Deja de decirle a Dios lo que tiene que hacer
Niels Bohr
(Físico danés , Premio Nobel de Física 1922)
Grafitis Paraleer (envianos el tuyo)
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[P/Lx@] Textos del demonio!
Fe significa no querer saber la verdad, decía Federico Nieztche. He aquí un
breve artículo sobre las "verdades de dios" del escritor uruguayo Jorge Majfud.
La privatización de Dios
por Jorge Majfud*
A la medida del consumidor
En el siglo XVII, el genial matemático Blaise Pascal escribió que los
hombres nunca hacen el mal con tanto placer como cuando lo hacen por
convicciones religiosas. Esta idea -de un hombre profundamente religioso-
tuvo diferentes variaciones desde entonces. Durante el siglo pasado, los
mayores crímenes contra la humanidad fueron promovidos, con orgullo y
pasión, en nombre del Progreso, de la Justicia y de la Libertad. En nombre
del Amor, puritanos y moralistas organizaron el odio, la opresión y la
humillación; en nombre de la vida, los líderes y profetas derramaron la
muerte por vastas regiones del planeta. Actualmente, Dios ha vuelto a ser
la principal excusa para ejercitar el odio y la muerte, ocultando las
ambiciones de poder, los intereses terrenales y subterrenales tras sagradas
invocaciones. De esta forma, reduciendo cada tragedia en el planeta a la
milenaria y simplificada tradición de la lucha del Bien contra el Mal, de
Dios contra el Demonio, se legitima el odio, la violencia y la muerte. De
otra forma, no podríamos entender cómo hombres y mujeres se inclinan para
rezar con orgullo y fanatismo, con hipócrita humildad, como si fuesen
ángeles puros, modelos de moralidad, al tiempo que esconden entre sus ropas
la pólvora o el cheque extendido para la muerte. Y si sus líderes son
conscientes del fraude, sus súbditos no son menos responsables por
estúpidos, no son menos responsables de tantos crímenes y matanzas que
explotan cada día, promovidos por criminales convicciones metafísicas, en
nombre de Dios y la Moral -cuando no en nombre de una raza, de una cultura
y de una larga tradición recién estrenada, hecha a medida de la ambición y
los odios presentes.
El imperio de las simplificaciones
Sí, podemos creer en los pueblos. Podemos creer que son capaces de las
creaciones más asombrosas -como será un día su propia liberación-; y de
estupideces inconmensurables también, disimuladas siempre por un interesado
discurso complaciente que procura anular la crítica y la provocación a la
mala conciencia. Pero, ¿cómo llegamos a tantas negligencias criminales? ¿De
dónde sale tanto orgullo en este mundo donde la violencia aumenta cada vez
más y cada vez más gente dice haber escuchado a Dios?
La historia política nos demuestra que una simplificación es más poderosa y
es mejor aceptada por la vasta mayoría de una sociedad que una
problematización. Para un político o para un líder espiritual, por ejemplo,
es una muestra de debilidad admitir que la realidad es compleja. Si su
adversario procede despojando el problema de sus contradicciones y lo
presenta ante el público como una lucha del Bien contra el Mal, sin duda
tendrá más posibilidades de triunfar. Al fin y al cabo la educación básica
y primaria de nuestro tiempo está basada en la publicidad del consumo o en
la sumisión permisiva; elegimos y compramos aquello que nos soluciona los
problemas, rápido y barato, aunque el problema sea creado por la solución,
aunque el problema continúe siendo real y la solución siga siendo virtual.
Sin embargo, una simplificación no elimina la complejidad del problema
analizado sino que, por el contrario, produce mayores y a veces trágicas
consecuencias. Negar una enfermedad no la cura; la empeora.
¿Por qué no hablamos de los por qué?
Tratemos ahora de problematizar un fenómeno social cualquiera. Sin duda, no
llegaremos al fondo de su complejidad, pero podemos tener una idea del
grado de simplificación con el que es tratado diariamente, no siempre de
forma inocente.
Comencemos con un breve ejemplo. Consideremos el caso de un hombre que
viola y mata a una niña. Tomo este ejemplo no sólo por ser uno de los
crímenes más aborrecibles que podemos considerar, junto con la tortura,
sino porque representa una maldita costumbre criminal en todas nuestras
sociedades, aún en aquellas que se jactan de su virtuosismo moral.
En primer lugar, tenemos un crimen. Más allá de los significados de
“crimen” y de “castigo”, podemos valorar el acto en sí mismo, es decir, no
necesitamos recurrir a la genealogía del criminal y de su víctima, no
necesitamos investigar sobre los orígenes de la conducta del criminal para
valorar el lecho en sí. Tanto la violación como el asesinato deben ser
castigados por la ley, por el resto de la sociedad. Y punto. Desde este
punto de vista, no hay discusiones.
Muy bien. Ahora imaginemos que en un país determinado la cantidad de
violaciones y asesinatos se duplica en un año y luego vuelve a duplicarse
al año siguiente. Una simplificación sería reducir el nuevo fenómeno al
hecho criminal antes descrito. Es decir, una simplificación sería entender
que la solución al problema sería no dejar ni uno solo de los crímenes
impunes. Dicho de una tercera forma, una simplificación sería no reconocer
el fenómeno social detrás de un hecho delictivo individual. Un análisis más
a fondo del primer caso podría revelarnos una infancia dolorosa, marcada
por los abusos sexuales contra el futuro abusador, contra el futuro
criminal. Esta observación, de ningún modo quitaría valoración criminal al
hecho en sí, tal como lo anotamos más arriba, pero serviría para comenzar a
ver la complejidad de un problema que amenaza con ser simplificado al
extremo de perpetuarlo. A partir de este análisis psicológico del
individuo, seguramente pasaríamos a advertir otro tipo de implicaciones
referidas a su propio contexto, como por ejemplo las condiciones económicas
de una determinada clase social sumergida, su explotación o su
estigmatización moral a través del resto de la sociedad, la violencia moral
y la humillación de la miseria, sus escalas de valores construidas según un
aparato de producción, reproducción y consumo contradictorio, por
instituciones sociales como una educación pública que no los ayuda más de
lo que los humilla, ciertas organizaciones religiosas que han creado el
pecado para los pobres al tiempo que los usan para ganarse el Paraíso, los
medios de comunicación, la publicidad, las contradicciones laborales... y
así sucesivamente.
De la misma forma podemos entender el terrorismo de nuestro tiempo. Está
fuera de discusión (o debería estarlo) el valor criminal de un acto
terrorista en sí mismo. Matar es siempre una desgracia, una maldición
histórica. Pero matar inocentes y a gran escala no tiene justificación ni
perdón de ningún tipo. Por lo tanto, renunciar al castigo de quienes lo
promueven sería a su vez un acto de cobardía y una flagrante concesión a la
impunidad.
No obstante, también aquí debemos recordar la advertencia inicial. Entender
un fenómeno histórico y social como la consecuencia de la existencia de
“malos” en la Tierra, es una simplificación excesivamente ingenua o, de lo
contrario, es una simplificación astutamente ideológica que, al evitar un
análisis integral -histórico, económico, de poder- excluye a los
administradores del significado: los buenos.
No vamos a entrar a analizar, en estas breves reflexiones, cómo se llega a
identificar a un determinado grupo y no a otros con el calificativo de
“terroristas”. Para ello bastaría con recomendar la lectura de Roland
Barthes -por mencionar sólo un clásico. Vamos a asumir el significado
restringido del término, que es el que han consolidado los medios de prensa
y el resto de las narraciones políticas.
No obstante, aún así, si recurriésemos a la idea de que el terrorismo
existe porque existen criminales en el mundo, tendríamos que pensar que en
los últimos tiempos ha habido una cosecha excesiva de seres malvados. Lo
cual se encuentra explícito en el discurso de todos los gobiernos de los
países afectados por el fenómeno. Pero si fuera verdad que hoy en nuestro
mundo hay más malos que antes, seguramente no será por gracia de Dios sino
por un devenir histórico que ha producido tal fenómeno. Ningún fenómeno
histórico se produce por azar y, por lo tanto, creer que matando a los
terroristas se eliminará el terrorismo en el mundo no sólo es una
simplificación necia, sino que, al negar un origen histórico al problema,
al presentarlo como ahistórico, como producto puro del Mal, incluso como la
lucha entre dos “esencias” teológicas apartadas de cualquier contexto
político, económico y social provocan un agravamiento trágico. Es una forma
de no enfrentar el problema, de no atacar sus profundas raíces.
En muchas ocasiones no se puede prescindir de la violencia. Por ejemplo, si
alguien nos ataca parecería lícito que nos defendamos con el mismo grado de
violencia. Seguramente un verdadero cristiano ofrecería la otra mejilla
antes que promover una reacción violenta; no obstante, si reaccionara con
violencia ante una agresión no se le podría negar el derecho, aunque esté
en contradicción con uno de los mandamientos de Cristo. Pero si una persona
o un gobierno nos dice que la violencia se reducirá derramando más
violencia sobre los malos -y afectando de paso a inocentes-, no sólo está
negando la búsqueda del origen de ese fenómeno, sino que además estará
consolidándolo o, al menos, legitimándolo ante la vista de quienes sufren
las consecuencias.
Castigar a los culpables de la violencia es un acto de justicia. Sostener
que la violencia existe sólo porque existen los violentos es un acto de
ignorancia o de manipulación ideológica.
Si se continúa simplificando el problema, sosteniendo que se trata de un
conflicto producido por la “incompatibilidad” de dos concepciones
religiosas -como si alguna de ellas no hubiese estado ahí desde hace
siglos-, como si se tratase de una simple guerra donde el triunfo se deduce
de la derrota final del enemigo, se llevará al mundo a una guerra
intercontinental. Si se busca seriamente el origen y la motivación del
problema -el “por qué”- y se actúa eliminándolo o atenuándolo, seguramente
asistiremos al relajamiento de una tensión que cada día es mayor. No al
final de la violencia y la injusticia del mundo, pero al menos se evitará
una desgracia de proporciones inimaginables.
El análisis del “origen de la violencia” no tendría mucho valor si se
produjese y se consumiese dentro de una universidad. Deberá ser un problema
de titulares, un problema a discutir desapasionadamente en los bares y en
las calles. Simultáneamente, habrá que reconocer, una vez más, que
necesitamos un verdadero diálogo. No reiniciar la farsa diplomática, sino
un diálogo entre pueblos que comienzan peligrosamente a verse como
enemigos, como amenazas, unos de otros -una discusión, más bien, basada en
una profunda y aplastante ignorancia del otro y de sí mismo-. Es urgente un
diálogo doloroso pero valiente, donde cada uno de nosotros reconozcamos
nuestros prejuicios y nuestros egoísmos. Un diálogo que prescinda del
fanatismo religioso -islámico y cristiano- tan de moda en estos días, con
pretensiones de mesianismo y purismo moral. Un diálogo, en fin, aunque le
pese a los sordos que no quieren oír.
El Dios verdadero
Según los verdaderos fieles y la religión verdadera, sólo puede haber un
Dios verdadero, Dios. Algunos afirman que el verdadero Dios es Uno y es
Tres al mismo tiempo, pero a juzgar por las evidencias Dios es Uno y es
Muchos más. El verdadero Dios es único pero con políticas diferentes según
los intereses de los verdaderos fieles. Cada uno es el Dios verdadero, cada
uno mueve a sus fieles contra los fieles de los otros dioses que son
siempre dioses falsos aunque cada uno sea el Dios verdadero. Cada Dios
verdadero organiza la virtud de cada pueblo virtuoso sobre la base de las
verdaderas costumbres y la verdadera Moral. Existe una sola Moral basada en
el Dios verdadero, pero como existen múltiples Dios verdadero también
existen múltiples Moral verdadera, una sola de la cual es verdaderamente
verdadera.
Pero ¿cómo saber cuál es la verdadera verdad? Los métodos de prueba son
discutibles; lo que no se discute es la praxis probatoria: el desprecio, la
amenaza, la opresión y, por las dudas, la muerte. La muerte verdadera
siempre es el recurso final e inevitable de la verdad verdadera, que
procede del Dios verdadero, para salvar a la verdadera Moral y, sobre todo,
a los verdaderos fieles.
Sí, a veces dudo de lo verdadero y sé que la duda ha sido maldecida por
todas las religiones, por todas las teologías y por todos los discursos
políticos. A veces dudo, pero es probable que Dios no desprecie mi duda.
Debe estar muy ocupado entre tanta obviedad, ante tanto orgullo, entre
tanta moralidad, detrás de tantos ministros que se han apropiado de su
palabra, secuestrándolo en un edificio cualquiera para actuar puertas
afuera sin obstáculos.
* Jorge Majfud nació en Tacuarembó, Uruguay, en 1969. Desde muy temprano
lee y escribe ficciones, pero opta por seguir la carrera de arquitecto y en
1996 se gradúa en la Universidad de la República. Estudios universitarios y
particulares lo han llevado a recorrer más de cuarenta países, recogiendo,
de forma obsesiva y continua, páginas que luego formarán parte de sus
novelas y ensayos. Ha sido profesor en la Universidad Hispanoamericana de
Costa Rica y en la Escuela Técnica del Uruguay, donde ha enseñado Artes y
Matemáticas.
Libros: Hacia qué patrias del silencio (memorias de un desaparecido),
novela publicada por primera vez en 1996, por Editorial Graffiti de
Montevideo (última edición: Baile del Sol, España 2001); Crítica de la
pasión pura, ensayos 1998, Editorial Graffiti de Montevideo (2a. Edición
-selección-: 1999, HCR, Virginia, USA; 3a. edición: 2000, Editorial
Argenta, Buenos Aires); La reina de América, novela (Baile del Sol,
Tenerife 2002) y ha integrado el volumen Entre Siglos-Entre Séculos:
Autores Latinoamericanos a Fin de siglo, editado por Pilar Ediçoes
(Brasilia) y Bianchi Editores (Montevideo), en 1999. Cuentos y artículos
suyos han sido publicados en diarios, revistas y selecciones, como la
Hispanic Culture Review de George Mason University, en varias ocasiones. Ha
sido fundador y editor de la revista "SignoXXI/reflexiones sobre nuestro
tiempo" Es colaborador habitual de "Bitácora", publicación semanal del
diario "La República" de Montevideo.
Fue distinguido en diferentes concursos internacionales, como por ejemplo:
Mención de Honor en el XII Certamen Literario Argenta, Buenos Aires 1999,
por los borradores de Crítica de la pasión pura. Mención Premio Casa de las
Américas 2001, por la novela La Reina de América, "porque destaca una
escritura rabiosa respecto a los poderes constituidos mediante el uso de la
parodia y la ironía", según el jurado, integrado por Belén Copegui
(España), Andrés Rivera (Argentina), Mayra Santos Febres (Puerto Rico),
Beatriz Maggi (Cuba) y José Luis Díaz Granados (Colombia). Mención en el
concurso Caja Profesional 2001, por el cuento Mabel Espera, "por su planteo
de acotada crudeza, realizado con valiosas estrategias literarias", a
juicio del jurado por Sylvia Lago, Alicia Torres y Mario Delgado Aparaín.
Recientemente, otros premios y menciones han distinguido cuentos y poesía
aún inédita.
Ha sido traducido al inglés y al portugués.
Para comunicarse con el autor:
jmajfud@...
Aparecido en Red Voltaire - www.redvoltaire.net
Y publicado en Señal de Alerta por Herbert Mujica Rojas (8-12-2004)
También en Ave Crítica, de donde nosotros lo tomamos.
Sitio web de este número:
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