Entrar
¿Nuevo usuario? Inscribirme
paraleer · Literatura e Ideas del Mundo Necesario
? ¿Ya estás suscrito? Entra a Yahoo!

Consejos

¿Sabías que...?
Podés añadir enlaces a sitios relacionados de tu grupo.

Mensajes

  Mensajes Ayuda
Avanzado
[P/Lx@915] Julio Cortázar: La noche boca arriba   Lista de mensajes  
Responder | Reenviar Mensaje #962 de 1054 |
Paraleer por e@mail
8 años liberando palabras
Paraleer te regala otro libro libre
RAYUELA de Julio Cortázar
(En formato de texto .rtf comprimido, se sugiere descomprimir con 7-ZIP
software libre que se puede descargar
gratuitamente de la red en http://www.7-zip.org)
¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬

[P/Lx@] Para leer a Cortázar

Julio Cortázar
La noche boca arriba

Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que
debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y
sacar la motocicleta del rincón donde el portero
de al lado le permitía guardarla. En la joyería
de la esquina vio que eran las nueve menos diez;
llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se
filtraba entre los altos edificios del centro, y
él -porque para sí mismo, para ir pensando, no
tenía nombre- montó en la máquina saboreando el
paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un
viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el
blanco) y la serie de comercios con brillantes
vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la
parte más agradable del trayecto, el verdadero
paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con
poco tráfico y amplias villas que dejaban venir
los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas
por setos bajos. Quizá algo distraído, pero
corriendo por la derecha como correspondía, se
dejó llevar por la tersura, por la leve
crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su
involuntario relajamiento le impidió prevenir el
accidente. Cuando vio que la mujer parada en la
esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las
luces verdes, ya era tarde para las soluciones
fáciles. Frenó con el pié y con la mano,
desviandose a la izquierda; oyó el grito de la
mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco
hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de
la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía
una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no
podia soportar la presión en el brazo derecho.
Voces que no parecín pertenecer a las caras
suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y
seguridades. Su único alivio fue oír la
confirmación de que había estado en su derecho al
cruzar la esquina. Preguntó por la mujer,
tratando de dominar la náusea que le ganaba la
garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta
una farmacia próxima, supo que la causante del
accidente no tenía más que rasguños en la
piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le
hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones,
recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va
bien y alguien con guardapolvo dándole de beber
un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco
minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde
pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero
sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock
terrible, dio sus señas al policía que lo
acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una
cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la
cara. Una o dos veces se lamió los labios para
beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala
suerte; unas semanas quieto y nada más. El
vigilante le dijo que la motocicleta no parecía
muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me
la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante
le dio la mano al llegar al hospital y le deseó
buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco;
mientras lo llevaban en una camilla de ruedas
hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles
llenos de pájaros, cerro los ojos y deseó estar
dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo
rato en una pieza con olor a hospital, llenando
una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con
una camisa grisácea y dura. Le movían
cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las
enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no
hubiera sido por las contracciones del estómago
se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte
minutos después, con la placa todavía húmeda
puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó
a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto
y delgado se le acercó y se puso a mirar la
radiografía. Manos de mujer le acomodaban la
cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a
otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez,
sonriendo, con algo que le brillaba en la mano
derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de
olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor
a pantano, ya que a la izquierda de la calzada
empezaban las marismas, los tembladerales de
donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en
cambio vino una fragancia compuesta y oscura como
la noche en que se movía huyendo de los aztecas.
Y todo era tan natural, tenía que huír de los
aztecas que andaban a caza de hombre, y su única
probabilidad era la de esconderse en lo más denso
de la selva, cuidando de no apartarse de la
estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si
aun en la absoluta aceptación del sueño algo se
revelara contra eso que no era habitual, que
hasta entonces no había participado del juego.
"Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente
el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de
lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo
agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener
miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el
miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto
y la noche sin estrellas. Muy lejos,
probablemente del otro lado del gran lago, debían
estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor
rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se
repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal
vez un animal que escapaba como él del olor a
guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se
oía nada, pero el miedo seguía alli como el olor,
ese incienso dulzón de la guerra florida. Había
que seguir, llegar al corazón de la selva
evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a
cada instante para tocar el suelo más duro de la
calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar
a correr, pero los tembladerales palpitaban a su
lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo.
Entonces sintió una bocanada del olor que más
temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de
la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo
en los ventanales de la larga sala. Mientras
trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi
físicamente de la últim a visión de la pesadilla.
El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con
pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera
estado corriendo kilómetros, pero no querían
darle mucha agua, apenas para mojarse los labios
y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando
despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero
saboreaba el placer de quedarse despierto,
entornados los ojos, escuchando el diálogo de los
otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando
a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco
que pusieron al lado de su cama, una enfermera
rubia le frotó con alcohol la cara anterior del
muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con
un tubo que subía hasta un frasco lleno de
líquido opalino. Un médico joven vino con un
aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo
sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y
la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un
estado donde las cosas tenían un relieve como de
gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la
vez ligeramente repugnantes, como estar viendo
una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor, y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro
oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito
de pan, mas precioso que todo un banquete, se fue
desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía
nada y solamente en la ceja, donde lo habían
suturado, chirriaba a veces una punzada caliente
y rápida. Cuando los ventanales de enfrente
viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no
iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de
espaldas, pero al pasarse la lengua por los
labios resecos y calientes sintió el sabor del
caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí
todas las sensaciones por un instante embotadas o
confundidas. Comprendía que estaba corriendo en
plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado
de copas de árboles era menos negro que el resto.
"La calzada", penso. "Me salí de la calzada." Sus
pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y
ya no podía dar un paso sin que las ramas de los
arbustos le azotaran el torso y las piernas.
Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la
oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar.
Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera
luz del día iba a verla otra vez. Nada podía
ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin
saberlo él, aferraba el mango del puñal, subió
como un escorpion de los pantanos hasta su
cuello, donde colgaba el amuleto protector.
Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del
maíz que trae las lunas felices, y la súplica a
la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes
motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los
tobillos se le estaban hundiendo despacio en el
barro, y al la espera en la oscuridad del
chaparral desconocido se le hacía insoportable.
La guerra florida había empezado con la luna y
llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía
refugiarse en lo profundo de la selva,
abandonando la calzada mas alla de la región de
las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran
el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros
que ya habrían hecho. Pero la cantidad no
contaba, sino el tiempo sagrado. La caza
continuaría hasta que los sacerdotes dieran la
señal del regreso. Todo tenía su número y su fin,
y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto,
puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en
el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las
ramas, muy cerca. El olor a guerra era
insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó
al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja
de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las
luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el
aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-.
A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno.
Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía la
penumbra tibia de la sala le parecío deliciosa.
Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared
del fondo como un ojo protector. Se oía toser,
respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja.
Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero
no quería seguir pensando en la pesadilla. Había
tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar
el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente
se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una
botella de agua mineral en la mesa de noche.
Bebio del gollete, golosamente. Distinguía ahora
las formas de la sala, las treinta camas, los
armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta
fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía
apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez
saliendo del hotel, sacando la moto. Quién
hubiera pensado que la cosa iba a acabar así?
Trataba de fijar el momento del accidente, y le
dio rabia advertir que había ahí como un hueco,
un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el
choque y el momento en que lo habían levantado
del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba
ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de
que ese hueco, esa nada, había durado una
eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como
si en ese hueco él hubiera pasado a través de
algo o recorrido distancias inmensas. El choque,
el golpe brutal contra el pavimento. De todas
maneras al salir del pozo negro había sentido
casi un alivio mientras los hombres lo alzaban
del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre
de la ceja partida, la contusión en la rodilla;
con todo eso, un alivio al volver al día y
sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le
preguntaría alguna vez al médico de la oficina.
Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo
despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda,
y en su garganta afiebrada la frescura del agua
mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin
las malditas pesadillas. La luz violeta de la
lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la
posición en que volvía a reconocerse, pero en
cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de
filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a
comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en
todas direcciones; lo envolvía una oscuridad
absoluta. Quiso enderezarse y sintio las sogas en
las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en
el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El
frio le ganaba la espalda desnuda, las piernas.
Con el mentón buscó torpemente el contacto con su
amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora
estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo
del final. Lejanamente, como filtrándose entre
las piedras del calabozo, oyó los atabales de la
fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en
las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las
paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era
él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque
estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el
grito de lo que iba a venir, del final
inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían
otras mazmorras, y en los que ascendían ya los
peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo
sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía
las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si
fueran de goma y se abrieran lentamente, con un
esfuerzo interminable. El chirriar de los
cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso,
retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas
que se le hundían en la carne. Su brazo derecho,
el mas fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo
intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la
doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó
antes que la luz. Apenas ceñidos con el
taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los
sacerdotes se le acercaron mirándolo con
desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos
sudados, en el pelo negro lleno de plumas.
Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron
manos calientes, duras como el brónze; se sintió
alzado, siempre boca arriba, tironeado por los
cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo.
Los portadores de antorchas iban adelante,
alumbrando vagamente el corredor de paredes
mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían
agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo
llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro
del techo de roca viva que por momentos se
iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en
vez del techo nacieran las estrellas y se alzara
ante él la escalinata incendiada de gritos y
danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa
nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el
aire libre lleno de estrellas, pero todavía no,
andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja,
tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero
como impedirlo si le habían arrancado el amuleto
que era su verdadero corazón, el centro de su vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al
alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo
rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus
vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la
botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen
traslúcida contra la sombra azulada de los
ventanales. Jadeó buscando el alivio de los
pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían
pegados a sus párpados. Cada vez que cerraba los
ojos las veía formarse instantáneamente, y se
enderezaba aterrado pero gozando a la vez del
saber que ahora estaba despierto, que la vigilia
lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el
buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin
imágenes, sin nada... Le costaba mantener los
ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él.
Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó
un gesto hacia la botella de agua; no llegó a
tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra
vez negro, y el pasadizo seguía interminable,
roca tras roca, con súbitas fulguraciones
rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente
porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose
como una boca de sombra, y los acólitos se
enderezaban y de la altura una luna menguante le
cayó en la cara donde los ojos no querían verla,
deseparadamente se cerraban y abrían buscando
pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo
raso protector de la sala. Y cada vez que se
abrían era la noche y la luna mientras lo subían
por la escalinata, ahora con la cabeza colgando
hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras,
las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe
vio la piedra roja, brillante de sangre que
chorreaba, y el vaivén de los pies del
sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando
por las escalinatas del norte.

Con una última esperanza apretó los párpados,
gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó
que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil
en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo.
Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la
figura ensangrentada del sacrificador que venía
hacia él con el cuchillo de piedra en la mano.
Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque
ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba
despierto, que el sueño maravilloso había sido el
otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en
el que había andado por extrañas avenidas de una
ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que
ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto
de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la
mentira infinita de ese sueño también lo habían
alzado del suelo, también alguien se le había
acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido
boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

Tomado de: Julio Cortázar, "Final del Juego", Ed. Sudamericana, Bs.As. 1993

Sitio web de este número:
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer/message/962
¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬
Para leer por e@mail
Servicio solidario de lecturas por correo electrónico
Literatura e Ideas para el Mundo Necesario
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer
Ultimos números publicados:
[P/Lx@914] Eduardo Galeano: Los emigrantes, ahora
[P/Lx@913] Thierry Meyssan: El movimiento proisraeli en EEUU
[P/Lx@912] Eduardo Galeano: Salvavidas de plomo
[P/Lx@911] Loose Change 9/11 llegó a Cordoba
[P/Lx@910] Manifiesto Internacional por Cuba
Para leer los números anteriores encontralos en:
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer/messages
Agradecemos a todos los que solidariamente nos envian valiosos textos para
compartir. Se aguardan con entusiasmo tus aportes con material literario
afin así como tus críticas sugerencias.
Escríbenos a paraleer@...
-----------------------------------
Paraleer se distribuye sólo entre sus subscriptores de y desde Yahoo
Grupos, no respondemos por los números enviados a los no suscriptos a
nuestro servicio, desde direcciones que no sean la del servidor de listas
que nos hospeda. La publicidad y subscripción a nuestro servicio se hace de
amigo a amigo, de boca en boca, en forma artesanal, no hacemos spam,
suscripciones masivas ni compulsivas. Invita a tus amigos a sumarse a la
red P/Lx@, diles que se subscriban enviando un mensaje en blanco a:
paraleer-subscribe@...
Para borrarse: otro mensaje a paraleer-unsubscribe@...
-----------------------------------
Todos los Sabados a las 12 del mediodia la gente
macanuda de Córdoba y alrededores se rejunta a escuchar
DAÑOS COLATERALES (lo que queda es lo que hay) por la 94.3 FM UTN Cba
Un programa más malo que la oposición.
Periodismo Desobediente y la Más Maravillosa Música
Escuchalo y mañana lo comentamos.
Para enviarnos información, escribinos a: parlante@...
-----------------------------------
(cL) Red P/Lx@ - 1998/2006
Coordinador: Tonio Blanco - Córdoba, Argentina

Jue, 7 de Sep, 2006 7:36 am

tonio_b
Sin conexión Sin conexión
Enviar correo Enviar correo

Archivo adjunto
Rayuela.zip
Tipo:
application/zip
Reenviar Mensaje #962 de 1054 |
Desplegar mensajes Autor Ordenar por fecha

Paraleer por e@mail 8 años liberando palabras Paraleer te regala otro libro libre RAYUELA de Julio Cortázar (En formato de texto .rtf comprimido, se sugiere...
Paraleer por e@mail
tonio_b
Sin conexión Enviar correo
7 de Sep, 2006
8:18 am
Avanzado

Copyright © 2009 Yahoo! de Argentina S.R.L. Todos los derechos reservados.
Política de privacidad - Condiciones del Servicio - Reglas de la comunidad de Yahoo! - Ayuda