humilde,
llegaran sembrando.
Tu muerte muchas vidas traera,
y hacia donde tu ibas,
marcharan cantando.

Alli donde se oculta
el criminal tu nombre
brinda al rico muchos nombres.
El que quemo tus alas al volar
no apagara el fuego de los pobres.

Alli hermano,
aqui sobre la tierra,
el alma se nos llena
de banderas que avanzan.
Contra el miedo avanzan.
Venceremos.

Víctor Jara

***

Testimonio de Boris Navia, militante comunista que salvó la última canción
de Víctor
El último aliento de Víctor Jara
por Mario Amorós

El abogado chileno Boris Navia aún conserva las tapas de aquella libreta
donde Víctor Jara escribió su última canción, "Estadio Chile", horas antes
de ser asesinado por los militares la tarde del 15 de septiembre de 1973.
Treinta y un años después evoca la agonía del principal autor de la Nueva
Canción Chilena y cómo, a pesar de las torturas y los interrogatorios, pudo
salvar sus hermosos versos.

El 11 de septiembre de 1973, Boris Navia contempló el bombardeo de La
Moneda desde la Universidad Técnica del Estado, donde era profesor de
Derecho, en compañía de cerca de mil personas, entre ellas Víctor Jara. Por
la noche se refugiaron en la cafetería de la Escuela de Artes y Oficios,
donde éste interpretó por última vez algunas de sus canciones para levantar
los ánimos de los presentes. A las siete de la mañana les despertó el
estampido del cañón de 120 milímetros y los diversos equipos de artillería
con que las Fuerzas Armadas bombardeaban una casa de estudios de orgulloso
perfil izquierdista.

Los soldados recorrieron todo el recinto y en la avenida sur reunieron a
sus centenares de "prisioneros de guerra", a los que obligaron a permanecer
tumbados boca abajo durante cinco horas y sometieron a todo tipo de
palizas. A las tres de la tarde fueron conducidos a las pistas de fútbol
sala y dos horas después les ordenaron que se dirigieran corriendo en fila
india y con las manos en la nuca al Estadio Chile, situado a tan sólo seis
manzanas. En la entrada del mayor polideportivo cubierto del país un
oficial reconoció a Víctor Jara, le apartó con todo tipo de insultos y le
propinó una lluvia de golpes cargados de histeria y brutalidad: "Yo te
enseñaré, hijo de puta, a cantar canciones chilenas, no comunistas".

Boris Navia, militante comunista, jamás podrá olvidar aquellos instantes:
"En un momento el oficial desenfundó su pistola; nosotros, apuntados por
fusiles, estábamos horrorizados porque pensábamos que le iba a descerrajar
un tiro y, pese a la orden de avanzar, nos quedamos transidos frente al
horror de la tortura de nuestro querido cantor. Víctor no se quejaba, ni
pidió clemencia, tan sólo miró con su rostro campesino al torturador
fascista, que le golpeó con el cañón del arma y su pelo se empapó de su
sangre, al igual que su frente, sus ojos... La expresión de su rostro
ensangrentado quedó grabada para siempre en nuestras retinas".

Dentro del Estadio Chile los militares confinaron a Víctor a un pasillo,
mientras que sus compañeros de la UTE se hacinaban en los graderíos junto
con otros miles de detenidos, en su mayor parte obreros, en una atmósfera
donde primaba el terror impuesto por unos militares que se sentían en
guerra contra "el marxismo". Acompañado tan sólo por Danilo Bartulín, uno
de los médicos del Presidente Salvador Allende detenido en La Moneda la
tarde del 11 de septiembre, el autor de "Te recuerdo Amanda" volvió a
padecer atroces torturas hasta las tres de la madrugada.

Hasta aquel día el Estadio Chile ocupaba un lugar relevante en su vida ya
que en 1969 ganó allí el Primer Festival de la Nueva Canción Chilena con
una de sus creaciones más hermosas, "Plegaria a un labrador", una
exhortación a quienes derraman su sudor sobre la tierra y extraen de ella
sus frutos a unirse a sus compañeros para forjar juntos la nueva sociedad:

Levántate y mírate las manos
para crecer estréchala a tu hermano,
juntos iremos unidos en la sangre
hoy es el tiempo que puede ser mañana...

Aquella noche, en el abarrotado recinto deportivo rebautizado en septiembre
pasado como Estadio Víctor Jara, también actuaron Isabel y Angel Parra,
Rolando Alarcón, Patricio Manns o Inti Illimani y aunque el ganador fue él,
acompañado en el escenario por Quilapayún, aquel Festival alumbró un
inolvidable movimiento cultural que acompañó a su pueblo en aquellos tres
años de construcción del socialismo.
Porque, como decía Víctor Jara: "La canción auténtica, la revolucionaria,
tiene que cambiar al hombre para que éste cambie la sociedad".


Brota la poesía

La tarde del 13 de septiembre se produjo un cierto revuelo en el Estadio
Chile, recuerda Boris Navia, ya que se rumoreaba que en la cercana
población La Legua partidarios del derrocado gobierno de Allende se habían
enfrentado con las Fuerzas Armadas. "Todos los soldados se dirigieron a la
entrada y se olvidaron de Víctor, por lo que lo arrastramos a la grada e
intentamos disfrazarle un poco: le dejaron un vestón, que se lo puso sobre
la camisa roja que llevaba, y con un cortauñas le recortamos su
característica melena ensortijada. Y cuando nos ordenaron que hiciéramos
listas de veinte personas para el inminente traslado al Estadio Nacional,
pusimos su nombre completo: Víctor Lidio Jara Martínez".

Después de comer un huevo crudo, este cantautor empezó a recobrar su
contagiosa alegría y, apunta Navia, "mostró la misma sonrisa con la que
cantó al amor y a la revolución". Aquella noche durmió junto a sus
compañeros de la Universidad Técnica del Estado en los incómodos graderíos
del Estadio Chile. El viernes 14 los militares repartieron café entre los
prisioneros y les comunicaron que iban a trasladarles al Estadio Nacional,
pero finalmente un tiroteo les devolvió a los asientos cuando ya se
disponían a salir. Entonces Víctor habló a sus compañeros del amor que
sentía por su esposa, Joan, y sus hijas, Amanda y Manuela, pero no se
refirió al futuro, por lo que intuyeron que presentía su trágica suerte.
Al día siguiente supieron que dos o tres personas iban a ser dejadas en
libertad y se aprestaron a escribir mensajes para que los entregaran a sus
familiares.

"Víctor estaba sentado entre otro compañero de la UTE y yo y me pidió un
papel -señala Boris Navia-. Le di dos hojas de una libreta cuyas tapas aún
conservo y escribió hasta que de repente dos soldados llegaron y le
condujeron a una caseta de transmisión, aunque antes logró entregarme los
dos papeles sin que se dieran cuenta. Unos oficiales de la armada le
insultaron y golpearon con furia".
A las seis de la tarde su grupo fue conducido al anfiteatro y desde allí
pudieron divisar, horrorizados, el cuerpo inerte de Víctor Jara entre una
cincuentena de cadáveres acribillados; minutos después fueron conducidos en
autobuses militares al otro extremo de la ciudad. "Entramos al Estadio
Nacional dejando un reguero de lágrimas por nuestro querido cantor",
asegura Boris Navia con profunda emoción.

Fue en aquel enorme recinto, convertido en el mayor campo de concentración
de la dictadura, cuando este abogado por fin abrió su libreta y descubrió
que las dos hojas de Víctor Jara no contenían unas palabras dirigidas a su
familia, sino su canción, su última e inconclusa canción, titulada "Estadio
Chile". "Al instante comprendimos su importancia e hice dos copias como
pude con dos cajetillas de cigarros". Días después el ex senador comunista
Ernesto Araneda le dijo que dos personas, un médico y un estudiante,
saldrían en libertad del Estadio Nacional, por lo que les entregó las
reproducciones y, además, se encargó de que un viejo zapatero también preso
ocultara las dos hojas manuscritas por Víctor Jara en la suela de su zapato
derecho.

Pero en los controles previos a la salida del recinto, los militares
descubrieron el texto que portaba el muchacho. "Yo había escrito una
pequeña introducción, por lo que me ubicaron y me condujeron al velódromo,
donde dos oficiales de la Fuerza Aérea abrieron mi zapato derecho y
descubrieron las hojas. Me interrogaron y me torturaron y pensé que
mientras más soportara la tortura, más posibilidades habría de que la
segunda copia saliera del Estadio. No lograron arrancarme ninguna palabra
sobre ella y así el poema de Víctor salió libre del Estadio Nacional,
venció al fascismo y ganó la libertad. El militar que le asesinó creyó que
mataría su voz, pero Víctor no murió, murió para vivir, vivirá para siempre
en el corazón de los pueblos".

Meses después el último poema de Víctor Jara se publicó por primera vez en
el libro Chile en la hoguera del periodista Camilo Taufic, exiliado en
Argentina, y finalmente llegó a su esposa y recorrió el mundo para
denunciar la ignominia de la dictadura de Augusto Pinochet.


Estadio Chile *

Somos cinco mil aquí,
en esta pequeña parte de la ciudad.
Somos cinco mil.
¿Cuántos somos en total
en las ciudades y en todo el país?
Somos aquí diez mil manos
que siembran y hacen andar las fábricas.
¡Cuánta humanidad
con hambre, frío, pánico, dolor,
presión moral, terror, locura!
Seis de los nuestros se perdieron
en el espacio de las estrellas.
Un muerto, uno golpeado como jamás creí
se podría golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores,
uno saltando al vacío,
otro golpeándose la cabeza contra el muro,
pero todos con la mirada fija en la muerte.
¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!
Llevan a cabo sus planes
con precisión artera sin importarles nada.
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es acto de heroísmo.
¿Es éste el mundo que creaste, Dios mío?
¿Para esto tus siete días de asombro y de trabajo?
En estas cuatro murallas sólo existe
un número que no progresa,
que lentamente querrá más la muerte.
Pero de pronto me golpea la conciencia
y veo esta marea sin latido
y veo el pulso de las máquinas
y los militares mostrando su rostro de matrona
lleno de dulzura.
¿Y México, Cuba y el mundo?
¡Que griten esta ignonimia!
Somos diez mil manos menos que no producen.
¿Cuántos somos en toda la patria?
La sangre del compañero Presidente
golpea más fuerte que bombas y metrallas.
Así golpeará nuestro puño nuevamente.
Canto, qué mal me sales
cuando tengo que cantar espanto.
Espanto como el que vivo,
como el que muero, espanto
de verme entre tantos y tantos
momentos de infinito
en que el silencio y el grito
son las metas de este canto.
Lo que nunca vi,
lo que he sentido y lo que siento
hará brotar el momento...

* Nota de P/L@: Canción también conocida como "Somos cinco mil".

Aparecido en Rebelión, La Fogata, La Clave, Ave Critica, etc.
Gracias a Ricardo Alvarado director de Ave Critica por esta colaboración.

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