Estimados/as Amigos/as Voladores/as
En repetidas oportunidades traté de explicarles lo que experimento cuando, flotando colgado debajo de mi vela, me conecto con otra dimensión totalmente atemporal. Siempre me resultó difícil explicar algo de lo que realmente siento porque mis palabras nunca alcanzan para expresar, en lo más mínimo, esa sensación única y personal, pese a que pienso que es común para todos aquellos que tenemos la bendición de poder practicar este extraordinario: ¿deporte o algo más?
Investigando en la historia de mi vida me doy cuenta que ya nací con esta necesidad innecesaria y que ya, desde muy chico, la estaba buscando cuando, por ejemplo, en el techo de mi casa, pasaba largas horas nocturnas oteando el cielo, de estrella en estrella, con la imaginación puesta en alguna aventura espacial como la que se podía hallar en esa época con "Flash Gordon". Eran horas inmensamente alegres y felices como si una gran fraternidad universal proveniente de las esferas de ese gran Universo que tenía ante mis ojos, me envolviera cariñosamente en una sensación totalmente espiritual.
Hace poco, revolviendo unos papeles encontré una hermosa obra poética del escritor alemán Friedrich Schiller (que vivió entre los años 1759 y 1805) cuyo título es "Himno a la alegría". El texto de este himno lo utilizó Beethoven como texto del cuarto tiempo (coral) en ese monumento musical (para mi no superado) que es su Novena Sinfonía.
Ustedes recordarán que les conté que el año pasado, mientras estaba realizando un vuelo prácticamente nocturno con las luces encendidas de los pueblos de los alrededores y con una Luna que solo le faltaba dos días para que fuera llena, mientras enfrentaba el viento a 5 grados a la derecha de esa visión lunar, en un estado de contemplación muy particular, el chico que me había remolcado, intuyendo mi alegría espiritual, me preguntó por radio: Pedro ¿le estás escribiendo un poema a la luna? La realidad es que en ese momento estaba disfrutando de la alegría de la cual nos habla Schiller en su "Himno".
Como estoy convencido que cada uno, a su manera, también le debe pasar algo semejante cuando vuela, más allá de las competiciones, le envío adjunto una copia de esta obra de Schiller.
Un abrazo
Pedro