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[P/Lx@830] Alberto Laiseca: La caida del rey Nan   Lista de mensajes  
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Saludamos la aparición de "Alfilo"
http://gentzen.ffyh.unc.edu.ar/alfilo
La revista digital de nuestra Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC
Producida por el Área de Comunicación Institucional
Secretaría de Extensión de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la
Universidad Nacional de Córdoba
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[P/Lx@] Letras argentinas

de Alberto Laiseca
LA CAÍDA DEL REY NAN

EL REY NAN SE DESPERTÓ SOLO, naturalmente. ¿Quién iba a despertarlo si sus
sirvientes habían huido? Siempre fue un hombre muy animoso que por las
mañanas revisaba decenas de expedientes, aun cuando ello no tuviera
utilidad alguna ya que sus órdenes no se cumplían, incluso en aquella
época. Obligábase a ello para evitar desmoralizaciones, propias y ajenas.
Siempre se levantó de un salto, el último soberano de la dinastía Chou. El
protocolo establecía que su sueño fuese interrumpido por el Mandarín del
Despertar. Éste lo hacía, en efecto, claro que con miles de cuidados y
gestos de disculpas: agitaba una campanilla de jade en su oreja, si esto no
daba resultado apelaba a una campanilla más grande, y luego a otra aún
mayor, hasta llegar a la súper, gigante y de bronce, idónea para príncipes
parranderos y remolones. Como es lógico, aquel instrumento de broncíneo
acento no podía usarse así como así: este acto dramático requería poco
menos que una consulta de Estado. Se recordaban por lo menos tres casos de
Mandarines del Despertar que debieron -absolutamente horrorizados y
lívidos- poner en funciones tan fastidioso e impopular instrumento. Uno de
los Mandarines fue enterrado vivo. Otro debió padecer el suplicio de la
Arena del Viento de Mongolia y el tercero sufrió la legendaria Muerte de
las Mil Heridas, ya citada por Confucio. Esta última constituye un fin de
naturaleza tan atroz que evitaré detallarlo, a fin de que el lector no se
horrorice por anticipado. Claro que todo esto no ocurrió con el rey Nan
sino con otros monarcas Chou, sus predecesores; en primer lugar porque Nan
siempre fue muy humano y jamás dio suplicio sin motivos o por un arrebato o
un ataque de furia inspirado por faltas insignificantes (ni siquiera lo
daba, muchas veces, cuando el otro lo merecía de sobra). En segundo lugar
digamos que tenía el sueño muy ligero y acostumbraba levantarse solo, sin
ayuda del Mandarín del Despertar, ni del de la Primera Colación, ni del
Horóscopo del Día, ni de la Lectura de las Audiencias, ni del Ayudante de
las Babuchas Imperiales u otras estupideces. Tales protocolos le parecían
estúpidos, al menos. Sus faltas contra el ceremonial de la madrugada le
trajeron no pocos problemas.
"El ritual abastece al príncipe en su concordia. Lo calma, lo comunica con
los ancestros y así es como éstos pueden ayudarlo", decían sus Consejeros.
Y él: "Qué tontería. Aunque tengan algo de razón igual estoy en desacuerdo.
Si mi destino es ser ayudado lo seré de todas formas. Los tiempos se
aceleran. El enemigo se acerca". "Justo por eso, mi Señor. Más que nunca
debes tener la calma que otorga el ritual. No procedas como un bárbaro que
lo primero que toca es su espada, no bien se despierta. Las armas pierden
su filo con el transcurso del día. ¿No es más prudente acercarse a ellas
por la tarde, para que así su poder se conserve intacto?" Pero él, con
frialdad: "Ordena que traigan mis expedientes".
Y ahora, por fin había llegado su mañana postrera. Ya nadie lo importunaría
por no haber esperado a la campanilla de jade. La Cámara Real de Nan estaba
casi vacía pero cubierta de azul: tal el cromatismo de las losas del piso y
de la seda que ocultaba las paredes. Sólo su cama era roja y parecía una
cuevita o la caparazón de una tortuga. Esto es: la cama constaba en la
parte superior de una suerte de dosel cóncavo, de madera, como ella,
semejante a la defensa de un gliptodonte. En el centro del techo de la
cámara, pintado, un fénix de oro: tan diminuto que para distinguirlo
hubiera sido preciso treparse a un taburete. El azul descansa, el rojo
potencia, el fénix protege.
Ahora, en el extremo de su vida, el rey Nan se despertó por última vez.
Como siempre le costó salir de su gliptodonte. Miró el fénix y se vistió de
prisa. Los ladrones no se habían animado a entrar en la cámara, aunque nada
demasiado valioso hubieran podido encontrar en ella, pero Nan no ignoraba
que el resto del Palacio, a estas horas, estaría totalmente desvalijado.
Salió al corredor gigantesco lleno de columnas y dragones. Ni risas de
mujeres ni órdenes lejanas de guardias. ¿Qué se había hecho del cuchicheo
de los eunucos, siempre charlatanes? El Palacio estaba tan desierto que
parecía Gobi. Sobre el pavimento, Nan pudo ver sangre, ropas tiradas,
porcelana rota y hasta el cabo de una lanza sin su punta de hierro. Muy
cerca, a la derecha del ancho pasillo, se abría la puerta policromada del
sector de las concubinas. La tarde anterior, antes de encerrarse en su
aposento, el Emperador habló con sus mujeres a fin de explicarles la
situación. Los ejércitos de Chou habían sido derrotados y las tropas de
Chau Siang, Rey de Ch'in, se acercaban. Ignoraba si la intención del
enemigo era tomar Lo, la Capital, pero esto era lo de menos: la dinastía
estaba muerta. "No esperen clemencia. Ustedes, como mis esposas, serán
maltratadas y usadas como pasto de tropa. Quizá las maten o las vendan como
esclavas. A nada las obligo. La que quiera escapar al Este, y así
sobrevivir un tiempo más, puede hacerlo. Yo permaneceré aquí, pero nadie
tiene por qué acompañarme a los Torrentes Amarillos (1). Quedan, como mis
guardias y asistentes, liberadas del servicio. Sólo les recomiendo que
tomen su decisión cuanto antes. Dejo veinte monedas de oro a cada una y mis
últimos veinte hombres, que se harán matar con tal de abrirles paso hasta
Chou Oriental. Allá gobierna mi pariente, pero no se hagan ilusiones pues
él también está en grave peligro y su caída es sólo cuestión de tiempo. Les
digo adiós y que el Cielo las acompañe."
Cuando Nan terminó de hablar el escándalo estalló entre las mujeres.
Algunas daban gritos, otras lloraban; las menos permanecían en silencio,
pálidas, de rodillas y mirando el suelo. Una de estas últimas, Ciruelo
Dorado, era joven y hermosa. Levantó el rostro, miró a Nan y le pidió sin
aspavientos ni lágrimas: "Déjame permanecer contigo". Ciruelo Dorado era su
favorita y, al ver su rostro de niña, él siempre se conmovia. La sola idea
de suponerla muerta lo ponía loco, de modo que ideó una estratagema a fin
de salvarla: "En mi hora final no necesito mujeres. Esta noche dormiré
solo". Dio media vuelta y se marchó raudo, a fin de que su rostro no
denunciara la debilidad. Ciruelo Dorado, impenetrable, miró el diminuto
fénix del techo de las concubinas.
Esa mañana, al ver la puerta de madera polícroma del gineceo, decidió
entrar a fin de verificar si alguna se había quedado ganándose el derecho a
morir con su Emperador. Pero tuvo una horrible sorpresa: Ciruelo Dorado y
otras siete se habían quitado la vida.
Ternura, horror y culpa. Por salvarlas perdió la felicidad final de morir
juntos. Qué omnipotencia pensar que los demás siempre obrarán como uno espera.
Una tos discreta, a su espalda, lo hizo volver. Era Li, su último mago
fiel. Éste entendía todo sin preguntas y dijo, luego de una respetuosa
reverencia:
-Mi Señor. ya nada puedes hacer aquí. Salgamos al jardín pues quiero hablarte.
-Li. Ella, anoche... Ciruelo Dorado me dijo que deseaba quedarse, pero yo
creí que podía...
-Cuando uno trata de mejorar ciertos destinos sólo consigue complicarlos.
Vámonos de este sitio, te lo suplico.
Las puertas del Palacio estaban abiertas y también las del muro externo. El
pasto de los jardines había sido cortado pocas jornadas atrás pero era tal
la sensación de abandono, en aquel desolado erial, que el espejismo de
imaginarios yuyos se levantaba entre las junturas de las losas, al pie de
las plantas frutales, los pinos y los macizos de flores. Nan y Li cruzaron
un pequeño puente sobre un arroyuelo y desembocaron en una pequeña pradera
esplendorosa. La persistencia enjoyada del pasto debíase a que los ladrones
y la gente entrada en pánico no lo habían pisoteado. No por respeto,
ciertamente, sino debido a una superstición. Las residencias reales, en
China, siempre fueron descentralizadas. Los reyes europeos, y también
muchos asiáticos, ordenaron para su gloria la erección de grandes edificios
compactos, con cientos de habitaciones y poderosas murallas, capaces de
resistir un asedio. En tal sentido se dan la mano los palacios asirios y
egipcios, babilónicos e ingleses. Los chinos, en cambio, más
individualistas y respetuosos de los distintos estadios del alma (que, a
veces, desea estar sola), construyeron para sus Emperadores sistemas
arquitectónicos discontinuos. Para ellos era inconcebible que las mujeres,
los guardias, los eunucos, el Museo, las armas y el Tesoro Real estuviesen
confundidos en el mismo edificio con el Hijo del Cielo, en un mazacote
único, promiscuo, sin flores y sin belleza. Ríos artificiales y pequeños
puentes separaban las distintas partes del todo. Si en el Palacio Imperial
del último Chou el dormitorio del soberano era contiguo con el recinto de
las concubinas, ello se debió a una orden de Nan a sus arquitectos. Darles
tanta importancia y jerarquía a las mujeres, tanta como para desear
tenerlas excesivamente cerca, fue una decisión muy criticada por los
cortesanos. De todos los puentes que salían de la residencia propia de Nan,
sólo uno estaba reservado con exclusividad al soberano. Por una curiosa
superstición, muy difícil de explicar, los mismos que no se hicieron matar
por él y que incluso robaron sus pertenencias en la huida respetaron en
cambio el imperial Puente del Fénix. Como nadie pasó por allí, la pequeña
pradera esplendorosa de la cual hablamos pudo salvarse de la destrucción.
Nan y Li se sentaron sobre el pasto. El mago había traído una diminuta caja
de madera, en cuya tapa corrediza estaba grabado el símbolo Yin-Yang
rodeado por los ocho trigramas del Pa Kua, y un envoltorio más voluminoso.
Dejando la cajita a un lado procedió a desenvolver el paquete grande.
-Traje un poco de comida de mi casa, pues imaginé que en tu Palacio tan
enorme los cobardes no habrían dejado ni un puñado de trigo con gorgojos. A
ver. Veamos qué tenemos aquí: verduras en salmuera, arroz con pollo, el
Huevo Chino de los Cien Años y algo de vino. Te propongo que comamos sin
más ceremonias. -Li peroraba a fin de distraerlo. No quería que el Hijo del
Cielo muriese domesticado por el dolor. Miró de reojo a su Rey y prosiguió:
Estás muy silencioso, mi Señor. Quizá te ofende que haya violado el protocolo.
-Ciruelo Dorado, pobrecita... ¿Por qué me habrá querido tanto, si no soy
más que un viejo?
-Y no era la única en quererte. Otras siete se mataron con ella.
-Es cierto. Aun ahora soy inhumano. No tendrán funerales, pobres hermosas,
ni tableta ancestral que las recuerde.
-Hazles funerales dentro de ti. Que tu propio corazón sea la tableta con
ideogramas.
-Pronto arrasarán el Panteón de los Chou. Yo mismo padeceré en el otro
mundo por falta de ofrendas, recién ahora se me ocurre.
-No es que te recomiende que lo hagas, pero es mi obligación recordarte que
aún puedes huir al Este. Tengo caballos.
-Si huyo a Chou Oriental quedaré transformado en un Emperador irrisorio.
Caeré cada vez más bajo. Cuando los Imperios cambian su Capital es porque
ha llegado el fin de la dinastía. Bonito espectáculo daría yo, huyendo,
cuando hasta mis mujeres han tenido el valor de matarse. Estos cobardes han
huido porque creen que Ch'in tomará Lo. Yo no lo creo. La reserva como
postre, para cuando tome todo Chou, incluyendo la parte del Este.
Más allá de la pradera esplendorosa, donde reposaban Nan y Li cruzando un
riacho y al lado de un macizo de flores amarillas pisoteadas, al aire libre
pero frente a la puerta del Museo, podían verse unos objetos cilíndricos de
basalto negro: los famosos tambores de piedra de la dinastía Chou. Eran
rocas con más o menos la apariencia de tambores. Allí estaban grabados
setecientos ideogramas que daban cuenta de cierta expedición de caza que
realizó un Emperador quinientos cincuenta años antes de Nan. Esta
expedición había sido importante, y sobre todo lo fue consignarla, pues así
como se caza se guerrea. Las palabras comenzaban a borrarse pero aún eran
legibles.
Mientras Li partía el Huevo Chino de Cien Años en partes iguales, dijo Nan
luego de tomar un sorbo de vino:
-Si no fuera por lo que pesan, esos bandidos se hubiesen llevado hasta los
tambores de piedra.
-No te preocupes: ya se los llevarán los Ch'in a su Museo de la Guerra
-comentó Li con indiferencia, tendiéndole la mitad del Huevo.
-Los Ch'in. Pensar que seis siglos atrás uno de mis antepasados nombró
Duque de Ch'in a un tal Fei Tzi, que no era otra cosa que un caballerizo.
Sin duda mi antecesor no se soñaba que los descendientes de ese hombre se
tragarían a Chou como el gusano devora la manzana. Incluso es probable que
el buen rey Chau Siang corte la cabeza de mi cadáver para construirse con
ella una copa y tomar vino. Éstas son algunas de las bonitas costumbres que
tomaron de los Hsiang Nu, los Hu y otros bárbaros.
-Si quieres puedo quemar tu cabeza para que Chau no pueda darse ese gusto.
-No, nada de eso. No lo prives de ese placer. Después de todo se lo ha
ganado. Ch'in esperó seiscientos años este glorioso momento. Pienso, en
cambio, crearle una preocupación menor con los Nueve Tripodes Sagrados (2).
Hace tres días los saqué de Lo. Al fin, claro, caerán en sus manos, pero lo
hago para molestarlo.
En ese instante, del Oeste al Este pasó volando una grulla negra. El rostro
de Nan ensombreció:
-Es la Grulla de Ch'in.
Li echó un rápido vistazo al ave y siguió comiendo y tomando cortos sorbos
de vino sin hacer comentarios. Nan prosiguió:
-Me parece que por primera vez veo las cosas. Sonidos, colores. Con la
realidad de los sueños pero mejor, pues aquí soy dueño de mi persona.
-¿Por qué "la realidad de los sueños"?
-Porque los sueños son violentos y reales, pero te dominan. Y este sitio es
tan verdadero como un sueño pero incomparablemente superior. Durante
cincuenta y ocho años he sido un Emperador de fantasía, que ni siquiera fue
Rey...
-Has sido un gran Rey y quizás el más noble de todos los Emperadores Chou.
-Pero no tenía poder verdadero y mis órdenes no se cumplían. Todo me salió
mal y, aparte, el Dragón Negro de los Ch'in está muy alto en el Cielo. Pero
no es de esto que deseaba hablarte. Por más Emperador de pacotilla que yo
haya sido lo fui durante cincuenta y ocho años, y con las mismas
obligaciones y servicios que un verdadero Hijo Celestial. Nunca tuve una
mañana para mí. No hemos sido campesinos ni tú ni yo, Li.
-Yo sí.
-Ah: es verdad que tú vienes del Ducado de Lu, lo mismo que Confucio.
-Y fui muy pobre. Hasta que tú me elevaste, mi Señor.
-Me olvidé. Han pasado tantos años. Pena que no fui campesino. Lamento no
saber qué es la expectativa de levantarse cada mañana y ver el bosque. Sus
sonidos y colores. Ya no podré hacerlo. Es una lástima.
-Si te sirve de consuelo te diré que el campesino tampoco puede. No tiene
tiempo.
-No lo había pensado. El campesino es una de las cosas que nunca miré. -El
Rey (o quizás Emperador) Nan se quedó meditando. Luego preguntó: -¿Entonces
nadie tiene tiempo de ver el bosque, en China?
-Solamente los poetas. Esos que algunos tontos llaman desocupados, ociosos
e inservibles. Por eso siempre sostuve que el Estado debe protegerlos, para
que alguien pueda ver y oír. Dicen que las montañas no cambian, pero es
mentira. Sí que cambian. La montaña respira y su mole se mueve. Las aguas
del Wei no son las mismas hoy que ayer. ¿Cómo van a saber, las personas de
dentro de dos o tres mil años, la forma que tenía un árbol mientras vivían
los Chou? La poesía es la historia secreta de nuestro país.
Nan miró el sol que seguía subiendo.
-¿Qué harías tú, Li, si yo te ordenase viajar al Oriente y salvar tu vida?
-Sentiría mucha pena porque nunca desobedecí una orden de mi Emperador. Me
aterra la posibilidad de terminar toda una vida de servicio con un acto tan
reprochable.
Nan suspiró.
-Podríamos aún concedernos dos horas para hablar de las cosas buenas que
vivimos: de las sopas de tortuga y nido de golondrina, de las codornices
cocidas en queso, de las hierbas aromáticas y los picantes, de la infancia
y los juegos del amor... —recordó de pronto a Ciruelo Dorado y a las otras
siete—. Pero todo ello haría más difícil la tarea inevitable. Es preciso
entonces no vacilar y endurecer el corazón.
Li asintió y procedió a tomar la cajita de madera que tenía grabados el Pa
Kua y el símbolo Yin-Yang. Corrió la tapa mostrándole al Rey Nan su interior:
-Hay aquí dos perlas negras, tal como puedes ver. Las obtuve de las
amapolas (3). Son una sustancia muy particular, que sirve para curar,
apagar el dolor o viajar a los Torrentes Amarillos sin dificultades ni
molestias. Caerás en un sueño cada vez más profundo. Al principio raro pero
placentero. Después aparecerán algunos monstruos, pero no temas: no es más
que la vida, ansiosa de seguir viviendo y que se defiende. Por último
aparecerán en lontananza las Nueve Cisternas, señal de que falta poco. Para
ese entonces la vida habrá dejado de luchar y los Torrentes te conducirán
en forma placentera hacia el fondo. Toma esta perla y bébela con un poco de
vino. -Nan se apresuró a obedecerlo. Luego Li prosiguió:- Mientras
esperamos... aguarda un instante a que yo tome la otra... te contaré un
cuento. Es uno que inventé para mi hijo, que cuando era pequeño tenía mucho
miedo a la muerte. Tú ya seguramente recuerdas que murió catorce años
atrás, como oficial tuyo, combatiendo contra Ch'in (4) ¡Cómo los derrotamos
en aquella ocasión! Pero eran otros tiempos. El cuento se llama El Fantasma
y el Dragón. Un hombre perdió la vida y su espectro dirigióse a los
Torrentes Amarillos. Caminó y caminó por un páramo desolado, con cenizas de
un metro de alto. Luego de vadear la ceniza se encontró con la horrenda
Catarata que, oro y espectral, se precipitaba desde una enorme elevación.
Parte de la ceniza del camino caía en copos, revoloteando como la nieve. El
hombre, para cumplir con su muerte, se arrojó. Tardó cien años en llegar al
fondo, tan profundo es ese abismo. Abajo encontró un dragón que acababa de
morir. Empezaron a caminar juntos hasta el Castillo de los Muertos, donde
los esperaba el Prinape Yen. Hacía mucho frío. -Li vio de reojo que Nan,
con los ojos cerrados, temblaba levemente-, y debieron atravesar ríos de
mercurio a cuyas márgenes crecían plantas de piedra. Caminaron días y días.
El dragón se limitaba a mirarlo cada tanto, pero sin responder a ninguno de
sus comentarios. Caminaron meses y meses. El hombre empezó a cansarse de
tanto silencio. "Oye, dragón, ¿por qué no me hablas? Después de todo estás
tan muerto como yo." El dragón lo observó con lástima y afecto. Se ve que
no podía hablar. Caminaron años y años. El Castillo de los Muertos estaba
cada vez más cerca. El umbral de la entrada solo era más alto que las
montañas de la cordillera Tsinglin. "Pronto deberemos trepar el altísimo
umbral y aún no te has dignado dirigirme la palabra. Quisiera saber, por
ejemplo, los motivos de tus cambios de color. Cuando te encontré eras azul.
Luego, al marchar, te tornaste negro, verde, rojo. Ahora eres como de
plomo, con partículas doradas. ¿Cuál es el misterio?" -Nan ya estaba
inmóvil.- El dragón parecía a punto de hablar, pero justo en ese momento se
oyeron tres fuertes golpes que conmovieron todo, hasta el Castillo de los
Muertos. Las partículas doradas del dragón crecieron hasta ocupar su
cuerpo, que se hizo de oro esplendente, como en fragua. El hombre despertó
en su cama. A un lado vio a su mujer llorando de alegría y a cierto médico
taoísta. "Estuviste sin sentido durante tres días y muerto por completo
durante un minuto", dijo el médico. "Felizmente, luego de golpearte tres
veces en el pecho, logré mutar el dragón a tiempo." Y le mostró un vaso
lleno de líquido dorado. Cuatro días más tarde el hombre trabajaba otra vez
en el arrozal.
Li auscultó a Nan y pudo verificar que el Hijo del Cielo estaba muerto. El
mago, tal su intención, había tragado una falsa perla, inofensiva e inocua.
Ahora, ya cumplido el servicio, sacó de entre sus ropas el opio verdadero y
se apuró a tragarlo con la ayuda de un poco de vino.


El anciano Rey Chau Siang, de Ch'in, no tomó Lo, capital de Chou. Tal como
Nan había predicho la "reservaban como postre": todo Chou cayó siete años
después de la muerte de Nan Hwang, el último Emperador Chou. En cuanto a
los Trípodes Sagrados de los Shang, que estuvieron nueve siglos en manos de
la dinastía Chou, fueron capturados por Ch'in en el año 255 antes de la era
cristiana (uno después del suicidio del glorioso rey Nan).



(1) Los Torrentes Amarillos o Las Nueve Fuentes Arnarillas: el Mundo de los
Muertos, para los antiguos chinos.

(2) Los Nueve Trípodes Sagrados eran de bronce y fueron fabricados durante
la dinastía Shang. En ellos estaban grabados los rnapas del Imperio y sus
nueve divisiones. Los Chou los conservaron novecientos años en su poder,
pues representaban el poder imperial. Quien no tenía los Trípodes no era
reconocido como Hijo del Cielo.

(3) La introducción del opio, en China, es muy posterior a la muerte del
rey Nan. El mago Li, con seguridad, descubrió la droga por su cuenta. En su
casa tenía arnapolas para sus magias.

(4) Si bien el Emperador Nan no se involucró directamente en ese conflicto,
envió oficiales a luchar, disimuladamente, contra Ch'in. Este último Estado
advirtió a Nan que la repetición de tales acciones bélicas encubiertas
desembocaría en guerra franca.


Tomado de "La mujer en la muralla", de Alberto Laiseca.
© 1990 Alberto Laiseca.
©1990 Editorial Planeta.

***

Nota biografica

Alberto Laiseca nació en Rosario en 1941. Trabajó en diferentes oficios en
distintas provincias. Fue durante seis años empleado telefónico y durante
otros diez corrector de pruebas en el diario La Razón. Desde hace algunos
años es asesor de la editorial Letra Buena. Ha publicado las novelas Su
turno para morir (1976), Aventuras de un novelista atonal (1982), La hija
de Kheops (1989), La mujer en la muralla (1990) y El jardín de las máquinas
parlantes (1993), los relatos de Matando enanos a garrotazos (1982), el
ensayo Por favor ¡plágienme! (1991) y los Poemas chinos (1987). Pero
bastante antes de publicar su primer libro, Alberto Laiseca ya estaba
trabajando en lo que se convertiría en su mítico hijo literario: Los Soria,
una monumental saga novelística de mil quinientas páginas que intenta
«reflexionar sobre el poder absoluto y la posibilidad de organizarlo de un
modo más humanizado», según Laiseca. Finalmente, dieciseis años después de
terminada, Los Soria será publicada este año (1998) por la editorial Simurg.

Entre sus obras:
Su turno para morir (1976)
Matando enanos a garrotazos (1982)
Aventuras de un novelista atonal (1982)
Poemas chinos (1987)
La hija de Kheops (1989)
La mujer en la muralla (1990)
Por favor ¡plágienme! (1991)
El jardín de las máquinas parlantes (1993)
Los Soria (1998)
El gusano máximo de la vida misma (1999)

***

La escena del crimen

El autor de Matando enanos a garrotazos y la inminente (y a esta altura,
mítica) Los Soria, muestra su ámbito de trabajo, paradigma del caos
meticulosamente ordenado.

Alberto Laiseca muestra orgulloso su abarrotado estudio, compuesto por:
ventana a la avenida San Juan con persiana a media asta, biblioteca ad hoc
con ladrillos por soporte, poster en el piso (“Nadie me toque la Pepsi” o
algo así) y cientos de libros -los más antiguos, indiscernibles en
contenido y autoría-, un gigantesco escritorio con prolijas pilas de
papeles manuscritos y bolsas de plástico dobladas, cajas con el enigmático
cartel Ropas teatrales-Este lado arriba, un globo terráqueo de bolsillo,
dos cilindros de cartón con un clavo pegado en su parte superior (función:
desconocida), un cenicero lleno hasta reventar y una botella de cerveza
vacía. “El lugar físico importa mucho. He escrito en ómnibus y en el medio
del campo, pero me gusta tener mi ámbito”, comenta el autor de La hija de
Keops. En los extraños momentos de limpieza general, Laiseca confiesa que
mueve las pilas para volver a colocarlas exactamente donde estaban. Es
decir, su mantra sería algo así como: se limpia, pero no se ordena. “Quizás
éste sería el momento de archivar cosas”, dice.
Nada de música para Laiseca, y tampoco libros de cabecera: “Sólo para
algunas novelas. Para Los Soria leí muchos tomos de la Biblioteca del
Oficial, y otras cosas para investigar, por ejemplo, cuáles son los
minerales más necesarios en caso de guerra”. Más que tener a mano a sus
autores predilectos, el autor de El jardín de las máquinas parlantes los
tiene presentes: “Recuerdo permanentemente los libros de maestros como
Oscar Wilde, que me acompaña todo el tiempo, o el Tao te-King, un libro que
leí mil veces, pero sigo tratando de entender”.
En el match que enfrenta dos hábitos de escritura (día/noche, máquina de
escribir/computadora), Laiseca tiene los tantos claros: “Escribo mejor de
noche, soy lo que los astrólogos llaman un hombre lunar. Cuando sale
nuestra madre la Luna nos da mucha fuerza, pero eso tiene su precio: el
cuerpo apela a una energía extra que se gasta y uno se cansa demasiado, por
lo que trato de escribir de día”. Computadora de ninguna manera, dice el
autor de Por favor, ¡plágienme!, a causa de su condición de neófito: “No
tengo la menor idea de cómo manejar una computadora. Escribo a mano, o a
máquina. Tipeo yo: Liquid Paper, papelitos con talco y esas cosas. Soy
bastante prolijo con los manuscritos, pero lo peor de todo es la primera
página: tuve que reescribir veinte veces una novela mía, y no es una manera
de decir”.

Aparecido en: Literatura.org
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