Paraleer por e@mail saluda la presencia en la Red
del segundo número de una nueva revista cordobesa
dedicada a las Ciencias Sociales:
TOPOS & TROPOS
www.toposytropos.com.ar
Un lúcido espacio para el debate preciso.
Editada por nuestro amigo paralector Lic. Arq. Miguel A. Haiquel
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[P/Lx@] Paraleer a Berger
ENTREVISTA EXCLUSIVA CON JOHN BERGER
"Hablo de los excluidos, los desechos del sistema"
Pintor, ensayista, crítico de arte y extraordinario novelista, John Berger
conversó con Ñ de la génesis de su creación. La fascinante relación entre
pintura y escritura. Y entre belleza, deseo y perfección. El compromiso de
los intelectuales ante las desigualdades. Además, un texto exclusivo del
escritor.
por Flavia Costa (especial para Revista de Cultura Ñ)
Hay que verlo. Se puede, claro, explicar con palabras, pero entonces hay
que hablar de unos ojos azul cobalto donde uno tiene la sensación de que
podría perderse, del abrazo amistoso con que se despide del fotógrafo, de
la música de Tom Waits sonando mientras prepara café, de las pausas sin
tiempo antes de cada frase, como si escribiera mentalmente antes de hablar
—y en verdad lo hace; por eso cuando al fin habla, la experiencia de la
conversación es la de una revelación compartida.
John Berger es inglés, tiene 78 años, ha sido pintor hasta los 30 -tiene
contextura de pintor, de esos cuerpos que, se nota, no han evitado los
esfuerzos-. Hace más de 30 años eligió vivir en los Alpes franceses. Es, y
él lo sabe, uno de los más importantes escritores de la actualidad. Un
crítico feroz de la globalización y su doble industria de ambiciosos y
desamparados, y a la vez un narrador que con los materiales de la realidad
social ha creado una literatura impecable, tan lejos del panfleto como del
esteticismo. Y cuando abre la puerta de su casa -casa de su mujer, en
verdad: la también escritora Nella Bielsky, en Antony, a pocos minutos de
París, donde viven cuando escapan por algunas semanas del frío y del
silencio-, sonríe con una calidez inusual, con ojos que han decidido hace
muchísimo tiempo apropiarse de todo lo que sucede alrededor. Esa mirada
suya es el saludo de bienvenida a su propio, omnívoro universo, donde
tenemos la infantil sensación de que permaneceremos para siempre.
La transparencia y la hospitalidad de su mirada, la charla por varias horas
-sólo interrumpida cuando el escritor salió para llevar y luego ir a buscar
a Nella en moto a su clase de gimnasia acuática-, el vino y las tostadas
con pasta de aceituna mientras cae la tarde, no son completamente extraños.
Se corresponden con la generosidad y la apertura a los otros que revelan
sus novelas, sus críticas de arte, sus obras de teatro, sus artículos
periodísticos. Esos gestos son, además, la encarnación vital de esa
"pequeña teoría sobre lo visible" que es el alma de su más reciente libro
de ensayos, El tamaño de una bolsa, recién editado en la Argentina.
Allí Berger sostiene que la pintura es, fundamentalmente, un acto de
colaboración entre el pintor y su modelo (sea éste una cosa, una persona,
un paisaje o una idea). Y que para que ese acto se produzca, hace falta que
el pintor sea, más que un autor, un receptor. No tanto un creador, no tanto
la fuente del sentido, como alguien que espera atento la llegada del otro.
"Es cierto -comenta al pasar, mientras acomoda un cenicero de bronce y unos
pasteles marca Rembrandt sobre la mesa de su estudio vidriado-: la noción
romántica de artista creador eclipsó el papel de la receptividad, de la
apertura en el artista. Creo, como creían los chinos, que lo que parece una
creación no es sino el arte de dar forma a lo que se ha recibido. Shitao,
el gran paisajista chino del siglo XVII, decía que pintar es el resultado
de la receptividad de la tinta: la tinta se abre al pincel, el pincel se
abre a la mano, la mano se abre al corazón."
- En ese texto sugiere también que hay una especie de voluntad de los
objetos, ideas o paisajes, de ser mirados. ¿Esto ocurre igual en la pintura
que en la escritura? Usted ya no pinta, pero sigue dibujando: ¿cuándo se da
cuenta de que algo, por así decir, pide ser escrito o dibujado?
- Hay una diferencia central entre dibujar y escribir. Uno empieza a
dibujar porque está frente al objeto y dice: "quiero dibujar, allí voy".
Algunas veces, mientras uno dibuja, aquello que está dibujando empieza a
presentarse ante uno de la manera en que él mismo quiere aparecer. Pero
esto no es algo que sucede desde el comienzo, se da durante el proceso. A
veces ocurre rápidamente, a veces toma más tiempo. Y a veces no sucede
nunca, y entonces son esos dibujos muertos, quizá muy elegantes pero sin
vida, que uno suele ver en los museos.
- ¿Y cómo ocurre al escribir?
- Tomemos la novela King. Un día vi de pronto que había un espacio, un
silencio, que necesitaba ser llenado. Ese silencio tenía que ver con la
vida de los desposeídos. Y supe que ese silencio no me permitiría quedarme
quieto, que tenía que hacer algo al respecto. Entonces viajé mucho, fui a
diferentes ciudades, suburbios, barrios bajos, hablé con mucha gente de la
calle. No como un sociólogo, sino como un observador, durante casi un año.
Ahí estuve escuchando, observando, tomando notas. No era una investigación,
sino que quizá se trataba de hacer espacio dentro de mi mente, o de mi
alma, para que las cosas pudieran entrar en ella. No quería caer en la
compasión barata. De pronto un día tuve la visión de estos dos personajes:
Vico y Vica, que empezaron a demandar reconocimiento. Y el tema entonces
fue encontrar la voz que esa historia necesitaba. La voz que funciona en
una novela es la que interfiere en la historia lo menos posible. Pues
busqué esa voz durante meses. Mientras, escribía. Pero era todo muy malo:
usaba a estas personas como instrumentos para mi argumento político. Hasta
que un día, de la forma más trivial, estando en París, vi a estas personas
durmiendo en la calle, tirados junto con sus perros y me dije: ¡por
supuesto! Esta historia debe ser contada por un perro. La voz debe ser la
voz de un perro. Ahí realmente empecé a escribir.
- ¿Le pasó alguna vez decirse: "tengo que hacer algo con este tema; no sé
si pintar o escribir"?
- Bueno, hay escritores que siguen un programa muy severo de varias horas
de trabajo por día. Yo trato de hacer eso, pero no lo logro. Siempre
suceden cosas de todos los días que no puedo ignorar. Puede ser simplemente
ir a comprar papas, o cuidar a un amigo. Las demandas ordinarias de la vida
cotidiana. Yo tengo que hacer eso primero. Recién después puedo sentarme a
escribir. Cuando escribí todo lo que puedo por ese día, pueden ser cuatro o
cinco horas, me detengo. Y sólo ahí, algunos días, puedo comenzar a
dibujar. Para mí, dibujar es algo que hago después de escribir. Por eso no
me pregunto: ¿debo escribir o dibujar? Porque no tienen la misma prioridad.
- En el artículo "Un hombre desgreñado", dice que la compasión, el olvido
de sí, no tiene que ver con el orden natural de las cosas, porque desafía
la necesidad. Quizá para usted escribir es más "natural" que dibujar.
- Sí, algunas veces pienso que en un mundo más justo, sólo dibujaría, o
pintaría. Hoy eso es imposible para mí, aunque puede cambiar. Pero quizás
la clave es ésta: hasta los 30 años yo era pintor. En ese momento decidí
dejar de pintar. ¿Por qué? No porque no me gustara pintar, ni porque
pensara que no tenía talento. Pero estábamos a fines de los 50, y lo que
estaba pasando en el mundo era tan urgente -la Guerra Fría, la amenaza de
una tercera guerra mundial- que sentí que debía hacer algo más directo para
intervenir. Así empecé a escribir para los diarios. Con el correr del
tiempo, escribir se transformó en algo más para mí, no sólo una urgencia
política, pero no volví a pintar. Y mantuve el dibujo pero como actividad
muy secundaria. Quizás en los últimos años dibujé más que antes, pero eso
fue porque mi hijo, que ahora tiene 30 años, es un gran pintor. Entonces
dibujo porque es una forma de estar en su compañía.
- Políticamente hablando, las cosas no han mejorado mucho.
- ¿Hoy? Claro que no. Es un momento tan urgente como entonces, sobre todo
después de las últimas elecciones en los Estados Unidos. Yo intuía que Bush
iba a ganar. Entonces traté de escribir algo. No sobre las elecciones, sino
sobre los efectos reales de cierta política en los seres humanos. Sobre los
horrores de esta época, la fragmentación, la falta de futuro. Sobre esos
seres que están presentes pero ausentes, porque nadie repara en ellos y son
tratados como desechos del sistema. Y hoy, cuando miro para atrás, observo
que siempre me sentí atraído por personajes, no necesariamente marginales,
pero que están excluidos de los ámbitos que frecuentan los poderosos, tanto
políticos como académicos. Y ojo: no lo hago por caridad, lo hago por mí.
Disfruto con ellos.
La belleza imperfecta
Lo dicho: en este momento Berger pide permiso, se pone el casco de la moto,
y lleva a Nella a la pileta. Tarda unos minutos, y al regresar, se interesa
en cómo ha sido la versión teatral de su novela King que se estrenó este
año en el Centro Cultural de la Cooperación. "¿Cómo resolvieron el
personaje del perro? ¿Hay mucha escenografía?", interroga. Luego salta a la
poesía. Nombra a sus favoritos: Neruda, Vallejo, Gelman, Roberto Juarroz. Y
quiere saber si existe una buena traducción al inglés de Juanele Ortiz.
- Comentaba que tiene listo un nuevo libro, ¿de qué trata?
- Se llama Here is where we live y todavía no se publicó, a pesar de que lo
terminé hace dieciocho meses. Pero el editor es lento. Es un libro sobre
encuentros en diferentes lugares: Lisboa, Madrid, Cracovia, Londres, la
frontera ucraniana... En cada lugar me encuentro con alguien que fue
importante para mí y que ya ha muerto. En Lisboa, por ejemplo, me encuentro
con mi madre, aunque ella nunca estuvo en Lisboa. Esos personajes no son
fantasmas: están ahí y conversamos. O más bien, ellos me hablan a mí y yo
les contesto. ¿Conoce mi libro Páginas de la herida? Ahí hay un texto
llamado "Doce tesis sobre la economía de los muertos". Este libro es quizá
una ficción inspirada en esas tesis. No lo había pensado así antes, pero de
pronto ahora veo que es así.
- En esas tesis habla de nuestra relación con los muertos, así como en - El
tamaño...- dice que los pintores nos ayudan a reconocer la ausencia del
objeto pintado. ¿Por qué cree que es tan central la relación con las ausencias?
- Creo que la ausencia contribuye enormemente a la creación de un sentido.
De hecho, es muy difícil hacer que la vida tenga un sentido para nosotros
si no percibimos las ausencias, si no les damos un lugar en nuestras vidas.
Hasta la deshumanización producida por el capitalismo, los vivos estaban
atentos a la experiencia de los muertos, pues ése era su futuro. Dependían
de ellos para colmar el sentido de vivir. Sólo una forma cruel de egotismo
moderno logró romper ese equilibrio, con efectos terribles para los vivos,
que ahora pensamos en los muertos como los eliminados. Pero si eliminamos
la ausencia, no hay más devenir. Y sin devenir, no hay deseo.
- En todos sus escritos, el cuerpo, la sensualidad, ocupan un lugar
importante. No se trata sólo del sentido de la vista, que está en varios de
sus títulos, sino algo más físico, corporal.
- La experiencia de escribir es corporal en el sentido básico de que casi
siempre escribo lentamente, entre otras cosas porque corrijo mucho, soy muy
minucioso. Puedo llegar a tener seis, siete, ocho versiones de un mismo
texto. Es posible que eso se relacione con la pintura, ya que también la
pintura es un proceso de corrección, un proceso de descomposición de las
cosas, de invocar la presencia. Una palabra que me parece muy precisa en mi
caso es "tacto". En primer lugar, porque si no existiera ese tacto, la
escritura interferiría con aquello sobre lo cual se escribe. El tacto no es
una cuestión de amabilidad ni de buenos modales, sino una cuestión de no
perturbar la experiencia que se intenta alcanzar. Luego hay otro aspecto
del tocar que se relaciona con el lenguaje. La elección de una palabra es
como encontrar el lugar preciso del cuerpo que se quiere tocar con la
lengua materna. Para eso, hay que tener una idea de la totalidad del
cuerpo, aunque no se trata exactamente de una idea, sino de un sentido, de
una sensación. Voy a usar la palabra "penetrante". ¿Es penetrante, agudo o
punzante? Cada una de esas palabras es bien específica, y si al fin me
decido por alguna, es sólo después de haber casi tocado todas esas opciones
en mi propio cuerpo. El tacto del que hablo también se aplica a estas
decisiones.
- Usted critica la idea de la belleza regimentada que aparece en los medios
de comunicación, en las publicidades. Opone esos rostros que están
perorando, que provocan nuestra envidia y nuestro anhelo, a la belleza que
confirma que la vida es y ha sido siempre un don. Se pregunta, incluso,
¿cómo no caer en la trampa de la belleza? ¿Es posible no caer en la trampa
de la belleza?
- Le cuento una anécdota: hace un tiempo estaba en Florencia. Era en enero
y hacía muchísimo frío. En un momento, casi solamente para entrar en calor,
entré a un museo. De pronto me di cuenta de algo: cuando vemos algo o a
alguien bello, la primera idea que nos surge es que es un placer mirar a
esa persona o ese objeto. Y sin embargo no es así: el placer reside en ser
mirado por esa persona. Si lo pensamos bien, cuando decimos "ah, qué
bello", en esa expresión está la esperanza o el deseo de ser mirado por ese
objeto. Por eso la belleza compulsiva es tan desagradable. Hay un elemento
del deseo del que no suele hablarse. Hay una relación entre el deseo y la
herida: el deseo supone dar y también recibir. Supone un alejamiento
-temporario, por supuesto- del dolor natural de vivir y ser lastimado. Esa
es la trama secreta del deseo: alejarnos por un tiempo del dolor. Si esto
es así, y creo que en algún punto lo es -entre paréntesis, creo que es algo
que resulta más fácil de entender para alguien que proviene de su cultura
que para un anglosajón-, entonces la belleza perfecta es al mismo tiempo
algo que no se puede amar ni desear, porque en su perfección intacta, sin
heridas, no existe la posibilidad de dar ni de recibir. Es como dice Andrea
Dworkin (mira el texto, pero recita casi de memoria): "no tengo paciencia
con los invulnerables, con aquellos que no han sido tocados por un
temporal, esos que nunca se han derrumbado. Grandes puntadas, desgarros mal
cosidos, nada muy lindo. Entonces algo sale y reluce. Pero a los lustrosos,
a esos no los soporto".
Tomado de Revista Ñ (Revista de cultura de Diario Clarín - 11/12/04)
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