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[P/Lx@895] Rodolfo Walsh: Operación Masacre   Lista de mensajes  
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3º entrega:
OPERACION MASACRE de Rodolfo Walsh
Prólogo de Osvaldo Bayer

Paraleer por e@mail
8 años liberando palabras...
Libros Libres en la Red
Con los mejores títulos de la literatura necesaria
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[P/Lx@] Homenajes
PARALEER LA OTRA HISTORIA

Un día como hoy, hace cincuenta años, un intento
de recuperación de la soberanía popular dio
origen al terrorismo de Estado en la Argentina,
por los hechos atroces y aberrantes consumados para su represión.

A 50 años de los fusilamientos del Gral. Valle y
los sublevados de la Resistencia Peronista en junio de 1956
Recopilación y selección de textos: P/Lx@

Antecedentes: De golpe...el ’55.

El 16 de septiembre de 1955 un intento de golpe
de estado se propone poner fin al segundo
gobierno peronista. Cuatro días después, tras el
triunfo de la asonada sostenida por la
autodenominada “Revolución Libertadora”, asume la
presidencia de la Nación el Gral. Eduardo
Lonardi, y anuncia al país, reeditando palabras
pronunciadas un siglo antes por Urquiza, que no
habría “ni vencedores, ni vencidos”. Los hechos
se encargarían de demostrar lo contrario. Pocos
días después, envalentonado, el Contralmirante
Arturo Rial develará a una delegación de la CGT
el sentido último del proceso que se acababa de
abrir: “Sepan ustedes que la Revolución
Libertadora se hizo para que en este país el hijo
del barrendero, muera barrendero.”
En las masas peronistas, primero el estupor.
Quien mejor que Don Arturo Jauretche para
describir la pesada atmósfera que imprimía el
transcurrir de aquellas primeras jornadas post golpe:
“Llovía...llovía sobre la ciudad... Un millón de
hombres y mujeres ­ tal vez muchos más ­ sobre
cuya soledad llovía. (...) Porque cada uno estaba
solo, aislado, único, aplastado, deprimido,
aguantando en silencio y soledad las aguas
servidas de todos los lavaderos de la infamia por
donde se volcaba el odio, el rencor de sus
enemigos, como el agua de la lluvia...”
Al tiempo, deserción de gran parte de la
dirigencia partidaria y sindical mediante, surge
la reacción espontánea e inorgánica. Finalmente,
con los meses, emerge la progresiva organización
de una épica militante que habría de dejar honda
huella en el devenir de las luchas sociales y
políticas a las que se vería sujeta la Argentina
de la segunda mitad del siglo XX: la Resistencia Peronista.

La Resistencia

El 9 de Junio de 1956 los generales Tanco y Valle
se sublevaron contra el gobierno de facto que
había destituido a Perón en setiembre de 1955. El
levantamiento fue reprimido brutal e ilegalmente.
Hubo muchos muertos, de los cuales sólo siete
cayeron en acción. En los basurales de José León
Suárez, un grupo de civiles ­algunos de ellos
relacionados vagamente con la conspiración; el
resto, ajeno por completo a ella­ fueron
masacrados antes incluso de que fuera dictada la
ley marcial. Unos pocos lograron escapar de la
muerte, a duras penas. En 1957, Rodolfo Walsh
emprendió la investigación de estos hechos, cuyos
resultados publicó en forma de notas en el diario
"Mayoría" y, poco después, como libro.
Está de más dicho que el gobierno de Aramburu
estaba al tanto de la iniciativa golpista del
General Valle, y la “dejó correr”, para así poder
dar una contundente respuesta a una insurrección
que pintaba como peligrosa, por que involucraba
Pueblo y Ejército. Pero, ¿por qué tanta saña?

Los golpistas de 1955 habían sido la Marina de
Guerra, casi en su totalidad, y un sector del
Ejército. Como les hubiera sido difícil lograr
consenso si se presentaban con el programa de
entrega de Patrimonio Social, corte de conquistas
obreras, subordinación a las multinacionales y
largo etcétera, buscaron y encontraron un general
nacionalista, católico, que en sus primeros
mensajes habló de la ausencia de “vencedores y
vencidos”, y prometió mantener los logros
sociales alcanzados. Por eso, el Gral. Lonardi duró escaso mes y medio.

Luego, había que depurar el Ejército y de paso,
dar un claro mensaje a los sectores populares que
intentaban resistir la avanzada del Gran Capital.
Por eso los fusilamientos. Por eso fueron hechos
de cualquier manera: con pompa militar o sin
ella, contra un paredón o contra una pila de
basura, en un cuartel, en una comisaría o a cielo
abierto. De cara a los verdugos o incitándolos a
la huida, para luego balearlos por la espalda.

En la lista de asesinados vamos a encontrar
nombres de generales, coroneles, mayores y
tenientes, pero también un cabo músico, un
suboficial de maestranza. Y también:
ferroviarios, metalúrgicos, un policía retirado
por asco a su institución, empleados.

La noche del 12 de junio, el presidente de facto
Gral Pedro E. Aramburu se fue a dormir, negándose
a recibir a Susana, la hija de Valle, que venía a
pedir por la vida de su padre. Ironías de la
historia: Aramburu había obtenido su grado máximo
gracias a la diligencia de su camarada Valle ante
el entonces Comandante en Jefe de las FFAA y
presidente el Gral. Juan D. Perón, porque las
mediocres calificaciones de Aramburu no
ameritaban el ascenso. Quien derroca a Perón
luego mandará asesinar al propio Valle.

El General se fue a dormir. Había dado un paso
importante para restituir al Ejército en el
camino de las glorias pasadas: la campaña al
desierto, los fusilamientos en la Patagonia, la
intervención contra Irigoyen. También ­pero no lo
sabía- lo estaba preparando para las andanzas
futuras: la intervención en el poder político, la
entrega, la represión, la “seguridad nacional”
fronteras adentro, el asesinato solapado.
En términos militares, había instaurado una doctrina.
Veinte años después, otro General, tan mediocre
como él- la seguiría a rajatabla, al negarse a
intervenir ante el secuestro de dos monjas que
habían cuidado a su hijo oligofrénico.


Lista de los muertos por la "Revolución Fusiladora"

Asesinados en Lanús, simulando fusilamiento (10 de Junio de 1956)
Tte. Coronel José Albino Yrigoyen, Capitán Jorge
Miguel Costales, Dante Hipólito Lugo, Clemente
Braulio Ros, Norberto Ros y Osvaldo Alberto Albedro.
Asesinados en los basurales de José León Suárez,
disparando por la espalda (10 de junio de 1956)
Carlos Lizaso, Nicolás Carranza, Francisco
Garibotti, Vicente Rodríguez y Mario Brión
Muertos por la represión en La Plata (10 de junio de 1956)
Carlos Irigoyen, Ramón R. Videla y Rolando Zanetta.
Fusilados en La Plata (11 y 12 de junio de 1956)
Teniente Coronel Oscar Lorenzo Cogorno, Subteniente de Reserva Alberto Abadie
Fusilados en Campo de Mayo (11 de junio de 1956)
Coronel Eduardo Alcibíades Cortines, Capitán
Néstor Dardo Cano, Coronel Ricardo Salomón
Ibazeta, Capitán Eloy Luis Caro, Teniente Primero
Jorge Leopoldo Noriega y Teniente Primero Maestro
de Banda de la Escuela de Suboficiales Néstor Marcelo Videla
Asesinados en la Escuela de Mecánica del Ejercito (11 de junio de 1956)
Sub Oficial Principal Ernesto Gareca; Sub Oficial
Principal Miguel Ángel Paolini; Cabo Músico José
Miguel Rodríguez; Sargento Hugo Eladio Quiroga.
Ametrallado en el Automóvil Club Argentino (11 de junio de 1956)
Miguel Ángel Maurino (falleció el 13 de junio de 1956 en el Hospital Fernández)
Fusilados en la Penitenciaria Nacional de la Av.Las Heras (11 de junio de 1956)
Sargento ayudante Isauro Costa, Sargento
carpintero Luis Pugnetti y Sargento músico Luciano Isaías Rojas
Fusilado en la Penitenciaria Nacional de la Av.Las Heras (12 de junio de 1956)
Gral. De División Juan José Valle
Asesinado, simulando suicidio por ahorcamiento,
en la Divisional de Lanús, 28 de junio de 1956,
donde estuvo detenido desde el 9 de junio de 1956
Aldo Emil Jofré


Operación masacre
La verdad sigue estallando

En 1957, Rodolfo Walsh emprendió la investigación
de estos hechos, cuyos resultados publicó en
forma de notas en el diario "Mayoría" y, poco después, como libro.
OPERACION MASACRE, una de las primeras novelas de
"no ficción" escritas en castellano, se anticipó
en nueve años al New Journalism, es decir, la
aplicación de procedimientos propios del género
novela al relato de hechos verdaderos.
Walsh se entera que "Hay un fusilado que vive" y
va en busca de la verdad. Se transforma en
escritor e investigador a la vez. La angustia de una historia real.
“La primera noticia sobre los fusilamientos
clandestinos de junio de 1956 me llegó en forma
casual, a fines de ese año, en un café de La
Plata donde se jugaba al ajedrez, se hablaba más
de Keres o Nimzovitch que de Aramburu y Rojas, y
la única maniobra militar que gozaba de algún
renombre era el ataque a la bayoneta de Schlechter en la apertura siciliana”.
Así se despacha Rodolfo Walsh, en tono simple y
profundo sobre un crimen atroz y ocultado por el
gobierno militar y la connivencia de otros
sectores de la población. Sin anestesia ni
eufemismos nos desenreda lo paradójico de un
comentario dicho por lo bajo “hay un fusilado que
vive”. Un hecho ocurrido y naturalizado en estas
pampas surrealistas. Pero que en este caso supera
las novelas de terror y a García Márquez. Lamentablemente.
Entonces el periodista queda dominado por su
necesidad de saber la verdad y a medida que tira
de la punta para ir desovillando el misterio se
va transformando en investigador y escritor. La
angustia vivida en la carne de él queda adherida
al lector. Resulta ineludible e inevitable.
Necesaria e incómoda. Cuesta seguir contando
jirones de esta historia, la nuestra. Y también
tratar de reducir a un par de párrafos lo magistral de la obra de este autor.
El relato empieza con la detención de un grupo de
presuntos implicados en la sublevación del
General Valle contra el gobierno de la Revolución
Libertadora. Continúa con el fusilamiento
arbitrario e injusto de éstos en un basural de
José León Suárez. Y termina dejando plasmado cómo
a través de los distintos gobiernos la masacre continúa impune.
Operación Masacre además se revela como nuevo
género: recupera una realidad en formato
ficcional. Reconstruye a los personajes que como
fantasmas merodeaban por la las calles casi
muertos en vida. Los diálogos no escuchados pero
repetidos ad infinitum en las cabezas de los
sobrevivientes. Las escenas nunca vista. Y así
pasa a formar parte de una lectura obligatoria
para todo aquel que tenga la piel medianamente sensible.
Rodolfo Walsh, con su rigor periodístico,
relataba los fusilamientos a los que fueron
sometidos un grupo de civiles indefensos en su libro "Operación Masacre":

Fragmento de Operación Masacre de R. Walsh

23. LA MATANZA

...Ha llegado el momento. Lo señala un diálogo breve, impresionante.
- ¿Qué nos van a hacer? - pregunta uno
- ¡Camine para adelante! - le responden
- ¡Nosotros somos inocentes!-gritan varios
- No tengan miedo-le contestan-. No les vamos a
hacer nada. ¡NO LES VAMOS A HACER NADA!
Los vigilantes los arrean hacia el basural como a
un rebaño aterrorizado. La camioneta se detiene,
alumbrándolos con los faros. Los prisioneros
parecen flotar en el lago vivísimo de luz.
Rodríguez Moreno baja, pistola en mano.

A partir de ese momento el relato se fragmenta,
estalla en doce o trece nódulos de pánico.
- Disparemos, Carranza -dice Gavino-. Yo creo que nos matan.
Carranza sabe que es cierto. Pero una remotísima
esperanza de estar equivocado lo mantiene caminando.
- Quedémonos... -murmura-. Si disparamos, nos tiran seguro.
Giunta camina a los tumbos, mirando hacia atrás,
con un brazo a la altura de la frente para
protegerse del destello que lo encandila.
Livraga se va abriendo hacia la izquierda,
sigilosamente. Paso a paso. Viste de negro. De
pronto, lo que parece un milagro: los reflectores
dejan de molestarlos. Ha salido del campo
luminoso. Está solo y casi invisible en la
oscuridad. Diez metros más adelante se adivina una zanja. Si puede llegar...
La tricota de Brión brilla, casi incandescente de blanca.
En el carro de asalto Troxler está sentado con
las manos apoyadas en las rodillas y el cuerpo echado hacia delante.
Mira de soslayo a los dos vigilantes que
custodian la puerta más cercana. Va a saltar...
Frente a él Benavides tiene en vista la otra puerta.
Carlitos azorado, sólo atina a musitar:
- Pero, cómo... Así nos matan?
Abajo, Vicente Rodríguez camina pesadamente por
el terreno accidentado y desconocido. Livraga
está a cinco metros de la zanja. Don Horacio que
fue el primero en bajar, también ha logrado
abrirse un poco en la dirección opuesta.
- ¡Alto! - ordena una voz.

Algunos se paran. Otros avanzan todavía unos
pasos. Los vigilantes, en cambio, empiezan a
retroceder, tomando distancia, y llevan la mano al cerrojo de los máuseres.
Livraga no mira hacia atrás, pero oye el golpe de
la manivela. Ya no hay tiempo para llegar a la zanja. Va a tirarse al suelo.
- ¡De frente y coco con codo! - grita Rodríguez Moreno.
Se pone de rodillas frente al pelotón.
- Por mis hijos... -solloza-. Por mis hi...

Rodolfo Walsh. "Operación Masacre", Ediciones de La Flor, 1972


SI NO SE SUPIERA DE ENTRADA QUE los hechos que se
narrarán son estrictamente ciertos, leer
Operación Masacre, sería mucho más gozoso.
Sin temor, podría modificarse ese principio
literario que consigna a la novela A sangre fría
de Truman Capote como la primera de no ficción
editada en 1966, y darle ese lugar a la obra que
Rodolfo Jorge Walsh publicara nueve años antes.
Pero esta idea parece trivializar el tema que
investigó el periodista desaparecido.
Tal vez porque el lejano asesinato de la familia
Clutter en el pequeño pueblo de Holcomb (Texas)
no ha tenido ni tendrá, a pesar de ser un bello
libro, el peso social que significó la salida de
la obra del argentino. O porque el gran escritor
que fue Capote no vivió su tiempo con el riesgo
ni la devoción por la verdad y la justicia que sintió Walsh.
Ese enorme periodista -paradójicamente tan
seducido por la literatura- participó de la
historia de su país y con pasión fue modificando
su modo de ver: al paso de las páginas del libro
se puede percibir que el hombre que comenzó a
investigar, no es el que escribió el primer
capítulo, ni será el que termine la obra.
Sin embargo, si no fuera porque Operación Masacre
cuenta con detalle el fusilamiento de doce
personas a manos de la Policía de la Provincia de
Buenos Aires, Rodolfo Jorge Walsh habría cumplido
con uno de sus sueños: escribir novelas policiales para pobres.


LA HISTORIA DE UNA MATANZA

A LAS 23.30 HORAS DEL 9 DE JUNIO de 1956, la
policía de la Provincia de Buenos Aires allana
una casa en la localidad de Florida y detiene a
un grupo de civiles que suponen implicados en la
rebelión militar del general Juan José Valle
contra el gobierno de facto del general Pedro
Eugenio Aramburu. En la madrugada del día
siguiente, aproximadamente seis horas después,
esas personas son fusiladas en un basural de José
León Suárez, en cumplimiento de la ley marcial
que se promulga y difunde por radio después que fueran arrestados.
El saldo: cinco muertos. Sus nombres: Nicolás
Carranza, Francisco Garibotti, Carlos Alberto
Lizaso, Mario Brión y Vicente Damían Rodríguez.
Cinco hombres que dejarán -entre hijos, viudas y familiares- dieciséis deudos.
“La primera noticia sobre los fusilamientos
clandestinos de junio de 1956 me llegó en forma
casual, a fines de ese año, en un café de La
Plata donde jugaba ajedrez”, dice Walsh en el
prólogo. Le dicen: “Hay un fusilado que vive”.
Llega al encuentro de Juan Carlos Livraga sin
saber que lo atrae de la historia. Escribe: “Pero
después sé. Miro esa cara, el agujero en la
mejilla, el agujero más grande en la garganta, la
boca quebrada y los ojos opacos donde se ha
quedado flotando una sombra de muerte. Me siento insultado”.
Después, encuentra a los otros que han vivido
para contarlo: Horacio Di Chiano, Miguel Angel
Giunta, Rogelio Díaz, Norberto Gavino, Julio
Troxler y Reinaldo Benavídez. Siete personas que
contactara con una mezcla de orgullo profesional y de tristeza.
Para contar las vidas y los últimos pasos de los
protagonistas, narrar lo sucedido la noche de los
asesinatos y mostrar el expediente judicial que
se genera posteriormente, el autor elegirá una
forma llana de escritura con un certero
equilibrio entre lo novelado y lo testimonial.
Se sabrán detalles íntimos: algunos intuidos,
otros obsesivamente buscados. Por ejemplo, que a
Carranza “se le hacía un nudo en la garganta”
cada vez que miraba a su hija de 11 años que,
seis meses antes, había sido secuestrada por la
policía para preguntarle si su padre era un delincuente.
O bellas descripciones como: “alta, resuelta, de
boca algo desdeñosa y ojos que no sonríen”, o
“esa casa pobrísima que alquila, rodeada de ese
paredón sucio, con ese terreno inculto donde
picotean las gallinas, no es lo él imaginaba”.
La tensión subirá y el ritmo de la novela irá
pasando cada vez más rápido. Utiliza sencillos
recursos: datos sutiles para afirmar la veracidad
de lo narrado -“El colectivo,(que se utiliza para
trasladar a los prisioneros) que es el número 40
de la línea 19”- y el buceo en la sensación que,
seguramente, tuvieron esos hombres. Así, la
matanza será reconstruida, más que nada, con los
últimos diálogos y pensamientos de los hombres.
De los que sobreviven, quizá el relato más
estremecedor es el que protagoniza Di Chiano.
Luego de la balacera, el hombre ha quedado ileso.
Tirado boca abajo en el piso, comprende que están
rematando a los caídos y que ahora le toca a él.
“No los ve pero sabe que le apuntan a la nuca.
Esperan un movimiento. Tal vez ni eso. Tal vez le
tiren lo mismo. Tal vez les extrañe justamente
que no se mueva. Tal vez descubran lo que es
evidente, que no está herido, que de ninguna
parte le brota sangre. Una nausea espantosa le
surge del estómago. Alcanza a estrangularla en
los labios. Quisiera gritar. Una parte de su
cuerpo -las muñecas apoyadas como palancas en el
suelo, las rodillas, las puntas de los pies-
quisiera escapar enloquecida. Otra -la cabeza, la
nuca- le repite: no moverse, no respirar”. El
tiro de gracia nunca llegará y Don Horacio habrá nacido de nuevo.
A Livraga le perforan la cara de un balazo, lo
tiran herido en la comisaría de San Martín y
luego lo pasan a la cárcel de Olmos, donde estará
dos meses junto a Giunta, que, previamente, había
sido sometido a tortura psicológica. Mucho más
tiempo estará Díaz en la misma prisión.
Gavino, Benavídez y Troxler (desaparecido durante
la última dictadura militar) se exiliarán en Bolivia.

Detenidos sin haber podido difundir la proclama
contra la dictadura del general Pedro Eugenio
Aramburu y el almirante Isaac Francisco Rojas,
ese 9 de junio de 1956 el sueño liberador
iniciado con las primeras sombras de la tarde
terminó antes de la medianoche. Ni siquiera
lograron interferir la transmisión de la pelea de
Eduardo Lausse con el chileno Humberto Loayza
para que el general Juan José Valle —jefe de la
rebelión— leyera la proclama desde una escuela de
Avellaneda donde se constituía el comando revolucionario.
El mensaje incluía el compromiso de un llamado
inmediato a elecciones y la garantía de una
absoluta libertad de prensa, así como la libertad
de todos los presos políticos, el reintegro de
los derechos sindicales y la recuperación de la industria nacional.
"Tomar las armas para restablecer en nuestra
Patria el imperio de la libertad y la justicia al
amparo de la Constitución y las leyes", decía en
los primeros párrafos ese texto en el que se
percibía la pluma y visión de José María
Castiñeira de Dios y de José María Rosa.

“Esos fusilamientos fueron la semilla de la
violencia de la década del setenta”, declaró
Miguel Brión, hijo del asesinado Mario Brión. A
la muerte de su padre, Miguel tenía cuatro años.
Hoy es miembro de la Comisión de Homenaje a los
Mártires del 9 de junio de 1956, que se fue
organizando a partir de los actos que se hicieron en estos 43 años.


EL CAMINO DE UN TRABAJO EXCEPCIONAL

TODAS LAS CERTEZAS QUE SE TIENEN SOBRE lo que
ocurrió aquella noche provienen de la
investigación que realizó Walsh. En el libro esta
todo: nombres, fechas, horas, situaciones, datos
que muestran la dimensión del trabajo que construyó.
De hecho, la única investigación judicial que se
realizó por la denuncia de Juan Carlos Livraga no
prosperó: Desiderio A. Fernández Suárez, el jefe
de la policía que dio la orden de fusilar a los
prisioneros, movió influencias para que la causa
pasara a la justicia militar y eso fue lo que
pasó. Demás esta aclarar, que el juez castrense
no encontró delitos en el accionar de ningún
funcionario policial, menos aún del jefe de la fuerza.
Cuando los asesinatos ocurrieron, los diarios que
Walsh llama ironicamente “serios”, no registraron
nada. No fue sino hasta el 23 de diciembre de
1956, en que Leónidas Barletta publicó en su
periódico Propósitos la denuncia del
sobreviviente. Hoy se sabe que esa iniciativa fue del autor.
“Esta es la historia que escribo en caliente y de
un tirón, para que no me ganen de mano, pero que
después se me va arrugando día a día en un
bolsillo porque la paseo por todo Buenos Aires y
nadie me la quiere publicar, y casi ni
enterarse”, escribe el periodista. Al final y
desde el 15 de enero y hasta el 30 de marzo de
1957, el autor publica una serie de notas en el
periódico Revolución Nacional. Después, del 27 de
mayo al 29 de junio del mismo año, publica nueve
artículos más en la revista Mayoría de los
hermanos Tulio y Bruno Jacovella. La primera
edición del libro aparecerá unos meses después en
Ediciones Sigla propiedad del dirigente
nacionalista Marcelo Sánchez Sorondo, con el
subtítulo: “Un proceso que no ha sido clausurado”.
En rigor, hay que decir que las desmentidas,
réplicas, apéndices y corolarios se extendieron
hasta abril de 1958 y que, técnicamente, la obra
tal y como se conoce hoy le llevó al periodista
cerca de quince años de trabajo, ya que en 1972
efectúa a la última corrección a la que sería la cuarta edición del libro.


HAN MATADO AL MEJOR

EL 24 DE MARZO DE 1977, RODOLFO JORGE WALSH da a
conocer su último trabajo: la “Carta abierta de
un escritor a la Junta Militar”. A fuerza de
veinte dactilógrafos que teclean sin descanso,
logra introducirla en todos los medios de
comunicación y hasta en la Casa de Gobierno. Una vez más, nadie la publica.
Había pasado un siniestro año desde la
instalación de Videla, Massera y Agosti en el
poder y el periodista decide hacer un balance
“sin esperanza de ser escuchado, con la certeza
de ser perseguido, pero fiel al compromiso que
asumí hace mucho de dar testimonio en momentos difíciles”.
Al día siguiente, es emboscado en la avenida San
Juan y Sarandí. Resiste a las ametralladoras del
grupo de tareas con una pistola calibre 22. El
Comisario Ernesto Weber, quien lo asesina,
testimonia que tuvo que tirarle al menos tres
veces para que cayera. Dicen, sobrevivientes de
la ESMA, que cuando llegó ya estaba muerto.
Pero Walsh, una vez más, tuvo que cambiar de
posición. De periodista a protagonista de otra terrible masacre: la suya.
“El mejor escritor de su generación”, dicen
algunos. “El periodista que estuvo comprometido
hasta el final”, dicen otros. Hoy, hay escuelas
que llevan su nombre; su labor fue ejemplar para
los profesionales de la comunicacion y su
recuerdo es la huella para los estudiantes de periodismo.

Fuentes: Rodolfo Walsh. "Operación Masacre", Ediciones de La Flor, 1972
Textos escogidos de Eduardo Pérez (Agencia
Walsh), Carolina Belvis y Eduardo Toniolli.

Paraleer a Rodolfo Walsh
[P/L@ 64 al 68] Rodolfo Walsh: Un oscuro día de justicia
[P/L@70] Rodolfo Walsh:Carta abierta de un escritor a la Junta Militar

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