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Odio Mundial
Por Fernando Savater
Estos días suelo acordarme de aquel viejo chiste
colegial. El paciente le dice al médico: “Doctor,
he odiado a mi padre y a mi madre. Ahora odio a
mi mujer, a mi suegra, a mis hijos, a mi jefe.
Odio al gobierno... ¡odio a todo el mundo!”. El
médico responde, confundido: “¿Y por qué me
cuenta usted a mí eso?”. “Pero... ¿no es usted el
médico del odio?”. “¡No, hombre, no! Soy médico del oído”.
No puedo remediarlo, en ciertas ocasiones me
siento identificado con el pavoroso enfermo que
se equivocó de puerta. Cada cierto tiempo, según
pautas misteriosas e inexorables, noto que mis
relaciones con el universo empeoran sensiblemente
y que me brota de lo más íntimo de las entrañas
una hostilidad insondable contra todo lo que se
mueve, corre y patea... Los síntomas son
inconfundibles: sin poder hacer nada para
remediarlo, una vez descartado el suicidio por
instinto de conservación, cae sobre mí un nuevo
Mundial de fútbol. Sólo queda aguantar el largo
chaparrón de brutalismo y entusiasmo patriótico,
los berridos del triunfo y los lamentos borrachos
de la derrota, con crujir de dientes y mascullar
de blasfemias. ¡Quiero venganza!... pero sé que no la obtendré.
Mientras planeo mi revancha atroz pasará el
tiempo y llegará, implacable, abrumador, obtuso,
vil pero cierto como la muerte, el próximo Mundial.
A favor del placer
Habitualmente, estoy a favor de todo lo que causa
placer a los humanos. No me importa que sea
sucio, pecaminoso, trivial o acompañado de fuegos
artificiales (esta última concesión me resulta especialmente dolorosa).
Si los humanos –y las humanas qué te voy a decir–
somos sucios, pecadores y triviales, tampoco
podemos pedir mucha elevación a nuestras
diversiones. Lo peor que puede decirse de
nuestros placeres es que se nos parecen
demasiado: si resultasen de otro modo, no nos
complacerían. Sea como fuere, quiero gozo y
cachondeo: ¡señores, venga alegría! Me declaro un
puerco más de la jubilosa piara de Epicuro y me
siento solidario con mis colegas cuando hozan, gozan y retozan.
Detesto a los que no se divierten más que
amargando con sus críticas desmitificadoras las
modestas o inmundas diversiones de los demás.
¡Déjelos revolcarse, pobrecillos! No gruña, no
zahiera. Si lo asqueroso hace pasar un buen rato,
tampoco es cuestión de flagelar a nadie. Mírenos
las caras: ¿qué esperaba, sutilezas y delicias
edificantes? De usted para mí, se ve cada tipo...
demasiado que no muerdan. O sea, por resumir: que
en todo coro de rugidos orgiásticos estoy
favorablemente dispuesto a aportar la segunda voz...
Una excepción
Con el fútbol, ya ven, hago una excepción.
Amparada, desde luego, en los mejores apoyos
intelectuales. Cuando el rey Lear quiere mostrar
su máximo desprecio por alguien le insulta así:
“¡Tú, vil futbolista!” (acto I, escena 4). Yo en
cambio le escupiría: “¡Vil espectador de
fútbol!”. Porque jugar al fútbol es un ejercicio
grotesco y plebeyo (se suele elogiar a los que lo
practican con un repugnante: “ha sudado bien la
camiseta”), pero al menos resulta en bastantes casos disparatadamente rentable.
Y, como decía el doctor Johnson, “pocas
actividades hay más plácidas y recomendables para
un hombre que dedicarse a ganar dinero”. En
cambio el espectador de fútbol no hace
incesantemente más que perder. Mientras los
equipos juegan, pierde los nervios; cuando su
equipo es derrotado, pierde la compostura y la
decencia; pero si su tribu vence, él pierde la
cabeza. Me refiero a los partidos de fútbol
“normales”, si me disculpan el oxímoron: aunque
en todos ellos, los fanáticos de cada club
adoptan arrebatos identificatorios propios de los
peores momentos de la secta de estranguladores de
la diosa Kali, según nos los detalló el gran Emilio Salgari.
Pero cuando hay banderas nacionales de por medio,
las cosas aún empeoran. Lo que suele llamarse
eufemísticamente “la masa enfervorizada” –en
realidad una piara de lunáticos maleducados
poseídos por el síndrome patriotero– se entrega
al estruendo y la furia hasta extremos que
habrían hecho a Macbeth añorar la amable compañía
de las brujas. Lo más insoportable son los
cantos, los ripios, los “oé, oé, oé...”
Uno puede soportar los estragos de la peste o los
horrores de la guerra: ¡pero la estupidez en
orfeón, ya es demasiado! Y no hay cura: en Italia
acaban de enterarse de que los grandes partidos
de su Liga han estado amañados y los árbitros
sobornados, pero siguen tan aficionados al calcio como antes...
Dos mil razones
El incomparable Fontanarrosa, que ha escrito
cuentos sobre fútbol tan divertidos que casi
justifican literariamente la existencia de esa
ignominia pelotuda, dice que –pese a la
tradicional aptitud de los argentinos para la
cancha– a él dos razones le han alejado del
estrellato deportivo: la primera, su pierna
izquierda; la segunda, su pierna derecha. Tengo
no dos, sino dos mil razones para odiar de la
manera más desaforada la demencia mundial que se
aproxima. Las portadas de los periódicos más
serios no hablarán de otra cosa, los noticieros
de televisión postergarán por un día las
necesarias matanzas para ilustrarnos sobre los
vaivenes de esos millonarios en calzoncillos que
sudan la camiseta mientras aúllan en las gradas los chacales con estandarte.
En las escuelas de Argentina dicen que van a
poner televisores durante el Mundial, porque si
no prevén que los alumnos dejarán de asistir a
clase. Mientras llegan a Alemania miles y miles
de prostitutas, para saciar a los aficionados a
las pelotas... ¡Qué asco, que humillación! Y lo
peor de todo: durante semanas, yo no sabré de qué
hablar con quienes me son más dulcemente próximos...
Aparecido en Diario La Voz del Interior. Córdoba, Arg. Domingo 28/05/06
www.lavozdelinterior.com.ar
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