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[P/Lx@887] Raymond Carver: Vecinos   Lista de mensajes  
Responder | Reenviar Mensaje #933 de 1054 |
Aviso de errata en nuestro número [P/Lx@884] NO a las papeleras
Por confiarnos en las fuentes y amigos que nos enviaron en forma reiterada
la nota publicada como "Científica uruguaya denuncia: LAS PAPELERAS Y LA
CONTAMINACIÓN FUTURA por Maria Carolina Grosso" debemos alertar que esta
nota -que circula profusamente por Argentina al calor de las protestas
contra las papeleras- con la firma de la supuesta científica, en realidad
fue escrita por el militante popular uruguayo Gonzalo Abella y que apareció
en julio de 2005 con el título "Fábricas de celulosa en Fray Bentos: Porqué
estoy en contra" (ver http://www.causapopular.com.ar/article520.html ).
Lamentamos este tipo de error que suele ser recurrente en la red con la
difusión apresurada de información interesante que suele reproducirse sin
la cita de autor original, cuando no se plagia haciéndola pasar por propia
de quien la reenvia.
Pedimos disculpas al autor Gonzalo Abella por haber contribuido a la
difusión de su material con falsa autoría, sin haber chequeado debidamente
su fuente (sólo chequeamos su título y autora (ambos apócrifos), por lo
cual encontramos la versión que publicamos). Rogamos a nuestros
paralectores que recirculan nuestros números a no continuar reproduciendo
este error mencionando al autor real de al nota. Gracias. P/Lx@

PD: "En casa de herrero" recomendamos la lectura de nuestro número
[P/L@628] Textos apócrifos y algunas erratas (ver
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer/message/656), donde señalamos el
problema de la red como difusora de falsos textos atribuídos a autores
celébres y errores similares intencionales o no.
¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬

[P/Lx@] Paraleer a Carver

"¿Y conseguiste lo que querías en esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado, sentirme amado en la tierra."

Raymond Carver
(EEUU, 1939-1988)

Escritor y poeta estadounidense nacido en Clatskanie, Oregón. Vivió en
docenas de lugares trabajando en ocupaciones ocasionales y mal pagadas,
debatiéndose en la más absoluta de las pobrezas, con un matrimonio
destrozado, con graves problemas de alcohol durante varios años. Además de
libros de poemas, Un sendero nuevo a la cascada (1985) y Bajo una luz
marina (1986), publicó cuatro volúmenes de relatos que lo acreditaron como
uno de los mejores escritores norteamericanos de la década: ¿Quieres hacer
el favor de callarte, por favor? (1976), De qué hablamos cuando hablamos de
amor (1981), Catedral (1983) y Tres rosas amarillas (1988). Los libros de
Carver están formados por relatos cortos que reflejan los dramas
aparentemente más triviales, las catástrofes silenciosas de la gente más
común, que poseeen la capacidad de provocar una impresión fortísima, una
indeleble conmoción. Dotado de un apreciable escepticismo y resentimiento,
mediante una técnica escueta y directa, carente de adornos estilísticos,
casi minimalista, dibuja una gama de anónimos perdedores de una sociedad
que parece haberse olvidado de ellos: desempleados, alcohólicos,
divorciados, seres solitarios que van hacia la deriva y que no tienen otra
cosa que hacer sino mirar la televisión, evitando mirar a su propio
interior y comprobar que no son más que sombras cargadas de desesperanza.
En 1988, cuando estaba en su mejor momento, porque había dejado de beber,
tenía una estimulante relación amorosa con la poeta Tess Gallagher y se
había convertido en el mejor cuentista vivo estadounidense, se le detectó
un cáncer de pulmón. Murió en Port Angeles, Washington ese mismo año.

***

Raymond Carver
Vecinos

Bill y Arlene Miller eran una pareja feliz. Pero de vez en cuando se
sentían que solamente ellos, en su círculo, habían sido pasados por alto,
de alguna manera, dejando que Bill se ocupara de sus obligaciones de
contador y Arlene ocupada con sus faenas de secretaria. Charlaban de eso a
veces, principalmente en comparación con las vidas de sus vecinos Harriet y
Jim Stone. Les parecía a los Miller que los Stone tenían una vida más
completa y brillante. Los Stone estaban siempre yendo a cenar fuera, o
dando fiestas en su casa, o viajando por el país a cualquier lado en algo
relacionado con el trabajo de Jim.
Los Stone vivían enfrente del vestíbulo de los Miller. Jim era vendedor de
una compañía de recambios de maquinaria, y frecuentemente se las arreglaba
para combinar sus negocios con viajes de placer, y en esta ocasión los
Stone estarían de vacaciones diez días, primero en Cheyenne, y luego en
Saint Louis para visitar a sus parientes. En su ausencia, los Millers
cuidarían del apartamento de los Stone, darían de comer a Kitty, y regarían
las plantas.
Bill y Jim se dieron la mano junto al coche. Harriet y Arlene se agarraron
por los codos y se besaron ligeramente en los labios.
- ¡Divertíos! ­ dijo Bill a Harriet.
- Desde luego ­ respondió Harriet ­ Divertíos también.
Arlene asintió con la cabeza.
Jim le guiñó un ojo.
- Adiós Arlene. ¡Cuida mucho a tu maridito!
- Así lo haré ­ respondió Arlene.
- ¡Divertíos! dijo Bill.
- Por supuesto ­ dijo Jim sujetando ligeramente a Bill del brazo ­ Y
gracias de nuevo.
Los Stone dijeron adiós con la mano al alejarse en su coche, y los Miller
les dijeron adiós con la mano también.
- Bueno, me gustaría que fuéramos nosotros ­ dijo Bill.
- Bien sabe Dios lo que nos gustaría irnos de vacaciones ­ dijo Arlene. Le
cogió del brazo y se lo puso alrededor de su cintura mientras subían las
escaleras a su apartamento.
Después de cenar Arlene dijo:
- No te olvides. Hay que darle a Kitty sabor de hígado la primera noche ­
Estaba de pie en la entrada a la cocina doblando el mantel hecho a mano que
Harriet le había comprado el año pasado en Santa Fe.Bill respiró
profundamente al entrar en el apartamento de los Stone. El aire ya estaba
denso y era vagamente dulce. El reloj en forma de sol sobre la televisión
indicaba las ocho y media. Recordó cuando Harriet había vuelto a casa con
el reloj; cómo había venido a su casa para mostrárselo a Arlene meciendo la
caja de latón en sus brazos y hablándole a través del papel del envoltorio
como si se tratase de un bebé.
Kitty se restregó la cara con sus zapatillas y después rodó en su costado
pero saltó rápidamente al moverse Bill a la cocina y seleccionar del
reluciente escurridero una de las latas colocadas. Dejando a la gata que
escogiera su comida, se dirigió al baño. Se miró en el espejo y a
continuación cerró los ojos y volvió a mirarse. Abrió el armarito de las
medicinas. Encontró un frasco con pastillas y leyó la etiqueta: Harriet
Stone. Una al día según las instrucciones ­ y se la metió en el bolsillo.
Regresó a la cocina, sacó una jarra de agua y volvió al salón. Terminó de
regar, puso la jarra en la alfombra y abrió el aparador donde guardaban el
licor. Del fondo sacó la botella de Chivas Regal. Bebió dos veces de la
botella, se limpió los labios con la manga y volvió a ponerla en el aparador.
Kitty estaba en el sofá durmiendo. Apagó las luces, cerrando lentamente y
asegurándose que la puerta estaba cerrada. Tenía la sensación que se había
dejado algo.
- ¿Qué te ha retenido? ­ dijo Arlene. Estaba sentada con las piernas
cruzadas, mirando televisión.
- Nada. Jugando con Kitty ­ dijo él, y se acercó a donde estaba ella y le
tocó los senos.
- Vámonos a la cama, cariño ­ dijo él.Al día siguiente Bill se tomó
solamente diez minutos de los veinte y cinco permitidos en su descanso de
por la tarde y salió a las cinco menos cuarto. Estacionó el coche en el
estacionamiento en el mismo momento que Arlene bajaba del autobús. Esperó
hasta que ella entró en el edificio, entonces subió las escaleras para
alcanzarla al descender del ascensor.
- ¡Bill! Dios mío, me has asustado. Llegas temprano ­ dijo ella.
Se encogió de hombros. No había nada que hacer en el trabajo -dijo él. Le
dejo que usará su llave para abrir la puerta. Miró a la puerta al otro lado
del vestíbulo antes de seguirla dentro.
- Vámonos a la cama ­ dijo él.
- ¿Ahora? - rió ella ­ ¿Qué te pasa?
- Nada. Quítate el vestido ­ La agarró toscamente, y ella le dijo:
- ¡Dios mío! Bill
Él se quitó el cinturón. Más tarde pidieron comida china, y cuando llegó la
comieron con apetito, sin hablarse, y escuchando discos.
- No nos olvidemos de dar de comer a Kitty ­ dijo ella.
- Estaba en este momento pensando en eso ­ dijo él ­ Iré ahora mismo.
Escogió una lata de sabor de pescado, después llenó la jarra y fue a regar.
Cuando regresó a la cocina, la gata estaba arañando su caja. Le miró
fijamente antes de volver a su caja-dormitorio. Abrió todos los gabinetes y
examinó las comidas enlatadas, los cereales, las comidas empaquetadas, los
vasos de vino y de cocktail, las tazas y los platos, las cacerolas y las
sartenes. Abrió el refrigerador. Olió el apio, dio dos mordiscos al queso,
y masticó una manzana mientras caminaba al dormitorio. La cama parecía
enorme, con una colcha blanca de pelusa que cubría hasta el suelo. Abrió el
cajón de una mesilla de noche, encontró un paquete medio vació de
cigarrillos, y se los metió en el bolsillo. A continuación se acercó al
armario y estaba abriéndolo cuando llamaron a la puerta. Se paró en el baño
y tiró de la cadena al ir a abrir la puerta.
- ¿Qué te ha retenido tanto? ­ dijo Arlene ­ Llevas más de una hora aquí.
- ¿De verdad? ­ respondió él.
- Sí, de verdad ­ dijo ella.
- Tuve que ir al baño ­ dijo él.
- Tienes tu propio baño ­ dijo ella.
- No me pude aguantar ­ dijo él.
Aquella noche volvieron a hacer el amor. Por la mañana hizo que Arlene
llamara por él. Se dio una ducha, se vistió, y preparó un desayuno ligero.
Trató de empezar a leer un libro. Salió a dar un paseo y se sintió mejor.
Pero después de un rato, con las manos todavía en los bolsillos, regresó al
apartamento. Se paró delante de la puerta de los Stone por si podía oír a
la gata moviéndose. A continuación abrió su propia puerta y fue a la cocina
a por la llave.
En su interior parecía más fresco que en su apartamento, y más oscuro
también. Se preguntó si las plantas tenían algo que ver con la temperatura
del aire. Miró por la ventana, y después se movió lentamente por cada una
de las habitaciones considerando todo lo que se le venía a la vista,
cuidadosamente, un objeto a la vez. Vio ceniceros, artículos de mobiliario,
utensilios de cocina, el reloj. Vio todo. Finalmente entró en el
dormitorio, y la gata apareció a sus pies. La acarició una vez, la llevó al
baño, y cerró la puerta.
Se tumbó en la cama y miró al techo. Se quedó un rato con los ojos
cerrados, y después movió la mano por debajo de su cinturón. Trató de
acordarse qué día era. Trató de recordar cuando regresaban los Stone, y se
preguntó si regresarían algún día. No podía acordarse de sus caras o la
manera cómo hablaban y vestían. Suspiró y con esfuerzo se dio la vuelta en
la cama para inclinarse sobre la cómoda y mirarse en el espejo.
Abrió el armario y escogió una camisa hawaiana. Miró hasta encontrar unos
pantalones cortos, perfectamente planchados y colgados sobre un par de
pantalones de tela marrón. Se mudó de ropa y se puso los pantalones cortos
y la camisa. Se miró en el espejo de nuevo. Fue a la sala y se puso una
bebida y comenzó a beberla de vuelta al dormitorio. Se puso una camisa
azul, un traje oscuro, una corbata blanca y azul, zapatos negros de punta.
El vaso estaba vacío y se fue para servirse otra bebida.
En el dormitorio de nuevo, se sentó en una silla, cruzó las piernas, y
sonrió observándose a sí mismo en el espejo. El teléfono sonó dos veces y
se volvió a quedar en silencio. Terminó la bebida y se quitó el traje.
Rebuscó en el cajón superior hasta que encontró un par de medias y un
sostén. Se puso las medias y se sujetó el sostén, después buscó por el
armario para encontrar un vestido. Se puso una falda blanca y negra a
cuadros e intentó subirse la cremallera. Se puso una blusa de color vino
tinto que se abotonaba por delante. Consideró los zapatos de ella, pero
comprendió que no le entrarían. Durante un buen rato miró por la ventana
del salón detrás de la cortina. A continuación volvió al dormitorio y puso
todo en su sitio.No tenía hambre. Ella no comió mucho tampoco. Se miraron
tímidamente y sonrieron. Ella se levantó de la mesa y comprobó que la llave
estaba en la estantería y a continuación se llevó los platos rápidamente.
Él se puso de pie en el pasillo de la cocina y fumó un cigarrillo y la miró
recogiendo la llave.
- Ponte cómodo mientras voy a su casa ­ dijo ella ­ Lee el periódico o haz
algo ­ Cerró los dedos sobre la llave. Parecía, dijo ella, algo cansado.
Trató de concentrarse en las noticias. Leyó el periódico y encendió la
televisión. Finalmente, fue al otro lado del vestíbulo. La puerta estaba
cerrada.
- Soy yo. ¿Estás todavía ahí, cariño? ­ llamó él.
Después de un rato la cerradura se abrió y Arlene salió y cerró la puerta.
- ¿Estuve mucho tiempo aquí? ­ dijo ella.
- Bueno, sí estuviste ­ dijo él.
- ¿De verdad? ­ dijo ella ­ Supongo que he debido estar jugando con Kitty.
La estudió, y ella desvió la mirada, su mano estaba apoyada en el pomo de
la puerta.
- Es divertido ­ dijo ella ­ Sabes, ir a la casa de alguien más así. -
Asintió con la cabeza, tomó su mano del pomo y la guió a su propia puerta.
Abrió la puerta de su propio apartamento.
- Es divertido ­ dijo él.
Notó hilachas blancas pegadas a la espalda del suéter y el color subido de
sus mejillas. Comenzó a besarla en el cuello y el cabello y ella se dio la
vuelta y le besó también.
- ¡Jolines! ­ dijo ella ­ Jooliines ­ cantó ella con voz de niña pequeña
aplaudiendo con las manos ­ Me acabo de acordar que me olvidé real y
verdaderamente de lo que había ido a hacer allí. No di de comer a Kitty ni
regué las plantas. Le miró -¿No es eso tonto? - No lo creo ­ dijo él ­
Espera un momento. Recogeré mis cigarrillos e iré contigo.
Ella esperó hasta que él había cerrado con llave su puerta, y entonces se
cogió de su brazo en su músculo y dijo:
- Me imagino que te lo debería decir. Encontré unas fotografías.
Él se paró en medio del vestíbulo.
- ¿Qué clase de fotografías?
- Ya las verás tú mismo ­ dijo ella y le miró con atención.
- No estarás bromeando ­ sonrió él - ¿Dónde?
- En un cajón ­ dijo ella.
- No bromeas ­ dijo él.
Y entonces ella dijo:
- Tal vez no regresarán - e inmediatamente se sorprendió de sus palabras.
- Pudiera suceder ­ dijo él ­ Todo pudiera suceder.
- O tal vez regresarán y … - pero no terminó.
Se cogieron de la mano durante el corto camino por el vestíbulo, y cuando
él habló casi no se podía oír su voz.
- La llave ­ dijo él ­ Dámela.
- ¿Qué? - dijo ella ­ Miró fijamente a la puerta.
- La llave ­ dijo él ­ Tú tienes la llave.
- ¡Dios mío! ­ dijo ella ­ Dejé la llave dentro.
- Él probó el pomo. Estaba cerrado con llave. A continuación intentó mover
el pomo. No se movía. Sus labios estaban apartados, y su respiración era
dificultosa. Él abrió sus brazos y ella se le echó en ellos.
- No te preocupes ­ le dijo al oído ­ Por Dios, no te preocupes.
Se quedaron allí. Se abrazaron. Se inclinaron sobre la puerta como si fuera
contra el viento, y se prepararon.

Raymond Carver
Título original: “Neighbors”. Publicado en la revista Esquire en 1971,
siendo Gordon Lish editor.
© Versión castellana de Luis Larios Vendrell, para ZERKALO.

Textos tomados de los sitios:
http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1556
http://maruska.soria.org/carver.htm

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