"Si asumes que no hay esperanza,
garantizas que no habrá esperanza.
Si asumes que hay un instinto hacia la libertad,
que hay oportunidad para cambiar las cosas,
entonces hay una opción de que puedas
contribuir a hacer un mundo mejor.
Esta es tu alternativa."
Noam Chomsky
FELIZ 2007 !!!
Paraleer por e@mail
8 años liberando palabras
¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬
Paraleer retorna luego de unos dias de descanso.
Gracias a todos los amigos que no cesan de
enviarnos material fundamental para compartir.
[P/Lx@] Paraleer a Robert Fisk
Cronista en Medio Oriente del periódico británico
The Independent, el periodista Robert Fisk relata
las atrocidades del imperio y analiza sus
consecuencias políticas. Presentamos este
compilado de notas que Fisk publicó entre
noviembre del 06 y enero del 07, sobre el asesinato del dictador Hussein.
Toda esa maldita cosa fue obscena
por Robert Fisk (The Independent. Gran Bretaña)
7 Ene 2007
El linchamiento de Saddam Hussein porque de eso
es de lo que estamos hablando se convertirá en
uno de los momentos determinantes de toda la
vergonzosa cruzada en que se embarcó Occidente en
marzo de 2003. Sólo el presidente-gobernador
George W. Bush y Lord Blair de Kut al Amara
pudieron haber creado una administración
miliciana en Irak, tan asesina e inmoral que
hasta el más inescrupuluso asesino en masa de
Medio Oriente pudo terminar sus días en el
cadalso como una figura noble quien señaló su
falta de hombría a sus asesinos encapuchados y le
recordó en sus últimos segundos al matón que le
dijo "vete al infierno" que ahora Irak es el infierno.
"Nada en su vida le sentó tan bien como dejarla",
fue como Malcolm describió la ejecución del
traicionero Thane de Cawdor en Macbeth. O, como
me dijo un buen amigo norirlandés de Ballymena
por teléfono, horas después: "Toda esa maldita
cosa fue obscena". En esta ocasión, me uno a la voz protestante del Ulster.
Está claro; Saddam no le concedía un juicio a sus
víctimas; sus enemigos no tenían oportunidad de
escuchar la evidencia que existía contra ellos,
simplemente se les arrojaba a fosas comunes,
nadie les daba un pañuelo negro para evitar que
la soga del verdugo les quemara el cuello
mientras se les rompía la columna. La justicia
"se hacía" con crueldad. Pero este no es el
punto. El cambio de régimen se hizo en nuestro
nombre y la ejecución de Saddam fue resultado
directo nuestra cruzada por un "nuevo" Medio
Oriente. Ver a un general estadunidense
uniformado pese a la creciente indisciplina
dentro del ejército de Estados Unidos en una
conferencia de prensa, matizando y quejándose de
que sus hombres fueron muy corteses con Saddam
hasta el momento en que se lo entregaron a los
asesinos de Moqtada Sadr sólo puede apreciarse como humor del más negro.
Nótese cómo lo mejor que pudieron hacer los
funcionarios de "nuestro" gobierno iraquí en
respuesta fue ordenar una "investigación" para
identificar a quienes llevaron teléfonos
celulares a la sala de ejecución, pero no a
aquellos que gritaron insultos a Saddam Hussein
en sus últimos momentos. El gobierno de Maliki
hizo algo totalmente digno de Blair al encargarse
de encontrar a los soplones y no a los criminales
que abusaron de su poder. Y de alguna forma,
éstos se salieron con la suya. Los reporteros en
la zona verde dedicaron kilométricas notas a la
consternación del gobierno, como si Maliki no
hubiera sabido lo que ocurrió en la ejecución.
Sus propios funcionarios estaban presentes, y no hicieron nada.
Es por eso que la grabación "oficial" del
ahorcamiento es silencioso y discretamente pasa
a una disolvencia antes de que Saddam sea
insultado. Fue en ese punto en que fue cortado,
no por conservar el buen gusto, sino porque ese
gobierno iraquí democráticamente electo y cuya
elección fue una "grandiosa noticia para el
pueblo de Irak", según palabras de Lord Blair,
sabía muy bien lo que el mundo vería en los
terribles segundos que seguían. Como las mentiras
de Bush y Blair en el sentido de que todo mejora
en Irak cuando en realidad empeora el acto de
barbarie debía ser presentada como una solemne ejecución judicial.
Lo peor de todo, quizás, es que el ahorcamiento
de Saddam imitó, de forma fantasmal y en
miniatura, el estilo bestial de las ejecuciones
de su propio régimen. El verdugo de Hussein en
Abu Ghraib, un tal Abu Widad, también se burlaba
de sus víctimas antes de jalar la palanca del
cadalso, en una última crueldad antes de la
extinción. ¿Fue aquí donde los verdugos de Saddam
aprendieron el trabajo? Y por cierto ¿exactamente
quiénes eran esos verdugos ataviados con
chamarras de cuero? Nadie se hizo esta pregunta
silente. ¿Quién los eligió? ¿Los amigos de
milicia de Maliki? ¿O los estadunidenses que
manejaron todo el espectáculo desde el principio
y que organizaron el juicio a Saddam de forma tal
que nunca se le premitió revelar los detalles de
sus amistosas relaciones con tres
administraciones estadunidenses, para que se
llevara a la tumba secretos sobre asesinatos
ocurridos durante una década de alianza militar entre Bagdad y Washington?
No haría estas preguntas de no ser por el
profundo sobresalto que experimenté cuando visité
la prisión de Abu Ghraib después de la
"liberación de Irak", y conocí al jefe médico
iraquí de la prisión, nombrado por Estados
Unidos. Cuando quienes lo vigilaban se
distrajeron, admitió que había sido el "médico en
jefe" de Abu Ghraib cuando los prisioneros de
Saddam eran torturados ahí hasta morir. No me
extraña que nuestros enemigos, convertidos en
amigos, se estén volviendo enemigos nuevamente.
Pero esto no nada más tiene que ver con Irak.
Hace má de 35 años, cuando mi papá me llevaba a
casa de la escuela, el radio de su auto dio la
noticia de que al amanecer un hombre había sido
colgado creo en Wormwood Scrubs. Recuerdo el
incómodo aire de santidad que se apoderó del
rostro de mi padre cuando me dijo que esto estaba
bien. "Es la ley, niño", dijo, como si estas
crueldades fueran inherentes a la raza humana.
Aún así, éste era el mismo padre quien, cuando
era un joven soldado en la Primera Guerra
Mundial, fue amenazado con ser procesado por una
corte marcial porque se negó a comandar a un
pelotón de fusilamiento que ejecutaría a un
igualmente joven soldado australiano.
Quizá son sólo los hombres mayores quienes,
sintiendo que su fuerza flaquea, disfrutan las
prerrogativas de una ejecución. Hace más de diez
años, el ahora fallecido presidente Hrawi de
Líbano y el asesinado primer ministro, Rafiq
Hariri, firmaron las sentencias a muerte de dos
jóvenes musulmanes. Uno de ellos entró en pánico
durante el robo de una casa en el norte de Beirut
y le disparó a un cristiano y a su hermana. Hrawi
a decir de altos funcionarios de seguridad de
ese tiempo "quería demostrar que era capaz de
colgar a musulmanes en una zona cristiana".
Y lo logró. Ambos hombres, uno de los cuales ni
siquiera estuvo dentro de la casa durante el
robo, fueron ajusticiados públicamente junto a la
carretera Beirut-Jounieh. Se desmayaron de miedo
al ver a los verdugos con capuchas blancas.
Mientras, la alta sociedad cristiana, que
regresaba a casa después de pasar la noche en
clubes nocturnos con sus novias enfundadas en
minifaldas, hacían alto en la carretera para no
perderse la diversión. En ese tiempo sugerí, para
disgusto de Hrawi, que las ejecuciones públicas
regulares debían convertirse, permanentemente, en
parte de la vida nocturna de Beirut.
Ahorcamientos en el barrio mediterráneo de
Corniche atraerían a decenas de miles de
turistas, especialmente provenientes de Arabia
Saudita, donde sólo se pueden ver decapitaciones
esporádicas durante los rezos de los viernes.
No, el tema aquí no es la perversidad del
ahorcado. A diferencia de Thane de Cawdor, Saddam
no "dio paso a un profundo arrepentimiento" en el
patíbulo. Simplemente hicimos algo vergonzoso de
manera muy predecible. O se está en favor de la
pena de muerte sin importar si el condenado sea
alguien horrendo o inocente o se está en contra. C´est tout.
***
Nuestra complicidad murió con él
1 Ene 2007
Lo hicimos callar. El momento en que el
encapuchado verdugo de Saddam jaló la palanca que
abrió la trampa de la horca en Bagdad, la mañana
del sábado, los secretos de Washington quedaron a
salvo. El vergonzoso, excesivo y oculto poder
militar que Estados Unidos y Gran Bretaña dieron
a Saddam durante más de una década sigue siendo
la historia terrible que nuestros presidentes y
primeros ministros no quieren recordar. Ahora
Saddam, quien sabía la verdadera dimensión de ese
apoyo occidental que le permitió perpetrar
algunas de las peores atrocidades desde la Segunda Guerra Mundial, está muerto.
Se ha ido el hombre que personalmente recibió
ayuda de la CIA para destruir al Partido
Comunista de Irak. Después de que llegó al poder,
la inteligencia estadunidense le daba a sus
serviles colaboradores la dirección en que vivían
comunistas, tanto en Bagdad y como en otras
ciudades, con el fin de desbaratar la influencia
que tenía la Unión Soviética sobre Irak. Los
mujabarats de Saddam visitaban cada hogar,
arrestaban a todos sus ocupantes y luego los
asesinaban. Los ahorcamientos públicos eran para
los saboteadores; para los comunistas, sus
esposas e hijos se reservaba un trato especial:
torturas extremas antes de ser ejecutados en Abu Ghraib.
Existe en todo el mundo árabe la evidencia de que
Saddam sostuvo una serie de reuniones con
funcionarios estadunidenses de primer nivel antes
de su invasión a Irán de 1980. Tanto él como el
gobierno estadunidense estaban convencidos de que
la república islámica se derrumbaría cuando
Saddam enviara a sus legiones al otro lado de la
frontera, por lo que el Pentágono recibió
instrucciones de dar asistencia a la maquinaria
militar iraquí proveyendo inteligencia sobre las
técnicas de batalla de los iraníes.
Un helado día de 1987, no muy lejos de Colonia,
me reuní con un traficante de armas alemán, quien
inició esos primeros contactos directos entre
Washington y Bagdad por órdenes de Estados Unidos.
"Señor Fisk, muy al principio de la guerra, en
septiembre de 1980, fui invitado a ir al
Pentágono", dijo. "Ahí, me entregaron las más
recientes fotos satelitales que Estados Unidos
había tomado del frente iraní. Podía verse todo
en esas imágenes. Había emplazamientos de
artillería iraní en Abadan y detrás de
Jorramshar, trincheras en la ribera este del río
Karun, barricadas antitanque miles a todo lo
largo de la frontera iraní hacia el Kurdistán.
Ningún ejército podía desear más que esto. Yo
llevé esos mapas en un avión de Washington a
Francfort y de ahí me trasladé directo a Bagdad
en uno de Iraqui Airways. ¡Los iraquíes estaban muy pero muy agradecidos!"
En ese entonces yo cubría la guerra con los
comandos de avanzada de Saddam, bajo las granadas
iraníes, y ahí noté que los militares iraquíes
alinearon sus fuerzas de artillería en posiciones
muy alejadas del frente de batalla, lo que
decidieron con base en los detallados mapas de
las posiciones iraníes con que contaban.
Sus bombardeos contra Irán en las afueras de
Basora permitieron que los primeros tanques
iraquíes cruzaran el río Karun en sólo una
semana. El comandante de esa unidad de tanques
alegremente rehusó decirme cómo fue que adivinó
cuál era el único puente que el ejército iraní no
tenía defendido. Hace dos años nos encontramos de
nuevo, en Ammán, y sus subalternos lo llamaban
"general", rango que Saddam le concedió después
de ese ataque de tanques al este de Basora,
cortesía de la información de inteligencia de Washington.
La historia oficial iraní de la guerra de ocho
años con Irak registra que la primera vez que
Saddam usó armas químicas fue el 13 de enero de
1981. El corresponsal de Ap en Bagdad, Mohamed
Salaam, fue llevado a ver el lugar en que se
consumó la victoria militar iraquí al este de Basora.
"Comenzamos a caminar y a contar los cuerpos",
relató. "Caminamos kilómetros y kilómetros en esa
mierda de desierto, contando. Cuando llegamos a
alrededor de 700, perdimos la cuenta y tuvimos
que comenzar de nuevo... Los iraquíes habían
usado, por primera vez, una combinación: gas
nervioso que paralizaría los cuerpos de sus
enemigos y gas mostaza para ahogarlos desde los
pulmones, por eso es que todos habían vomitado sangre".
En ese momento los iraníes denunciaron que
Estados Unidos había dado ese terrible coctel a
Hussein y Washington lo negó. Pero los iraníes
tenían razón. Las largas negociaciones que
llevaron a la complicidad de Estados Unidos en
esta atrocidad continúan siendo un secreto. Se
sabe que el ex secretario de Defensa
estadunidense Donald Rumsfeld era en ese momento
uno de los punteros del presidente Ronald Reagan.
Seguramente Saddam conocía a detalle esta historia.
Pero un documento del Senado que pasó casi
desapercibido, titulado "Las exportaciones de
agentes químicos y biológicos para uso dual y
relacionado con actividades bélicas y su posible
impacto en la salud durante la Guerra del Golfo
Pérsico", afirmaba que antes de 1985 y
posteriormente, compañías estadunidenses mandaban
cargamentos de agentes biológicos a Irak. Estos
incluían el bacilus antracis, que produce el
ántrax y el escerichia coli (E. coli).
Dicho reporte del Senado concluía: "Estados
Unidos ha proveído al gobierno de Irak con
materiales de 'uso dual' que ayudaron al
desarrollo de programas de armamento químico,
biológico iraquíes, y programas misilísticos,
incluyendo elementos para la construcción de una
planta química de producción de agentes, dibujos
técnicos y un programa para la elaboración de equipo para la guerra química".
El Pentágono tampoco ignoraba hasta qué grado
Irak usaba armas químicas. En 1988, por ejemplo,
Saddam dio personalmente permiso al teniente
coronel Rick Francona para visitar la península
de Fao después de que las fuerzas iraquíes
recapturaron esta zona que los iraníes habían
tomado. Francona era un oficial de inteligencia
defensiva de Estados Unidos, y uno de los 60
funcionarios estadunidenses que secretamente daba
información sobre los movimientos militares de
Irán a miembros del estado mayor iraquí.
El reporte que Francona hizo a su regreso a
Washington decía que los militares iraquíes
habían usado armas químicas para lograr su
victoria. El encargado de la inteligencia de la
defensa en ese entonces era el coronel Walter
Lang, quien dijo que el hecho de que los iraquíes
usaran gas en el campo de batalla "no es asunto
que nos preocupe profundamente, desde un punto de vista estratégico".
Yo, sin embargo, vi los resultados. En un largo
tren hospital, que volvía a Teherán del campo de
batalla, encontré a cientos de soldados iraníes
que tosían sangre y moco que provenía de sus
pulmones. Los vagones apestaban tanto a gas que
tuve que abrir las ventanas. Tenían los brazos y
la cara llenos de pústulas en las cuales, en
momentos, crecían nuevas ampollas. Muchos
presentaban quemaduras espantosas. Esos mismos
gases después fueron usados contra los kurdos de
Halabja. No es sorpresa que Hussein haya sido
juzgado en Bagdad primordialmente por una matanza
de chiítas,y no por sus crímenes de guerra contra Irán.
Aún no sabemos y tras la ejecución de Saddam
quizá nunca sepamos la magnitud de los créditos
que Estados Unidos concedió a Irak desde 1982. El
primer tramo, la suma que se pagó por armamento
estadunidense proveniente de Jordania y Kuwait,
fue de 300 millones de dólares. Para 1987, a
Saddam se le había prometido un crédito por mil
millones de dólares. En 1990, justo antes de la
invasión a Kuwait, el comercio entre Irak y
Estados Unidos había crecido a 3 mil 500 millones de dólares al año.
Presionado por el secretario de Estado, el mismo
James Baker cuyo reporte pretende sacar a George
W. Bush de la catástrofe, concedió nuevas
garantías de préstamo a Irak por mil millones de dólares.
En 1989, Gran Bretaña, que también estaba dando
ayuda militar secreta a Saddam, garantizó 250
millones de libras esterlinas a Irak poco después
del arresto, en Bagdad, del periodista de The
Observer Farzad Bazoft. El reportero estaba
investigando la explosión de una fábrica en Hilla
que estaba usando los mismos componentes químicos
enviados por el gobierno de Estados Unidos, y
quien posteriormente fue ahorcado en prisión.
Un mes después de la detención de Bazoft, William
Waldegrave, ministro de la Oficina del Exterior,
señaló: "Dudo que exista, en algún otro lugar del
mundo, otro posible mercado a una escala similar
a ésta en la que Reino Unido esté tan bien
posicionado, siempre y cuando juguemos nuestras
cartas diplomáticas correctamente... Unos cuantos
Bazofts más u otro brote de opresión interna lo harían más difícil".
Aún más repulsivas fueron las observaciones del
entonces primer ministro adjunto, Geoffrey Howe,
en lo referente a relajar el control sobre la
venta de armas británicas para Irak. Guardó este
secreto, según escribió, porque "se vería muy
cínico si tan pronto como expresamos nuestra
repulsión por la forma en que se trató a los
kurdos adoptamos un enfoque más flexible a las ventas de armas".
Saddam conocía también los secretos en torno al
ataque contra el USS Stark cuando, el 17 de mayo
de 1987, un jet iraquí lanzó una ráfaga de
misiles contra una fragata de Estados Unidos,
matando a más de una sexta parte de la
tripulación de la nave, que estuvo a punto de
hundirse. El gobierno estadunidense aceptó la
disculpa de Hussein, quien alegó que el navío fue
confundida con un barco iraní. Además, se le
permitió a Saddam negar el permiso para entrevistar al piloto iraquí.
Toda la verdad murió con Saddam Hussein en la
ejecución que tuvo lugar en Bagdad la madrugada
del pasado sábado. Muchos en Washington deben
haber suspirado con alivio, una vez que el viejo quedó silenciado para siempre.
***
La Bestia de Bagdad en el patíbulo
31 Dic 2007
Saddam Hussein a la horca. Es una ecuación
sencilla. ¿Quién podría ser más merecedor de dar
sus últimos pasos en el patíbulo y de que se le
rompa el cuello al final de una cuerda que la
Bestia de Bagdad , el Hitler del Tigris , el
hombre que asesinó a cientos de miles de iraquíes
inocentes rociando armas químicas sobre sus enemigos?
Dentro de unas horas nuestros amos nos dirán que
éste es un "gran día" para los iraquíes y que
esperan que el mundo musulmán olvide que la
sentencia de muerte fue firmada por el "gobierno
iraquí", pero claramente por órdenes de los
estadunidenses, el mismo día del Eid al Adha, la
fiesta del sacrificio, en que se celebra el perdón en todo el mundo árabe.
Pero la historia registrará que los árabes y
otros musulmanes, al igual que muchos en
Occidente, se harán este fin de semana una
pregunta que no aparecerá en diarios occidentales
porque no pertenece al discurso que nos han
impuesto nuestros presidentes y primeros
ministros ¿Y qué pasará con los otros culpables?
No, Tony Blair no es Saddam. Nosotros no
arrojamos gases a nuestros enemigos. George W.
Bush no es Saddam. El no invadió Irán ni Kuwait.
Sólo invadió Irak. Pero cientos de miles de
civiles iraquíes están muertos y miles de tropas
occidentales han muerto, porque los señores Bush,
Blair, y los gobernantes de España, Italia y
Australia, fueron a la guerra en 2003 envueltos
en una bazofia de mentiras y mendacidad, lo cual,
dadas las armas que usamos, resultó en una inmensa brutalidad.
En el caos que siguió a los crímenes
internacionales contra la humanidad de 2001 hemos
torturado, agredido brutalmente y asesinado a
inocentes. A la infame prisión de Abu Ghraib de
Saddam Hussein le añadimos nuestra propia
infamia. Y con todo, se supone que debemos
olvidar estos crímenes terribles y aplaudir
cuando se columpie el cadáver del dictador que nosotros mismos creamos.
¿Quién alentó a Saddam a invadir Irán en 1980, en
lo que fue uno de los peores crímenes de guerra
jamás cometidos, dado que esto fue lo que llevó a
la muerte a millón y medio de almas? ¿Quién le
vendió los componentes para fabricar las armas
químicas con las que empapó a Irán y a los kurdos? Fuimos nosotros.
No es de extrañar que los estadunidenses, quienes
controlaron el peculiar juicio, prohibieron que
se mencionara ésta, su peor atrocidad, durante el
proceso. ¿Era posible que Hussein fuera entregado
a los iraníes para que ellos lo juzgaran por sus
masivos crímenes de guerra? Claro que no, porque
eso expondría nuestra culpabilidad.
¿Y nuestros asesinatos perpetrados en 2003 con
nuestras bombas de uranio empobrecido, nuestras
bombas "destruye búnkers", nuestro fósforo,
nuestros sanguinarios sitios en torno de Fallujah
y Najaf. Y luego, tras la invasión, el infernal
desastre de anarquía que desencadenamos sobre la
población iraquí después de nuestra "victoria" y
nuestra "misión cumplida", ¿a quién se va a
encontrar culpable por esto? Tendremos que
esperar que salgan las ególatras memorias de Bush
y Blair, que serán escritas, con toda seguridad,
desde un cómodo y próspero retiro, para hallar un
leve remordimiento o intento de expiación por estos hechos.
Horas después de que se dictara la condena a
muerte contra Saddam Hussein, su familia su
primera esposa, Sajida, su hija y otros
parientes habían abandonado toda esperanza. "Lo
que se podía hacer ya se hizo, sólo podemos
esperar que todo siga su curso", me dijo uno de
sus parientes, la noche del viernes.
Pero Saddam ya lo sabía, él mismo proclamó su
"martirio", afirmó que aún es presidente de Irak
y que morirá por su país. Todos los hombres
condenados enfrentan una disyuntiva: morir
implorando clemencia o morir con la dignidad que
puedan reunir en sus últimas horas de vida.
Durante su última aparición ante el tribunal, una
sonrisa raquítica se extendió por el rostro del
asesino en masa, y ésta nos mostró, desde
entonces, la forma que Saddam ha elegido para caminar hasta la horca.
He documentado sus monstruosos crímenes durante
años. He hablado con los sobrevivientes kurdos de
Halabja, y con los chiítas que se levantaron
contra el dictador a petición nuestra, en 1991, y
que abandonamos a su suerte. Decenas de miles de
ellos, junto con sus esposas, fueron colgados
como animales de caza por los verdugos de Saddam.
Recorrí una cámara de ejecución, sólo meses
después de que se descubrió que nosotros usamos
la misma prisión para torturar y matar, y he
visto a los iraquíes desenterrar a miles de
parientes muertos de las fosas comunes de Hilla.
Uno de estos cadáveres tenía una prótesis de
cadera recién implantada y la identificación del
hospital todavía colgaba del brazo. Lo llevaron
del hospital directamente a su lugar de
ejecución. Al igual que lo hizo Donald Rumsfeld,
tuve la oportunidad de estrechar la suave y
húmeda mano del dictador. Y con todo, el viejo
criminal de guerra terminó sus días en el poder escribiendo novelas románticas.
Fue mi colega Tom Friedman quien hoy es un
mesiánico columnista del diario The New York
Times quien describió perfectamente el carácter
de Saddam poco antes de la invasión de 2003:
"mitad don Corleone y mitad Pato Donald". Con
esta definición única, Friedman capturó el horror
que tienen en común todos los dictadores, su
atracción hacia el sadismo, su naturaleza
grotesca e inverosímil, además de su brutalidad.
Pero no es así como el mundo árabe lo percibirá.
Al principio, los que sufrieron la crueldad de
Saddam darán la bienvenida a su ejecución.
Cientos quieren ser el verdugo que jale la
palanca que abrirá la trampa de la horca a través
de la cual caerá el ex gobernante iraquí.
Muchos kurdos y chiítas fuera de Irak celebrarán
su fin. Pero tanto ellos como millones de otros
musulmanes recordarán cómo se le informó que su
ejecución sería en la madrugada de la fiesta de
Eid al Adha, en la que se recuerda el sacrificio
que casi ejecutó Abraham contra su hijo; una
fiesta que incluso el horrendo Saddam
conmemoraba, cínicamente, liberando a presos de las cárceles.
Puede ser que Saddam Hussein haya sido "entregado
a las autoridades iraquíes" justo antes de morir,
pero su ejecución será percibida correctamente
como obra de Estados Unidos y el tiempo se
encargará de darle a este hecho un último barniz
duradero, pues nada evitará que quede la
impresión de que Occidente destruyó a un líder
árabe cuando éste se negó a seguir obedeciendo
las órdenes de Washington y que, a pesar de todas
sus atrocidades, falleció como un mártir a manos
de los nuevos cruzados. De eso se encargarán
algunos historiadores árabes que aprovecharán el
hecho de que Hussein no haya sido juzgado por todos sus crímenes.
Después de que Saddam fue capturado, en noviembre
de 2003, se incrementó la ferocidad con que la
insurgencia atacaba a las tropas estadunidenses.
Después de su muerte, de nuevo se redoblará esta
intensidad. Liberados ya de la remota posibilidad
de que se le conmutara la sentencia, los enemigos
de Occidente no tienen razón para temer el
regreso del régimen del partido Baaz. Nada más
tomen en cuenta que Osama Bin Laden se regocijará
por la ejecución tanto como Bush y Blair. Se han
vengado ya tantos crímenes, y aún así, nosotros
nos hemos escapado de la justicia.
***
Colapso y catástrofe en Irak
(7 Dic 2006)
El imperio romano está cayendo. Esto es, en una
frase, lo que dice el reporte Baker. Las legiones
no lograron imponer su mandato en Mesopotamia.
Craso perdió los estandartes de sus legiones en
los desiertos de Siria e Irak, y lo mismo le ha
ocurrido a George W. Bush. No hay ningún Marco
Antonio que recupere el honor del imperio. La
política "no está funcionando". "Colapso" y
"catástrofe", palabras que se escucharon en el
senado romano en muchas ocasiones, estaban
incrustadas en el texto del reporte Baker. ¿Et tu, James?
Este también es el lenguaje del mundo árabe,
siempre esperando el colapso de un imperio y la
destrucción del siempre a salvo mundo occidental,
que lo ha llenado de dinero, armas y apoyo
político. Primero los árabes confiaron en el
imperio británico y en Winston Churchill, luego
confiaron en el imperio de Estados Unidos y en
Franklin Delano Roosevelt; en las
administraciones de Truman y Eisenhower y en los
demás hombres que dieron armas de fuego a los
israelíes y miles de millones de dólares a los
árabes Nixon, Carter, Clinton, Bush... Y ahora
les dicen que los estadunidenses no están ganando
la guerra; que la están perdiendo. ¿Si usted fuera árabe qué haría?
Den por seguro que no es esto lo que están
preguntándose en Washington. Medio Oriente, que
es de vital importancia (supuestamente) en la
"guerra contra el terror", es en sí mismo un mito
y en realidad no importa en la Casa Blanca. Es un
distrito, un mapa, una región tan amorfa como la
creciente "crisis" inventada por la
administración Clinton cuando ésta quería que sus
tropas llegaran a Somalia. Cómo salir, cómo
hacerlo con algún decoro; esa es la pregunta. Al
diablo con la gente que vive ahí; los árabes, los
iraquíes, los hombres, las mujeres y los niños
que mueren a manos de los estadunidenses, y de
los mismos iraquíes, todos los días.
Nótese como nuestro "vocero" en Afganistán ahora
reconoce a las mujeres y los niños muertos en los
ataques aéreos de la OTAN como si fuera de
esperar el asesinato de todos esos inocentes
porque estamos en guerra con el horrendo talibán.
El mismo sistema de pensamiento ha llegado a
Bagdad donde los voceros de la "coalición"
también de vez en cuando suelen adelantarse a
las evidencias videograbadas para reconocer que
ellos también matan a mujeres y niños en la guerra contra el "terror".
Pero lo que impera son las frases que expresan
impotencia y fatalidad. "La capacidad de Estados
Unidos para actuar como influencia en los
acontecimientos en Irak está disminuyendo".
Existe el riesgo de "resbalar hacia el caos, que
podría desencadenar el colapso del gobierno
iraquí y una catástrofe humanitaria".
Pero ¿acaso no sucedió ya todo eso? El "colapso"
y la "catástrofe" están presentes a diario en
Irak. La capacidad estadunidense de "influenciar
los acontecimientos" ha estado ausente durante
años. Y volvamos a leer la siguiente frase: "La
violencia está aumentando en términos de alcance
y mortandad. Está alimentada por la insurgencia
árabe sunita. Milicias chiítas, escuadrones de la
muerte, Al Qaeda y la criminalidad generalizada.
El conflicto sectario es la principal amenaza a la estabilidad".
¿Me lo pueden repetir? ¿Dónde estaba esta
"criminalidad generalizada" y este "conflicto
sectario" cuando Saddam, el criminal de guerra
favorito de todos, estaba en el poder? ¿Qué piensan los iraquíes de esto?
Qué típico de los medios estadunidenses es el
hecho de que fueron de inmediato a pedirle su
opinión a Bush sobre el reporte Baker, en vez de
buscar la reacción de los iraquíes que son
quienes están padeciendo todas las consecuencias
de nuestra tragedia autoprovocada en Mesopotamia.
Ellos seguramente disfrutarán la idea de que
tropas estadunidenses estén "incrustadas" dentro
de las fuerzas iraquíes. No hace mucho, era la
prensa la que estaba "incrustada" en las fuerzas
estadunidenses. Como si los romanos hubieran
estado dispuestos a incrustar a sus legiones
entre los godos, ostrogodos y visigodos para garantizar su lealtad.
Lo que los romanos sí hicieron, y que los
estadunidenses jamás harán, es ofrecer a sus
súbditos la ciudadanía romana. Todo miembro de
una tribu, en Galia, Betania o Mesopotamia, que
cayó bajo el poder romano, se convirtió en
ciudadano de Roma. ¿Qué hubiera podido hacer
Washington en Irak si hubiese ofrecido la
ciudadanía estadunidense a cada iraquí? No
hubiera existido la insurrección, ni la violencia
ni el colapso ni la catástrofe, ni tampoco habría
sido necesario un reporte Baker.
Pero no. Queríamos darle a esta gente los frutos
de nuestra civilización, pero no nuestra
civilización en sí. Esa la tienen prohibida.
¿El resultado? Ahora esperamos que las naciones a
las que supuestamente odiábamos Irán y Siria
nos salven de nosotros mismos. "En vista de la
capacidad (sic) de Irán y Siria de influenciar
los acontecimientos y de su interés de evitar un
caos en Irak, Estados Unidos debe tratar de
involucrar (sic) a estos países de manera constructiva".
Me encantan estas palabras. Especialmente
"involucrar". Sí, la "influencia de Estados
Unidos" está disminuyendo. La influencia de Siria
e Irak se está incrementando. Esto es, en suma,
la "guerra contra el terror". Me pregunto ¿han
sabido algo de Lord Blair de Kut al Amara?
***
Ahí vienen las odiosas disculpas
(15 Nov 2006)
"¡Grandes noticias en Estados Unidos!", exclamó
al verme la dueña de la librería a la que asisto
en Beirut una mañana reciente, alzando los
pulgares. "De seguro mejorarán las cosas luego de
estas elecciones, ¿no?" Por desgracia no, le dije.
Por desgracia no. Las cosas van a empeorar en
Medio Oriente aun si dentro de dos años Estados
Unidos es bendecido con un presidente demócrata.
Porque ahora los desastrosos filósofos que
orquestaron el baño de sangre en Irak se lavan
las manos de toda la tragedia y gritan "¡nosotros
no!" con el mismo entusiasmo que la dama libanesa
de la librería, mientras los expertos de la
prensa dominante en la costa este de Estados
Unidos preparan el terreno para nuestro retiro
del país árabe... culpando de todo a esos
iraquíes ambiciosos, sedientos de sangre,
anárquicos, depravados e intransigentes.
Debo admitir que lo que Richard Perle entiende
por un mea culpa de veras me quitó el aliento. He
allí al ex presidente del Comité Asesor en
Política de Defensa del Pentágono el que alguna
vez nos dijo que "Irak es un muy buen candidato a
la reforma democrática" aceptando que había
"subestimado la depravación" iraquí. Por
supuesto, hace responsable al presidente, y lo
único que reconoce es que y ahora, lector,
respire hondo, "si yo hubiera sido vidente y
hubiera visto dónde estamos ahora, y la gente
preguntara: '¿debemos ir a Irak?', probablemente
yo habría dicho: 'No, consideremos otras estrategias...'"
Tal vez ese mea culpa odioso y farisaico me
parezca todavía más objetable porque lo hace el
mismo hombre que hace dos años, en una
comunicación por radio en Bagdad, me insultó a
gritos, me condenó por afirmar que Estados Unidos
iba perdiendo la guerra en Irak y me acusó de ser
"partidario del sostenimiento del régimen
baazista". Su mentira, debo añadir, era
particularmente maliciosa porque yo informaba de
los secuestros y ejecuciones masivas de Saddam en
la prisión de Abu Ghraib (y por eso me negaban la
visa iraquí) cuando Perle y sus cohortes callaban
ante las perversidades del dictador iraquí y
cuando Donald Rumsfeld, amigote de aquéllos,
estrechaba de buena gana la mano del monstruo en
Bagdad en un intento por reabrir la embajada estadunidense en Irak.
Perle, claro, no está solo. Kenneth Adelman,
neoconservador del Pentágono que también sonó los
tambores de guerra, ha declarado a Vanity Fair
que "la idea de usar nuestro poder para hacer el
bien moral en el mundo" ha muerto. Y David Frumm,
colega de Adelman y autor de algunos discursos de
Bush, ha llegado a la conclusión de que el
presidente "no absorbía las ideas" que escribía
para él. Y me temo que esto no es lo peor que
vamos a oír de quienes nos alentaron a invadir
Irak y emprender una guerra que ha costado la vida a quizá 600 mil civiles.
Un nuevo fenómeno invade las páginas de The New
York Times y todos esos otros grandes órganos del
poder estadunidense. A los periodistas que
apoyaron la guerra no les basta con denostar a
Bush. No, ahora tienen otra bandera que ondear:
los iraquíes no nos merecen. David Brooks quien
alguna vez nos dijo que los neoconservadores como
Perle no tuvieron nada que ver con la decisión
del presidente de invadir Irak ha estado
rebuscando con afán en el ensayo escrito en 1970
por Elie Kedourie sobre la ocupación británica de
Mesopotamia en 1920. ¿Y qué descubrió? Que "los
británicos trataron sin éxito de promover un
liderazgo responsable", y cita la conclusión de
un oficial británico de aquella época, según la
cual los chiítas iraquíes "no tienen motivo para
contenerse de sacrificar los intereses de Irak a
los que conciben como propios".
Pero el artículo de Brooks en el New York Times
también inspira espanto. Nos informa que hoy Irak
padece una "completa desintegración social" y que
los "errores estadunidenses" fueron exacerbados
por "los mismos viejos demonios iraquíes:
codicia, sed de sangre y una exasperante falta de
disposición a transigir, incluso al punto de la
autoinmolación". Brooks ha concluido que Irak
"vacila al borde de la futilidad" (sea eso lo que
fuere) y, si las tropas estadunidenses no pueden
restaurar el orden, "será hora de poner fin
efectivo al país", reduciendo la autoridad al
nivel de "el clan, la tribu o la secta", que son
esperen a oír esto "las únicas comunidades que son viables".
Para quienes crean que el artículo de Brooks
representa una voz solitaria, he aquí a Ralph
Peters, colaborador de USA Today y oficial
retirado del ejército. Apoyó la invasión, dice,
porque estaba "convencido de que Medio Oriente se
encontraba tan corroído política, social, moral e
intelectualmente que teníamos que arriesgarnos a
invadir, o enfrentaríamos terrorismo y tumultos
por generaciones". Pese a todos los errores de
Washington, afirma, "dimos a los iraquíes una
oportunidad única de construir una democracia bajo el imperio de la ley".
Sin embargo, parece que esos exasperantes
iraquíes "prefirieron seguir con sus viejos
rencores, violencia confesional, criminalidad
étnica y su cultura de corrupción". ¿La
conclusión de Peters? "Las sociedades árabes no
pueden sostener la democracia como la conocemos."
En consecuencia, "es su tragedia, no la nuestra.
Irak era la última oportunidad del mundo árabe de
subir al tren de la modernidad, de dar un futuro
a la región..." Aunque parezca increíble, al
final expresa su convicción de que "si el mundo
árabe e Irak se embarcan en una orgía de baños de
sangre, la cruda verdad es que podríamos ser los
beneficiarios", porque Irak habrá "consumido" a
los "terroristas" y Estados Unidos "seguirá
siendo la más grande potencia sobre la tierra".
Lo que hace a estos hombres indignos de
prestarles mayor atención no es su descaro
¿acaso ninguno conoce la vergüenza?, sino la
presunción racista de que la hecatombe en Irak es
culpa de los iraquíes, de su atraso intrínseco,
sus vicios y su incapacidad de apreciar los
frutos de nuestra civilización. En ningún momento
se preguntan si el hecho de que Estados Unidos
sea "la más grande potencia sobre la tierra"
pudiera formar parte del problema. Ni si los
iraquíes que soportaron los peores años de la
dictadura cuando Saddam tenía el apoyo de
Estados Unidos, que fueron sancionados por la
ONU al costo de medio millón de vidas de niños y
luego brutalmente invadidos por nuestros
ejércitos, tal vez no estuvieran en realidad tan
terriblemente ansiosos de todas las maravillas
que fuimos a ofrecerles. A muchos árabes, como he
escrito antes, les gustaría un poco de nuestra
democracia, pero también les gustaría otra clase
de libertad: liberarse de nosotros.
Pero ya me entienden ustedes. Estamos preparando
nuestras disculpas para emprender la retirada.
Los iraquíes no nos merecen. Que se jodan. Esa es
la grava que estamos extendiendo en el suelo del
desierto para ayudar a nuestros tanques a salir de Irak.
***
Pan y circo para Irak
(8 Nov 2006)
El una vez aliado de Estados Unidos ha sido
condenado a muerte por crímenes de guerra que
cometió cuando era el mejor amigo de Washington
en el mundo árabe. Estados Unidos sabía todo
acerca de sus atrocidades e incluso proveyó el
gas -junto con los británicos, por supuesto-. Sin
embargo, allí estábamos ayer, calificándolo, en
las palabras de la Casa Blanca, de otro “gran día
para Irak”. Colgando a este horrible hombre
esperamos parecer mejores que él, esperamos
recordar a los iraquíes que la vida es mejor
ahora que cuando gobernaba Saddam. Pero el
desastre que infligimos a Irak es tan horrible
que ni siquiera podemos decir eso. La vida ahora
es peor. La muerte visita ahora a más iraquíes
que lo que pudo infligir Saddam a sus chiítas y
kurdos y -sí, justamente en Faluja- a sus sunnitas también.
Entonces no podemos siquiera reclamar
superioridad moral. Porque si la inmoralidad y
perversidad de Saddam son el criterio con el que
todas nuestras inequidades deben ser juzgadas,
¿qué dice eso sobre nosotros? Nosotros solamente
abusamos sexualmente de prisioneros y matamos a
algunos de ellos, y asesinamos a algunos
sospechosos y cometemos violaciones e invadimos
ilegalmente un país que costó a Irak apenas
600.000 vidas (“más o menos”, como dijo George
Bush hijo cuando afirmó que la cifra era de sólo
30.000). Saddam era mucho peor. Nosotros no
podemos ser juzgados. Nosotros no podemos ser ejecutados.
“Allahu Akbar”, exclamó el horrible hombre -“Alá
es más grande”-. No hubo sorpresa allí. Fue él
quien insistió en que estas palabras debían ser
inscriptas en la bandera iraquí, la misma bandera
que ahora cuelga en el palacio de gobierno que lo
condenó tras un juicio en el que al ex asesino en
masa iraquí se le prohibió describir su relación
con Donald Rumsfeld, el actual secretario de
Defensa de George W. Bush. ¿Se acuerdan de aquel
apretón de manos? Tampoco, por supuesto, se le
permitió hablar acerca del apoyo que recibió de
George Bush padre. No asombra, entonces, que
funcionarios iraquíes afirmaran la semana pasada
que los estadounidenses los urgieron a sentenciar
a Saddam antes de las elecciones de mitad de término en Estados Unidos.
Cualquiera que diga que el veredicto fue diseñado
para ayudar a los republicanos, espetó ayer Tony
Snow, el vocero de la Casa Blanca, debe estar
“fumando algo”. Bueno, Tony, eso depende de qué
se esté fumando. Fue Snow, después de todo, quien
afirmó ayer que el veredicto de Saddam –no el
juicio en sí mismo, por favor ténganlo en cuenta–
fue “escrupuloso y justo”. Los jueces publicarán
“todo lo que utilizaron para llegar al
veredicto”. No hay dudas. Porque aquí hay algunas
de las cosas que no se le permitieron comentar a
Saddam: la venta de químicos a su régimen de
estilo nazi, tan descarado –tan atroz– que ha
sido sentenciado a la horca por una masacre de
chiítas en una localidad, antes que por el gaseo
sistemático de kurdos sobre los que George W.
Bush y Tony Blair estaban tan preocupados cuando
decidieron deponer a Saddam en 2003 -¿o fue en
2002? ¿O en 2001?-. Sí, puedo ver claramente por
qué a Saddam no se le permitió hablar de esto. El
ministro del Interior británico John Reid dijo
que la ejecución de Saddam “era una decisión
soberana de una nación soberana”. Gracias a Dios
que no mencionó los componentes de gas mostaza
que exportamos a Bagdad en 1988 y otra tanda más al año siguiente.
Ahora, en teoría, lo sé, los kurdos tienen la
oportunidad de tener su propio juicio a Saddam,
de colgarlo por los miles de kurdos que mató con
gas en Halabja. Esto lo mantendría con vida
seguramente más allá del período de revisión de
sentencia de 30 días. ¿Pero se atreverán los
norteamericanos y los británicos a la realización
de un juicio en el cual tendríamos que describir
no sólo de qué forma Saddam obtuvo su sucio gas
sino también por qué la CIA -inmediatamente
después de los crímenes de guerra iraquíes contra
Halabja- pidió a diplomáticos estadounidenses en
Medio Oriente que afirmaran que el gas utilizado
sobre los kurdos fue arrojado por los iraníes en
vez de los iraquíes (cuando Saddam todavía era en
el momento nuestro aliado favorito en vez de
nuestro criminal de guerra favorito). Mientras
nosotros en Occidente estábamos callados, Saddam
masacraba 180.000 kurdos durante la gran limpieza étnica de 1987 y 1988.
Pero ahora le daremos al pueblo iraquí pan y
circo, la ejecución de Saddam, retorciéndose
lentamente en el viento. Hemos ganado. Hemos
impartido justicia sobre el hombre cuyo país
invadimos y evisceramos y causamos que se
dividiera. No, no hay compasión hacia este
hombre. “El presidente Saddam Hussein no teme ser
ejecutado”, dijo Bouchra Khalil, un abogado
libanés de su equipo, hace unos días en Beirut.
“No saldrá de prisión para contar sus días y años
en el exilio en Qatar o cualquier otro lugar.
Saldrá de prisión para volver a la presidencia o para ir a su tumba.”
Parece que será la tumba. Lo raro es que Irak
ahora está inundado de asesinos en masa,
culpables de violaciones, masacres, degollaciones
y torturas en los años desde nuestra “liberación”
de Irak. Muchos de ellos trabajan para el
gobierno iraquí que apoyamos en la actualidad,
electo democráticamente, por supuesto. Y a estos
criminales de guerra, en algunos casos, les
pagamos nosotros, a través de los ministerios que
se instituyeron bajo este gobierno democrático. Y
no serán juzgados. O ahorcados. Hasta ahí llega
nuestro cinismo. Y nuestra vergüenza. ¿Han sido
la justicia y la hipocresía unidas tan obscenamente alguna vez?
Traducciones: Gabriela Fonseca
Notas publicadas en La Jornada - México y Página/12 - Buenos Aires
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