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[P/Lx@863] 16/6/55: 50 años de impunidad   Lista de mensajes  
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La justicia tardía no es buena,
pero siempre es mejor que la impunidad.
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[P/Lx@] Todo está guardado en la memoria
Del realismo trágico argentino: Dossier homenaje a 50 años de otra masacre
argentina

No bombardeen Buenos Aires
por Felipe Pigna
[Revista Veintitrés, 9 de Junio de 2005]

El clima político se había enrarecido en la Argentina desde que se agudizó
el conflicto entre la Iglesia católica y el gobierno peronista. De aliada
incondicional allá por los inicios del régimen de 1943 que catapultaría a
Perón al poder, la corporación eclesiástica se había vuelto decididamente
opositora. Se sentía molesta por la utilización política que el gobierno
hacía de la caridad -un tema históricamente monopolizado por la Iglesia- la
proliferación de imagines de Evita y Perón rodeando a los crucifijos en las
dependencias oficiales y la creación de una agrupación política secundaria,
la Unión de Estudiantes Secundarios, la UES, una fuerte competencia para la
Acción Católica.
Perón por aquellos días de junio de 1955 solía recordar que el gobierno
peronista en 1947 había hecho ratificar en el Parlamento el decreto Ley que
transformaba en obligatoria la enseñanza religiosa declarada optativa y
extracurricular por la Ley 1420 sancionada por iniciativa de Sarmiento
durante el gobierno de Roca.
El general ahora se lamentaba de haber impulsado un generoso subsidio del
75% de los sueldos de los docentes de escuelas privadas de las cuales el
90% eran propiedad de la Iglesia católica.
Mientras se enteraba por los diarios de las diatribas de los obispos contra
su gobierno y las calumnias contra su persona, el presidente le recordaba a
sus colaboradores los abusos a que dio lugar aquel subsidio. Pero lo que
más había irritado a Perón era la creación de un Partido Demócrata
Cristiano con el aval de la Iglesia. El líder consideraba que su partido
era democrático y cristiano y que en la Argentina no era necesario otro
partido para frenar el avance del comunismo, principal objetivo de la
democracia cristiana impulsada por el Vaticano y el Departamento de Estado
de los Estados Unidos.
El enfrentamiento fue creciendo en un trasfondo de crisis económica. Dos
agudas sequías (1951-52), el boicot norteamericano contra la Argentina que
se perpetuaba desde 1942 cuando el radical alvearista Ortíz se declaró
neutral frente a la Segunda Guerra Mundial, complicaron el panorama
económico que pese a los esfuerzos industrialistas, seguía dependiendo de
las divisas aportadas casi exclusivamente en el comercio exterior de granos
y carnes.
La vieja alianza ideológica entre los militares y la curia, fomentada por
el propio Perón, tornaba más peligroso el protagonismo de la Iglesia que
contaba con una expresión política partidaria propia y excelentes contactos
con oficiales superiores de las tres armas que parecían dispuestos a salir
en defensa de Cristo Rey.
Todavía sonaban los ecos de la ruidosa procesión del 11 de junio, dos días
después de Corpus Christi, que se había transformado en una manifestación
política que culminó en el Congreso donde los católicos, enfurecidos por la
sanción de la Ley de la Ley de “hijos naturales” y la ley de divorcio,
arriaron la bandera argentina e izaron la insignia papal. En esas
circunstancias se produjo el confuso episodio de la quema de una bandera
argentina, que como en otras circunstancias de nuestra historia dio lugar a
encendidas discusiones sobre lo accesorio y eludió el debate ideológico.
Toda la semana del 11 al 16 de junio se fue en el debate sobre quién había
quemado la bandera, símbolo sagrado e inmaculado para católicos y
peronistas, tan católicos como los otros.
Lo cierto es que la sociedad argentina fue sometida a campañas oficiales y
extraoficiales de contra información y no a un debate, largamente
postergado sobre el rol de la Iglesia en nuestra sociedad.
Leyes imprescindibles para un país que se preciaba de moderno, como la de
hijos naturales y el divorcio, aparecen sancionadas como provocaciones del
gobierno peronista más que como avances de la civilización.
A eso de las nueve de la mañana del 16 de junio Perón recibió al general
Lucero con un marcado gesto de preocupación. Perón sabía que estaba
programado un desfile aéreo en desagravio a la bandera, pero Lucero sabía
que ese desfile podía ser aprovechado para bombardear la Casa de Gobierno y
a su principal ocupante y convenció al presidente para trasladarse a su
despacho en el ministerio de Guerra cruzando la Avenida Paseo Colón.
Desde su nueva ubicación, a las 10 y media en punto, Perón pudo escuchar el
sonido inconfundible de los aviones Abro Lincoln y Catalinas de la aviación
naval comandados por el vicealmirante Toranzo Calderón y el ruido
inesperado, nuevo en Buenos Aires que se estrenaba como la primera capital
de Sudamérica en ser bombardeada por sus propias fuerzas armadas.
Los aviones, que habían partido de Punta Indio, llevaban pintadas en sus
colas una ve corta y una cruz. El viva Cristo reemplazaba al viva Perón.
Curioso slogan de alguien que sale a matar que recordaba a aquel fanático
católico falangista, Millán de Astray, que llegó a pronunciar la metafísica
frase: “Viva la muerte”.
En la plaza, además de los apurados transeúntes había algunas familias que
se disponían a presenciar el desfile aéreo. Nunca imaginaron que la parada
militar tuviera un carácter tan realista.
Las primeras bombas cayeron a unos pocos metros de la pirámide y el resto
impactó sobre la Casa Rosada. Una de ellas destrozó a un colectivo repleto
de escolares. Al enterarse de los hechos la CGT convocó a la Plaza a
defender a Perón. Para las 18.15 eran cientos los descamisados que se
reunieron a defender su gobierno en la histórica plaza cuando una nueva
oleada de aviones espantó a las desconcertadas palomas y arrojó su
mortífera carga de nueve toneladas y media de explosivos sobre la multitud.
En la Plaza de mayo y sus alrededores quedaron los cuerpos de 355 civiles
muertos y los hospitales colapsaron por los más de 600 heridos. Se había
perpetrado el peor ataque terrorista de la historia argentina. Sus autores
eran “respetables” militares y civiles que se frotaban las manos
imaginándose el triunfo de un golpe militar que iba a volver a la “negrada”
a los “cabecitas” a los lugares de los que nunca debieron haber salido. Sus
autores nunca contaron con la capacidad de lucha y resistencia del pueblo
argentino que, conciente de sus derechos adquiridos, no estaba dispuesto a
perder lo que le había costado tanta sangre, sudor y lágrimas conseguir.
Para los que se hacen los distraídos, para los comunicadores sociales y sus
sponsors a los que “les interesa el país”, para todos aquellos que hacen la
tramposa pregunta “¿cuándo comenzó la violencia política en argentina” en
estas páginas precedentes va nuestra humilde contribución al debate.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

***

Bombardeo a Plaza de Mayo
Por Mara Brawer *

Aviones de guerra aparecen en vuelo rasante sobre la ciudad de Buenos Aires
y bombardean la Plaza de Mayo. En la plaza hay manifestantes y gente que va
a su trabajo. El ataque es sorpresivo, indiscriminado. Una de las bombas
cae sobre un transporte público y mata a todos sus pasajeros. Otra cae
sobre la Casa de Gobierno. En pocos segundos son asesinados 350 ciudadanos
y otros 2000 resultan heridos. Sucedió hace 50 años. Un 16 de junio.
Aquel bombardeo criminal fue realizado con aviones del Estado. Los pilotos
que condujeron esos aviones y los jefes que ordenaron aquella masacre eran
profesionales de la Armada Argentina, es decir, miembros de una institución
pública.
La lucha por lo que hoy llamamos la defensa de los derechos humanos nació
de la necesidad de proteger a la sociedad civil del uso arbitrario de la
fuerza por parte de las instituciones del Estado. Resulta imposible
recordar ese día sólo como una fecha trágica del calendario político del
justicialismo. La dimensión de los acontecimientos obliga a poner esa fecha
en el centro de nuestra historia contemporánea, la de todos los argentinos.
La decisión brutal de efectuar un bombardeo sobre la población civil para
forzar la ruptura del orden constitucional y la manifiesta voluntad de
exterminio con que se llevó a cabo sitúa a las víctimas de aquel bombardeo
en el origen de una escalada de violencia política y de violación
sistemática de los derechos humanos que se prolongará, desde entonces y
casi sin interrupción, a lo largo de más de 25 años. Es necesario
preguntarse qué clase de exterminio fue éste, que necesitó prolongarse por
tanto tiempo y que llegó a alcanzar, con la última dictadura militar, su
más alto grado de sofisticación. ¿Qué cosa se proponía exterminar?
Los grupos económicos que tomaron el control vinieron a establecer el
manejo privado y discrecional del poder público. Había que exterminar la
posibilidad de que las organizaciones de la comunidad ocuparan esos
espacios. El costo fue inmenso. Necesitaron poner al Estado Nacional en
contra de las mayorías. Lo transformaron en su enemigo.
En una sociedad donde Estado y comunidad se perciben mutuamente como
opuestos y enfrentados, la vigencia de los derechos humanos está siempre
amenazada. Para evitar su violación es preciso cambiar esto. Necesitamos
preservar y ampliar los espacios públicos donde Estado y comunidad se
encuentran para construirse mutuamente.
Los caídos durante la masacre del 16 de junio de 1955 están entre las
primeras víctimas de quienes se opusieron a esta construcción colectiva.
Afortunadamente, los argentinos hemos podido volver a encaminarnos en esa
dirección. Que este esfuerzo vaya en su homenaje.

* Secretaria de Derechos Humanos del PJ Capital.
Aparecido en Página/12 Bs.As. 16/6/05

***

BOMBARDEO A PLAZA DE MAYO
Junio 16, 1955

"La oligarquía ambiciona el regreso al poder total, la restauración de su
régimen y la anulación del proceso revolucionario iniciado en 1943.
Conoce los obstáculos porque los ha palpado y reiteradamente se ha roto las
narices contra ellos. Son: el Pueblo politizado, presente, activo; y el
Ejército, colocado en su exacta ubicación nacional.
Al primero planea anestesiarlo mediante el terror; al segundo
desarticularlo y reestructurarlo en milicia partidaria a sus ordenes.
La primera y potente inyección de anestesia la recibe el pueblo el 16 de
junio de 1955. Ese día sucede en Buenos Aires algo espantoso y
absolutamente inconcebible: una formación de aviones navales bombrdea Plaza
de Mayo. El pretexto es matar a Perón, a quién suponen en la Casa de
Gobierno, par alo cual se bombardea la plaza, se ametralla la Avenida de
Mayo, y hasta hay un avión que regresa de su fuga para lanzar una bomba
olvidada.
Cientos de cadáveres quedan sembrados en la plaza histórica y sus
adyacensias, unos pertenecientes a civiles que habían acudido en apoyo al
gobierno, y otros de anónimos transeuntes.
Es el primer castigo, la primer dosis de castigo administrada al Pueblo.
Es el fusilamiento aéreo, múltiple, bárbaro, anónimo, antecesor de los que
luego realizarían en tierra firme con nombres y apellidos.
Entre ese grupo de aviadores, que mata desde el aire a una multitud y los
agentes de la Plicía de la Provincia de Buenos Aires que "fusilan" a un
núcleo de civiles en un basural, tirándoles a quemarropas sin previo aviso,
solamente existe una diferencia de ubicación.
Este episodio criminal, este acto terrorista comparable al cañoneo de
Alejandría y de ciudades persas efectuados por la flota inglesa, también
con propósitos de escarmiento, no tiene antecedentes en la historia de los
golpes de estado. poruqe hasta en la lucha entre naciones está proscripto
el ataque a ciudades indefensas, y porque la guerra aérea, con el bombardeo
a poblaciones civiles, ha sido una tremenda calamidad traída como novedad
por la última guerra mundial, que ha merecido el repudio unánime universal.
Nuestro Pueblo, que estuvo alejado del escenario de esa guerra, que jamás
pudo son su imaginación reproducir la imagen aproximada de un bombardeo
aéreo, experimenta ese horror -el horror del siglo- en carne propia, por
gestión de s propia aviación. Y esa aviación que nunca había tenido que
bombardear a nadie, que no sabía lo que era un bombardeo real, hace su
bautismo de guerra con s propio Pueblo, con s propia ciudad capital.
El 16 de Junio de 1955, sufrimos los argentinos nuestro "Pearl Harbour"
interno, donde la VÍCTIMA ES EL PUEBLO y el AGRESOR ES LA OLIGARQUÍA . . ."

(Salvador Ferla, "Mártires y Verdugos", Ed.Revelación, 3ra.Edición, Octubre
1972)

***

Archivos inéditos de los bombardeos a Plaza de Mayo

La jornada trágica del 16 de junio de 1955 terminó con el primer gobierno
de Perón, y con la vida de 297 personas. Hasta ahora se desconocía el
número exacto de víctimas fatales de aquel sangriento día. La cifra es el
resultado de un pormenorizado trabajo en el Archivo General de la Nación.
Se desclasificaron documentos y se entrecruzaron datos que muchos creían
desaparecidos. Aún queda por determinar la muerte de 40 niños que viajaban
en un transporte.

Uno de los temas más polémicos y mejor guardados de la historia política
argentina, el número de muertos durante el bombardeo a Plaza de Mayo como
avanzada de la Revolución Libertadora, se develará este jueves. A los 50
años del ataque con aviones, un estudio afirma que en esa jornada fueron
masacradas 297 personas.
La cifra es el resultado de un trabajo de recopilación de documentos y
entrecruzamiento de datos realizado por afiliados de la Unión de Empleados
Judiciales de la Nación (UEJN) con el director adjunto del Archivo General
de la Nación, Pedro Bevilacua.
El trabajo redujo en siete el número de 304 logrado por el investigador
Gonzalo Chávez para su libro La Masacre de Plaza de Mayo; pero abre la
posibilidad de que familiares de quienes hayan muerto en el bombardeo
agreguen los nombres que aún puedan faltar.
Los 297 nombres se registrarán en una placa que se colocará en el Salón
Felipe Vallese de la Confederación General del Trabajo (CGT). En él se
homenajeará a las víctimas con un acto al que asistirán dirigentes
históricos del peronismo e historiadores.
El secretario de Acción Social de la UEJN, Mario Alarcón, adelantó que,
además de los 297 muertos determinados, se estudia la muerte de 40 niños,
no incorporados, ya que no hay registros por la aplicación de la ley de
Minoridad.
Los chicos, según cuentan desde hace cinco décadas, iban en un colectivo
escolar que fue alcanzado por una bomba, pero no hay registros porque la
ley prohibía publicar “datos de menores víctimas o victimarios”.
Chávez organizó el estudio de su libro con los datos recogidos de los
diarios Clarín y La Razón del día siguiente del ataque de la cuadrilla de
aviones Naval Glosters Meteors, de la Aviación Naval, que intentaba matar
al entonces presidente Juan Domingo Perón.
Esa mañana, cuando la gente iba a trabajar, primero, o a defender a Perón,
después, los aviones de Marina bombardearon la Casa Rosada, la plaza, la
CGT y el Departamento Central. Murieron empleados, un general, granaderos y
policías.
Clarín publicó que los muertos fueron 300; La Razón dijo que fueron 250, y
Perón, al hablar esa noche, afirmó que fueron 200, mientras la oposición
habló de “decenas” y la tradición oral del justicialismo llegó a sostener
que eran 2.000.
Chávez entrecruzó los datos de los diarios con los de los militares muertos
que le dieron en el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, los que obtuvo
de clubes y asociaciones que perdieron socios y los registrados en los
hospitales.
En la masacre hubo personas no identificadas, nombres mal anotados o
repetidos, pero las listas recién se depuran ahora, ya que al triunfar el
golpe de Estado contra Perón, se minimizó el bombardeo.
La jornada trágica del 16 de junio de 1955, en un clima de agitación
política, terminó con el incendio de al menos tres iglesias; por eso se
culpó al peronismo, pero ninguna línea interna reconoció nunca la
profanación. Ese día, además, marcó el comienzo de una etapa designada por
un profundo antagonismo entre antiperonistas y peronistas.
El estudio de los judiciales detalla que los hospitales públicos y privados
llegaron a tener hasta 2.000 heridos, que en su mayoría fueron alcanzados
por esquirlas o aplastados.
El Archivo General de la Nación pudo guardar algunos documentos, ya que por
ley se los debían derivar 20 años después de su uso. Pero la Policía, por
ejemplo, envió sus partes del día a su propio museo.
La actual secretaría de Salud de la Ciudad tenía en esa época una norma que
la obligaba a guardar los libros de guardia durante 20 años; después
derivaba los documentos a un archivo donde pudieron perderse o pudrirse.
Pero del ataque de los aviones hay registros fotográficos: lo que
publicaron los diarios de la época y lo que registraron en los hospitales,
sobre todo los privados como el Alemán o el Español, donde derivaron a las
víctimas. Sin embargo, los judiciales, con el ex ministro de Trabajo Miguel
Unamuno en el Archivo General de la Nación, recopilaron los datos y armaron
una base con la que pueden dar sustento cierto al desastre que vivió la
Argentina ese día.

Ese día fatal

Desde las 10 horas del 16 de junio de de 1955, aviones de guerra
sobrevolaron el Río de la Plata con intención de bombardear la ciudad de
Buenos Aires. El mal tiempo demoró el cumplimiento del objetivo. Los
aparatos giraron en círculos para hacer tiempo hasta que mejoraron las
condiciones de visibilidad.
A las 12.40, el primer avión piloteado por el capitán de fragata Néstor
Noriega, de 39 años, descendió sobre la Casa de Gobierno y dejó caer una
bomba de 100 kilos sobre Plaza de Mayo. Detrás de los aviones Beechcraft,
operaron en picada los North American al mando del capitán de corbeta
Santiago Sabarots, descargando cada uno una bomba de 50 kilos. Una ola de
fuego y humo asoló la Plaza de Mayo. La gente corrió despavorida a
refugiarse; el caos era total.
A esa misma hora, Juan Carlos Marino (42) salió de la boca del subte que da
sobre Plaza de Mayo para dirigirse a su trabajo en la Aduana. Un disparo en
el pecho lo mató.
Sorprendido por los acontecimientos, un trolebús repleto de pasajeros de la
línea 305 (Pacífico-Lanús) recibió el impacto de una bomba que penetró por
el techo: los 65 pasajeros -entre los que se encontraban niños y niñas que
concurrían a la escuela- murieron en el acto.
Los aviones que salieron de Punta Indio y participaron en el bombardeo eran
14 North American AT-6 biplaza monomotor, que llevaban cuatro bombas de 50
kilos cada uno; seis Beecheraft AT-11 bimotor, con seis bombas de 100 kilos
cada uno y tres aparatos anfibios Catalina, que venían de la Base Aeronaval
Comandante Espora, cada uno con ocho proyectiles.

Se calcula que ese día se arrojaron unas 100 bombas.
La idea: aniquilar al General Perón

La intención de aniquilar al presidente Juan Domingo Perón quedó en
evidencia, pues fueron a buscarlo también a la residencia oficial, ubicada
entonces en Agüero y Libertador, pleno barrio de Palermo. Una bomba cayó
sobre la avenida Pueyrredón frente al número 2267 y mató a tres personas.
En la misma cuadra, otra esquirla mató a Francisco Bonomini, un italiano de
50 años. En circunstancias, similares halló la muerte un menor de 15 años.
El ministerio de Guerra fue ametrallado. Felipa Zoila Herrera de Anfossi,
una empleada, fue alcanzada al salir del edificio por una esquirla que le
quitó la vida.
Aunque los sublevados nunca confesaron su propósito, el bombardeo sobre la
Casa de Gobierno tenía como objetivo central matar a Perón dentro del
edificio. Años más tarde un periodista le preguntó al capitán Noriega:

-¿Cuál era el objetivo principal del bombardeo?
- El único objetivo que teníamos era la confusión que podía crearse al
país, destruyendo simbólicamente la Casa Rosada por ser asiento del factor
de poder. Era nuestro exclusivo objetivo: destruir la Casa Rosada.
Pero estaba claro: querían matar a Perón.

Los rostros de aquel día sangriento

El 16 de junio del ‘55 la aviación naval desató el ataque sobre la Plaza de
Mayo. No sólo estaban a bordo los pilotos de la Armada. También había
civiles como Miguel Angel Zavala Ortiz, luego canciller del gobierno de
Arturo Illia. El mismo que, en esa función, en 1964 se encargó de que el
gobierno brasileño detuviera a Perón, que regresaba a la Argentina, en el
Aeropuerto del Galeao, en Río de Janeiro, y lo enviase de regreso a España.
Los responsables directos de los hechos huyeron con sus naves al aeropuerto
de Carrasco, en Montevideo, donde se asilaron. Los contralmirantes Aníbal
Olivieri, y Samuel Toranzo Calderón y el vicealmirante Benjamín Gargiulo,
jefes del levantamiento, fueron detenidos. Como resultado emergió como jefe
de la armada el contralmirante Isaac Francisco Rojas, el paradigma del
antiperonismo posterior.

Revisaron hasta los avisos fúnebres

El subdirector del Archivo General de la Nación, Pedro Bevilacqua, reveló
que para precisar la cifra de muertos en el bombardeo de Plaza de Mayo de
1955 revisó los avisos fúnebres “hasta tres meses después del ataque”, para
chequear datos.
Si bien el investigador inició su trabajo ante la perspectiva de que sobre
la sublevación “casi no hay nada documentado”, consiguió algunos datos en
el organismo donde se desempeña y hasta incorporó “la primera foto de una
víctima, porque no había”.
También sumó al archivo nacional “la primer acta de defunción”, luego de
revisar los obituarios de los diarios de la época durante tres meses, a
partir de la lista de los heridos que sólo se publicó tres días después”
del 16 de junio de 1955.
Otra fuente que consultó fueron los datos que brindó en aquellos días
trágicos “la policía y el ministerio de Transporte, pero eran listas
parciales ya que sólo hablaban de sus empleados”.
Además, pudo entrevistar al “actual jefe de Guardia del hospital Argerich,
que brindó su testimonio personal porque fue uno de los protagonistas de la
jornada, junto al actual director del hospital Almirante Brown”.

Tomado de "Diario Hoy" de La Plata, Prov. de Bs. As.

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