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[P/Lx@850] Cortázar: Argentina: años de alambradas culturales   Lista de mensajes  
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"Las hermosas palabras de toda nuestra lucha,
enferman por el mal uso que les da el enemigo"
Julio Cortázar
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A 29 años del golpe militar en Argentina
Ni olvido ni perdón. Justicia y castigo a los culpables.


[P/Lx@] Para leer a Cortázar

En su último libro, "Argentina: años de alambradas culturales" publicado en
1984, año de su muerte; con su riqueza lexicográfica, audaz utilización del
lenguaje, modismos y neologismos enriquecedores, el comprometido gran
escritor argentino Julio Cortázar arremete contra la pretensión de
uniformar la vida, la cultura y el pensamiento, denunciando la
instrumentalización de cada palabra por los que pretenden imponer sus
criterios por la fuerza, la corrupción, el soborno y las guerras. Julio
Cortázar enseña con sus las palabras.

Fragmento de Argentina: años de alambradas culturales
por Julio Cortázar

Si algo sabemos los escritores es que las palabras pueden llegar a cansarse
y a enfermarse, como se cansan y enferman los hombres y los caballos. Hay
palabras que, a fuerza de ser repetidas y muchas veces mal empleadas,
terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad.
En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo que fueron alguna
vez, flechas de la comunicación, pájaros del pensamiento y de la
sensibilidad, las vemos o las oímos caer como piedras opacas, empezamos a
no recibir de lleno su mensaje o a percibir sólamente una faceta de su
contenido, a sentirlas como monedas gastadas, a perderlas cada vez más como
signos vivos y a servirnos de ellas como pañuelos de bolsillo, como zapatos
usados.
Sabemos que hay palabras-clave, palabras-cumbre que condensan nuestras
ideas, nuestras esperanzas y nuestras decisiones, y que deberían brillar
como estrellas mentales cada vez que se las pronuncia. Sabemos muy bien
cuáles son esas palabras en las que se centran tantas obligaciones y tantos
deseos: libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social o
democracia, entre otras muchas.
Ahí estan otra vez porque ellas aglutinan una inmensa carga positiva, sin
la cual nuestra vida, tal como la entendemos, no tendría el menor sentido,
ni como individuos ni como pueblos. Aquí están otra vez esas palabras, las
estamos diciendo, las estamos escuchando. Pero en algunos de nosostros,
acaso porque tenemos un contacto más obligado con el idioma, que es nuestra
herramienta estética de trabajo, se abre un sentimiento de inquietud, un
temor que sería fácil callar en el entusiasmo y la fe del momento, pero que
no debe ser callado cuando se le siente con la fuerza y la angustia con las
que a mí me ocurre siempre.
Una vez más, como en las reuniones, tantos coloquios, mesas redondas,
tribunales y tantas comisiones, surgen entre todos nosotros palabras cuya
necesaria repetición es una prueba más de su importancia. Pero, a la vez,
se diría que esa reiteración las está limando, desgastando, apagando.
Digo libertad, digo democracia y, de pronto, siento que he dicho esas
palabras sin haberme planteado una vez más su sentido más hondo, su mensaje
más agudo, y siento también que muchos de los que las escuchan las están
recibiendo a su vez como algo que amenaza convertirse en un estereotipo, o
en un cliché sobre el cual todo el mundo está de acuerdo, porque esa es la
naturaleza misma del cliché y del esterotipo. Anteponer un lugar común a
una vivencia, un convencimiento a una reflexión, una piedra opaca a un
pájaro vivo.

Definiciones inequívocas

¿Con qué derecho digo estas cosas? Con el simple derecho de alguien que ve
en el habla el punto más alto que haya escalado el hombre, buscando saciar
su sed de conocimiento y de comunicación. Es decir, de avanzar
positivamente en la Historia como ente social y de ahondar, como individuo,
en el contacto con sus semejantes.
Sin la palabra no habría historia y tampoco habría amor. Seríamos mera
perpetuación y mera sexualidad. El habla nos une como pareja, como
sociedades, y como pueblos. Hablamos porque somos, pero somos porque
hablamos. Es entonces que en las encrucijadas críticas, en el
enfrentamiento de la luz contra las tinieblas, de la razón contra la
brutalidad, de la democracia contra el fascismo, el habla asume un valor
del que no siempre nos damos plena cuenta.
Ese valor, que debería ser nuestra fuerza diurna frente a las acometidas de
la fuerza nocturna, ese valor que nos mostraría con una máxima claridad el
camino frente al laberinto y las trampas que nos tiende el enemigo, ese
valor del habla lo manejamos a veces como quien pone en marcha su automóvil
o sube la escalera de su casa, mecánicamente, casi sin pensar, dándolo por
sentado y por válido, descontando que la libertad es la libertad y la
justicia es la justicia, así tal cual y sin más, como el cigarrillo que
ofrecemos o que nos ofrecen.
Hoy, en que tanto en España como en muchos otros países del mundo se juega
una vez más el destino de los pueblos frente al resurgimiento de las
pulsiones más negativas de la especie, yo siento que no siempre hacemos el
esfuerzo necesario para definirnos inequívocamente en el plano de la
comunicación verbal, para sentirnos seguros de las bases profundas de
nuestras convicciones y de nuestras conductas sociales y políticas. Eso
puede llevarnos en muchos casos a luchar en la superficie, a batirnos sin
conocer a fondo el terreno donde se libra la batalla y donde debemos
ganarla. Seguimos dejando que esas palabras, que transmiten nuestras
consignas, nuestras opciones y nuestras conductas, se desgasten y se
fatiguen a fuerza de repetirse dentro de moldes aventajados, de retóricas
que inflaman la pasión y la buena voluntad, pero que no incitan a la
reflexión creadora, al avance en profundidad de la inteligencia, a tomas de
posición que signifiquen un real paso adelante en la búsqueda de nuestro
futuro.
Todo esto sería acaso menos grave si frente a nosotros no estuvieran
aquellos que, tanto en el plano del idioma como en el de los hechos,
intentan todo lo posible para imponernos una concepción de la vida, del
Estado, de la sociedad y del individuo, basada en el desprecio elitista, en
la discriminación por razones raciales y económicas, en la conquista de un
poder omnímodo por todos los medios a su alcance, desde la destrucción
física de pueblos enteros hasta el sojuzgamiento de aquellos grupos humanos
que ellos destinan a la explotación económica y a la alienación individual.
Si algo distingue al fascismo e imperialismo, como técnicas de
infiltración, es precisamente el lenguaje, su manera de servirse de cada
uno de los conceptos que estamos utilizando aquí para alterar y viciar su
sentido más profundo y proponerlos como consignas de su ideología.
Palabras como patria, libertad y civilización saltan como conejos en todos
sus discursos, en todos sus artículos periodísticos. Pero para ellos, la
patria es una plaza fuerte destinada por definición a menospreciar y a
amenazar a cualquier otra patria que no esté dispuesta a marchar a su lado
en el desfile de los pasos de ganso. Para ellos, la libertad es su
libertad, la de una minoría entronizada y todopoderosa, sostenida
ciegamente por masas realmente masificadas.
Para ellos, la civilización es el estancamiento en un conformismo
permanente, en una obediencia incondicional. Y es entonces que nuestra
excesiva confianza en el valor positivo, que para nosotros tienen estos
términos, puede colocarnos en desventaja frente a ese uso diabólico del
lenguaje. Por la muy simple razón de que nuestros enemigos han mostrado su
capacidad de insinuar, de introducir paso a paso un lenguaje que se presta
al engaño y, si por nuestra parte, no damos al lenguaje su sentido más
auténtico y verdadero, puede llegar el momento en que ya no se vea con la
suficiente claridad la diferencia esencial entre nuestros valores políticos
y sociales y los de aquellos que presentan sus doctrinas vestidas con
prendas parecidas.
Puede llegar el día en que el uso reiterado de las mismas palabras por unos
y otros no deje ver ya la diferencia esencial de sentido que hay en
términos tales como "individuo", como "justicia social", como "derechos
humanos", según sean dichos por nosotros o los demagogos del imperialismo o
del fascismo.
Hubo un tiempo, sin embargo, en que las cosas no fueron así. Basta mirar
hacia atrás en la historia para asistir al nacimiento de esas palabras en
sus formas más puras, para sentir su temblor matinal en los labios de
tantos visionarios, de tantos filósofos y de tantos poetas.
Eso, que era expresión de utopías o de ideal en sus bocas y en sus
escritos, habría de llenarse de ardiente vida cuando una primera y fabulosa
convulsión popular las volvió realidad en el estallido de la Revolución
francesa. Hablar de libertad, de igualdad y de fraternidad dejó entonces de
ser una abstracción del deseo para entrar de lleno en la dialéctica
cotidiana de la historia vivida y, a pesar de las contrarrevoluciones, de
las traiciones profundas que habrían de encarnarse en figuras como las de
un Napoleón Bonaparte y las de tantos otros, esas palabras conservaron su
sabor más humano, su mensaje más acuciante, despertando a otros pueblos,
acompañando el nacimiento de las democracias y la liberación de tantos
países oprimidos a lo largo de todo el siglo XIX y la primera mitad del
nuestro (siglo XX).
Esas palabras no estaban ni enfermas ni cansadas, a pesar de que, poco a
poco, los intereses de una burguesía egoísta y despiadada empezaba a
recuperarlas para sus propios fines, que eran y son engaño, el lavado de
cerebros ingenuos o ignorantes, el espejismo de la falsa democracia, como
lo estamos viendo en la mayoría de los países industrializados, decididos a
imponer su ley y sus métodos a la totalidad de nuestro planeta.
Poco a poco, esas palabras se viciaron, se enfermaron a fuerza de ser
violadas por las peores demagogias del lenguaje dominante. Nosotros, que
las amamos porque en ellas alienta nuestra verdad, nuestra esperanza y
nuestra lucha, seguimos diciéndolas porque las necesitamos, porque son las
que deben expresar y transmitir nuestras normas de vida y nuestras
consignas de combate. Un ejemplo, entre muchos, puede mostrar la cínica
deformación del lenguaje por parte de los opresores de los pueblos. A lo
largo de la segunda Guerra Mundial, yo escuchaba desde mi país, Argentina,
las transmisiones radiales, por onda corta, de los aliados y de los nazis.
Recuerdo, con un asco que el tiempo no ha hecho más que multiplicar, que
las noticias difundidas por la radio de Hitler comenzaba cada vez con esta
frase: Aquí Alemania, defensora de la cultura. Cada noche, la voz repetía
la misma frase. La repetía mientras millones de judíos eran exterminados en
los campos de concentración, la repetía mientras los teóricos hitleristas
proclamaban sus teorías sobre la primacía de los arios puros y su desprecio
por el resto de la humanidad, a la que consideraban como inferior.
La palabra cultura, que concentra en su infinito contenido la definición
más alta del ser humano, era presentada como un valor que el hitlerismo
pretendía defender con sus divisiones blindadas, quemando libros en
inmensas piras, condenando las formas más audaces y hermosas del arte
moderno, masificando el pensamiento y la sensibilidad de enormes multitudes.
Eso sucedía en los años cuarenta, pero la distorsión del lenguaje es
todavía peor en nuestros días, cuando la sofisticación de los medios lo
hace más eficaz y peligroso. Porque ahora franquea los últimos umbrales de
la vida individual y, desde los canales de televisión o desde las ondas
radiales, puede invadir y fascinar a quienes no siempre son capaces de
reconocer sus verdaderas intenciones.

Colonizar la inteligencia

Mi propio país, Argentina, proporciona otro ejemplo de esta colonización de
la inteligencia por deformación de la palabra.
En los momentos en que diversas comisiones internacionales investigaban las
denuncias sobre miles y miles de desaparecidos en el país y daban a conocer
informes aplastantes, donde todas las formas de violación de los derechos
humanos aparecían probadas y documentadas, los militares organizaron una
propaganda basada en el siguiente eslógan: Los argentinos somos derechos y
humanos.
Así, esos dos términos indisolublemente ligados desde la Revolución
francesa y, en nuestros días, por la Declaración de Naciones Unidas, fueron
insidiosamente separados y la noción de derecho pasó a tomar un sentido
totalmente disociado de su significación ética, jurídica y política para
convertirse en el elogio demagógico de una supuesta manera de ser de todos
los argentinos.
Pero acaso no haya en estos momentos una utilización más insidiosa del
habla que la utilizada por el imperialismo norteamericano para convencer a
su propio pueblo, y a los de sus aliados europeos, de que es necesario
sofocar de cualquier manera la lucha revolucionaria.
Para empezar, se escamotea el término "revolución" a fin de negar el
sentido esencial de la larga y dura lucha de los pueblos por su libertad
-otro término que es cuidadosamente eliminado-, y todo se reduce así a lo a
lo que se califica de enfrentamientos entre grupos de ultraderecha y
ultraizquierda (estos últimos denominados siempre como "marxistas"), en
medio de los cuales, los gobiernos aparecen como agentes de moderación y de
estabilidad, que es necesario proteger a toda costa. La consecuencia de
este enfoque verbal, totalmente falseado, tiene por objeto convencer a la
población norteamericana de que, frente a toda situación política
considerada como inestable en los países vecinos, el deber de los Estados
Unidos es defender la democracia, dentro y fuera de sus fronteras, con lo
cual ya tenemos bien instalada la palabra "democracia" en un contexto con
el que, naturalmente, no tiene nada que ver.
Así podríamos seguir pasando revista al doble juego de escamoteos y
tergiversaciones verbales que, como muy bien se puede comprobar cien veces
en tantos casos, termina por influir en mucha gente y, lo que es aún peor,
golpea las puertas de nuestro propio discurso político con las armas de la
televisión, de la prensa y del cine, para ir generando una confusión mental
progresiva, un desgaste de valores, una lenta enfermedad del habla, una
fatiga contra la que no siempre hemos luchado ni luchamos como deberíamos
hacerlo. ¿Pero en qué consiste ese deber? Detrás de cada palabra está
presente el hombre como historia y como conciencia y es en la naturaleza
del hombre donde se hace necesario ahondar a la hora de asumir, de exponer
y de defender nuestra concepción de la democracia, de la libertad y de la
justicia social. Ese hombre que pronuncia tales palabras, ¿está bien seguro
de que cuando habla de democracia abarca el conjunto de sus semejantes sin
la mejor restricción de tipo étnico, religioso o idomático?
Ese hombre que habla de libertad, ¿está seguro de que en su vida privada,
en el terreno del matrimonio, de la sexualidad, de la paternidad o la
maternidad, está dispuesto a vivir sin privilegios atávicos, sin autoridad
despótica, sin machismo y sin feminismo entendidos como recíproca sumisión
de los sexos?
Ese hombre que habla de derechos humanos, ¿está seguro de que sus derechos
no se benefician cómodamente de una cierta situación social o económica
frente a otros que carecen de los medios o de la educación necesarios para
tener conciencia de ellos y hacerlos valer?
Es tiempo de decirlo: las hermosas palabras de nuestra lucha ideológica y
política no se enferman y se fatigan por sí mismas, sino por el mal uso que
les dan nuestros enemigos y el que, en muchas circunstancias, les damos
nosotros.
Una crítica profunda de nuestra naturaleza, de nuestra manera de pensar, de
sentir y de vivir, es la única posibilidad que tenemos de devolverle al
habla su sentido más alto, limpiar esas palabras que tanto usamos sin acaso
vivirlas desde adentro, sin practicarlas auténticamente desde adentro, sin
ser responsables de cada una de ellas desde lo más hondo de nuestro ser.
Sólo así esos términos alcanzarán la fuerza que exigimos en ellos, sólo así
serán nuestros y sólamente nuestros. La tecnología le ha dado al hombre
máquinas que lavan la ropa y la vajilla, que les devuelven el brillo y la
pureza para su mejor uso.
Es hora de pensar que cada uno de nosotros tiene una máquina mental de
lavar y que esa máquina es su inteligencia y su conciencia. Con ella
podemos y debemos lavar nuestro lenguaje político de tantas adherencias que
lo debilitan. Sólo así lograremos que el futuro responda a nuestra
esperanza y a nuestra acción, porque la historia es el hombre y se hace a
su imagen y a su palabra.

Tomado de:
Julio Cortázar. Argentina, años de alambradas culturales (1984)
Edición de Saúl Yurkievich. Barcelona, Muchnik, 1984.Buenos Aires, Muchnik
Editores, 1984
Aparecido en: http://www.nodo50.org/elotropais/n10/cortazar.htm

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