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[P/Lx@805] Homenaje a Mario Levrero   Lista de mensajes  
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El 31 de octubre somos todos uruguayos
Paraleer vota por el EP-Frente Amplio.
Construyamos poder popular en America Latina
...
Para Leer por E@Mail [P/Lx@]
Multiplicar es la tarea.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx


[P/Lx@] Homenaje a Mario Levrero
Recordamos a un gran escritor uruguayo, recientemente
fallecido, del cual compartimos un texto breve y una
enigmática autoentrevista.

En Montevideo dicen, por bromear, que hay dos clases de
lectores uruguayos: los que se iniciaron leyendo a Mario
Benedetti y los que optaron por la literatura fantástica de
Mario Levrero, quien murió el pasado 30 de agosto a los 64
años.

Levrero era un autor de culto, verdadero "gurú literario"
para los más jóvenes. Se lo encasilló en la ciencia ficción
por su novela inicial, Ciudad (1970), publicada por Marcial
Souto en Minotauro. En 2000, Levrero ganó la Beca
Guggenheim y la editorial Plaza & Janés reeditó Ciudad en
España junto a su otra novela clave, El lugar (1984).

Los mexicanos descubren a Levrero cuando Bernard Goorden
publica los pequeños relatos de Caza de conejos (1986).
Pero si le gustaban Philip K. Dick, el cine de Buster
Keaton y las historietas de La pequeña Lulú, Levrero
aclaraba que amaba más a Kafka y la novela policial. "Mis
libros hablan de los movimientos del alma, no de
marcianos", decía.
En sus relatos, la primera persona del narrador juega con
la autobiografía, el horror paranoico, el erotismo, la
parapsicología y el humor. Levrero nació en Montevideo el
23 de enero de 1940 y vivía cerca del extraño Palacio
Salvo. Por épocas fue fotógrafo, librero, autor de
crucigramas y últimamente, editor vocacional. También
publicó, entre otras novelas, París (1979), Fauna (1987),
Dejen todo en mis manos (1994), El alma de Gardel (1996) y
El discurso vacío (1996).

Entre sus libros de cuentos están La máquina de pensar en
Gladys (1970) y Aguas salobres (1983). Con el dibujante
Lizán hizo las historietas Santo Varón y Los profesionales.
En los 80, a pedido de Osvaldo Soriano, escribió dos
folletines para un diario porteño: Nick Carter y La banda
del ciempiés. Los montevideanos lo recordarán también por
su concurrido taller literario y sus seudónimos: Lavalleja
Bartleby, Alvar Tot, Sofanor Rigby, Jorge Varlotta y Tía
Encarnación.

***

Un texto de Mario Levrero*

Mario Levrero tuvo el don de la palabra. De otorgarle
sentido, dinámica, espesor e impacto a las palabras, esas
terroristas desde el lugar de la creación. Fue un escritor
de una creatividad impar y, por su modo narrativo, se
transformó en objeto de culto para varias generaciones de
hacedores culturales y de lectores. El presente texto,
"Satori", es la comprobación de las dotes de un narrador
puntilloso, fuera de lo común y por siempre fascinante.
Levrero era sinónimo de un apalabrar mayor y siempre
vigente.
Mario Levrero, un escritor culto y narrador excepcional.


Satori

El espanto en el silencio de la madrugada. Tangenciales, se
mueven cerca, imposible mirarlas de frente, dan vueltas,
evolucionan, desaparecen, nunca estuvieron. Difícil poder
diferenciarlas de intuiciones o emociones o impulsos
propios, aunque hace tiempo que no puedo conformarme con
esto de propio o ajeno cuando se trata de fenómenos
psíquicos; todo es una zona confusa, y mi mente está
confusa, y estoy tratando de aclarar mi mente, pero mi
mente no es mi mente, nunca fue mi mente, nunca nada fue
mío y "mi" y "mío" sólo son palabras provisorias, como
"yo". Sudo, tengo los brazos rígidos. Hace tiempo, mucho
tiempo que no escribo, que no quiero escribir porque sé que
lo que quiero decir no se puede decir, y quizás no sé si
quiero decirlo o decir algo; lo que quiero, concretamente,
es poder ponerle un punto al pensamiento, hacer una pausa,
respirar, mirar a mi alrededor, levantando la vista desde
la punta de mis zapatos, levantar la vista y mirar
alrededor, mirar hacia arriba, respirar, volver a mirar, y
retomar un pensamiento acotado, útil, distinto, un
pensamiento que pueda servirme para algo, en lugar de este
telón enfermo que sólo quiere velar un trasfondo enfermo
CORTE: aquí aparece el nítido recuerdo de aquella noche
extranjera cuando elegí esto. Ella estaba dormida, enferma
y dormida, yo como siempre solo a solas con mis
pensamientos, sin prestar atención casi a esos pensamientos
que llamo míos pero que, hoy lo sé, no puede saberse
exactamente de quién son, de quiénes son, si es que son de
alguien; los pensamientos parecen formularse solos, tener
vida propia, como vegetales o medusas que flotan en un
internet invisible en torno de nuestras cabezas. Un
internet casi imposible de navegar, al menos para mí. Ese
internet invisible me sugiere o me lleva de esto a lo otro
pero algún pensamiento debe tener su origen en mi ser, creo
yo, y otra vez este "mi" impertinente. ¿Qué es mi ser, sino
un fragmento del Ser? Costumbre de pensar desde el yo, esa
formación convencional y reciente, y olvidarse de lo
inmenso que es el resto, y desperdiciarlo, como quien
comiera un trozo de la cáscara y arrojara el resto de la
ciruela a la basura.En aquella noche extranjera me surgió
una imagen que después utilicé en un libro de cuentos; dos
muchachas muy jóvenes masticando un solo chicle, unidas por
un hilo de chicle, y van acercando las caras, mascan el
chicle, sonrientes, como pretexto para acercar las caras, y
los labios se tocan y se detienen en un beso, y luego se
alejan, y al alejarse, en aquella noche extranjera, al
separarse los labios y alejarse las cabezas, se descorrió
el telón de mi mente, con los pensamientos dibujados eso se
llama satori, supe después, mucho después, como impresos,
detenidos: los pensamientos se detuvieron y quedaron
dibujados, eran dibujos aceptables, como caligráficos, eran
como palabras escritas con fiorituras, quietas por fin, y
el telón con las palabras impresas comenzó a abrirse y a
mostrar el fondo, un fondo vacío, una nada perfecta, una
sensación de descanso total, y entonces algo me impulsó, me
obligó a elegir.Tenía la mente clara, demasiado clara. El
universo parecía suspendido, esperando mi decisión. "¿Qué
debo hacer? ¿Qué debo hacer?", pensaba, pero no pensaba;
era algo que estaba dado, no un pensamiento; era una
voluntad o un sentimiento, algo que estaba fuera del telón
con pensamientos. No podía pensar, hasta que elegí pensar.
Elegí esto. Empecé a pensar de vuelta, y hasta ahora seguí
pensando, o dejándome pensar por ESO que piensa a mi
alrededor y me atraviesa. Elegí esto porque creí que lo
otro, aquel vacío que me permitía descansar, era la locura.
Tal vez lo fuese. Tal vez haya elegido bien, pero después
pensé que había elegido mal. Era, quizás, la locura, pero
esto ¿qué es? Estos años... más de veinte, veinticinco,
veintiséis años cargando con todo esto. Elegí por temor, lo
conocido; porque, pensé, no tengo derecho a cargar con un
loco a esta mujer enferma que ahora duerme a mi lado
-pensé, en la noche extranjera. Habría sido feliz, tal vez,
pero qué vida más extraña. O quizás no. Quizás ni siquiera
elegí, aunque estoy seguro de que algo me obligó a elegir.
Después volví muchas veces a buscar aquel vacío, pero no
encontré la forma de llegar. El telón siguió corrido
siempre, sin nada escrito, quieto, sin nada impreso; las
palabras siguieron pasando invisibles, con el nombre de
pensamientos. Palabras que forman dibujos, un trazado
errático, con idas y vueltas, infinito, inútil. La mente.
El espanto en el silencio de la madrugada.

*Publicado originalmente en Revista Posdata Montevideo,
1997.
*Aparecido en Diario La República 31 de agosto de 2004

***

Un texto-entrevista:

"En el proceso de creación de mis textos, no existe
una planificación consciente o voluntaria, sino que escribo
tratando de prestar atención a lo que surge; la voluntad la
aplico en la etapa de corrección."

Entrevista imaginaria con Mario Levrero
por Mario Levrero

¿Qué es para vos la literatura?
-Es el arte que se expresa por medio de la palabra escrita.
¿Y qué es entonces el arte?
-Es, a mi criterio, el intento de comunicar una experiencia
espiritual.
Deberías explicar, entonces, a qué llamás
"experiencia espiritual".
-A cualquier experiencia, en la medida que pueda advertir
en ella la presencia del espíritu o, si lo preferís, de mi
espíritu. Y antes de que vuelvas a intercalar una de tus
preguntas, me apresuro a ampliar el concepto: el espíritu
es algo viviente inefable, algo que forma parte de las
dimensiones de la realidad que caen habitualmente fuera de
la percepción de los sentidos y aun de los estados
habituales de consciencia.
De modo que la literatura es una de las formas posibles de
comunicar a otros seres una experiencia personal que cae
fuera de las formas habituales de percepción.
-Yo diría que has captado exactamente lo que quise decir;
casi con las mismas palabras.
Pero esta definición tuya, ¿no dejaría afuera de la
literatura muchas obras que son consideradas como
literatura?
-Posiblemente.
De modo que estarías negando la calidad literaria de obras
tales como...
-De ninguna manera. Me preguntaste qué era para mí la
literatura; no pensé en ningún momento en la literatura
ajena. De todos modos, también hablé de cualquier
experiencia. Creo que en las experiencias más triviales y
cotidianas hay material artístico; la condición es que en
ellas esté presente el espíritu del artista. Por ejemplo,
yo puedo estar parado en una esquina mirando el semáforo, a
la espera de que cambie la luz para cruzar la calle. De
hecho, estoy en esa situación varias veces al día. Y allí
puede haber una experiencia espiritual; depende de qué pasa
conmigo mientras estoy parado en esa esquina. O podría
decírtelo de una manera completamente inversa, tal como
recuerdo haberlo leído hace muchos años en Charles
Baudouin, es un libro que me da la impresión de haber sido
injustamente desestimado, Psicoanálisis del arte: lo que se
percibe en una obra de arte es el alma del artista, toda
ella en su conjunto, por un fenómeno de comunicación
alma-alma entre el autor de la obra y quien la recibe. La
obra de arte sería un mecanismo hipnótico, que libera
momentáneamente el alma de quien la percibe y le permite
captar el alma del autor. No importa cuál sea el asunto de
la obra.
De modo que lo esencial del arte sería la comunicación...
-Sí
Pero hay otras formas de comunicación, además del arte.
-Desde luego. El arte atiende a ciertos niveles de
comunicación, a los más profundos. Sin embargo, esos
niveles también pueden darse de otra forma; por ejemplo, en
una conversación, en la medida en que haya
"hipnosis", es decir, cierto encantamiento (que
no es el caso de esta conversación nuestra).
Ese sería el arte de la conversación.
-No se me había ocurrido. Supongo que sí.
¿Te molesta esta entrevista?
-No más que otras. Pero me estoy aburriendo un poco.
¿Qué te preguntarías si tuvieras que entrevistarte a vos
mismo?
-Bueno... hay tres clases de entrevistadores: los del tipo
periodístico, los del tipo académico, y los de un tipo que
mezcla los dos anteriores. Los primeros buscan la vuelta de
lo novedoso, lo llamativo, algún detalle que, creen ellos,
pudiera atraer la atención del lector común. Estos son los
que más insisten en el tema de "los raros" en
literatura: por qué alguna vez la crítica me consideró un
escritor "raro", etcétera. Sería mucho más
interesante para ellos si, en vez de escribir, yo hubiera
por ejemplo cometido algún asesinato. Los del segundo tipo
tienen interés en que yo me sitúe exactamente en una
especie de diagrama histórico-sociológico, como si ése
fuera un trabajo mío y no de ellos. Pero una vez,
curiosamente, fui reporteado por un señor que había leído
mis libros, y se interesó mucho por mi vida personal y por
mis mecanismos creativos, y por la relación entre ambas
cosas. Lamentablemente no vi todavía la revista donde salió
publicado, de modo que ignoro cómo es el producto final;
pero me pareció que la intención era buena y, por lo menos,
original. Si yo tuviera que hacer una entrevista, creo que
intentaría ajustarme a la fórmula de este señor quien, por
otra parte, no entra en ninguna de las tres categorías que
mencionaba antes.
Podríamos probar con eso de los mecanismos de la creación.
-Puede ser, aunque es una expresión bastante desafortunada.
Tal vez debí decir "la alquimia" de la
creación.
De acuerdo. ¿Cómo sería, pues, en tu caso, este proceso
alquímico?
-Bueno, por definición son procedimientos secretos,
ocultos. En realidad yo no trato de ocultar nada, pero no
tengo un acceso directo a ellos. Es como la digestión; yo
"hago" la digestión de los alimentos, pero no
sé cómo.
Supongo que, en primer lugar, elegís un tema...
-No. El tema, o más bien el asunto, suele elegirme a mí. En
determinado momento, sin que esté pensando necesariamente
en términos de literatura, percibo que hay algo que me está
molestando: una imagen, una serie de palabras, o
simplemente un clima, una atmósfera, un ambiente. El
ejemplo más claro sería el de la imagen o el clima de un
sueño, al despertar por la mañana; a veces uno se queda un
buen rato como enredado en ese fragmento de ensueño, y a
veces eso se disipa después de un rato, y a veces no. Puede
volver, espontáneamente, o evocado por algo, en otros
momentos del día. Cuando esto se mantiene durante varios
días, es para mí una señal de que allí hay algo que es
imprescindible atender, y el modo de atenderlo es
recrearlo. Por ejemplo, tengo un relato, El crucificado,
que nació de una perturbación de este tipo, aunque no
provenía de un ensueño. Noté que desde hacía unos días
tenía un crucificado en la mente; alguien que estaba
permanentemente con los brazos abiertos. En realidad no
descubrí que se trataba de un crucificado hasta que me
detuve a examinar esa imagen perturbadora, porque era
alguien que estaba vestido, se notaba claramente que tenía
puesto un saco viejo. Examinándolo, descubrí que debajo del
saco, estaba clavado a restos de una cruz de madera, y en
seguida me puse a trabajar en ese relato. Otro relato, Las
sombrillas, surgió de una frase escuchada en un sueño:
"Nohaymar". En el sueño, una niña saltaba sobre
una cama y decía algo así como "nohaymar", o
más bien yo escuchaba "noaimar". Mientras me
duchaba me vino esa imagen y esa frase, y concluí que
quería decir "no hay mar", y al terminar de
ducharme ya tenía un relato bastante estructurado. También
la novela Desplazamientos surgió de la breve escena de un
sueño: una mujer en ropas menores que lavaba platos en una
cocina. Me llevó como dos años sacar a la luz todo el
mundito que encerraba esta imagen. Y por si te interesan
los fenómenos parapsicológicos, te cuento una anécdota
acerca de "no hay mar": días después de escrito
el cuento, me encuentro con un amigo que me cuenta que más
o menos simultáneamente él a su vez había estado
escribiendo un cuento, y que se le había infiltrado un
personaje con una fuerza obsesiva. Este personaje se
llamaba "Mariano". Como te habrás dado cuenta,
"Mariano" es un perfecto anagrama de
"noaimar".
Cuando te referís a "examinar" una imagen, o lo
que sea, ¿qué querés decir exactamente?
-Prestarle atención, permitirle que viva su vida. Y tratar
de hacer consciencia de esa vida. Cuando, como ahora, no
tengo tiempo de escribir, trato entonces de recrear el
fragmento de sueño o lo que sea cerrando los ojos, evocando
esa imagen o clima y dejando la mente libre para que surjan
asociaciones. Allí ocurre un desdoblamiento, un estado
reflexivo, de modo que por un lado pueda asociar y por otro
prestar atención a esas asociaciones. Así es posible
liberarse de lo que podría seguir molestando u obsediendo.
¿De qué modo?
-Llegando a comprender el mensaje del llamado
"inconsciente", que por lo general se relaciona
con hechos importantes en la vida de uno que uno ha dejado
pasar sin ocuparse de ellos, sin tomar consciencia de su
verdadera importancia. Claro que ésta es una forma bastante
superficial de autoterapia; pero me es útil.
¿Te dirigís a alguien en particular, o pensás en un público
en general?
-He descubierto que todos mis textos tienen un destinatario
preciso, aunque no siempre sea consciente de ello. Siempre
hay alguien a quien deseo contarle algo; cuando estoy
escribiendo, estoy con la mente puesta en una persona
determinada.
¿Siempre la misma?
-No; casi nunca, o nunca, dos veces la misma.
¿Esto no condiciona en alguna medida tu lenguaje?
-Seguramente. Uno no se dirige del mismo modo a todo el
mundo. Y probablemente no sólo el lenguaje, sino también
las imágenes, todo.
Hablabas de cierta relación entre un texto y tu vida
personal. ¿Esto debe entenderse como formas autobiográficas
de narración?
-Eso depende de tu concepto de
"autobiográfico". Yo hablo de cosas vividas,
pero en general no vividas en ese plano de la realidad con
el que se construyen habitualmente las biografías.
¿No es una forma un poco retorcida de calificar a tu
literatura de "imaginaria"?
-La imaginación es un instrumento; un instrumento de
conocimiento, a pesar de Sartre. Yo utilizo la imaginación
para traducir a imágnees ciertos impulsos -llamalos
vivencias, sentimientos o experiencias espirituales. Para
mí esos impulsos forman parte de la realidad o, si lo
preferís, de mi "biografía". Las imágenes bien
podrían ser otras; la cuestión es dar a través de imágenes,
a su vez representadas por palabras, una idea de esa
experiencia íntima para la cual no existe un lenguaje
preciso.
Por ejemplo: ¿tus personajes son extraídos de la vida real?
-A veces los tomo prestados de eso que llamás "vida
real", más bien en fragmentos, como en un collage. En
general, mis personajes están compuestos de varias personas
que conocí. Pero en los textos no son quienes son; no son
más que imágenes, insisto. No pretendo que nadie los sienta
como de carne y hueso; más bien parecen de cartón.
Hay quienes sienten tus textos como versiones de una
realidad deformada, exagerada, cruel, absurda,
pesadillesca, asfixiante...
-Puedo aceptar todos esos calificativos menos uno:
"deformada". Ese suele ser un recurso de la
ciencia-ficción. Yo no hablaría de "deformación de la
realidad" en mis textos, sino más bien de
subjetivismo... Me hacés pensar en los zapatos que están en
una vidriera, y en los zapatos "deformados" por
el uso. ¿Le llamarías "deformados" a los
zapatos que usás? ¿Son más "reales" los de la
vidriera?
¿El trabajo es incompatible con la creación literaria?
-En mi experiencia, al menos hasta ahora, sí. No soy un
escritor de fines de semana. Escribir no es sentarse a
escribir; ésa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo
imprescindible, no ya para escribir sino para estar
realmente vivo, es el tiempo de ocio. Mediante el ocio es
posible armonizarse con el propio espíritu, o al menos
prestarle algo de la atención que merece. Yo no soy
escritor profesional, no me propongo llenar tantas
carillas, y no quiero ni puedo escribir sin la presencia
del espíritu, sin inspiración. Aquí tengo un texto de
Raymond Chandler, en realidad una carta de Chandler:
"Leo constantemente cómo los autores dicen que jamás
esperan que llegue la inspiración; lo que ellos hacen es
sentarse a sus escritorios todas las mañanas a las ocho,
con lluvia o sol, con los restos de una borrachera, un
brazo roto, o lo que sea, y vomitan su pequeña cuota. No
importa cuán en blanco estén sus mentes o cuán agarrotados
sus cerebros, nada de absurda inspiración con ellos. A
ellos entrego mi admiración y mi cuidado de evitar sus
libros". Mirá, yo soy muy haragán; me pongo a
escribir cuando me resulta imperioso, ineludible, del mismo
modo que me pongo a hacer cualquier otra cosa cuando me
resulta imperioso e ineludible. Vivo de stress en stress.
Mi ideal de vida es el reposo absoluto. Para que me ponga a
hacer algo hace falta un estímulo, y en el caso de la
literatura es necesario un estímulo a dos puntas: la
necesidad de sacar algo a la luz, y la necesidad de
comunicarlo a alguien.


Textos tomados de diarios La República (ROU), Clarín
(Arg.), y el sitio www.taller-literario.com/mario_levrero.htm
Gracias a Leo Maslíah por su inspiración.
Sitio web de este número:
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer/message/847
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