"Y así va el mundo.
Hay veces en que deseo sinceramente
que Noé y su comitiva hubieran perdido el barco"
Mark Twain
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[P/Lx@] Después de Katrina
Estados desunidos de América
por Jorge Camil
"Bush no quiere a los negros", dijeron las víctimas del tsunami negro en
Nueva Orleáns. Pero un número creciente lo sospechaba antes de Katrina en
otras ciudades. O sea que el gran maestro de la división social lo ha
logrado de nuevo: separar de forma tajante a liberales y conservadores,
ricos y pobres, amantes de la guerra y amigos de la paz; verdes y
depredadores ambientales, multilateralistas e imperialistas. Su habilidad
para oponer clases y fuerzas sociales parece no tener fin, y ahora negros y
blancos. Con él las divisiones sociales se siguen multiplicando en un país
partido a 50 por ciento en las cuestionables elecciones de 2000 y dividido
de nuevo en 2004 en estados rojos y azules, confirmando la separación
irreductible. Rojos fueron lo estados republicanos que religieron a Bush, y
azules los que se oponían a la guerra de Irak.
En la última encuesta nacional 75 por ciento de los negros opinó que si
hubiesen sido blancos los atrapados en las buhardillas de las casas
inundadas de Nueva Orleáns, en el Superdome, y en ese infierno en la tierra
que fue el Centro de Convenciones, la respuesta del gobierno federal
hubiese sido más diligente. El problema es que un porcentaje similar de
blancos exonera a Bush, culpa al gobierno local u opina que los negros
fueron víctimas de su propia torpeza: "se negaron a abandonar la ciudad",
dicen, pero no dicen que carecían de transportes, dinero, tarjetas de
crédito y asistencia para hacerlo. Además, ¿cómo abandonar sus pobres
pertenencias personales a merced de los saqueadores? Y ahora Bush,
pretendiendo salvar el esqueleto de su "legado histórico", y atrapado en un
asfixiante 40 por ciento de popularidad, visita afanosamente Nueva Orleáns
y Mississippi dos veces por semana para abrazar a mulatas guapitas vestidas
de domingo. Tras unas fotos y palabras de aliento ante los medios regresa
con su andar de John Wayne al Marine One, el helicóptero presidencial que
lo lleva a la escalerilla del Air Force One. En él todo es number one,
porque es el número uno, el mucho macho del país más poderoso de la Tierra.
Pero el estigma es imborrable, porque se olvidó de incluir a los negros en
las reducciones de impuestos diseñadas para blancos, y los negros han sido,
junto con los latinos, carne de cañón en Irak.
"Es duro ser negro en este país", declaró un hombre corpulento, grande como
una montaña, que lloraba como niño la pérdida de sus familiares. Eso
siempre ha sido igual; lo triste es que hoy no se trata de simple
discriminación racial, sino de indiferencia. El alma de los negros de Nueva
Orleáns ha sido rota por una tristeza infinita que no podrán consolar ni el
blues ni el jazz ni el piano desafinado de Preservation Hall, la cuna del
jazz.
"Es tiempo de verano y la vida no es fácil", hubiesen cantado hoy Louis
Armstrong (Satchmo) y Ella Fitzgerald, intérpretes originales de Porgy and
Bess de Gershwin. El primer verso de la inolvidable Marcha de los santos de
Satchmo dice que quienes se adelantaron volverán a reunirse "en una playa
soleada en la alborada de un nuevo mundo", pero nadie sabe si la reunión
será en Nueva Orleáns, o si existirá siquiera un nuevo mundo para Nueva
Orleáns. Nadie sabe si la tardía ayuda federal y los mea culpas de Bush
harán desfilar de nuevo por el French Quarter orquestas destartaladas
inspiradas en la trompeta de oro y la voz rasposa del entrañable hijo de
Nueva Orleáns. Muchos lo dudan, porque Katrina y la indiferencia del
gobierno quebraron el alma de una de las ciudades más elegantes del deep
south, ese "sur profundo" que no tiene que ver con ubicación geográfica,
sino con actitud frente a la vida; ciudad de músicos, apostadores, grandes
cocineros, artistas, escritores, y los cazafortunas que desembarcaban al
final del Mississippi. Hoy, ciudad de muertos, casas derrumbadas y
cadáveres flotando en calles que los diques reventados convirtieron en
ríos. Ciudad donde decenas de familias negras vivieron cuatro días en el
tramo elevado de una vía rápida bajo un sol inclemente, sin agua ni comida,
sin baños, porque era el único sitio donde estaban a salvo de las aguas.
Bush has once again choked/ Homeland Security?/ What a joke! (Bush se
atragantó otra vez/ ¿Seguridad del territorio?/ ¡Qué burla es!), escribió
un anónimo poeta popular en Internet después de la tragedia. El problema es
que Bush se atraganta con todo: el 11 de septiembre, Afganistán, Irak,
Naciones Unidas, y ahora Nueva Orleáns. Seguir su trayectoria es caminar en
un valle de lágrimas; un cementerio en cuyas lápidas podemos leer la
historia de los Estados desunidos de América. Barack Obama, el brillante
senador negro por Illinois, insistió en la pasada convención republicana,
durante su discurso inaugural, que no había dos Américas, una negra y otra
blanca, pero Bush demostró lo contrario. Estoy seguro de que quienes se
adelantaron sin marcha musical (porque en Nueva Orleáns hasta los muertos
bailan en su propio entierro) serán recibidos en el cielo, además de Dios,
por las trompetas bullangueras de Satchmo y Al Hirt. Oh when the Saints go
marching in...
Tomado de:
http://www.jornada.unam.mx/2005/09/23/025a1pol.php
***
La reconstrucción, en manos de las empresas que han fracasado en Irak
Nueva Orleáns y la "limpieza étnica"
por Naomi Klein
La ayuda de emergencia y la reconstrucción de la zona de desastre que dejó
Katrina está siendo entregada a las mismas empresas que llevan tres años
cobrando millones de dólares sin conseguir llevar los servicios esenciales
de Irak a los niveles que tenían antes de la guerra.
"La reconstrucción", sea en Bagdad o en Nueva Orleáns, se ha convertido en
poco menos que una transferencia continua de riqueza de las arcas públicas
a las privadas. Y esa ruta se aprovecha para impedir el retorno de los pobres
Afuera del refugio temporal con 2 mil camas en el River Center de Baton
Rouge, una banda de la Iglesia de la Cienciología toca una versión del
clásico de Bill Withers "Use Me" una elección refrescantemente honesta.
"Si ser usado se siente así de bien," cantan los cienciólogos, "sígueme
usando hasta que acabes conmigo."
Nyler, de 10 años, yace boca abajo sobre la mesa de masajes con una actitud
bastante parecida. No está segura de por qué la alegre señorita con la
playera amarilla en la que se lee que es "Ministra Voluntaria de la
Cienciología" quiere darle un masaje, pero "se siente tan bien", me dice,
que a quién le importa. Le pregunto a Nyler si éste es su primer masaje.
"¡Asistencia!", corrige la ministra voluntaria, poniendo en orden mi jerga
ciencióloga. Nyler niega con la cabeza; desde que huyó de Nueva Orleáns
cuando un árbol cayó sobre su casa ha visitado muchas veces esta tienda,
convirtiéndose en poco menos que una adicta a la "asistencia". "Tengo
nervios", me explica en una voz relajada por el masaje. "Tengo lo que se
llama nerviosismo".
Usa una playera rosa con un slogan poco apropiado para su edad ("Es en el
lugarcito oculto de Tiki donde los chicos de la isla son guapos, guapos,
guapos") que vino de las donaciones, y me explica por qué está nerviosa.
"Creo que nunca van a arreglar Nueva Orleáns." ¿Por qué?, le pregunto, un
poco sorprendida de estar discutiendo la política de la reconstrucción con
una preadolescente con colitas. "Porque la gente que sabe cómo arreglar las
casas caídas se fue".
No tengo corazón para decirle a Nyler que creo que tiene razón; que muchos
de los trabajadores afroamericanos de su barrio probablemente no sean nunca
bienvenidos en la reconstrucción de la ciudad. Una hora antes había
entrevistado al cabildero más importante de las corporaciones en Nueva
Orleáns, Mark Drennen. Como presidente y director ejecutivo de Greater New
Orleans Inc. (Área Metropolitana de Nueva Orleáns, S.A.), Drennen estaba de
un humor expansivo, alimentado por los signos que llegan de Washington de
que las corporaciones que representa desde Chevron y el Liberty Bank a
Coca Cola están a punto de recibir un paquete de exenciones fiscales,
subsidios y leyes laxas tan generosas que harían prácticamente obsoleto el
trabajo de un cabildero.
Escuchando el entusiasmo de Drennen sobre las oportunidades que abrió la
tormenta, me sorprendió su referencia a los afroamericanos de Nueva Orleáns
como "la comunidad minoritaria". Con 67% de la población, son claramente la
mayoría, mientras que los blancos como Drennen constituyen apenas 27%. No
hay duda de que se trata de un simple lapsus, pero no pude evitar sentir
que era también una muestra de la demografía deseable de la ciudad "nueva y
mejorada" que imagina esta élite blanca, una que no tendrá mucho espacio
para Nyler o sus vecinos que saben cómo arreglar casas. "Honestamente, yo
no sé, y no creo que nadie sepa, dónde van a caber", dice Drennen de los
desempleados de la ciudad.
Nueva Orleáns ya muestra signos de un cambio demográfico tan dramático que
algunos de los evacuados describen el fenómeno como "limpieza étnica".
Antes de que el alcalde Ray Nagin llamara a una segunda evacuación, la
gente que volvía a las áreas secas era mayoritariamente blanca, mientras
que los que no tenían casas a las que volver eran abrumadoramente negros.
Esto, aseguró, no es una conspiración sino simple geografía un reflejo del
hecho de que los ricos de Nueva Orleáns compran en las alturas. Eso
significa que las áreas más secas son las más blancas (el barrio francés es
blanco en 90%; el Garden District, en 89%; Audubon, en 86%; el cercano
barrio de Jefferson Parish, donde también se le permitió volver a la gente,
en 65%). Algunas áreas secas, como Algiers, sí tenían una gran población
afroamericana y con bajos ingresos antes de la tormenta, pero entre los
miles de millones para la reconstrucción no hay presupuesto suficiente para
llevarla de vuelta desde los lejanos refugios donde terminaron estos
residentes. Así que aún cuando la repoblación está permitida, muchos no
podrán retornar.
En lo que toca a los cientos de miles de residentes con casas en terrenos
bajos que fueron arrasados por la inundación, Drennen anota que muchos de
sus barrios eran disfuncionales de principio. Sostiene que la ciudad tiene
una oportunidad para pensar "como se piensa en el siglo XXI": en vez de
reconstruir ghettos, Nueva Orleáns podría ser repoblada con casas "de
ingresos mixtos", donde los ricos y los pobres, los blancos y los negros,
vivan pared con pared.
Lo que Drennen no dice es que esta clase de integración urbana podría
suceder mañana, y en una escala masiva. Unos 70 mil de los evacuados más
pobres y sin hogar en Nueva Orleáns podrán volver a la ciudad junto con los
blancos que sí tienen casas si no se construye una sola vivienda más.
Veamos el Garden District, donde Drennen vive. Tiene una tasa de viviendas
vacantes sorprendentemente alta 17.4%, según el censo de 2000. En ese
tiempo 702 casas estaban desocupadas y, considerando que el mercado no ha
mejorado mucho y que el distrito apenas fue inundado, lo más probable es
que sigan vacías. Lo mismo pasa en otras áreas secas: con caseros que
prefieren sellar los departamentos antes que bajar las rentas, el barrio
francés lleva años medio vacío, con una tasa de desocupación de 37%.
Los números generales de la ciudad son impresionantes: en áreas que
sufrieron sólo daños menores y están en la lista de repoblación del
alcalde, hay por lo menos 11 mil 600 departamentos y casas vacíos. Si se
incluye Jefferson Parish, el número sube hasta 23 mil 270. Con tres
personas por unidad, eso significa que podría haber casas para unos 70 mil
evacuados. Con el número de los residentes de la ciudad permanentemente sin
hogar, que se estima en unos 200 mil, eso sería un importante avance en la
solución de la crisis de vivienda. Y es posible. La representante demócrata
Sheila Jackson Lee, cuyo distrito en Houston incluye a unos 150 mil
evacuados, dice que hay formas de convertir los departamentos vacíos en
casas costeables o gratuitas. Después de aprobar una ordenanza, las
ciudades podrían emitir certificados bajo la Sección 8, que cubrirían la
renta hasta que los evacuados encuentren empleo. Jackson Lee dice que
planea proponer una iniciativa que pedirá fondos federales para que sean
gastados precisamente en esos pagos de renta. "Si existe la oportunidad de
crear opciones viables de vivienda deberían ser exploradas", dice.
Malcolm Suber, un veterano activista comunitario de Nueva Orleáns, estaba
impresionado cuando se enteró de que miles de hogares habitables estaban
vacíos. "Si hay casas vacías en la ciudad, entonces los trabajadores y la
gente pobre debería poder vivir en ellas". Según Suber, ocupar las unidades
vacías haría más que proveer el tan necesitado refugio inmediato:
devolvería a los pobres a la ciudad, previniendo que las decisiones clave
sobre su futuro como convertir el sitio del Ninth Ward en un humedal o
cómo reconstruir el Hospital de la Caridad las tomen solamente los que
pueden pagar terrenos en tierras altas. "Tenemos el derecho de participar
plenamente en la reconstrucción de nuestra ciudad", dice Suber. "Y eso sólo
puede suceder si volvemos a ella". Pero concede que será una lucha: las
familias de abolengo en Audubon o el Garden District pueden aguantar la
vivienda de "ingresos mixtos, pero a los Bourbons de la parte alta de la
ciudad les va a dar un ataque si un inquilino favorecido por la Sección 8
se muda al departamento de al lado. Ciertamente va a ser interesante".
Igualmente interesante será la respuesta de la administración Bush. Hasta
ahora, el único plan para devolver a los residentes sin hogar a Nueva
Orleáns es la extraña Ley de Terrenos Urbanos. En su discurso en el barrio
francés, Bush no mencionó los departamentos sin rentar del barrio unos mil
700 y, en vez de ello, propuso hacer una lotería y entregar lotes de
tierra federal a las víctimas de la inundación, que podrían construir casas
en ellos. Pero llevará meses (por lo menos) construir esas casas, y muchos
de los residentes más pobres no podrán pagar las hipotecas, no importa cuán
subsidiadas. Además, apenas cubre las necesidades de vivienda: la
administración Bush estima que en Nueva Orleáns hay tierra para apenas unos
mil "terratenientes".
La verdad es que la determinación de la Casa Blanca de convertir a los
habitantes que rentan en pagadores de hipotecas viene menos de la
preocupación por resolver la crisis de vivienda en Luisiana que de una
obsesión ideológica con construir una "sociedad de la propiedad"
radicalmente privatizada. Es una obsesión que ya empezó a envolver la zona
de desastre, con la Cruz Roja y Wal-Mart como proveedores de la ayuda de
emergencia y contratos de reconstrucción entregados a Bechtel, Fluor,
Haliburton y Shaw el mismo cártel que se ha pasado los últimos tres años
recibiendo miles de millones sin lograr llevar los servicios esenciales de
Irak a los niveles que tenían antes de la guerra. "La reconstrucción," sea
en Bagdad o en Nueva Orleáns, se ha convertido en poco menos que una
transferencia continua de riqueza de las arcas públicas a las privadas, sea
en la forma de contratos gubernamentales de costo adicional o de subastas
de nuevos sectores del Estado a las corporaciones.
Esta visión fue planteada sin disfraces durante una reunión en las oficinas
centrales de la Heritage Foundation, en Washington, el 13 de septiembre.
Estuvieron presentes miembros del Comité Republicano de Estudios de la
Cámara de Representantes, un grupo de más de cien legisladores
conservadores encabezados por el congresista de Indiana Mick Pence. El
grupo compiló una lista de 32 "ideas pro-mercado libre para responder al
huracán Katrina y a los altos pprecios del gas", incluyendo pagos
escolares, eliminar la legislación ambiental y "buscar petróleo en el
Refugio Nacional de la Vida Salvaje del Ártico". Claramente, parece
aventurado pensar que estas ideas serán adoptadas como ayuda a las víctimas
de un sector público destripado, hasta que se leen los primeros tres
puntos: "Suspender automáticamente las leyes salariales producto de la ley
Davis-Bacon en las áreas de desastre"; "hacer de la totalidad del área
afectada una zona de tasa fiscal pareja y de libre empresa", y "hacer de la
totalidad de la región una zona de competitividad económica (con incentivos
fiscales comprehensivos y regulaciones laxas)". Todas están posicionadas
para convertirse en leyes o han sido ya adoptadas por decreto presidencial.
Con su propio estilo, los creadores de la lista de Heritage no son tan
distintos de los 500 ministros voluntarios cienciólogos que están
desplegados en los refugios por toda Luisiana. "Literalmente seguimos el
huracán," me dijo David Holt, un supervisor de la iglesia. Cuando le
pregunté por qué, señaló un letrero amarillo en el que se leía "Algo puede
hacerse al respecto". Le pregunté que era "eso" respecto a lo que algo
podía hacerse y me dijo que "todo."
Así es también con los verdaderos creyentes neoconservadores: sus políticas
de "ayuda por Katrina" son las mismas propuestas para todos los demás
problemas, pero nada les da tanta energía como un buen desastre. Como dice
Bush, las tierras destrozadas son "zonas de oportunidad", una ocasión para
hacer un poco de reclutamiento, impulsar la fe, inclusive rescribir las
reglas desde cero. Pero eso, por supuesto, requiere un poco de masaje...
perdón, de asistencia.
(Una versión de este artículo apareció en The Nation (www.thenation.com).
Asistió en la investigación Aarón Maté. Traducción: Eugenio Fernández
Vázquez).
Tomado de Masiosare Nro. 406° (2-10-05)
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