"La única lucha que se pierde es la que se abandona"
Madres de Plaza de Mayo
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“QUE NO SE DERRAME UNA GOTA DE SANGRE MAS”
10 años de HIJOS:
Son hijos de desaparecidos. Cuando fundaron HIJOS, casi todos eran
adolescentes. Pero hoy muchos ya pasaron la edad que tenían sus padres
cuando fueron secuestrados. Y otros, cerca de los 30, son padres. Qué
piensan los hijos de HIJOS a diez años de su creación. Cómo ven los ’70, la
política, el Gobierno y, sobre todo, como Emiliano Quinteros, su propia vida
LOS HIJOS DE DESAPARECIDOS, DE LA ADOLESCENCIA A LA ADULTEZ
Diez años de H.I.J.O.S.
En abril de 1995 la sociedad argentina estaba conmocionada por las
declaraciones de Scilingo, Balza reconocía la participación institucional
del Ejército en torturas y desapariciones y Carlos Menem se preparaba para
su reelección. Mientras tanto, los hijos de desaparecidos empezaban a
organizarse.
Con el escrache, H.I.J.O.S. revolucionó la protesta contra la impunidad:
“Más que importar que del otro lado estuviera el milico, importaba que de
este lado estábamos nosotros”.
Por Victoria Ginzberg
Muchos sobrepasaron la edad que tenían sus padres cuando fueron
secuestrados, formaron sus propias familias, tuvieron hijos y redefinieron
varias veces su vínculo con sus “viejos” y con su ausencia. En ese camino
revolucionaron la protesta contra la impunidad a través de los escraches.
“Nacimos como una continuidad de la lucha de las Madres, las Abuelas, los
Familiares y los Ex Detenidos, pero en estos diez años hemos hecho,
humildemente, nuestro aporte. Somos partícipes de la historia argentina.
Además del escrache como herramienta, nosotros sumamos la reivindicación de
la lucha de los desaparecidos. Esto lo dicen las Madres, que a partir de
nosotros, ellos están siempre presentes, como personas y como militantes”,
asegura Carlos Pisoni, 27 años, estudiante de Ciencias de la Comunicación e
integrante de H.I.J.O.S. (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el
Olvido y el Silencio).
En abril de 1995 la sociedad argentina todavía estaba conmocionada por las
declaraciones del ex marino Adolfo Scilingo, conocidas un mes antes, y el
entonces jefe del Ejército, Martín Balza, reconocía por primera vez la
participación institucional del Ejército en torturas, asesinatos,
secuestros y desapariciones. En abril de 1995, Víctor Choque, un obrero de
la construcción de 30 años, pasaba a la historia como el primer muerto
durante protestas sociales desde la vuelta de la democracia, y Carlos Menem
se preparaba para su reelección. Mientras tanto, los hijos de desaparecidos
empezaban a organizarse. Aquellos adolescentes que se abrieron paso en la
marcha de los veinte años del golpe mostrándose como un colectivo cuyo
simple caminar debajo de una bandera hacía llorar a más de un cuarentón
–que veía en ellos a los hijos de sus compañeros, pero a la vez se veía a
sí mismo con sus compañeros– hoy son adultos y llevan diez años agrupados.
Quienes iban a convertirse en “fundadores” de H.I.J.O.S. se conocieron en
La Plata, en dos homenajes a los desaparecidos de las facultades de
Arquitectura y Humanidades que se hicieron entre fines del ’94 y principios
del ’95. La condición universitaria de esa ciudad hizo que allí se
encontraran chicos que vivían en distintos puntos del país. Se citaron a
mediados de abril, para Semana Santa, en un campamento en Córdoba. Allí
surgió el nombre: H.I.J.O.S. (Hijos por la Identidad y la Justicia contra
el Olvido y el Silencio) y la idea de seguir juntos.
En la ciudad de Buenos Aires, los Hijos hicieron su reunión fundacional en
la sede de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas.
Escribieron una carta pública que salió el 30 de abril en Página/12, junto
con un reportaje.
“Hemos crecido. Hoy estamos juntos no sólo para preguntar sino también para
hablar y exigir. Esta sociedad es hija del silencio y del terror, se
pretende tender un manto de olvido sobre la historia de nuestro país.
Nosotros no somos partícipes de este muro de silencio: queremos
derrumbarlo. Necesitamos saber la verdad de nuestra historia para poder
reconstruir nuestra identidad. Pero no es una necesidad solamente nuestra.
El país debe asumir su propia historia”, decía el mensaje con el que se
dieron a conocer. Los llamaron del programa de Chiche Gelblung y allí
fueron. Toda una experiencia que trataron de no repetir, pero que sirvió
para convocar a sus pares.
“Un día prendí la tele y me encontré con la novedad. Los vi hablando desde
un lugar muy primitivo, el mensaje era: ‘Somos hijos que no tenemos padres,
nos juntamos, vengan’. Anoté el teléfono y fui”, cuenta Paula Maroni, 28
años, socióloga. Respondió de inmediato, casi como un reflejo, porque no le
cabía ninguna duda de que tenía que estar ahí: “Hasta los 18 años me sentía
un bicho raro, tenía una historia particular que no podía compartir con
nadie, no era tan fácil que te entendieran. Hasta esemomento yo sentía que
los 30 mil desaparecidos habían tenido una sola hija, que era yo. Me sentía
sola”.
Para Agustín Cetrángolo la decisión de sumarse a H.I.J.O.S. no fue tan
inmediata. Se acercó a la organización en julio de 2003, poco antes de la
anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. “Siempre supe mi
historia y conocía la agrupación, pero nunca se me ocurrió militar en algo.
Diciembre de 2001 marcó un poco un cambio y después, cuando se murió mi
abuelo, me quedé sin identificación masculina, me enrosqué y empujado un
poco por mi hermana vine a H.I.J.O.S.”.
Martín Chamorro tiene 31 años y es un flamante desocupado. Llegó a
H.I.J.O.S. por una antigua novia. Sus padres no están desaparecidos, aunque
sí fueron militantes en los ’70. Es uno de los miembros de H.I.J.O.S. que
da cuenta del hecho de que la agrupación es de “población abierta”, es
decir que alberga a jóvenes que comparten sus concepciones políticas pero
que no necesariamente perdieron a sus padres. Definirse de esta forma les
llevó un mes de discusiones en asambleas. “Pero no hacerlo hubiese sido
contradictorio con el discurso de que la dictadura nos afectó a todos”,
señala Paula. “Todos somos hijos de la misma historia”, agrega Martín.
Padres e hijos:
La relación de cada Hijo con su padre y su madre es personal, pero los diez
años de militancia le permitió al conjunto elaborar y analizar varias veces
el compromiso de quienes eran jóvenes en los ’70, tenían hijos o no y se
jugaban la vida.
Paula explica que la primera etapa fue “de una idealización inmensa”.
“Teníamos una relato familiar básico: ‘Tu viejo era bueno y lo mataron los
malos. Era tan bueno y tan especial que lo mataron’. Luego lo fuimos
complejizando, analizando políticamente”.
–¿Cómo ven la militancia de los ’70 hoy?
–Como el hombre y sus circunstancias –señala Emiliano Quinteros y el resto
asiente–. Podemos tener una visión crítica pero también ver de dónde
venían: de un contexto con el partido militar alternando en el poder y con
gobiernos democráticos débiles y deslegitimados. No se puede analizar la
historia sacando un pedazo.
–También pasa que militando entendés qué es la militancia. Yo me imaginaba
a mi viejo militando como algo súper serio. Y te das cuenta que tiene que
ver con la alegría. Ahí entendés a tus viejos, entendés que tiene que ver
con estar vivo, con sentirte parte de algo –completa Paula. El recorrido
realizado por HIJOS les permitió no bajarse de la reivindicación del camino
elegido por sus padres en el contexto histórico de los años ’70, pero a la
vez elaborar sus propias práctica: se definen como “horizontales” y toman
decisiones por consenso, lo que a veces puede dilatar una definición pero
que implica una postura clara en la forma de construir política.
La irrupción en el mundo de los hijos de H.I.J.O.S. fue otra variable que
obligó a redefinir los vínculos. “La película te cambia, a nivel personal y
a nivel político –dice Paula, madre de Mateo, de ocho meses–. Antes yo
pensaba ‘qué suerte que me quedó mi mamá’. Recién criando a mi hijo, que
tiene un padre muy presente, me doy cuenta la importancia de tener un
padre. El otro día, en una reunión con la gente del centro clandestino El
Atlético, empecé a mirar a los varones y me puse a pensar que cualquiera
podía ser mi viejo y fue la primera vez en mucho tiempo que sentí la
necesidad de tener un papá y que me abrazara, de sentirme contenida en
brazos de un hombre grandote. Antes lo sentía, pero ahora lo dimensiono. Yo
tenía once meses cuando se llevaron a mi papá y cuando lo secuestraron yo
estaba presente. Siempre pensé que a los once meses eras un bebé muy
chiquito, que no entendías nada, pero viendo a mi hijo me doy cuenta que
tuve que entender más de esa situación de lo que siempre creí. Pude
dimensionar que lo que me pasó a mí también fue muy fuerte, al presenciar
esa escena. Veo a mi hijo muy grande y, a la vez, a mi viejo –que tenía 21
años, y yo lo veía como muy grande– muy chiquito.”
Emiliano es el padre de Mateo y su nacimiento también le revolucionó la
cabeza: “La familia de mi viejo, que está desaparecido, tiene una historia
de militancia. Mi abuelo era de la resistencia peronista y mi viejo vio
cómo se lo llevaban y cómo le daban biava en una huelga ferroviaria al
grito de ‘negro de mierda, tenés que ir a laburar’. Uno se da cuenta de que
siempre le engrosaron la tropa a todas las peleas que hubo en la historia
del país. Con Mateo sé que la última gota de sangre que se derramó es la de
mi viejo. Eso no significa abandonar la pelea o esconder la cabeza en tu
casa, pero mi familia fue tropa siempre y yo no quiero que mi hijo sea
tropa de nadie, ni yo tampoco. A partir del nacimiento de mi hijo valoré
más la vida. Quiero que mi hijo sea como quiera ser, pero si puedo
intervenir en algo, que sea para que no se derrame ni una gota más de
sangre sobre esta tierra. Se terminó”.
Consenso social:
La idea del “escrache” estuvo presente desde el principio. Los Hijos tenían
claro que no se bancaban que los asesinos de sus padres estuvieran en
libertad y que el objetivo era conseguir justicia. En 1995 parecía una
ilusión. “Desde siempre el escrache estuvo marcado por la idea de conseguir
consenso social para lograr una condena legal. Al inicio hicimos algunas
solicitadas en Página diciéndole a la gente que les mandara saludos,
dándole las direcciones. La idea de ir a las casas de los represores estuvo
presente desde el primer momento, pero nos llevó dos años poder hacerlo. No
tanto por la logística, sino por estar en la casa del tipo. Había gente que
decía que no podía pasar por la Avenida del Libertador, para la que toda la
avenida estaba vedada (por la presencia de la ESMA) y que no se imaginaba
poder estar frente a la casa de un represor, con el hombre adentro. Cuando
lo hicimos nos dimos cuenta de que estaba buenísimo, era muy catártico”,
narra Raquel Robles, integrante de H.I.J.O.S. desde el primerísimo día.
“Más que importar que del otro lado estuviera el milico, importaba que de
este lado estábamos nosotros. No hubo borrón y cuenta nueva. No era
catarsis de llanto, era de alegría. No crean que nos mataron, estamos
vivos, están las Madres, los Hijos, estamos todos”, señala Emiliano.
El primer escrache hecho y derecho fue al médico Jorge Magnacco, que en
1997 trabajaba en el Sanatorio Mitre. Los Hijos recorrieron durante un mes
el trayecto que iba de la clínica al domicilio del obstetra, que había
participado de varios partos clandestinos en la ESMA. Fue el primer logro
concreto y palpable: al hombre lo sacaron del hospital. A Magnacco le
siguieron Antonio del Cerro (Colores), Albano Harguindeguy, Fernando
Enrique Peyón, Leopoldo Fortunato Galtieri, Santiago Omar Riveros y varias
decenas más. La práctica empezó a ser utilizada por otros movimientos sociales.
Los represores comenzaron a inquietarse por esos chicos que les
interrumpían la paz de los años de impunidad, que avisaban o recordaban a
sus vecinos que el apacible señor mayor que iba todas las mañana a comprar
el pan tenía las manos manchadas de sangre, de tanta, que el paso de los
años no podía aplacar el reclamo de justicia. Las banderas, los carteles y
la bulla que irrumpían en los barrios porteños no sólo hablaban de
situaciones personales sino también de la institucionalidad. Ponían en
evidencia que si estos hombres estaban en libertad y estos jóvenes estaban
frente a sus casas era porque en Argentina no había justicia. El ruido
comenzó a molestar no sólo a los militares. Así, llegaron las provocaciones
y la represión. Algunos medios buscaron asociar a H.I.J.O.S. con la
violencia. “Los organismos de derechos humanos dieron una lección respecto
a la venganza e H.I.J.O.S. la potenció. Muchas veces nos encontramos en
escraches sin policías. En etapas de investigación nos llegamos a cruzar
con los milicos. En un escrache de fines de 2001 –revela Emiliano– viene un
pibe a decirme que estaba Galtieri. Estaba lavando el auto a media cuadra.
Tenía el torso desnudo, con toda la vulnerabilidad de un viejito. Uno sabía
que lo puede, pero pensé que el escrache tenía que terminar en paz. Lo
terminé metiendo en la casa, que era de un pariente y huyó como una rata.
¿Si lo pensé? Claro que lo pensé, pero si yo le pegaba, le pegaban todos y
lo íbamos a reventar. Y privilegiamos otras cosas”.
Carlos señala que el escrache cambió. “Antes, pensábamos en si iba un canal
de televisión, ahora nos importa más el trabajo territorial. Uno de los
beneficios que tenemos es que podemos hacer que se articulen otras
agrupaciones en un barrio. Lo que genera el escrache es preguntarse qué
pasó y qué es lo que pasa hoy. Nos dimos cuenta que cuando más molestan, es
cuando los hacemos a los cómplices o cuando nos metemos con el poder
económico, como los que hicimos al cardenal Juan Carlos Aramburu o al ex
ministro de Economía Roberto Alemann.”
Ser H.I.J.O.S. hoy:
Como en todo el país, el 19 y 20 de diciembre de 2001 dejó su marca en
H.I.J.O.S. Ellos definen esta crisis como la primera pelea generacional en
la que pusieron el cuerpo y como la demostración de que ellos mismos podían
perder la vida o ser gravemente heridos por la policía. Algunos de sus
integrantes sintieron que tenían necesidades que sobrepasaban lo que les
podía dar un organismo de derechos humanos y marcharon para militar en
diversos movimientos sociales o agrupaciones políticas. Los que se quedaron
aseguran que después de esa experiencia comenzó un período de asentamiento
y discusión de ideas. “La maduración pasa por trabajar la organicidad y las
definiciones políticas. Paramos la pelota, ya no estallamos”, asegura
Emiliano.
El kirchnerismo y su política de derechos humanos les impuso un desafío,
como a todos las agrupaciones del sector. Carlos explica que dentro de la
organización hay acuerdo en que este gobierno consiguió avances que tienen
que ver con dos viejos reclamos de los organismos de derechos humanos: la
entrega de la ESMA y la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia
Debida. “Pero –agrega– como organismo de derechos humanos seguimos
exigiendo que no se sigan violando esos derechos. Particularmente creo que
el hambre no se termina de un día para el otro, pero mientras haya hambre
vamos a seguir denunciándolo, con este gobierno o con el que sea. Nuestro
objetivo principal siempre fue que los responsables del asesinato de
nuestros viejos vayan en cana, ahora vamos por muchas cosas más.”
Para los represores siempre fueron una amenaza. Tal vez los veían como
Hamlets impulsados a la venganza por el espectro de sus padres, a los que
ellos habían asesinados. “Puede que tenga que ver con el rol que tiene la
figura del hijo en la religión, del hijo vengando al padre o tomando su
bandera, pero los militares siempre nos demonizaron”, asegura Emiliano.
Pero estos Hijos no buscaban más muerte, buscaban Justicia, y tenían en sus
maestros a las Madres, las Abuelas, los Familiares, los sobrevivientes de
los centros clandestinos. Tal vez su mayor logro haya sido poder
organizarse. Como dice Martín, “el plan de los militares tuvo que ver con
romper los lazos sociales y a pesar de eso los hijos se juntaron. Ellos lo
pensaron para que esto no sucediera, pero sucedió igual”.
Aparecido en Página/12 Bs.As. 17/04/05
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