Paraleer por e@mail 888
8 años liberando palabras...
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[P/Lx@] Paraleer a Paul Auster
Paul Auster
Reflexiones sobre una caja de cartón
Es una fría mañana de llovizna, once días antes del fin del siglo veinte.
Estoy sentado en mi casa en Brooklyn, contento de no tener que salir a
meterme en ese desapacible clima de diciembre. Puedo quedarme aquí sentado
tanto tiempo como quiera, y aun si tengo que salir luego en algún momento
del día, sé que más tarde podré regresar. En cuestión de minutos, estaré
calentito y seco otra vez.
Soy propietario de esta casa. La compré hace siete años reuniendo a duras
penas el dinero suficiente como para cubrir la quinta parte del valor
total. El otro ochenta por ciento lo pedí prestado a un banco. El banco me
ha dado treinta años para pagar el préstamo, y cada mes yo me siento a
escribirles un cheque. Después de siete años, apenas he logrado hacer mella
en el capital. El banco me cobra el servicio de mantener la hipoteca, y
casi cada centavo que les he dado hasta ahora ha ido a reducir el interés
que les debo. No me quejo. Estoy contento de gastar este dinero extra (más
del doble del valor del préstamo) porque me da la oportunidad de vivir en
esta casa. Y me gusta aquí. Especialmente en una fea mañana como ésta, no
puedo pensar en ningún otro lugar en el mundo donde preferiría estar.
Me cuesta un montón de dinero vivir aquí, pero no tanto como podría parecer
a primera vista. Cuando pago mis impuestos en abril, se me permite deducir
la suma completa de lo que he gastado en intereses a lo largo del año. Se
descuenta directamente de mis ingresos, sin que se me hagan preguntas. El
gobierno federal hace esto por mí, y le estoy inmensamente agradecido. ¿Por
qué no debería estarlo? Me ahorra miles de dólares cada año.
En otras palabras, acepto el bienestar social que me ofrece el gobierno.
Han arreglado las cosas como para que sea posible para una persona como yo
tener esta casa. Todo el mundo en el país está de acuerdo con que es una
buena idea, y ni una sola vez he oído de un congresista o de un senador que
diera un paso al frente para proponer que esta ley sea cambiada. En los
últimos años, los programas de seguridad social para los pobres han sido
completamente desmantelados, pero los subsidios para vivienda de los ricos
siguen en su lugar.
La próxima vez que veas un hombre viviendo en una caja de cartón, recuerda
esto.
El gobierno estimula que cada uno sea propietario de su propia casa porque
es bueno para los negocios, bueno para la economía, bueno para la moral
pública. Es también el sueño universal, el sueño americano en su forma más
pura y esencial. Los Estados Unidos se miden a sí mismos como civilización
de acuerdo a este standard, y cuando queremos demostrar cuán exitosos somos
empezamos por sacar a relucir nuestras estadísticas mostrando cómo un
porcentaje de nuestros ciudadanos mayor que en ningún otro lugar del mundo
es propietario de su propia casa. "Anticipos para vivienda" es el término
económico clave, el indicador de base de nuestra salud financiera. Cuantas
más casas construyamos, más dinero haremos, y cuanto más dinero hagamos,
más feliz será todo el mundo.
Y sin embargo, como todo el mundo sabe, hay millones de personas en este
país que nunca poseerán una casa, que luchan cada mes tan sólo para llegar
a pagar la renta. También sabemos que hay muchos otros que no llegan a
pagarla y son arrojados a la calle. Los llamamos "sin techo", pero de lo
que realmente estamos hablando es de gente sin dinero. Como todo lo demás
en América, acaba siendo una cuestión de dinero.
Un hombre no vive en una caja de cartón porque quiera hacerlo. Quizás se
encuentre mentalmente trastornado, o sea drogadicto, o alcohólico, pero no
está en la caja porque sufra ninguno de estos problemas. He conocido
docenas de dementes en mi vida, y muchos de ellos vivían en casas hermosas.
Muéstrenme el libro en el que está escrito que un alcohólico está destinado
a dormir en la vereda. Igualmente podría llevarlo por la ciudad un chofer
de sombrero negro. No hay una relación de causa y efecto en esto. Vives en
una caja de cartón porque no puedes permitirte vivir en ningún otro sitio.
Estos son tiempos difíciles para los pobres. Hemos entrado en un período de
enorme prosperidad, pero mientras nos precipitamos por la carretera de los
beneficios mayores y aún mayores, olvidamos que cantidades no declaradas de
personas van cayéndose a la cuneta. La riqueza crea pobreza. Esa es la
ecuación secreta de una economía de libre mercado. No nos gusta hablar del
tema, pero a medida que los ricos se vuelven más ricos y se encuentran con
cantidades de dinero más y más grandes para gastar, los precios van
subiendo. A nadie le han dicho lo que ha pasado con el mercado inmobiliario
neoyorquino en los últimos años. Los costos de vivienda se han elevado más
de lo que nadie hubiera creído posible hasta hace muy poco tiempo. Ni yo
mismo, orgulloso propietario que soy, sería capaz de pagar mi propia casa
si tuviera que comprarla hoy en día. Para muchos otros, el aumento han
significado la diferencia entre tener y no tener un lugar donde vivir. Para
alguna gente, ha sido la diferencia entre la vida y la muerte.
La mala suerte puede golpear a cualquiera de nosotros en cualquier momento.
No hace falta mucha imaginación para pensar en las diversas cosas que
podrían fulminarnos. Cada persona vive con la idea de su propia
destrucción, y hasta el más feliz y exitoso tiene algún rincón oscuro en su
cerebro donde se representan historias de horror en continuado. Imaginas
que tu casa arde hasta los cimientos. Imaginas que pierdes tu trabajo.
Imaginas que alguien que depende de ti cae enfermo, y las facturas del
médico se llevan todos tus ahorros. O te juegas los ahorros en una mala
inversión o en una mala tirada de dados. La mayoría de nosotros vive a sólo
un desastre de afrontar auténticas privaciones. Una serie de desastres
puede arruinarnos. Hay hombres y mujeres vagabundeando por las calles de
Nueva York que una vez estuvieron en posiciones de manifiesta seguridad.
Tienen títulos universitarios. Han tenido empleos de responsabilidad y
mantenido a sus familias. Ahora están atravesando tiempos duros y, ¿quiénes
somos para pensar que semejantes cosas nunca podrían ocurrirnos?
Durante los últimos meses, un terrible debate ha estado envenenando el aire
de Nueva York acerca de qué hacer con ellos. De lo que deberíamos estar
hablando es de qué hacer con nosotros mismos. Es nuestra ciudad, después de
todo, y lo que les pasa a ellos también nos pasa a nosotros. Los pobres no
son monstruos por no tener dinero. Son gente que necesita ayuda, y a
ninguno de nosotros sirve castigarlos por ser pobres. Las nuevas reglas
propuestas por la administración actual, en mi opinión, no son sólo crueles
sino que no tienen ningún sentido. Si ahora duermes en la calle, serás
arrestado. Si vas a un refugio, tendrás que trabajar por tu cama. Si no
trabajas, serás arrojado de nuevo a la calle -y allí serás arrestado otra
vez. Si eres padre, y no cumples con las regulaciones laborales, tus hijos
te serán quitados. La gente que defiende estas ideas proclama ser, todos
ellos, devotos hombres y mujeres temerosos de Dios. ¿Por qué nadie se ha
molestado en decirle a esta gente que son unos hipócritas?
Mientras tanto, se hace tarde. Varias horas han pasado desde que me he
sentado en mi escritorio y empecé a escribir estas palabras. No me he
movido en todo este tiempo. El calor traquetea en las tuberías, y el cuarto
está templado. Afuera, el cielo está oscuro, y el viento está azotando el
costado de la casa con la lluvia. No tengo respuestas, ni consejos para
dar, ni sugerencias. Todo lo que pido es que pienses el clima. Y luego, si
puedes, que te imagines dentro de una caja de cartón, tratando lo mejor que
puedas de conservar tu calor. En un día como hoy, por ejemplo, once días
antes del fin del siglo veinte, afuera en el frío y el griterío de las
calles de Nueva York.
Paul Auster. 20 de diciembre de 1999
Traducción de Ricardo Baduel
Noticia biográfica
Paul Auster nació en 1947 en Nueva Jersey y estudió en la Universidad de
Columbia. Tras un breve período como marino de un petrolero, vivió tres
años en Francia, donde trabajó como traductor, "negro" literario y cuidador
de una finca; desde 1974 reside en Nueva York.
Es autor de las siguientes obras: La trilogía de Nueva York (Ciudad de
cristal, Fantasmas y La habitación cerrada), El país de las últimas cosas,
La invención de la soledad, El palacio de la luna, La música del azar,
Leviatán, El cuaderno rojo, Mr. Vértigo, Experimentos con la verdad,
Tumbuktú, El libro de las ilusiones, Creía que mi padre era Dios, y los
guiones de las películas Smoke (Cigarros), Blue in the face (Humos del
vecino) y Lulu on the bridge (Heridas de amor).
"Nunca me planteo a conciencia el origen de las historias, mi aproximación
a ellas se da con un primer movimiento que es sin duda intuitivo y con un
segundo proceso que es creador, de decantación y desmantelamiento. Las
historias deben ser desmanteladas para que ocurra en ellas, y fuera de
ellas, el proceso de comunicación con el lector. Sin embargo, si usted me
pide que reflexione sobre cada una de ellas, a años de distancia de algunas
hoy puedo afirmar que buena parte de su razón proteica ha tenido lugar en
mi interioridad. Reconozco elementos autobiográficos muy claramente, y esto
creo que es patrimonio novelístico, pero esos elementos son retazos que me
han ayudado a seguir el hilo argumental. Puedo nombrar mi infancia, mi
separación, mi relación parental, mis afectos y mi soledad o mis alegrías.
La ficción me ha permitido reconocer mi pasado, la escritura son las
huellas de una identidad, la mía en este caso, que me aclaran un camino.
Por algo como esto un crítico neoyorkino dijo, con algo que de malicia en
su tono, que yo era muy europeo a la hora de escribir historias americanas.
Me sentí halagado".
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