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[P/Lx@944] Bruschtein: La concesión de Bachelet   Lista de mensajes  
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[P/Lx@] PinoChile recargado...

La concesión de Bachelet
por Luis Bruschtein

La hija del general Bachelet es presidenta de
todos los chilenos.” Con esa frase la presidenta
socialista, hija de un general que murió por las
torturas que había sufrido en las cárceles de la
dictadura chilena, quiso explicar la decisión de
su gobierno de rendir honores militares póstumos
al dictador fallecido. El solo hecho de que haya
tenido que dar explicaciones demuestra que había
un contrasentido, un ruido molesto en su propia
valoración del general Pinochet, en la de la
mayoría de los chilenos y en todo el ámbito
internacional, para el que Pinochet constituía un símbolo de lo nefasto.

Quiso decir que si hubiera sido por ella, esos
honores militares tampoco se habrían realizado. Y
que sin embargo se había resignado a concederlos
porque para un sector importante de los chilenos,
Pinochet era una gran persona. Y que
fundamentalmente así lo veían los militares
chilenos. Es una explicación que muchos de este
lado de los Andes quisieron ver como una
demostración de madurez y generosidad, en un
esfuerzo por asimilar la realidad chilena a las
secuelas de la dictadura en Argentina. Lo
contrario a lo que hizo Bachelet vendría a ser venganza y revanchismo.

O sea que Pinochet deja de ser golpista, dictador
y asesino porque una parte de la sociedad
supuestamente lo legitima y porque las fuerzas
armadas lo siguen apoyando. Si no tuviera ese
respaldo sería un tipo execrable, pero como lo
tiene, queda limpio de todos los pecados. Decir
eso de Pinochet en Argentina queda feo, pero les
encanta que lo diga una presidenta socialista –la
más buena de los buenos–, de Pinochet –el más
malo de los malos–, porque entonces no queda nada
que decir en Argentina, donde el retrato de los
dictadores fue retirado de las instituciones
militares y donde los juicios a los asesinos y
torturadores siguen adelante. Eso no es generoso ni maduro, es revanchismo.

Pinochet estuvo 17 años en el poder, mientras que
aquí no alcanzaron a ocho y terminaron con el
desastre de las Malvinas. En ese tiempo Pinochet
pudo consolidar una fuerza política de derecha y
un sistema económico basado en los principios del
neoliberalismo. Con una sola excepción: nunca
pudo privatizar la industria del cobre que había
estatizado el socialista Salvador Allende y que
en la actualidad genera inmensas ganancias al estado chileno.

Sin embargo, esa fuerza de derecha expresada en
dos grandes partidos jamás pudo superar
electoralmente a la alianza de las dos fuerzas
democráticas, la Democracia Cristiana y el
Partido Socialista, junto con otras fuerzas de
centro y centroizquierda. Más aún, a medida que
fueron avanzando los juicios por violaciones a
los derechos humanos y por enriquecimiento
ilícito contra Pinochet, los partidos de derecha
tuvieron que tomar distancia del dictador para
conservar sus votos. Cuando murió, Pinochet ya no
tenía un respaldo masivo y su figura estaba muy
desgastada. Un sector grande del empresariado,
familiares de militares y un núcleo duro y
militante de la derecha, que manifiesta un
anticomunismo cerril y anacrónico, fue el que se
movilizó en sus exequias. Si tuviera que
expresarse electoralmente, el pinochetismo como
tal es una parte minoritaria de la derecha chilena.

El problema real son las fuerzas armadas, donde
Pinochet sí mantuvo una presencia importante,
porque al igual que en Argentina, el impulso de
llevar a la Justicia los delitos de lesa
humanidad cometidos por la dictadura es traducido
desde la corporación como persecución a las
instituciones castrenses. Visto desde fuera,
parecería que todos los militares chilenos fueran
pinochetistas. Y no es así, porque un sector
importante de las fuerzas armadas está interesada
en tomar distancia del golpe del ’73 y de la
figura de Pinochet. Pero los avances en ese plano
son tan sutiles y delicados que una movida brusca
del gobierno en relación con la muerte de
Pinochet habría provocado que los militares se
emblocaran nuevamente. Ese fue el motivo real de
la concesión de Bachelet, que antes de ser
presidenta ejerció como ministra de Defensa y conoce el paño.

Pero se ha puesto de moda desde la derecha y
desde algunos sectores del centroizquierda alabar
a los socialistas chilenos por los límites que
ellos sufren más que por los que eligen. Porque
les ha tocado lidiar con una herencia política,
social y económica bastante más difícil que en
los otros países de la región que salieron de
dictaduras. Se los alaba porque son moderados,
porque respetan los principios del neoliberalismo
y porque no son populistas. Antes, esta última
categoría estaba más relacionada con los
demagogos, es decir con aquellos que prometían
cosas que después no cumplían o no se podían
cumplir. En la actualidad, “populista” es el que
moviliza a la población y el que impulsa una
política económica más distributiva, más
equitativa. Como los principios del
neoliberalismo tienden inevitablemente a generar
sociedades con menos ricos cada vez más ricos y
con cada vez más pobres y excluidos, cualquier
medida que intente racionalizar esa tendencia
“natural” de la economía capitalista es tachada
de populista o intervencionista, incluso por un
sector del centroizquierda que se siente más
cómodo acompañando “críticamente” proyectos del centroderecha.

Se dice que la dictadura de Pinochet fue exitosa
desde el punto de vista económico. En realidad,
la dictadura sentó las bases de una economía que
alcanzó su punto más alto de prosperidad con los
primeros gobiernos democráticos que profundizaron
lo que se venía haciendo. Una de las
consecuencias fue el surgimiento de una clase
empresaria poderosa, troglodita, muy
reaccionaria, acostumbrada a recibir todos los
beneficios y a repartir casi nada, porque surgió
de esa matriz. Los índices macro de la economía
chilena son buenos, de la misma manera que son
malos los índices sociales. En las últimas
elecciones, tanto Bachelet como los candidatos de
la derecha y la izquierda hicieron eje en esa
deuda social. Pero es muy difícil la puja para
tratar de limitar las prerrogativas que tiene el
sector empresario y que en gran medida
constituyen la base del sistema económico. El
desafío del primer presidente socialista chileno,
después de Allende, era demostrar que podía
gobernar sin caos. Ricardo Lagos lo logró, pero
sin diferenciarse mucho de lo que podría haber
sido un gobierno de sus aliados de la Democracia
Cristiana en la Concertación. El desafío para
este segundo turno de los socialistas radica en
impulsar un matiz progresista y social, lo que
implica choques y desajustes con sectores de poder.

Los socialistas chilenos se han convertido sin
querer en la niña bonita de una derecha
internacional que trata de contraponerlos con
otros gobiernos progresistas de la región. Más
allá de que sus políticas expresan las relaciones
de fuerza en el seno de una alianza de
agrupaciones diversas, incluyendo sectores
democráticos de centroderecha, lo cierto es que
en el plano regional ellos no se han plegado a
ese discurso de la derecha que tanto los alaba.
Por el contrario, sus diplomáticos les han dado
más de una mano a Hugo Chávez en Venezuela y al
mismo Evo Morales en Bolivia. Con inteligencia,
los socialistas chilenos no cayeron en el error
de convertir en dogma esa experiencia que han
debido recorrer desde la salida de la dictadura,
que los llevó incluso a una alianza –que en otras
épocas les habría parecida insólita– con sus
tradicionales adversarios de la democracia
cristiana para forzar la retirada de Pinochet.

Se puede criticar o no las políticas de los
socialistas chilenos, pero lo que resulta
llamativo es que la derecha trata de convertirlas
en dogma cuando ellos se niegan a hacerlo aunque
deban transitarlas. Mario Vargas Llosa los cita
permanentemente en sus charlas. En la última
reunión del Consejo de las Américas, en Nueva
York, expusieron los ex cancilleres de Chile, el
democristiano Ignacio Walker, y de México, el
centroizquierdista Jorge Castañeda, y pese a que
no había ningún socialista, se refirieron a ellos
para contraponerlos a otras experiencias en
América latina, incluyendo al gobierno argentino,
al que calificaron de populista.

En el caso de las honras póstumas a Pinochet,
sólo se sumó la ex primera ministra de Gran
Bretaña Margaret Thatcher. Ni siquiera el
gobierno de Estados Unidos quiso expresar su
homenaje al dictador que llevó al poder y en las
condolencias oficiales hizo referencia a las
víctimas de la dictadura. Michelle Bachelet sabe
que Pinochet no es un militar con honra aunque
ella haya tenido que conceder ese reconocimiento.
La reacción internacional de sorpresa y rechazo a
esa exaltación del tirano pesa más que la
exaltación misma. No proyectó una buena imagen de
Chile hacia el exterior. Se vio como lo que fue:
una concesión al dificultoso proceso de
transición democrática. Pero una concesión al
fin. Salvador Allende no es lo mismo que
Pinochet, pero de signo opuesto, como dicen en
Chile los que hablan de “generosidad y madurez” y
en Argentina los que hablan de reconciliación de
dos partes equivalentes, víctimas y victimarios.

Tomado de: Página/12 - Buenos Aires

Gracias a Ricardo por esta colaboración.
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