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La intolerancia y el desprecio hacia las y los que tienen preferencias e identidades sexuales distintas a la heterosexualidad tienen muchas maneras de expresarse, a veces sin que exista conciencia de ello. A propósito de la celebración del Día Internacional contra la Homofobia el 17 de Mayo, Diversidad les propone los fragmentos del siguiente artículo publicado en Letra S de México.
El rostro múltiple de la homofobia

Por Louis-Georges Tin *
Fragmentos del original publicado en: Letra S (no. 106, mayo de 2005)
“Lo que plantea un problema no es el deseo homosexual, sino el miedo a la homosexualidad; habría que explicar por qué la sola palabra desata los odios y las huidas. Nos preguntaremos entonces sobre la manera en que el mundo heterosexual habla y elabora fantasmas a propósito de la homosexualidad”
Guy Hocquenhem,
El deseo homosexual, 1972
De acuerdo con una opinión muy extendida, la homosexualidad sería hoy más libre que nunca: presente y visible en todas partes, en la calle, en los diarios, en la televisión, en el cine, estaría incluso aceptada, pues así lo revelan los recientes avances legislativos en Norteamérica y en Europa en materia de reconocimiento de la pareja homosexual (Vermont, Québec, Holanda, Dinamarca, Bélgica, Francia, Suecia, Alemania, Finlandia, Suiza, Inglaterra, entre otras regiones). Ciertamente se precisan todavía algunos ajustes más para erradicar las últimas discriminaciones, pero con la evolución de las mentalidades esto sería una simple cuestión de tiempo, el tiempo de llevar a buen puerto un movimiento de fondo impulsado desde hace ya varias décadas.
Tal vez. Tal vez no, pues para un observador un poco más atento, la situación parece globalmente muy diferente, y a decir verdad, el siglo XX, en su conjunto, ha sido el periodo más violentamente homófobo de la historia:
deportación a los campos de concentración en la época nazi, gulag en la Unión Soviética, chantajes y persecuciones en Estados Unidos en tiempos de McCarthy... Todo eso parece evidentemente muy lejano. Pero muy a menudo, las condiciones de existencia en el mundo de hoy siguen siendo difíciles. La homosexualidad parece ser discriminada en todos lados; al menos en 80 naciones, la ley condena los actos homosexuales (Argelia, Senegal, Camerún, Etiopía, Líbano, Jordania, Armenia, Kuwait, Puerto Rico, Nicaragua, Bosnia, por citar algunos) y en múltiples países esta condena puede llegar hasta los diez años (Nigeria, Libia, Siria, India, Malasia, Jamaica), en ocasiones la ley contempla cárcel perpetua (Guyana, Uganda), y en unos diez países puede, efectivamente, aplicarse la pena de muerte (Irán, Arabia Saudita).
Recientemente, en África, varios presidentes reafirmaron de modo brutal su voluntad de luchar personalmente contra la homosexualidad, flagelo, en su opinión, anti-africano.
Incluso en otras naciones, donde la homosexualidad no figura en el código penal, como Brasil, por ejemplo, los escuadrones de la muerte y los cabezas rapadas siembran el terror: en los últimos veinte años han sido contabilizados oficialmente alrededor de dos mil crímenes por homofobia, sin que esto sacudiera mínimamente ni a las autoridades judiciales ni a las jurídicas. En estas condiciones parece difícil pensar que la “tolerancia” gana terreno. Por el contrario, en la mayoría de estos Estados la homofobia parece hoy más violenta que ayer. Y la tendencia no apunta hacia una mejoría general, muy lejos de ello.
Este breve panorama parece particularmente siniestro porque desmiente cruelmente la actitud ingenua de quienes desearían creer en definitiva que todo va bien o, al menos, que todo está mejorando. Pero en realidad, el pesimismo deprimido y el beatífico optimismo son dos obstáculos simétricos para el pensamiento y para la acción en la medida en que ambas actitudes
reposan en suposiciones totalmente ilusorias: las homofobia ha existido y existirá siempre, es una constante de las sociedades humanas; o por el contrario: la homofobia tiene que ver con el pasado, o con sociedades arcaicas, pero tiende a ser reabsorbida por la evolución de las costumbres y el constante progreso de los derechos del hombre en el mundo. En realidad, la homofobia no es ni una fatalidad transhistórica, imposible de combatir, ni un residuo de la historia destinado a desaparecer por sí solo con el tiempo. Constituye un problema humano, grave y complejo, con resonancias múltiples, que requiere de una reacción concertada y de una reflexión previa.
¿Pero qué es en realidad la homofobia? Para contestar esta pregunta podemos seguir la evolución del término, en la medida en que la investigación lexicológica suscita algunas de las problemáticas inherentes a la noción misma. Al parecer el término circulaba ya en los años sesenta, pero el primer registro escrito sería
responsabilidad de K.T. Smith, autor en 1971 de un artículo titulado “Homofobia: un perfil tentativo de la personalidad”. En francés, el término aparecería en 1977 bajo la pluma de Claude Courove, pero sólo hasta 1994 ingresa en el diccionario. Se trata entonces de un vocablo muy reciente, cuya historia es sin embargo ya relativamente rica.
En efecto, a lo largo de los años el espectro semántico del término no ha dejado de evolucionar por ampliaciones sucesivas. En 1972, Weinberg definía la homofobia como “el miedo a estar con un homosexual en un espacio cerrado”. Esta definición muy restrictiva quedó rápidamente rebasada en el lenguaje común, como lo atestigua la entrada del Pequeño Larousse: “Rechazo de la homosexualidad, hostilidad sistemática hacia los homosexuales”.
Ahora Didier Eribon propone extender la noción incorporando la idea del continuum homófobo “que va desde la expresión proferida en la calle, que cada gay o lesbiana puede escuchar: “pinche puto”
o “pinche manflora” hasta las palabras implícitamente inscritas en la entrada de los registros civiles para matrimonios: “Prohibido a los homosexuales”. Dentro de esta perspectiva, él integraba plenamente al registro de la homofobia ordinaria los discursos teóricos de obediencia jurídica, psicoanalítica o antropológica, que contemplan confirmar o justificar el orden desigual instituido entre homosexuales y heterosexuales.
Ampliando también el análisis, Daniel Welzer-Lang ha sugerido una nueva definición. Para él, la homofobia “es de modo más extenso la denigración en los hombres de cualidades consideradas femeninas y, en cierta medida, de las cualidades consideradas masculinas en las mujeres”. De esta manera, trataba de ligar entre ambas formas “la homofobia particular, ejercida contra los gays y las lesbianas, y la homofobia general, que toma forma a partir de la construcción y jerarquización de los géneros masculino y femenino”, un fenómeno que puede afectar a todos los
individuos, cualquiera que sea su orientación sexual, lo que explicaría que el insulto “puto” se pueda también aplicar a personas claramente heterosexuales en la medida en que, más allá de las preferencias, denuncia sobre todo una infracción a esa “virilidad perfecta” que supone la construcción social de lo masculino.
(…)
Pero paralelamente a esta extensión semántica, un movimiento inverso de diferenciación léxica se ha venido operando en el seno del concepto de homofobia. Dada la especificidad de las actitudes frente a la homosexualidad en su vertiente femenina, se introdujo en los discursos teóricos el término lesbofobia. Este hace aparecer mecanismos muy particulares que el concepto genérico de homofobia tenía tendencia a ocultar. De golpe, esta distinción justifica sin duda el término de gayfobia, ya que a decir verdad muchos de los discursos homófobos sólo conciernen en realidad a la homosexualidad masculina. En esta misma perspectiva, el concepto de bifobia también se propuso para señalar la situación singular de las personas bisexuales, estigmatizadas a la vez por heterosexuales y homosexuales. Además, es preciso tomar en cuenta la problemática muy distinta ligada a los transexuales, travestis y transgéneros de todo tipo, que permite pensar en la noción de transfobia.
Se ha propuesto otra distinción para aclarar los usos políticos de la noción de homofobia. Según Eric Fassin, “la utilización actual vacila entre dos definiciones muy diferentes. La primera comprende la fobia en la homofobia: se trata del rechazo de los homosexuales y de la homosexualidad. Estamos en el registro, individual, de una psicología. La segunda ve en la homofobia un heterosexismo: esta vez, una desigualdad entre las sexualidades. La jerarquía entre heterosexualidad y homosexualidad remite entonces más bien al registro, colectivo, de la ideología”. Así, añade el sociólogo, “tal vez en este caso, a semejanza de la distinción entre misoginia y sexismo, sería más claro distinguir entre “homofobia” y “heterosexismo” con el fin de evitar la confusión entre las acepciones psicológico e ideológico, y esto es lo que, de mi parte, propongo y practico”. En estas condiciones, y en temas como el matrimonio y la adopción, las personas que no se sientan de modo alguno homófobas,
aun cuando nieguen la igualdad de derechos en nombre de algún privilegio religioso, moral, antropológico o sicoanalítico, perteneciente sólo a heterosexuales, deberán por lo menos reconocer que se trata, técnicamente hablando, de una actitud heterosexista, y esto podría constituir ya un primer paso.
De este modo, todas estas evoluciones, extensiones o distinciones semánticas enriquecen, pero en gran medida vuelven complejo este debate teórico cuyas implicaciones políticas son evidentes, pues cada vez más ciudadanos, asociaciones, y políticos, hombres y mujeres, han tomado conciencia, particularmente durante la batalla del Pacs, de la necesidad de combatir e incluso penalizar la homofobia, de la misma manera que el racismo o el antisemitismo. En resumen, una vez que la homosexualidad deje de figurar en el Código penal para ingresar al Código civil, la homofobia podría, de manera inversa, pasar de la sociedad civil, donde sigue todavía, al Código penal, donde no ha ingresado
aún. Es evidente que hacer pasar nuestra mirada de la homosexualidad a la homofobia constituye, como lo señala Daniel Borrillo en su libro La homofobia , “un cambio tanto epistemológico como político”. Lo cierto es que, por el momento, en materia de lucha contra la homofobia, todo queda por hacer.
Para combatir la homofobia es preciso determinar sus causas verdaderas. De hecho, el origen profundo de la homofobia debe sin duda buscarse en el heterosexismo, ese reino de la heterosexualidad obligada que ya criticaba Adrienne Rich ( La obligación de heterosexualidad y la experiencia lésbica ). En efecto, este régimen tiende a hacer de la heterosexualidad la única experiencia sexual legítima, posible, e incluso pensable, lo que explica que muchas personas vivan su vida sin haber jamás pensado en esta realidad homosexual, presente sin embargo en todas partes y mucho menos oculta de lo que en un principio pudiera creerse. Más que una norma, que supondría todavía
algo explícito, la heterosexualidad se convierte, para quienes así condiciona, en lo impensado de su construcción psíquica particular y en el a priori de toda sexualidad humana en general. En efecto, lejos de ser una evidencia innata, esta transparencia en sí, que de algún modo es una exclusión del otro, es uno de los fundamentos de los aprendizajes sociales, y al volverse más rígida termina por convertirse para los homosexuales, aunque no sólo para ellos, en un esquema de percepción del mundo, de los seres y de los sexos. En estas condiciones resulta difícil pensar no sólo la homosexualidad, cuya simple existencia podría sacudir todo un universo de creencia, y por ende de valor, sino también la heterosexualidad, la cual, no por ser el punto de vista común sobre el mundo, deja de ser el punto ciego de ese punto de vista.
De hecho, si no se contempla todo el horror que representa la homosexualidad para ciertas personas, se corre el riesgo de no entender la homofobia,
en caso de poder entenderla, en lo que tiene de más radical. El sentimiento de odio general y convulsivo que suscitó Copérnico cuando se atrevió a hacer caer a la Tierra del pedestal epistemológico que era hasta entonces el suyo, podría tal vez darnos una idea aproximativa, en la medida en que, a la par del geocentrismo, el heterocentrismo puede describirse como una visión del mundo en torno de un autoproclamado centro de referencia -la heterosexualidad- frente al cual las otras sexualidades sólo pueden ser, según esta perspectiva, galaxias extrañas, nebulosas oscuras, formas de vida casi extraterrestres. Por supuesto que estuviera o no la Tierra en el centro del universo, eso no cambiaba nada a la experiencia cotidiana, pero la necesidad objetiva de pensar de nuevo el orden divino, que de hecho era el orden de los hombres, suscitó subjetivamente un verdadero furor cuyas razones iban más allá de la estricta creencia religiosa, la cual, por lo demás, no era cuestionada en sus
fundamentos reales ni por las tesis de Copérnico ni por las de Galileo.
De igual modo, para las personas más condicionadas por el heterosexismo, la simple existencia de los homosexuales, quienes no los amenazan en lo más mínimo, constituye subjetivamente una amenaza para el edificio psíquico que, justamente, habían construido larga y pacientemente a partir de esta exclusión, y esto permite explicar el por qué del miedo, y más aún el odio que de todo ello resulta, puede llegar a las violencias más brutales. Por supuesto, este miedo no podría erigirse en circunstancia atenuante y mucho menos en justificación para los crímenes por homofobia. Este miedo es a menudo materia de alegato, por cierto exitoso, en los tribunales estadounidenses en beneficio de individuos que asisten a lugares de ligue, armados con bates de béisbol, para “golpear locas”, y que se escudan detrás de la noción de “pánico sexual” en un colmo de mala fe y de crueldad cínica. Esto es también la razón profunda
de ciertas reacciones extremas cuyo principio reside en aquellos condicionamientos heterosexistas que buscan que la identidad masculina se base en el dominio más o menos “suave” de la mujer, y en la represión más o menos dura del homosexual.
(…)
Pero quedan todavía por examinar los medios a los que recurre la homofobia. Se trata menos, por supuesto, de elaborar su catálogo razonado, tarea siniestra y fastidiosa, y más de analizar sus mecanismos complejos. De hecho, sus múltiples formas de acción son a menudo ambiguas y resulta difícil clasificar estas diversas violencias, ya sean formales, es decir ejercidas bajo control del Estado (pena de muerte, trabajos forzados, latigazos, castración, química o no, clitoridectomía, encarcelamiento, confinación) o más bien informales (atentados terroristas, asesinatos, violaciones punitivas, golpizas, agresiones físicas o verbales, vejaciones, acoso). Por otro lado, esta misma distinción está sujeta a duda en la medida en que, en ciertos países, las violencias informales benefician en gran medida de la aprobación, o de la complicidad de las autoridades que se supone debieran condenarlas. E incluso cuando no se penalizan las prácticas homosexuales, se pueden utilizar
artimañas jurídicas para incriminarlas legalmente bajo otros cargos de inculpación, por fantasistas que éstos sean: reunión ilícita, conspiración, blasfemia, golpes y daños recíprocos, alteración del orden público, aun dentro de un domicilio privado. Siendo tan ambiguo el papel de las autoridades, resulta a menudo difícil precisar el límite entre lo formal y lo informal.
Más allá de esta homofobia de Estado, más o menos afirmada, la homofobia social, que es más difusa, se ejerce en todos los medios: en la familia, la escuela, el ejército, en el mundo del trabajo, en el mundo político, en los medios, en el mundo del deporte, en las cárceles, etc. Estas violencias físicas, morales, y a la vez las dos al mismo tiempo, son aun menos conocidas cuando quienes las padecen se niegan con frecuencia a denunciarlas, ya por el miedo de ver así develada su homosexualidad, o por el miedo también a las represalias, sobre todo cuando estos actos son perpetrados al interior de un grupo, de
un dormitorio, de un equipo, reduciendo al silencio a las víctimas más vulnerables.
Pero la homofobia común se ejerce todavía mejor en el orden simbólico. Más allá de los actos, actitudes y discursos percibidos claramente como homofóbicos, los responsables a priori de la organización social han creado una estructura cuya violencia diaria le resulta difícil concebir a quienes se han venido organizando precisamente junto con dichos responsables. En efecto, como lo apunta Didier Eribon, por racista que sea el medio en el que nace, un niño negro tiene por lo menos todas las oportunidades de crecer en una familia que le permita construir su imagen bajo una sensación de relativa legitimidad. En cambio, en las familias heterosexuales, donde crece la mayoría de hombres y mujeres homosexuales, la conciencia progresiva de este deseo constituye por lo general un reto tanto más difícil por tener que guardarse secreto. La vergüenza, la soledad, la desesperación por no ser nunca
amado, el pánico de ser descubierto un día, colocan al individuo en una suerte de cárcel interior que a menudo le lleva a sobrestimar la actitud negativa que pudiera manifestar su entorno. Vemos así a padres desconsolados, incapaces de comprender el suicidio de su hijo homosexual, a quien por supuesto habrían aceptado en su diferencia, pues además, ellos jamás habían dicho nada en contra de la homosexualidad. La desgracia es que tampoco habían dicho nunca nada a favor. No lo comprenden, pero el silencio general en torno a este tema tabú, y la ausencia de imágenes y discursos positivos, fueron para su hijo, o hija, la dificultad más extrema.
Es con estos casos extremos, más numerosos de lo que pudiera creerse, como se mide mejor la violencia simbólica de la homofobia: no necesita expresarse para ejercerse. El silencio es su fuerte. El anatema y las condenas son a menudo inútiles. Los padres, los amigos, los vecinos y los demás, la televisión, el cine, los libros de infancia,
las revistas de adultos, todo celebra al máximo a la pareja heterosexual. Sin que nada le sea dicho, y a medida que crece, el niño comprende, de manera más o menos consciente, que la alternativa es imposible, ya que la homosexualidad está fuera del lenguaje, cuando no fuera de la ley. Sólo figura en los insultos más soeces, “marica”, “puto”, y otros cargos honoríficos, cuya carga homofóbica ya no sienten ni siquiera quienes los profieren, quienes relegan a la homosexualidad masculina al rango de lo innoble, en tanto la homosexualidad femenina queda, por lo demás, fuera casi de todo pensamiento.
Por consiguiente, incluso en el silencio, esta violencia simbólica, aparentemente suavizada aunque de hecho generalizada, se impone a la conciencia de aquellos sobre los cuales se ejerce. Lejos de suscitar su revuelta, a menudo consigue su colaboración a cambio de la eventual tolerancia que pudiera concederles. Como lo explica con mucho acierto Erving Goffman, “se les pide entonces,
amablemente, a los estigmatizados que demuestren su urbanidad y no se atengan demasiado a su buena suerte. No conviene que sientan los límites de la aceptación que se les concede, ni que se valgan de ella para lanzar nuevas exigencias.
La tolerancia forma así casi parte de un mercadeo. Entre más garantías de buena conducta ofrece la persona homosexual, mayor aceptación espera obtener de los demás. Esta homofobia, de aspecto liberal, a la vez tolerante y condescendiente, lleva entonces a multiplicar las falsas apariencias y las mentiras honorables, las cuales, aun sin engañar a nadie, son los prerrequisitos para un reconocimiento siempre precario, cuyos límites, rápidamente alcanzados, sorprenden siempre a quienes habían creído ingenuamente en una “integración” definitiva.
Esta lógica de aceptación social a cualquier precio conduce a quienes la aceptan a adoptar, en su situación de dominados, el punto de vista de los dominantes, fuente de desgarramientos interiores y
de innumerables desordenes psíquicos. Cultiva en ellos un sentimiento de homofobia interiorizada, verdadero desprecio de sí, que puede ser la causa de violencias extremas. La necesidad de probar su “normalidad” perfecta lleva, así, a ciertos individuos a agredir o a perseguir a quienes perciben como homosexuales. De esto la historia contemporánea nos ha brindado un ejemplo elocuente. A menudo se ignora que, además del comunismo, la “cacería de brujas” se dirigió en gran medida contra la homosexualidad. Pero se ignora también que uno de sus protagonistas principales, John Edgar Hoover, director del FBI, era homo o bisexual, y que su política estadounidense, homofóbica, patriótica y violenta, debía sin duda ofrecer la prueba, en primer lugar a él mismo, de su virilidad infalible. Esta disposición mental, profundamente dividida entre el deseo del otro y la negación de sí mismo, puede también conducir al estupro. La violación es muy frecuente en los medios no mixtos, donde la
masculinidad se exacerba día a día -en las cárceles, cuarteles e internados, por ejemplo-, y se vuelve una práctica ejemplar en la medida en que se trata de dar una lección a la víctima, a la que se percibe como menos “viril”; esta práctica ofrece la doble ventaja de satisfacer una libido secretamente homosexual, al tiempo que se presenta ante los demás como la marca incuestionable de una clara potencia sexual que, según esta lógica paradójica, sería totalmente heterosexual.
(…)
De esta manera, la lucha contra la homofobia, cuyas causas parecen tan profundas y sus medios tan eficaces, resulta una empresa muy difícil. En la medida en que las leyes que condenan o discriminan a la homosexualidad son más el efecto que la causa de la homofobia dominante, el simple hecho de abolirlas parece una medida necesaria, aunque sin duda insuficiente. Habría que ir más lejos para crear las condiciones de una verdadera revolución de las mentalidades. Pero éstas no cambian fácilmente. El trabajo necesario requiere tiempo, energía, y también lucidez.
* Texto publicado parcialmente en el suplemento Letra S el 5 de mayo, 2005, tomado del libro Dictionnaire de l`homophobie compilado por Louis-Georges Tin con prefacio de Bertrand Delanoë. Traducción: Carlos Bonfil.
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