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[P/Lx@937] Un hijo cordobés in the U.S.Army   Lista de mensajes  
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Paraleer saluda la derrota del Partido Republicano en EEUU...
...y lamenta el triunfo del Partido Demócrata.
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[P/Lx@] Los crímenes de guerra de EEUU

Juan Torres (h): Un cordobés victima del terror yanqui
Una paradoja cruel de la guerra que deja decenas
de pobladores iraquíes asesinados a diario.
Al terrorismo que el gobierno, las empresas y las
fuerzas armadas de los EEUU despliegan en Irak y
otros países del mundo invadidos por sus tropas y
políticas intervencionistas, se suman las
victimas asesinadas en el propio ejercito de ocupación.
Juan, un sólo ejemplo que representa la cadena de
injusticias y "daños colaterales" del genocidio.


EL ARGENTINO JUAN TORRES INVESTIGA EL SOSPECHOSO
SUICIDIO DE SU HIJO EN AFGANISTAN
La historia de “John”, soldado desconocido
Por Susana Viau

Juan Manuel Torres Jr. se enroló a los 17, sirvió
en retaguardia y luego se recibió de contador. No
había leído la letra chica del contrato: tras
siete años de vida civil, fue convocado y
destinado a Kabul. Apareció muerto de un tiro en
una ducha: el ejército dice que fue suicidio,
pero se perdieron las pruebas, hay
contradicciones y el cuerpo mostraba señales de
golpes. Su padre, el cordobés Juan Torres, busca
justicia y sospecha del narcotráfico en las bases.

Juan Torres emigró en los ochenta y se instaló en Texas.

Los hispanos son el 11 por ciento de la población
de Estados Unidos. Sumados, negros y latinos
representan el 21,5 por ciento, pero las
proporciones se enloquecen a la hora de
determinar cuál es la cuota que estas comunidades
aportan a las aventuras norteamericanas en Irak y
Afganistán: entre los que regresan en bolsas de
plástico hay un 33 por ciento de hispanos y,
junto a los negros, redondean el 68 por ciento de
las bajas. El del hijo de Juan Torres, un ex
inspector de la Municipalidad de Córdoba que en
los ochenta emigró con la familia a Houston,
Texas, es sólo uno de los cadáveres de esa
estadística de la discriminación. Sin embargo, su
caso tiene aristas singulares. Juan Manuel Torres
(Jr.), o John Torres, como le gustaba que lo
llamaran, no murió en operaciones sino en una de
las duchas de la base aérea de Bagran, el más
grande enclave norteamericano en el país de los
talibanes. Su padre está convencido de que el
Pentágono miente cuando afirma que John se
suicidó. Hay demasiadas contradicciones en la
versión oficial, una montaña de zonas oscuras,
incluso las pruebas y los legajos han
desaparecido. Ahora, con la ayuda de un cineasta
que investigó los hechos y con la financiación de
Sundance, Juan Torres, convertido en dirigente de
la organización antibélica Gold Star Families For
Peace, impulsa un documental que narra la historia de “John”.

Juan Torres recuerda la llamada entusiasta de
“John” anunciándole: “Papi, me anoté en el
ejército”. Cursaba el último año de secundaria y
un reclutador le había ofrecido el oro y el moro.
Firmó los formularios del USA Recruiting
Battalion y al ejército no le importó que tuviera
sólo 17 años. El incentivo para los chicos como
él –sabe ahora el padre– suelen ser los 45 mil
dólares que les ofrecen para poder pagarse la
universidad. El costo de una carrera nunca baja
de los cien mil y “siempre les explico a los
chicos que el dinero que dan, esos 45 mil
dólares, lo pueden ahorrar si trabajan dos años
en una hamburguesería. Y no les cuesta la vida”.
Hubo un argumento más para que John decidiera
alistarse: no iría al frente porque un soldado de
reserva está para emergencias civiles,
catástrofes, en la retaguardia o en tareas de
oficina. De todas formas, Juan Torres estaba
inquieto. Pidió una entrevista y se reunió con
dos oficiales en las oficinas que el Centro de
Reclutamiento tenía en una galería comercial de Houston.

–Lo puede sacar –le advirtieron los militares–, pero su hijo firmó.

–Es menor y yo no lo autoricé –se defendió Torres.

–Es verdad. Sin embargo usted está en Estados
Unidos, no en Argentina, y pudo haberlo evitado.
No se haga problemas. Va a estar en la reserva. El nunca irá a la guerra.

John fue enviado a entrenarse a Fort Wood. Era
1995. Al poco tiempo lo trasladaban a Kosovo,
donde estuvo once meses de marzo de 1997 a enero
de 1998 en el 453 Cargo, una unidad de
transporte. “En estas guerras es donde más
mueren”, aclara Torres. John sobrevivió y regresó
a casa. El tiempo pasó sin que volvieran a
convocarlo. Aprovechó la licencia y se recibió de
contador. A los cuatro años creyó que la
experiencia militar había terminado, porque el
contrato obliga a cuarenta y ocho meses de
servicio. No obstante, se llevó un chasco: al
séptimo año fue llamado nuevamente a filas. Ni
John ni su padre habían leído la letra chica del
convenio, la que establece que el lapso en el que
permanecen en la órbita militar puede prolongarse
hasta ocho años. Esta vez el destino asignado fue Afganistán.

John partió a Kabul en agosto de 2003. “Casi al
terminar el año que obligatoriamente debía
cumplir allí, empezó a mandarnos mails que nos
inquietaron. ‘Tengo miedo. Hay muchos problemas
acá. No me gusta lo que pasa. Hay mucha heroína’,
nos dijo. Dos semanas después me escribió
contando que todo parecía haberse tranquilizado,
que ya no estaba tan asustado”, relata Torres.
Padre e hijo tuvieron su última comunicación a
las diez de la noche del domingo 11 de julio de
2004. John explicó que podía hacerlo porque sus
superiores lo habían relevado de la tarea de ese
día. Le ordenaron que se fuera a descansar y
regresara el lunes muy temprano, por la mañana.
En la madrugada del 12 de julio, el soldado John
Torres, de 26 años, fue hallado muerto en las duchas con un tiro en la cabeza.

El resultado de la autopsia demoró 45 días. Las
autoridades de la base de Bagran informaron que
John había dejado una carta, aunque a su familia
le entregaron sólo una copia. Después, adujeron
que se habían equivocado, que la nota pertenecía
a otro soldado, aunque jamás aclararon por qué el
nombre que figuraba al pie era el de John Torres.
La conclusión que el ejército hizo llegar a la
familia fue que el muchacho se había volado los
sesos con su fusil reglamentario, un dictamen que
no tomó en cuenta que la bala encontrada en la
cabeza de John correspondía a un calibre 9
milímetros Parabellum, habitual en las armas de
puño cuyo uso está reservado en exclusividad a
oficiales o a quienes estén al mando de la tropa.
Tampoco repararon en el hecho de que estaba
prohibido ingresar con armas a las duchas.

De acuerdo a la versión oficial, el cuerpo fue
descubierto a las cuatro de la mañana y la muerte
databa de las 2.30. Esos detalles quedaron
desmentidos por el testimonio de un compañero de
John, quien aseguró haberlo visto dirigirse a las
duchas en pantalones cortos y con una toalla
sobre el hombro a las cuatro de la mañana. Las
incongruencias no terminaban allí: la laptop de
John fue confiscada por sus superiores y, al
devolverla, figuraba ingresado un programa de
inteligencia militar, con la peculiaridad de que
el programa había sido instalado dos meses después de la muerte del soldado.

Torres precisa que el cuerpo de John llegó a
Texas una semana más tarde. El lunes lo velaron y
el martes fue enterrado con honras militares,
guardia de honor, salvas. A Torres le
recomendaron que lo velaran a cajón cerrado
porque el disparo le había destruido la cabeza.
Torres desestimó la orden y abrió el féretro. La
cabeza de John estaba en su sitio. Observaron
contusiones y una sutura en la parte posterior.
Torres cree haber detectado un orificio, como de
bala, en la nuca. El cadáver fue revisado frente
a una funcionaria del Funeral Home del gobierno
de Texas, Karen Cortés. Cortés y Torres
convinieron verse al día siguiente. Torres fue a
buscarla pero no la halló. La habían trasladado.

Dónde mejor que en casa

Torres comenzó entonces una larga peregrinación
en procura de justicia. En Washington, durante la
campaña electoral de 2004, conoció a Cindy
Sheehan. Ella no hacía sino llorar. Había perdido
a su hijo dos meses antes. También estaba
Fernando Suárez del Solar, mexicano. Su hijo
había muerto en Irak, durante el tercer día de la
invasión, al pisar una mina. Luego se
reencontrarían en Dallas. Cindy Sheehan y Bill
Mitchell habían puesto en marcha Gold Star
Families For Peace, una asociación pacifista.
Acamparon a lo largo de 30 días en las cercanías
del rancho de George Bush. Al principio no
pasaban de setecientos; al final, contabilizaban
catorce mil. Las cadenas de supermercados
registraron el fenómeno y les enviaron camiones
con acoplado de agua mineral y latas de
conservas. Lo mismo que ocurrió luego en
Washington, en una marcha que congregó casi un
millón de personas. El fin de la marcha coincidió
con el huracán Katrina. Los organizadores
resolvieron entonces que el agua y los víveres
hacían más falta en Nueva Orleans. Su aporte
“llegó antes que el del gobierno”, recuerda Torres con orgullo.

El presidente de los Estados Unidos jamás los
recibió. “Nunca le interesó. Ahora, con la
derrota, quizá sí. Pero esa gente no tiene
corazón. Nosotros la tenemos a Nancy Pellosi.
Siempre nos acompañó, la diferencia es que ahora
tiene poder, ahora es importante” (la diputada
demócrata será presidente de la Cámara baja del
Congreso). A Torres, el empleado municipal que
emigró en pos del bienestar, la muerte de su hijo
mayor le descubrió una nueva vida. Trabaja lo
necesario, se mudó a Chicago, “la ciudad más
militarizada. Tiene 5 academias militares. En los
primeros pisos funcionan como escuelas comunes,
en el último está la academia militar. El alcalde
Richard Daley, supuestamente demócrata, les abrió
las puertas para que se afincaran”.

Otra de las lecciones que recibió Torres es que
los reclutadores trabajan con ahínco en zonas de
negros y latinos, en los barrios pobres. Este
diario preguntó a Juan Torres si la oficialidad
tiene las mismas características que la tropa.
Torres sonríe y muy seguro afirma que no. Lo hace
mediante una definición curiosa: “Los oficiales,
en un 99 por ciento, son gringos”. A la fuerza,
hoy almacena tarjetas personales, relaciones
importantes, datos sorprendentes (“hay 17 mil
desertores escapados a Canadá”) e historias
amargas. Por ejemplo, la del hijo de Vicky
Campos, Damián, un mexicano de 21 años, enviado a
Fallujah, en Irak. El muchacho se resistió a
enrolarse, lo presionaron. Vicky Campos pidió
ayuda a Torres. “Lo que hice fue aconsejarle que
desertara –explica el cordobés– y no lo hizo
porque tuvo miedo. La madre estaba desesperada y
juraba que si al chico le pasaba algo, ella se
mataría. Le mandé una carta al superior de Damián
diciéndole que si no lo dejaba regresar, él sería
responsable de lo que le ocurriera. Se vio
obligado a aceptar. El chico era ilegal. Se había
alistado porque le habían prometido darle la
residencia. Está en México, pero vivo. ¿Sabe por
qué hacen estas cosas? Porque no tienen soldados.
Se están quedando sin soldados. A los
reclutadores les dan 2 mil dólares por soldado
que enganchan y eso con nuestros impuestos.”

Heroicas, las drogas

Una cantimplora grande, moderna, resistente al
calor, apropiada para el desierto, puede costar
unos 300 dólares. En los mercados de Kabul,
regateo mediante, se puede conseguir a tres, las
antiparras a dos, un casco de 800 dólares a
veinte y un chaleco antibalas de 2000 dólares a
cien. El negocio se extiende más allá de los
pertrechos, abarca comida, café, ropa, visores
nocturnos, aparatos electrónicos y hasta
computadoras portátiles, como la que encontró un
funcionario de Unicef, cargada con programas de
inteligencia del ejército. Todo eso, dice Torres,
inunda las tiendas. Hay uniformes completos,
nuevos, a diez dólares, botas sin estrenar por
cinco. Es parte del comercio hormiga, ilegal,
inmoral que une la base de Bagran con el
exterior. En el lugar, enorme, trabajan dos mil
afganos, cuatro mil contratistas civiles de
Halliburton –la gran proveedora propiedad de Dick
Cheney– y se parapetan ocho mil soldados. Lo que
los afganos entregan a cambio de los productos
del desarrollo es, sostiene Torres, lo que
asustaba a su hijo John: heroína. “El 93 por
ciento de la heroína que consume el planeta sale
hoy de Afganistán”, cuenta Torres, “hay muchos
‘gangueros’. En Irak encontraron pintadas de la
mara Salvatrucha y de los Latin Kings”. Lo que
Torres no logra comprender aún es qué cálculo
llevó –o lleva– a Halliburton a proveer a las
tropas estacionadas en la región cargamentos de Viagra.

El día en que se presentó a las puertas de la
base, la guardia preguntó: “¿Señor Torres?”. Era
obvio que lo esperaban. Todo estaba de estreno en
Bagran. El antiguo personal y los jefes habían
sido transferidos a Irak. Torres pidió por el
nuevo oficial al mando. El comandante Fitzpatrick
lo recibió y hablaron durante horas. El militar
trató de convencer a Torres de que las cosas
estaban cambiando en la base y “que comprendía mi
dolor porque él también tenía tres hijos”. Torres
no estaba solo. Lo acompañaba Shawn Mc Nama, un
cineasta nacido en Missouri que se interesó por
la enigmática muerte del soldado John. Juntos
diseñaron un esquema de investigación. Mc Nama
hizo progresos notables, consiguió documentos,
testigos y sometió el proyecto de documental al
concurso de Sundance, el emprendimiento de Robert
Redford para el desarrollo del cine
independiente. El guión interesó al jurado y
lograron la financiación. Michael Moore
proporcionó ayudas y el productor de MASH comprometió su colaboración.

Torres y Mc Nama esperan tener listo el film para
marzo próximo, si bien tal vez para esas fechas
lo que el celuloide muestre sea la historia de un
soldado desconocido. Juan Torres denuncia que
tanto el legajo como los archivos, la bala que le
extrajeron y el fusil reglamentario de su hijo
han desaparecido del Pentágono. El joven hispano
muerto en las duchas de la base de Badran nunca
existió, ni rastros de un soldado llamado John
Torres. Nada de nada, Nada, excepto la medalla de
bronce al mérito militar concedida post mortem,
los 400 mil dólares del seguro, los 100 mil del
subsidio del ejército y los 200 mil que alguien
con ese mismo nombre tenía en títulos de bolsa.
También hay una tumba en el cementerio de
Houston. “Y allí está mi esposa –relata el ex
inspector municipal, enfundado en una remera con
el rostro del muchacho y una leyenda que dice ‘A
la amada memoria de...’– cambiando florcitas todos los días.”

Tomado de Página/12 Edición Domingo 19/11/06

Gracias a Susana Viau (vió?) por ser tan capa.
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