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[P/Lx@] Impunidad y Masacre en Once (II)
(Continúa de P/L@828)
Crueldad y cinismo
por José Pablo Feinmann
¿Quién le puso ese nombre al boliche? La cuestión deberá formar parte
esencial de las investigaciones. Los sospechosos deberán responder a esta
pregunta fundamental: "¿Ustedes creían manejar un boliche para cavernícolas
y no para seres humanos? ¿Creían que eran apenas simios los que pagaban su
entrada, enriqueciéndolos, y luego se enajenaban en rituales primitivos?".
Sí, eso creían. Dado que en un gesto de gran cinismo (y ahora se revela: de
gran crueldad) le pusieron al boliche ese nombre: República Cromañón.
Uno puede imaginar a Chabán y sus socios muy divertidos con la idea: "Ya
que les robamos los clientes a la bailanta pongámosle al boliche un nombre
adecuado a nuestra nueva clientela". Los chicos de la clase media del rock
(empobrecidos durante el menemismo) fueron a engrosar los números de los
marginados, de los desclasados. ¿Cómo perder esa clientela? Aquí, Chabán y
los suyos deciden bajar el nivel y llegar hasta donde el "público" ha
llegado: a las cavernas. De la elite que fue Cemento en los '80 a la
"grasada multitudinaria" de comienzos de siglo que se agolpa en República
Cromañón. Que es una forma algo oculta de decir: "El planeta de los simios".
Para no perder tiempo: si uno agarra un libro sobre la prehistoria humana
va a encontrar alguna información sobre la "República" que menciona el
nombre del boliche. "En la aurora de la humanidad (Paleolítico inferior)
vivían seres que ya caminaban erguidos y cuya mano se había librado de la
necesidad de contribuir a la locomoción" (Historia universal: prehistoria,
Siglo XXI, p. 22 y siguientes).
Estos "seres" eran los "neardental" y los "presapiens". Por aquí se ubican
los "cromañones". "Su cráneo, aunque todavía alargado, se muestra más ancho
y bajo que en el grupo precedente (los Combe-Capelle) y con un menor
desarrollo de los arcos superciliares. Se caracterizan asimismo por su cara
ancha, baja y disarmónica en relación al cráneo, y por la ubicación
bajísima de las órbitas" (p.34).
¡Cómo se habrán divertido Chabán y los suyos al encontrar el nombre del
boliche! ¡Qué hallazgo, qué imaginación tiene esta gente! Habrán dicho
(hasta es posible "verlos" en acción): "Hagamos un boliche para los pobres.
Le sacamos los clientes a la bailanta y los juntamos en una república
prehistórica. Los amontonamos como lo que son: monos, tipos de las
cavernas, tipos presapiens, simios del paleolítico inferior". ¿Cuánto vale
la vida de un cavernícola? ¿Cómo se iban a preocupar (los ingeniosos dueños
de República Cromañón) de la seguridad de sus "clientes"? ¿Para qué gastar
energías y dinero en cuidar la vida de unos cuantos simios prehistóricos?
Ahora es tarde. Tarde para ellos y tarde para los muertos, para
lasvíctimas. Ahora la Justicia deberá poner las cosas en su lugar. Se debe
pedir justicia. Pedirla consiste en afirmar hasta la obsesión que en esa
República no murieron monos sino seres humanos. Personas históricas y no
prehistóricas. (Notable y cruel paradoja: un lugar que se asumía como
"espacio de la prehistoria" ha generado un "acontecimiento histórico"
desmedido, sin precedentes. Gigantesco en su dimensión de horror.)
Ciudadanos y no simios. Responsables también, sin duda. Pero alejados de la
inmundicia moral de quienes le pusieron ese nombre a ese boliche, cuya
"historicidad", hoy, nos sobrepasa. No estamos frente a un tsunami. No
estamos frente a una catástrofe natural. Esta es una catástrofe humana. Y
la diferencia entre los hombres y un tsunami es que los hombres son
responsables de sus actos.
Y si sus actos son crueles (y si a esa crueldad se añade el cinismo)
deberán responder por ellos.
Aparecido en Página/12 - martes 4/1/05
***
Matanza de jóvenes a manos del Estado y el mercado
Represión en la República de Cromagnon
Reaparecieron cuatro palabras: Que se vayan todos. Un local llamado
República de Cromangnon se convirtió el 30 de diciembre en la tumba de 182
jóvenes y niños, sin contar 800 heridos, miles de chicos psicológicamente
schockeados por lo que les tocó vivir, y una sociedad herida en el alma.
Los empresarios del local habían vendido el triple de entradas autorizadas
para maximizar sus ganancias. Maximizaron la muerte. Además, clausuraron
las puertas para evitar que alguien entrara sin pagar, convirtiendo al
lugar en una trampa de fuego y gases venenosos. El gobierno de la Ciudad
fue cómplice de todo esto, pero su peor cara es la de deslindar
responsabilidades. Los familiares y amigos de los muertos marcharon
cantando: “¿Dónde está/ Kirchner dónde está?” e insultando profusamente al
empresario Omar Chabán y –fundamentalmente- al jefe de gobierno porteño
Aníbal Ibarra.
"Se va a acabar, esa costumbre de matar" cantaban saltando unos chicos con
remeras de Callejeros y La Renga.
"Andate Ibarra, la puta que te parió" precisaba el resto de la movilización.
Era una marcha rara, a contramano por Rivadavia, supuestamente la avenida
más larga del mundo. Adelante iba el trueno de una docena de motoqueros que
agitaban sus cascos cantando: "se siente, se siente, los pibes están
presentes".
Cuando la marcha comenzaba, en Once, la gente detectó la presencia de Juan
Carlos Blumberg, a quien el diario Clarín califica como "referente social
en materia de seguridad" (no consta si el autor de tal hallazgo es el
rosarino Roberto Fontanarrosa). Blumberg fue insultado y algunos jóvenes se
trenzaron a golpes con sus guardaespaldas. Todos se escondieron en el hotel
Star, que tuvo que a su vez ser custodiado por la policía. Blumberg adujo
que lo habían invitado padres de las víctimas, cosa que no pudo confirmarse.
Los motoqueros llevaban en una de las motos a Aurora Cividino,
sobreviviente de la cacería en Puente Pueyrredón que el 26 de junio de 2002
terminó con las vidas de otros jóvenes: Maximiliano Kostecki y Darío
Santillán. Al acercarse a Congreso los motoqueros, Aurora y el resto
entonaron, como en 2001:
- "Que se vayan todos, que no quede ni uno solo".
Todos somos callejeros
Mirando al Congreso los manifestantes (eran unas seis cuadras colmadas)
gritaron además: "Asesinos" e "Hijos de puta", lo que demostraría que en
este grupo, al menos, la opinión sobre la clase política es idéntica a la
de siempre. Una letra del conjunto Callejeros, justamente, hubiera venido
al caso:
Y siempre las mismas caras
y siempre el mismo dolor.
El hombre llora con ganas
y solo, le grita a Dios:
"Ojalá se los lleve el viento
y no vuelvan más"
En las cebras de cruce peatonal, en las paredes, sobre las publicidades,
chicas y chicos pintaban: "Justicia para nuestros callejeros".
La marcha tuvo como distintivo las remeras rockeras, algunos peinados
raros, muchísimos adolescentes, chicas y chicos de no más de 14 ó 15 años,
metiéndose con mirada clara y desconfiada en el extraño universo que los
mayores les estamos dejando. Calzado ganador: zapatillas de lona blanca
marca Topper, que muchos padres y madres de adolescentes habrán sabido
oler, y que los chicos saben cuidar como símbolo de identidad.
Marcha rara. Mucha gente, mucha, iba llorando. Algunos con sus cartelitos
escritos a mano, con una foto, un nombre:
"Lucas Pérez, 12 años, tu familia te ama".
"Jacquie Santillán".
"Guido Musante".
"Pablo y Carol, víctimas de la masacre".
Las pancartas eran llevadas por las lágrimas. La marcha tuvo momentos de
silencio.
Esos momentos eran los más insoportables.
Argentina, Cromagnon
"Ibarra, Chabán, la tienen que pagar" fue otro de los cantos. La gente se
movilizaba con desconfianza hacia los supuestos periodistas, luego se
entendería con cuánto acierto.
Otro letrero sencillo, escrito bajo quién sabe qué niveles de dolor:
"Nuestros hijos pasaron por el infierno. Ahora están con Dios en el cielo".
Nuevamente el silencio insoportable. Una chica de unos 15 años iba con sus
bellísimos ojos verdes derrotados por el llanto. El alivio de unas
consignas: "Atención, atención, no los mató el incendio los mató la
corrupción".
En la misma línea, uno de los más entonados:
- "Escuchenló, escuchenló, ni la bengala, ni el rocanrol, a nuestros pibes
los mató la corrupción".
Un chico iba con una bandera de Callejeros: "Ese miedo a estar mejor". Le
pregunto de qué canción es. El nombre del tema parece un editorial sobre
ciertas apariencias políticas: "Tan perfecto que asusta".
La Argentina política, en muchos sentidos, es la República de Cromagnon.
- Sus autoridades tienen discurso pomposamente "moderno" y hasta
progresista, que choca con sus actos e intereses concretos.
- No logran ocultar cierta inutilidad, o negligencia casi criminal.
- Si es necesario, se fugan, o se mantienen alejados de los conflictos
dándose por desentendidos.
- Hay una asombrosa tendencia a cometer las mismas torpezas, brutalidades y
crímenes las veces que sea necesario.
- La vida vale poco y nada. La de los jóvenes, cotiza un poco menos todavía.
- A los chicos se los considera básicamente como un ejército de consumo. Se
los acorrala en un puro presente, sin futuro.
- La mezcla de negocio opaco, corrupción y mafia es la que suele orientar
las principales decisiones.
Tan perfecto que asusta.
Kirchner, Ibarra y la culpa
Frente a la jefatura de gobierno, custodiada por una veintena de policías,
la gente cantó: "Yo sabía que a los asesinos los cuida la policía". Además
se gritó "Asesinos" mirando a los uniformados. Mucha gente golpeaba
cacerolas o tachos.
En Plaza de Mayo hubo un primer encontronazo con los medios. Había un móvil
de Crónica TV que impedía el paso del público hacia la plaza. Recién cuando
la gente empezó a empujar el vehículo, el conductor aceptó moverlo. "Manga
de hijos de puta, se creen que la gente tiene que ir por donde ellos
quieren" dijo un joven de remera roja, en lo que resultó otro inesperado
acierto sobre la actitud de muchos de los llamados medios de comunicación.
Allí, con la Casa Rosada al frente, custodiada por vallas azules desde
mitad de la Plaza de Mayo, volvió a surgir: "Que se vayan todos, que no
quede ni uno solo". Y además: "¿Dónde está, Kirchner dónde está?" gritaba
una señora.
"En El Calafate está", le dijo otra. "Es increíble. Los chicos que se
salvaron sienten culpa por estar vivos. Kirchner e Ibarra, en cambio, no
sienten culpa".
"Olé olá, si no hay justicia qué quilombo se va a armar" pasó a ser el
nuevo canto. Un cartel: "Nos mataron a Pato, hoy venimos del cementerio.
Justicia para nuestros chicos". Otro: "Justicia para nuestras almas perdidas".
Sobre el vallado azul se instalaron chicos con velas y carteles. Uno tenía
la remera de Los Ratones Paranoicos, y una bandera: "Jóvenes de La Matanza
x Justicia". La gente cantó: "Kirchner-Ibarra, el pueblo da la espalda", y
todo el mundo, en efecto, dio la espalda a la Casa Rosada.
"Salta salta, pequeña langosta, Chabán, Ibarra y Kirchner son la misma
bosta", cantaron
Un joven, pero no tanto, se trepó parcialmente a la Pirámide de Mayo con un
megáfono, y comenzó a arengar al público con un discurso claramente de
partido de izquierda. El chico de Los Ratones empezó a gritar: "Sos un
político hijo de puta, bajate de ahí que nadie te llamó, mandate mudar".
Los abucheos e insultos convencieron al señor del megáfono a dejar en paz a
la Pirámide y a sus congéneres.
Se reunieron los familiares junto a una camioneta con parlantes. Habló
primero la tía de Sergio Escobar: "No fue un accidente. Fue una masacre.
Que renuncien todos los culpables. Los chicos iban a divertirse. Tienen
derecho a divertirse. Ni si quiera están los políticos para decirnos 'la
acompaño en el sentimiento'. Que se vayan todos".
Otra mujer tomó el micrófono llorando: "Soy la mamá de Sebastián Fernández.
Justicia, justicia, justicia. Nada más. La Tierra es el Infierno".
Los fotógrafos y periodistas arrinconaban a los familiares que empezaron a
pedir que se alejaran. "No busquen acá una primicia" les informaron.
La hermana de Mariano Benítez fue más profética aún: "Que todo esto sea sin
violencia, para que no nos agarren. Acá no solo los dejaron morir -dijo, y
se le partió la voz- dejaron que se pudran los cuerpos. Yo no quiero que se
vayan. Quiero que los metan presos".
"Mi hermanito es André Funes. Dijo 'es' porque no murió. Es nuestro
solcito. Justicia, más que nunca, justicia".
Es un dato de la realidad, a esta altura, que para buena parte de la
sociedad Argentina, la justicia es una especie de utopía extravagante.
"Yo no tengo fe en este gobierno hijo de puta" dijo la hermana de Rubén
Belzunce. "Vamos a enterrarlos junto a los nuestros para que les den
explicaciones".
Apareció ante el micrófono un hombre que dijo llamarse José Soto, quien dio
comienzo a una proclama -mezcla de delirio y psicopatía- contra los padres
de las víctimas "que dejan a los chicos sin ayuda", y contra el rock en
general. Los silbidos cortaron lo que no pareció ser otra cosa que una
provocación.
Hubo otro incidente con un fotógrafo que seguía empujando y molestando a
los familiares. En ese horno que era la Plaza de Mayo, en ese ambiente
caldeado, la discusión con el reportero subió de tono y los familiares
decidieron retirarse. Otro triunfo de los medios.
Los que estaban sobre las vallas azules cantaron: "Eo, Eo, esto es para los
chicos que nos miran desde el cielo", encendiendo velas y mirando,
efectivamente, hacia la noche azul y estrellada. Uno de los chicos, ¿15
años? tiraba besos al cielo con la vela en alto, tocándose con la otra mano
el corazón, y llorando.
Adriana, mamá de Fernando (15 años) contaba que su hijo se salvó de milagro
pero que ella estará junto a sus compañeras: "En las dos horas que estuve
buscando a mi hijo, sin saber qué le había pasado, vos podés creerme o no,
pero te juro que en lo único que pensaba era de qué manera iba a matarme si
él no aparecía vivo. Lo único".
Siguió diciendo: "Ibarra se preocupa mucho por el cinturón de seguridad
para salvar vidas, pero aquí no hace lo más sencillo. Decir: señores, les
pido perdón a todos, y renuncio. Acá no hubo negligencia, hubo criminalidad".
Un diagnóstico: "La gente les tiene miedo, porque son chicos. Yo te
reconozco que a veces son contestadores, se enojan con una. Pero son puro
corazón. Mirá la cantidad de chicos que lo único que hicieron fue ayudar a
salir a los otros. Mi hijo se quedó esperando a un amigo que no salía, y
mientras tanto no paraba de sacar gente. Cuando salió el amigo, sangraba de
la nariz y mi hijo lo acompañó al hospital. Son re rockeros y no nos
quieren ver ni cerca, pero el chico iba llorando porque no encontraba a su
mamá".
Adriana cuenta una hipótesis: "A los que van a los recitales los revisan
para que no lleven bengalas, para que después la compren adentro". Uno de
los chicos que la está escuchando, aclara que el 26 de diciembre había
habido un incendio en el lugar, fueron los bomberos, lo apagaron, y todo
siguió igual. "La culpa no es de la bengala".
En diálogo con lavaca Adriana cuenta que alguien del Partido Obrero les
dijo a las madres: Si ustedes no se organizan con nosotros, se van a quedar
solas. "Y le contestamos: entonces, nos vamos a quedar solas, no te hagás
ningún problema. Yo los conozco de lejos, porque de chica milité. Cuando un
tipo en vez de caminar en la marcha va caminando hacia atrás, mirando a la
gente y haciendo gestos para que cante, ya lo tenés calado. Mirá, el que
nos hizo la advertencia es ese de remera azul" dice señalando hacia un
joven pero no tanto, que movía los brazos como un director frente a su coro.
"Le pregunté para qué vinieron, si nadie los llamó. Y me dijo: para
organizar. Así, con esa idea, rompieron todas las asambleas en las que
entraron".
La represión
La desconcentración volvió a reunir a mucha gente frente a la jefatura de
Gobierno porteña, pero los padres y madres ya se habían retirado. Allí
estaban los policías. Un grupo muy pequeño de manifestantes les tiraba
botellas de plástico. De pronto se armó un remolino y alguien gritó: "¡Está
armado!" Se trataba de un policía, en la entrada al edificio sobre Bolívar
y Diagonal Norte. Allí se dirigieron varios de estos manifestantes, y
comenzaron a arrojar piedras contra la puerta, con estuidado oficio.
Detalle técnico: no usaban las zapatillas de lona sucia, u ojotas como
muchas de las chicas y chicos rockeros (para hablar de los manifestantes
más espontáneos, no tan expertos ni tan organizados) sino marcas más
poderosas de zapatillas de cuero.
La mayoría de rockeros empezó a alejarse, los chicos les avisaban a las
chicas, y la cosa quedó en una típica agresión de un grupo contra la
policía. Por la vereda de Rivadavia de la Plaza, se asomaron carros de
asalto e hidrantes que marcharon velozmente hacia la manifestación.
Todo el mundo corrió, y frente a la jefatura de Gobierno la gente empezó a
arrojar objetos a las denominadas fuerzas del orden, que hicieron funcionar
el camión hidrante con un líquido azul que manchó los trajes de más de un
movilero.
Los manifestantes encendieron basura más adelante, los camiones siguieron
avanzando. Todos iban rumbo a la 9 de Julio pero los rockeros ya se habían
ido tras el grupo de padres, veloces en sus zapatillas de lona. En la
Embajada del Café, sobre Avenida de Mayo, los parroquianos salieron a
insultar a los policías, que los observaban sonriendo sobradoramente.
En ese momento un grupo de jóvenes de remera y jeans que podían haber
pasado por manifestantes, surgido quién sabe de dónde, se abalanzó sobre
alguien en la vereda de enfrente. Lo llevaron una cuadra agarrado de las
piernas y el cabello. Así lo depositaron en un vehículo policial, y
salieron corriendo hacia delante.
Esos policías de civil habían estado infiltrados en la marcha todo el
tiempo. Al verlos juntos, con esas caras, esos tamaños y esas zapatillas,
resultaban evidentes, pero en medio de la marcha eran invisibles. Al 800,
en una panchería, se abalanzaron sobre un chico de rulos que empezó a
gritar: "¡Díganles que yo estaba comiendo!". El dueño del local se puso
como loco: "Es un cliente mío, estaba cenando desde hace una hora, no hizo
nada, y lo llevaron. Se llama Gustavo. ¿Cómo pueden ser tan mal paridos?"
Una chica morocha que le gritó "boludos" a los policías corrió igual suerte.
Los carros de asalto seguían a los manifestantes. Otros vehículos
aparecieron desde el otro lado de Avenida de Mayo, a contramano, y otros
desde el Obelisco. Habían preparado una trampa perfecta con epicentro en la
Avenida Nueve de Julio, donde la tenaza se cerraría sobre la movilización.
Pero los manifestantes habían sido demasiado rápidos. Ya no estaban. De
todos modos la información sobre la medianoche consignaba quince
detenciones, que tal vez hayan sido igual de arbitrarias.
Quince. Como en la Legislatura, en julio pasado.
Los camiones policiales, incluso el que seguía lanzando espásticamente un
chorrito de pis azul, y los policías, se quedaron mirándose los unos a los
otros. Los periodistas también.
Todos, un poco desconcertados.
La gente, como suele ocurrir, estaba en otra parte.
El jueves el grupo Callejeros convoca a otra marcha, a las 18 desde el
Congreso. "Ünicas consignas: llevar una vela, marchar en paz y no llevar
banderas de ningún partido político".
Habrá que ver, hasta entonces, cómo sobrelleva cada uno la compañía a veces
insoportable del silencio.
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