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[P/Lx@931] El General en su Mausoleo   Lista de mensajes  
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APARICION CON VIDA de Jorge Julio López
BASTA DE FASCISMO EN ARGENTINA !!!
Juicio y castigo a los genocidas. Ni olvido ni perdón.
Ya dijimos NUNCA MAS.
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¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬

[P/Lx@] Crónicas: La historia como farsa
Provocaciones, irresponsabilidades y oportunismo
gorila en el traslado de los restos del Gral. Perón a su mausoleo.

El traslado de los restos de Perón quedó marcado
por el choque entre patotas sindicales. Hubo por
lo menos 50 heridos y Kirchner decidió no
participar del acto. La Justicia identificó al
manifestante que fue filmado mientras disparaba.
Aseguran que sería el chofer del hijo de Moyano.
Hubo una batalla campal entre patotas del
sindicato de camioneros y de la Uocra, que
incluyó disparos de armas de fuego y dejó un
saldo de 50 heridos. Por los incidentes, el
Presidente no participó del acto. En medio del
caos, los restos de Perón fueron colocados en el
mausoleo levantado en San Vicente.


El homenaje que derivó en desastre
Por Diego Schurman

Una batalla campal entre patotas gremiales empañó
ayer el traslado de los restos de Juan Domingo
Perón a la quinta 17 de Octubre, en la localidad
bonaerense de San Vicente. Los violentos
episodios, que dejaron un saldo de más de 50
heridos y que incluyeron disparos de arma de
fuego, motivaron la ausencia de Néstor y Cristina
Kirchner, quienes pensaban presidir la ceremonia.
El féretro de Perón partió desde el cementerio de
la Chacarita, se detuvo algunas horas en la CGT y
continuó su trayecto, seguido por una caravana de
autos hasta el moderno mausoleo construido para homenajearlo en San Vicente.
En el Día de la Lealtad lo único que primó fue el
pase de facturas. En la Casa Rosada –donde el
Presidente anoche analizó el tema con el jefe de
Gabinete, Alberto Fernández, y el ministro de
Interior, Aníbal Fernández– se puso la mira en
Eduardo Duhalde, mentor del “operativo traslado”,
por el fracaso organizativo. No hubo, de todos modos, ningún parte oficial.

Los incidentes tuvieron como protagonistas a los
afiliados de los gremios de la construcción y de
camioneros, quienes pugnaban por una posición
privilegiada frente al escenario cuando los
restos de Perón aún se encontraban en camino.
A las 15.30, entre los seguidores de Hugo Moyano
que habían sido desplazados hacia una de las
entradas apareció un hombre con un revólver,
apuntó y disparó varios tiros. Hubo impactos en
uno de los portones de entrada. Anoche lo
identificaron como Emilio Miguel Queiroz,
custodio y chofer de Pablo Moyano, el hijo del
titular de la CGT. La policía informó que no hubo
ningún herido de arma de fuego. La reyerta obligó
a los muchachos del líder camionero a replegarse
en las afueras de la quinta. Se vio allí a jóvenes con puñales.
La gresca también se observó por una pantalla
gigante, apostada a dos cuadras del lugar, que
proyectaba la transmisión en vivo del canal de
cable TN. Al ver la imagen muchos dieron media
vuelta y emprendieron el regreso, incluso
aquellos que venían de parajes lejanos. Los que
no se convencían con las imágenes bajaban la
guardia cuando veían a padres con sus chicos en
brazos alejándose raudos e indignados.

–¿Qué pasó? –preguntó un periodista.
–Es que le partieron una botella de cerveza en la
cabeza a uno y respondió –contestó el titular de
la seccional La Plata de Uocra, José “Pata” Medina.

Anoche, un comunicado del gremio –que tiene
historia de enfrentamiento con los camioneros
(ver aparte)– desligaba a los suyos de los
incidentes y, en cambio, señalaba a supuestos
infiltrados que se cubrían la cara.
A media cuadra de la quinta, en el Club Deportivo
San Vicente, decenas de efectivos de la Guardia
de Infantería se mostraban estáticos aguardando
la orden de algún superior. Delante de sus
narices pasaban los camioneros con heridas de batalla.

–Ehhh, algunas ganamos, otras no toca perder...
–se resignó un mastodonte, con unos cuantos
dientes menos y un tajo en la frente de la profundidad de un hachazo.

El orgullo de ese camionero, con su remera “ayer,
hoy y siempre con Perón” de vivos blancos, verdes
y rojos –de sangre–, casi le impide subirse a la
ambulancia camino a unos cuantos puntos de
sutura. Sus amigos lo persuadieron de la
necesidad de ceder y aceptar la recomendación del traslado.
A esa altura, la decisión de Kirchner de no
participar de la ceremonia ascendía de categoría:
de rumor saltó a versión oficial. Ni esta noticia
ni la inquietud por saber en qué lugar del
recorrido se encontraba el féretro de Perón
cambió un ápice la actitud beligerante de la concurrencia.
La esquina de Lavalle y Eva Perón, uno de los
vértices de la quinta, fue el segundo campo de
batalla. Desde afuera, los camioneros hicieron
llover palos y piedras hacia dentro, donde se
apiñaban los trabajadores de la construcción. Se
dijo que también había piqueteros K, algo
improbable tratándose de un acto organizado por el peronismo ortodoxo.
Los más atrevidos apoyaron las vallas sobre los
muros, a modo de escalera. Y treparon hasta
lograr asomar las cabezas y lanzar gritos de
guerra, como los de las barras bravas en la
cancha. Las ambulancias hicieron cola para
llevarse a los contusos, la mayoría con cortes en
el cuero cabelludo. No parecía oportuno el cartel
de la entrada con su risueño “Bienvenidos a la Casa de Eva y Perón”.

–Vamos tortugas ninjas, hagan algo –gritó uno
camionero, fuera de sí, cuando, después de
larguísimos minutos, comenzó a moverse la Infantería.

Los gases lacrimógenos disparados hacia uno y
otro lado del muro dispersaron a los luchadores.
Atrás quedó un policía, a quien literalmente
molieron a golpes, y también algunos trabajadores
de La Plata, identificados con la Uocra y el ex
funcionario duhaldista Antonio Arcuri.

–¡Esto es una provocación, es una provocación!
–entró gritando por la Puerta 2 del predio un
desorbitado Julio Piumato. El sindicalista se
había adelantado a la caravana para constatar en
persona lo que le llegaba con cuentagotas por
terceros. En la quinta no había buena señal en
los celulares y los organizadores acusaban incomunicación.

Hubo una amague de suspensión. Además de Kirchner
se anotició de que tampoco irían el gobernador
bonaerense Felipe Solá y el ex presidente Raúl
Alfonsín. El esfuerzo por convertir la marcha
peronista en un bálsamo no surtió efecto. La
pasaron unas cincuenta veces, a todo volumen,
pero buena parte de la concurrencia seguía
cebada. El alcohol –el césped era un cementerio
de botellas y tetras vacíos– acompañó la jornada.
La cureña con el féretro de Perón se demoraba.
Desde el micrófono, Jorge Pirotta pedía
paciencia. El hombre de las 62 Organizaciones
hacía tiempo mencionando a cada dirigente que se
sumaba al estrado. Gobernadores, diputados y
sindicalistas aguantaron estoicos los insultos de
los más revoltosos. El Tula acompañaba el
martirio con su bombo. De fondo, el interminable
ruido de los helicópteros policiales que patrullaban desde el aire.
A las 17.30 comenzó el ingreso del jeep militar
que remolcaba el féretro. Allí estaba Moyano y
Omar Viviani, del gremio de los taxistas,
saludando con las dos manos alzadas, a la usanza
de su jefe máximo. De cerca miraba atento Alfredo
Péculo, dueño de la Cochería Paraná, con un traje
que lo hacía sobresalir del resto.
La gente se abalanzó sobre el circuito vallado
para ver el paso lento del cajón, que se mantenía
cubierto con una bandera argentina. Hubo llantos
y gritos desencajados entre los más grandes, y
gritos de “Perón, Perón” entre los más jóvenes.
Estuvieron los que se retrataron con las cámaras
de sus celulares. Y también turistas ávidos de
palpar eso que tanto leyeron en los libros de historia.
La tranquilidad duró lo que la luz de un fósforo.
Apenas la cureña se detuvo frente al estrado,
volvieron los forcejeos. Otra vez los de la Uocra
comenzaron a correr a los camioneros munidos de
palos. “Ni yankees ni marxistas, pe-ro-nistas”,
empezaron a entonar los dirigentes desde la
tribuna, buscando detener lo que no podía la
Infantería. “Olelé, olalá, si ésta no es la
Uocra, la Uocra dónde está”, se envalentonaron
los muchachos mientras el monseñor Agustín
Radrizzani bendecía los restos negando lo que sucedía unos metros más allá.
“Que la paz la traiga el general Perón”, remató
segundos después Brígida Malacrida de Arcuri, en
un discurso que de tan corto podría figurar en el
Guinness. Estar allí parecía una carga. Cuando
Moyano tomó la palabra, recibió una rechifla como
nunca antes le había ocurrido. Estaba más
visitante que nunca. “Moyano, hijo de puta, la
puta que te parióooooo...”, le dedicaban desde
abajo mientras le tiraban piedras y palos.
Algunos de ellos impactaron de lleno en el atril.
El titular de la CGT los calificó de “idiotas
útiles” y no pudo extender mucho más allá su
arenga. “Hemos cumplido, mi general, a pesar de
los imbéciles”, se despidió el camionero.
Coincidió con Gerónimo Venegas, el líder de las
62 Organizaciones –el brazo político de la CGT–
en que el homenaje culminará cuando puedan
trasladar al lugar los restos de Evita, algo que
por ahora resulta improbable debido a la oposición de la familia Duarte.
Presentado como el “decano del peronismo”,
Antonio Cafiero cerró los discursos. Mantuvo la
idea de la misión cumplida y se enfrascó en el
amor de Perón por la naturaleza y los animales. A
metros, en medio de la naturaleza, muchos se
trataban como animales. “No me aflige tanto, es
inevitable cuando se juntan más de 500 mil
personas”, exculpó el único ministro de Perón vivo.

–Pero hubo uno que disparó cuatro veces –lo alertaron después.
–¿Y? ¿Mató a alguno? –minimizó.

En un santiamén, todos se bajaron del estrado y
acompañaron los restos del máximo líder peronista
hasta el catafalco. Recién cuando se produjo la
desconcentración, la paz volvió a reinar en el
lugar donde Perón pidió descansar.

***

Lo patético, visto en directo
Por Mario Wainfeld

Es difícil elegir una sola escena como la más
patética de las de ayer. Puesto en ese brete, el
cronista se inclina por los abrazos de los
organizadores del acto en torno del féretro,
después de las tres recidivas de violencia
futbolera, como si nada hubiera pasado. Eran
guionistas e intérpretes de ese libreto y se
aferraron a él como autómatas, como si nada
hubiera pasado, como si nadie hubiera visto.

También fue notable el desfase entre los
discursos de Hugo Moyano y de Gerónimo “Momo”
Venegas en medio de la refriega, con una carencia
de reflejos que revivió la de Lorenzo Miguel en
la cancha de Vélez, en la campaña electoral del
’83, cuando se empacó en seguir hablando, tapado
por los chiflidos de miles de peronistas.

En un plano menor se ganaron el bronce de la
machietta las declaraciones de Antonio Cafiero,
quien comedido a explicar el escándalo retrucó
con un arcaísmo, evocando el asesinato de Darwin
Pasaponti. Pasaponti murió en las calles
porteñas, otro 17 de octubre hace 61 años. Es un
tiempito, más que los 32 años largos que lleva
muerto Juan Domingo Perón, sobre quien algunos
vivos alegan que sigue vivo. “Es el conductor de
los argentinos”, sintetizó José Luis Lingeri,
cuya praxis en las últimas décadas lo hizo
plegarse a otras conducciones tácticas, las del presidente peronista de turno.

La discordancia entre el discurso y los hechos
fue anterior a los incidentes. El anacronismo
integraba el código genético de la convocatoria,
que pretendía vampirizar la memoria de quien
fuera elegido tres veces presidente por el voto
popular, un honor superior al de haber revistado como general.

Dicen en Palacio que el Presidente siempre
cuestionó la movida y que advirtió desde el vamos
a Moyano que era un error. Lo disuadió sólo en
parte, evitando que el ataúd fuera trasladado a
pulso, una sobreactuación que hubiera insumido
tres días. Agregan allegados a Néstor Kirchner
que se trataba de una jugada que también buscaba
incordiarlo, forzarlo a ponerse sin más la
camiseta peronista, desbaratando el ejercicio de
complejizarla y resignificarla que ensaya el
Presidente. Esa versión, más que verosímil, no
excusa al Presidente por aceptar el envite. Y
mucho menos lo despega de quienes son sus
aliados: Moyano, Lingeri, Andrés Rodríguez,
algunos de los que se abrazaban en el mausoleo,
mientras afuera volaban los palos..., frase que
suena a chicana pero es pura descripción.

En la excitación de la transmisión en vivo, la
señal TN tuvo un acierto de edición, que fue
callar las voces en off mientras la cámara
mostraba la batalla campal y el Himno Nacional
resonaba por encima de la refriega. El efecto
rememoraba la escena de Good Morning Vietnam, que
amenizaba escenas bélicas con el tema “A
Wonderful World” en la voz de Louis Armstrong. El
resultado era similar, un subrayado de la
irrealidad que se estaba viviendo, por tevé, en
directo porque estamos en el siglo XXI, detalle
que muchos protagonistas parecen desdeñar.

La primera pregunta: Dos preguntas se reiteraban
en la Casa de Gobierno. La primera era por qué
Kirchner –cuyos radares siempre están encendidos
para detectar lo “que quiere la gente” y lo que
la aleja– “compró” un evento que apestaba a
naftalina, a mala fe, a apropiación del pasado. Y
por qué, desconfiado como es, lo compró llave en
mano. Las hipótesis más sensatas se hacían cargo
de la cuerda floja que pisa el Presidente con el
peronismo real, que es la base de su coalición de
gobierno. La segunda, que nadie dice en voz alta,
es que tal vez Kirchner se engolosinó con lo que
podría haber sido el acto, con la imagen
congelada ayer a las tres de la tarde: un día de
solcito, miles de personas en la calle, el fervor
popular, la leyenda que continúa.

Por lo que fuera, el Presidente se equivocó,
emparentado con aliados cuya imagen pública poco
puede deteriorarse porque ya es bajísima. No es
el caso de Kirchner, lo que duplica el desagio
que sufrió ayer, originado desde sus propias filas.

La segunda pregunta: La segunda pregunta que se
formulaba, con distintos énfasis, en la primera
línea del oficialismo es si el desmadre de la
movilización era doloso o culposo. Esto es, si
las golpizas y los tiros fueron consecuencia de
la brutalidad de algunos concurrentes o de un
designio de sus organizadores, una cama armada para el Presidente.

El diputado Carlos Kunkel fue el primero en
argumentar que “volvió el matrimonio Duhalde”,
imputándole una acción deliberada. No se puede
dar por desbaratada una sospecha cuando recién se
han producido los hechos, pero la impresión
primera de este cronista (con la que concuerdan
funcionarios nacionales y provinciales de alto
nivel) es que la violencia fue consecuencia de
una serie de factores imputables a sus
organizadores, pero no de su voluntad de armarle
un escenario nefasto al Presidente. La carencia
de intención no exime de responsabilidad. Tampoco
propone que los enfrentamientos fueron hijos del
azar, sino que derivan del modo y de las gentes
que suelen movilizar los jefes sindicales
involucrados. “Ya casi no llevan afiliados o
laburantes comunes. Salen con puro aparato, puro
barrabrava, puros matones”, dice un integrante
del gabinete nacional, conocedor del paño.

Muy cerca de Felipe Solá y de León Arslanian, un
funcionario bonaerense disecciona el fenómeno:
“La experiencia de estos años comprueba que las
máquinas sindicales no pueden garantizar la
seguridad de los actos. Las organizaciones
sociales armaron miles de cortes de ruta.
¿Cuántos incidentes, cuántos heridos hubo? Los
actos sindicales, en cambio, casi siempre
terminan con goma. Los que manejaban ayer la
organización eran improvisados totales. Y los
dirigentes fueron irresponsables, se ne fregaron
de lo que pasaba, cerraron sus celulares durante
la caravana, no atendían llamadas de la
gobernación”. Furioso, el confidente agrega desde
La Plata: “Arslanian les pidió a Moyano y al Momo
que suspendieran el acto o que, al menos,
evitaran los discursos, pero los tipos siguieron adelante”.

Goles en contra: “Ojo con Arcuri, que jugaba su
propio partido. Ojo con Graciela Giannettasio,
que quiso convencer a Felipe de ir al palco
cuando todo era un desastre”. En algunos pasillos
de la Rosada, la hipótesis del complot paga unos boletos a ganador.

Otros oficialistas optan por ver la viga en el
ojo propio. “Pasamos la huelga del Garrahan, la
de los subtes, las marchas piqueteras sin
reprimir, las elecciones del año pasado sin
escándalos. Y en una semana nos hacemos dos goles
en contra, en el Hospital Francés y en San
Vicente”, meneaba la cabeza una prominente figura
del Gobierno. Los goles en contra valen lo mismo
que los otros y, en algún sentido, deberían
enseñar más. Las teorías conspirativas, que
sobrevivían al cierre de esta edición, son
confortantes pero usualmente engañosas.

Remembranzas: Cualquier diálogo de estas horas
incluye la remembranza de Ezeiza y rescata
aquello que la historia se repite, la primera vez
como tragedia, la segunda como parodia. La
asociación es ineludible, aunque para ser certera
no debería extremarse. En Ezeiza la violencia fue
una herramienta utilizada para dirimir un
conflicto político. Las lecturas de época son
controversiales y ahora pueden parecer
delirantes, pero lo cierto es que los bandos
estaban claros y la apelación a la pólvora era un recurso.

Una primera ojeada sobre San Vicente sugiere que
la escena habla más de la situación cultural y
social de la Argentina que de su lógica política.
Miles de movilizaciones se realizan en este
suelo, con objetivos precisos y en muchos casos
desafiantes, sin que brote la violencia
patoteril, de cancha, que se vio por la tele. Más
allá del visible tirador filmado en detalle, los
que pelearon (por suerte cabría añadir) lo hacían
a puño limpio o con piedras o palos. No portaban
armas, no daban la sensación de estar pertrechados para la pelea.

Seguramente un primer sesgo del debate cargará en
la mochila del peronismo, tout court, lo patético
y lo brutal que se vio en la quinta-museo. Lo
patético le concierne en un ciento por ciento. Lo
brutal se repite todas las semanas en casi
cualquier cancha, no en nombre de la patria
peronista o la socialista sino de Claypole o
Villa San Carlos. O en cualquier esquina donde un
colectivo roce a un motoquero. Una violencia
transida, incontenible y acumulada forma parte de
la realidad cotidiana, en especial cuando
convergen ciertos núcleos de marginales. Un acto
político masivo la congrega, la exacerba, posiblemente no la explica.

Volviendo a la política, valdría la pena agregar
que la instalación de los restos de Perón en un
lugar histórico debió ser una tarea del Estado y
no de una central gremial, mucho menos de una ONG
de imprecisa tipificación como son las 62
Organizaciones. Prendarse de la frase “para un
argentino no hay nada mejor que otro argentino” y
luego privatizar el homenaje es otra de tantas
incongruencias patéticas puestas en evidencia en
un 17 de octubre que será memorable por sus peores contingencias.

Tomado de http://www.pagina12.com.ar/
Sitio web de este número:
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer/message/978
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