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[P/Lx@919] Bonasso entrevista a Fidel   Lista de mensajes  
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8 años liberando palabras
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[P/Lx@] La salud de Fidel

Relato de la nueva gran batalla de Fidel
CON LA PASION DE SIEMPRE HABLO DE CHAVEZ, DE LA
MEDICINA CUBANA... Y DE SU PROPIA MUERTE

El líder cubano mostró cómo evoluciona su
recuperación en el encuentro con el diputado
argentino. También elogió a Hugo Chávez por su
lucha para ingresar al Consejo Permanente de la
ONU y por aliarse a sectores medios para “hacer
los cambios democráticamente” y mostró su
preocupación por terminar de editar sus memorias en vida.
Por Miguel Bonasso
Desde La Habana

Me había preparado para verlo, pero la realidad
fue mucho más fuerte. Incluso le llevaba de
regalo un ordenador de viaje. Es decir una suerte
de cartuchera de cuero argentino, que en su
interior tiene espacios predeterminados para
papeles, tarjetas, pasaje, pasaporte, anotaciones
varias, todo lo que necesita un viajero. Sé muy
bien que Fidel Castro no lleva tarjetas de
crédito ni dinero en sus travesías por el mundo,
pero el modesto presente encerraba un mensaje
subliminal: “Espero que pronto esté bien para volver a viajar”.

Pero una cosa es lo que uno imagina, teme, desea,
y otra bien distinta el hecho en sí. De pronto el
llamado telefónico: “Esté a tal hora en tal
lado”. Y nada más. Podía ser que lo viera
personalmente o podía ser que me encontrara con
algunos de sus hombres de confianza en una
reunión preparatoria. No podía creer en mi buena
suerte: era el primer invitado a la Cumbre del
Movimiento de los No Alineados que tenía el
privilegio de ver al Comandante en su
recuperación, como ya lo habían visto antes de la
Cumbre Hugo Chávez y Evo Morales.

Estaba tan aturdido que olvidé hasta una
elemental libreta de notas por si tenía la suerte
suplementaria de que me hiciera una declaración.

Pero al llegar a la cita supe que lo vería. Con
sus colaboradores más cercanos recorrí el pasillo
como en un travelling cinematográfico donde el
visitante ve intensificarse la realidad a medida
que avanza: al comienzo los hombres de su
custodia vestidos de verde oliva, luego su médico
personal siempre derrochando bonhomía, al final
del largo corredor un trío compuesto por dos
mujeres y un hombre alto, los tres de guardapolvo
blanco. ¿Médicos, enfermeros? Por fin una señora
muy amable que me introdujo en la habitación. Un
cuarto austero, blanco, totalmente despojado de
adornos. Fidel, que estaba sentado en una cama,
con una mesa blanca y móvil por delante, se puso de pie para darme un abrazo.

Vestía una bata color vino y un pijama haciendo
juego y, por suerte, era el Fidel de siempre. Más
delgado, es verdad, pero no tanto como lo habían mostrado unas fotos recientes.

“Perdí cuarenta y un libras ­me recordó­, pero
estoy recuperando peso. Ya casi la mitad de lo que perdí.”

Muchos kilos para quien ya parecía un hidalgo
español de prosapia cervantina y ostenta ahora un perfil quijotesco.

Nos sentamos para charlar. Eran las once y media
de la mañana habanera de ayer y afuera
reverberaba la canícula. El nudo que yo traía en
la garganta se aflojó de golpe: puede sonar
increíble, pero Fidel estaba tan lúcido y filoso
como siempre. El mismo tono confidencial de
conspirador que el oyente debe desentrañar, las
mismas señas misteriosas o las acentuaciones
gestuales de algún hallazgo verbal, alguna orden
a sus colaboradores en voz bien alta, para
demostrar que puede regresar a la oratoria en cualquier momento.

“Ves”, subrayó. “Puedo hablar en voz bien alta si quiero.”

Pasó un rato largo antes de que me hiciera la
confesión que carga de peso existencial esta
nota. Arrancó como siempre, apasionado por los
hechos colectivos, políticos, poniendo lo
personal en un tercer o cuarto plano de sombra.
Estaba entusiasmado con el hecho de que Venezuela
gane la batalla para ocupar un sitial en el
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
“Genio y figura”, pensé. El tránsito por la
enfermedad y la presencia cierta de la muerte no
han disminuido un ápice la intensidad de sus sueños y obsesiones.

“No van a poder bloquear el ingreso”, aseguró. Y
subrayó que su gran amigo Hugo Chávez Frías se ha
convertido en un líder mundial. “Chávez ha ido
creando un modelo indestructible. No es portador
de un socialismo extremo, sino realista.
Indiscutiblemente va a tener éxito en crear un
gran partido que reúna y represente a todos los
revolucionarios venezolanos. Los diversos
partidos que lo apoyaban han respondido bien a su
convocatoria para lograr la unidad. Además
­agregó­ ha prometido realizar todos los cambios
democráticamente, consultando al pueblo. No es
extremista. Ha prometido cooperar con las capas
medias y el respeto y la colaboración con las
empresas privadas que acaten los principios de la
revolución. Además ha desarrollado programas
sociales que no tienen paralelo en el mundo y que
lo convierten en un líder imbatible. Pienso que
un pueblo tan saqueado como el venezolano merece
este cambio. Y veo con alegría el impulso hacia
la integración de América latina, en la que
Venezuela será un ejemplo de lo que se puede
hacer cuando un país pone sus recursos al
servicio del pueblo. Chávez no sólo usa bien esos
recursos sino que los multiplica con medidas fiscales que antes no se tomaban.”

Después abordó el tema de la “Operación Milagro”,
uno de los programas de salud que más lo
apasiona. Y lo hizo con la misma intensidad de
siempre. Como si no hubiera pasado por el filo de
la navaja dejando en terrible suspenso a millones
de personas. Recordó que en apenas dos años, unos
400 mil latinoamericanos habían sido operados de
cataratas, pterigium y otras enfermedades de la
vista con la nueva técnica oftalmológica
desarrollada por los médicos cubanos. Y que todas
esas operaciones, muchas de las cuales se habían
llevado a cabo en Cuba, habían sido gratuitas, en
beneficio de los latinoamericanos más pobres.

Al rato Fidel me ofreció más café, mientras nos
sacaban un montón de fotos. Con su sempiterno
entusiasmo, me comentó admirado: “Son increíbles estas cámaras digitales”.

Nos íbamos acercando a la confesión. Sobre la
mesa había un libro voluminoso. La portada
sobria, bien realizada, anunciaba Cien horas con
Fidel. Y abajo: “Conversaciones con Ignacio
Ramonet. Segunda edición. Revisada y enriquecida con nuevos datos”.

Algunos meses antes había visto con inocultable
envidia la primera edición de esa megaentrevista
en la que el líder cubano pasa revista a su vida
y a la historia mundial que lo destaca como uno
de sus principales protagonistas. En junio
último, el Comandante me había mostrado sus
correcciones manuscritas a las respuestas de la
primera edición. Las preguntas de Ramonet,
obviamente, habían sido respetadas por el
entrevistado. A fines de julio, cuando volví a
verlo en Córdoba, viajaba acompañado por las
pruebas de página, en pleno proceso de revisión y
aumento. Pero nunca hubiera imaginado lo que
ocurrió tras la operación del 27 de julio.

“Lo seguí corrigiendo en los peores momentos
­musitó­. No paré de corregirlo. No creas que lo
hice cuando mejoré. Desde los primeros días. Y lo
hice no sólo por su contenido sino porque le
había prometido al pueblo que lo revisaría antes
de publicarlo. Así que pasé muchas horas
dictándole a Carlitos (Valenciaga, su secretario). Muchas horas.”

Entonces me miró, con los ojos muy abiertos y esa
expresión como de asombro que le redondea la boca
cuando tira un dardo decisivo, para aclarar en un
tono profundo, pero despojado de énfasis y dramatismo:

“Quería terminarlo porque no sabía de qué tiempo dispondría”.

La sombra del gran límite, de la imposibilidad de
toda posibilidad, anidaba todavía en el fondo de
la mirada como un fondo de café. Comenté:

“Otra gran batalla”.

Asintió en silencio y agregó:

“Estas cosas te las cuento como amigo y escritor”.

Después se excusó de no poder regalarme el libro
por razones protocolares, hasta entregar una
copia a los jefes de Estado que concurren a la
reunión del Movimiento de No Alineados. A nuestro
lado, el infatigable Carlitos Valenciaga ­el
joven colaborador que leyó la histórica proclama
sobre el traspaso de poderes­ ponderaba algunas
incorporaciones a esta nueva edición aumentada:

“Hay cartas inéditas a Sadam Hussein
recomendándole que se retire de Kuwait. Las
cartas a Nikita Kruschev contextualizadas”.

Sobre la mesa blanca había también un folleto
reproduciendo la portada del libro con la
siguiente leyenda: “Capítulo 24 - Los sucesos de
abril de 2002 y otros temas de América latina”.

“Está traducido a nueve idiomas”, aclaró
Valenciaga. Pedí uno para reproducirlo como
anticipo en Página/12, después que se le
entregara a los jefes de Estado. En particular a
dos amigos fieles que el Comandante aguarda con
impaciencia: Chávez y Evo Morales. En ese
capítulo 24, además de las intimidades del
fallido golpe contra Chávez, el lector encontrará
interesantes reflexiones sobre los militares
nacionalistas y progresistas de América latina,
como Omar Torrijos, Juan Velasco Alvarado o el
propio Juan Domingo Perón. Y referencias agudas a
la derrota de Carlos Menem y el triunfo de Néstor Kirchner en 2003.

Se acercaba el momento de la despedida. La charla
se había prolongado durante hora y media. Fidel
señaló el modesto televisor que tenía frente a la
cama (nada de plasma ni equipo estereofónico) y comentó:

“La tele está cada vez más violenta. Todo es de
una violencia extrema. Todo es publicidad y
violencia. Desde las ficciones hasta los noticieros internacionales”.

Le dije, con total sinceridad, que me iba muy contento de verlo tan bien.

“Todo en su justo medio”, advirtió, mientras me
daba un apretón de manos. “No hay que olvidar que
la máquina a reparar ya tiene ochenta años.”

Nota de tapa del Página/12 - Jueves 14/9/06
http://www.pagina12.com.ar


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