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[P/Lx@846] Garcia Marquez: Memoria de mis putas tristes   Lista de mensajes  
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Paraleer te regala un nuevo libro!
El último de Gabriel García Márquez
"Memoria de mis putas tristes"
Descargalo en formato .doc de nuestro Almacén:
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer/files/Cuentosyrelatos/
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[P/Lx@] Paraleer a Gabo
Compartimos un fragmento del capítulo 1 del último libro de Gabriel García
Márquez, "Memoria de mis putas tristes".


«No debía hacer nada de mal gusto,
advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada.
No debía poner el dedo en la boca
de la mujer dormida ni intentar nada parecido.»

Yasunari Kawabata,
La casa de las bellas dormidas

1

El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una
adolescente virgen. Me acordé de Rosa Cabarcas, la dueña de una casa
clandestina que solía avisar a sus buenos clientes cuando tenía una novedad
disponible. Nunca sucumbí a ésa ni a ninguna de sus muchas tentaciones
obscenas, pero ella no creía en la pureza de mis principios. También la
moral es un asunto de tiempo, decía, con una sonrisa maligna, ya lo verás.
Era algo menor que yo, y no sabía de ella desde hacía tantos años que bien
podía haber muerto. Pero al primer timbrazo reconocí la voz en el teléfono,
y le disparé sin preámbulos:

-Hoy sí.

Ella suspiró: Ay, mi sabio triste, te desapareces veinte años y sólo
vuelves para pedir imposibles. Recobró enseguida el dominio de su arte y me
ofreció una media docena de opciones deleitables, pero eso sí, todas
usadas. Le insistí que no, que debía ser doncella y para esa misma noche.
Ella preguntó alarmada: ¿Qué es lo que quieres probarte? Nada, le contesté,
lastimado donde más me dolía, sé muy bien lo que puedo y lo que no puedo.
Ella dijo impasible que los sabios lo saben todo, pero no todo: Los únicos
Virgos que van quedando en el mundo son ustedes los de agosto. ¿Por qué no
me lo encargaste con más tiempo? La inspiración no avisa, le dije. Pero tal
vez espera, dijo ella, siempre más resabida que cualquier hombre, y me
pidió aunque fueran dos días para escudriñar a fondo el mercado. Yo le
repliqué en serio que en un negocio como aquél, a mi edad, cada hora es un
año. Entonces no se puede, dijo ella sin la mínima duda, pero no importa,
así es más emocionante, qué carajo, te llamo en una hora.

No tengo que decirlo, porque se me distingue a leguas: soy feo, tímido y
anacrónico. Pero a fuerza de no querer serlo he venido a simular todo lo
contrario. Hasta el sol de hoy, en que resuelvo contarme como soy por mi
propia y libre voluntad, aunque sólo sea para alivio de mi conciencia. He
empezado con la llamada insólita a Rosa Cabarcas, porque visto desde hoy,
aquél fue el principio de una nueva vida a una edad en que la mayoría de
los mortales están muertos.

Vivo en una casa colonial en la acera de sol del parque de San Nicolás,
donde he pasado todos los días de mi vida sin mujer ni fortuna, donde
vivieron y murieron mis padres, y donde me he propuesto morir solo, en la
misma cama en que nací y en un día que deseo lejano y sin dolor. Mi padre
la compró en un remate público a fines del siglo XIX, alquiló la planta
baja para tiendas de lujo a un consorcio de italianos, y se reservó este
segundo piso para ser feliz con la hija de uno de ellos, Florina de Dios
Cargamantos, intérprete notable de Mozart, políglota y garibaldina, y la
mujer más hermosa y de mejor talento que hubo nunca en la ciudad: mi madre.

El ámbito de la casa es amplio y luminoso, con arcos de estuco y pisos
ajedrezados de mosaicos florentinos, y cuatro puertas vidrieras sobre un
balcón corrido donde mi madre se sentaba en las noches de marzo a cantar
arias de amor con sus primas italianas. Desde allí se ve el parque de San
Nicolás con la catedral y la estatua de Cristóbal Colón, y más allá las
bodegas del muelle fluvial y el vasto horizonte del río grande de la
Magdalena a veinte leguas de su estuario. Lo único ingrato de la casa es
que el sol va cambiando de ventanas en el transcurso del día, y hay que
cerrarlas todas para tratar de dormir la siesta en la penumbra ardiente.
Cuando me quedé solo, a mis treinta y dos años, me mudé a la que fuera la
alcoba de mis padres, abrí una puerta de paso hacia la biblioteca y empecé
a subastar cuanto me iba sobrando para vivir, que terminó por ser casi
todo, salvo los libros y la pianola de rollos.

Durante cuarenta años fui el inflador de cables de El Diario de La Paz, que
consistía en reconstruir y completar en prosa indígena las noticias del
mundo que atrapábamos al vuelo en el espacio sideral por las ondas cortas o
el código Morse. Hoy me sustento mal que bien con mi pensión de aquel
oficio extinguido; me sustento menos con la de maestro de gramática
castellana y latín, casi nada con la nota dominical que he escrito sin
desmayos durante más de medio siglo, y nada en absoluto con las gacetillas
de música y teatro que me publican de favor las muchas veces en que vienen
intérpretes notables. Nunca hice nada distinto de escribir, pero no tengo
vocación ni virtud de narrador, ignoro por completo las leyes de la
composición dramática, y si me he embarcado en esta empresa es porque
confío en la luz de lo mucho que he leído en la vida. Dicho en romance
crudo, soy un cabo de raza sin méritos ni brillo, que no tendría nada que
legar a sus sobrevivientes de no haber sido por los hechos que me dispongo
a referir como pueda en esta memoria de mi grande amor.

El día de mis noventa años había recordado, como siempre, a las cinco de la
mañana. Mi único compromiso, por ser viernes, era escribir la nota firmada
que se publica los domingos en El Diario de La Paz. Los síntomas del
amanecer habían sido perfectos para no ser feliz: me dolían los huesos
desde la madrugada, me ardía el culo, y había truenos de tormenta después
de tres meses de sequía. Me bañé mientras estaba el café, me tomé un tazón
endulzado con miel de abejas y acompañado con dos tortas de cazabe, y me
puse el mameluco de lienzo de estar en casa.

El tema de la nota de aquel día, cómo no, eran mis noventa años. Nunca he
pensado en la edad como en una gotera en el techo que le indica a uno la
cantidad de vida que le va quedando. De muy niño oí decir que cuando una
persona muere los piojos que incuban en la pelambre escapan pavoridos por
las almohadas para vergüenza de la familia. Esto me escarmentó de tal
suerte, que me dejé tusar a coco para ir a la escuela, y las escasas hebras
que me quedan me las lavo todavía con el jabón del perro agradecido. Quiere
decir, me digo ahora, que de muy niño tuve mejor formado el sentido del
pudor social que el de la muerte.

Desde hacía meses había previsto que mi nota de aniversario no fuera el
sólito lamento por los años idos, sino todo lo contrario: una glorificación
de la vejez. Empecé por preguntarme cuándo tomé conciencia de ser viejo y
creo que fue muy poco antes de aquel día. A los cuarenta y dos años había
acudido al médico con un dolor de espaldas que me estorbaba para respirar.
El no le dio importancia: Es un dolor natural a su edad, me dijo.

-En ese caso -le dije yo-, lo que no es natural es mi edad.

El médico me hizo una sonrisa de lástima. Veo que es usted un filósofo, me
dijo. Fue la primera vez que pensé en mi edad en términos de vejez, pero no
tardé en olvidarlo. Me acostumbré a despertar cada día con un dolor
distinto que iba cambiando de lugar y forma a medida que pasaban los años.
A veces parecía ser un zarpazo de la muerte y al día siguiente se esfumaba.
Por esa época oí decir que el primer síntoma de la vejez es que uno empieza
a parecerse a su padre. Debo estar condenado a la juventud eterna, pensé
entonces, porque mi perfil equino no se parecerá nunca al caribe crudo que
fue mi padre, ni al romano imperial de mi madre. La verdad es que los
primeros cambios son tan lentos que apenas si se notan, y uno sigue
viéndose desde dentro como había sido siempre, pero los otros los advierten
desde fuera.

En la quinta década había empezado a imaginarme lo que era la vejez cuando
noté los primeros huecos de la memoria. Sabaneaba la casa buscando los
espejuelos hasta que descubría que los llevaba puestos, o me metía con
ellos en la regadera, o me ponía los de leer sin quitarme los de larga
vista. Un día desayuné dos veces porque olvidé la primera, y aprendí a
reconocer la alarma de mis amigos cuando no se atrevían a advertirme que
les estaba contando el mismo cuento que les conté la semana anterior. Para
entonces tenía en la memoria una lista de rostros conocidos y otra con los
nombres de cada uno, pero en el momento de saludar no conseguía que
coincidieran las caras con los nombres.

Mi edad sexual no me preocupó nunca, porque mis poderes no dependían tanto
de mí como de ellas, y ellas saben el cómo y el porqué cuando quieren. Hoy
me río de los muchachos de ochenta que consultan al médico asustados por
estos sobresaltos, sin saber que en los noventa son peores, pero ya no
importan: son riesgos de estar vivo. En cambio, es un triunfo de la vida
que la memoria de los viejos se pierda para las cosas que no son
esenciales, pero que raras veces falle para las que de verdad nos
interesan. Cicerón lo ilustró de una plumada:

No hay un anciano que olvide dónde escondió su tesoro.

Con esas reflexiones, y otras varias, había terminado un primer borrador de
la nota cuando el sol de agosto estalló entre los almendros del parque y el
buque fluvial del correo, retrasado una semana por la sequía, entró
bramando en el canal del puerto. Pensé: Ahí llegan mis noventa años. Nunca
sabré por qué, ni lo pretendo, pero fue al conjuro de aquella evocación
arrasadora cuando decidí llamar por teléfono a Rosa Cabarcas para que me
ayudara a honorar mi aniversario con una noche libertina. Llevaba años de
santa paz con mi cuerpo, dedicado a la relectura errática de mis clásicos y
a mis programas privados de música culta, pero el deseo de aquel día fue
tan apremiante que me pareció un recado de Dios. Después de la llamada no
pude seguir escribiendo. Colgué la hamaca en un recodo de la biblioteca
donde no da el sol por la mañana, y me tumbé con el pecho oprimido por la
ansiedad de la espera...

Para continuar la lectura de "Memoria de mis putas tristes"
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Copyleft. Paraleer reproduce este texto con fines educativos.
© 2004 - GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. Memoria de mis putas tristes
Grupo Editorial Norma - Mondadori

Gracias a Sysbel por su colaboración.
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