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La caja de tronchos.   Lista de mensajes  
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Este es un testimonio real. Me pasó hace unos años atrás. En el afan de no olvidar lo sucedido realizé este intento de llevarlo a las letras. Los personajes son reales. El lugar donde ocurre es la iglesia Nuestra Señora del Perpetuo socorro, comunidad católica situada en el Nuevo Vedado, atendida por sacerdotes dominicos. Hoy lo envío al grupo. Un saludos a todos Ale.

La caja de tronchos

( Dedicado al niño de los ojos gastados y rojos )

 

 

Todo comenzó una mañana de domingo.

Una persona muy querida se me acercó y me pidió que el miércoles próximo quería que yo animara, en mi oficio de payaso, un encuentro con el grupo de niños enfermos de cáncer y sus padres, los cuales eran atendidos por un matrimonio conocidos suyos.

Convertirme en payaso y animar fiestas infantiles había sido, desde hacía meses atrás, una buena opción para ganar algo más de dinero . Era una labor que, al mismo tiempo, también me reportaba una alegría tremenda contemplar como con mis cosas, otras personas podían ser un poquito más feliz.

De España, en ese entonces, me vino unos metros de tela que utilicé en mi primer traje, el cual lo confeccionó mi mamá en su máquina de coser. Con la tela, llegó un juguete llamado Saco de la risa, una suerte de saquito verde que, en su interior, tenía un pequeño aditamento que al apretarlo hacía que se escuchara una risa muy contagiosa.

Con estos primeros regalos y, una idea de lo que sería el payaso Alex, surgieron los primeros cumpleaños, las propuestas de otros y el buen comentario que favorecía la realización de estos.

No todas las actividades del payaso Alex eran para obtener ganancias monetarias. La de este pequeño relato no tiene nada que ver con la palabra dinero.

Volvemos entonces al domingo con el cual inicié esta historia.

Mi preocupación en esta tarea estaba en que nunca había tenido contacto con ellos (los niños enfermos del Oncológico) de manera personal.

Sabía más o menos del estado físico de muchos y de la edad promedio (desde niños de meses hasta adolescentes), conocía de lo limitado de sus vidas, del dolor de sus padres acompañantes, de momentos en que, en medio de sus actividades, ellos llegaban a vomitar debido a los sueros y tratamientos a los que están sometidos. Siempre que escuchaba las historias narradas, a mi mente venían el rostro de mis hijos y el dolor de los padres de esos pequeños .

Yo ,sin pensarlo mucho en ese momento ,les di el sí. Después, en la casa, fue que me vinieron a mi mente las anteriores ideas y dude si podría hacerlo.

Ya había dado mi palabra y no me iba a retractar por nada. Pero en mi cabeza seguían dando vueltas todas aquellas cosas.

Este matrimonio me había orientado que aquí lo más fundamental era no sentir lástima . Eso es fatal y los niños desde un primer momento lo perciben en aquellos que les rodean. Me hablaron hasta de una adolescente que vendría y a la cual le faltaba una pierna. Me comentaban que con ella podía realizar cualquier actividad que se me ocurriera, lo importante estaba en hacer feliz por un momento a esos muchachos.

Entonces llegó - ese domingo en la noche - la habitual llamada de una gran amiga argentina. Le comenté lo sucedido, estaba preocupado ante esta nueva experiencia. En pocas palabras ella me recordó que los grandes valores humanos crecen en aquellas personas que, en todo momento, se atreven a creer que hay en su interior algo superior a las circunstancias.

Esta verdad ,en ese preciso momento, me pareció muy fácil de decir por el simple hecho de que ni ella ni yo estamos enfermos de cáncer y, no somos niños.

El miércoles, día de la actividad, me preparé para llegar bien temprano. Fue así como pude estar media hora antes de que llegara el ómnibus con los niños.

Había comido en casa de mi mamá. En la bodega entró en esa semana Tronchos – pescado en conservas listo para comer – y ese fue el menú.

En el programa planifiqué una especie de presentación inicial en la cual terminaría utilizando el Saco de la risa que me trajeron en su momento de España.

Fui a la pescadería y me regalaron una caja bien grande donde se podía leer, en unas de sus propagandas, que en ella se envasó una buena cantidad de las latas de tronchos vendidas en esos día a la población.

Cargué con la misma para la casa y trabajé en la gran idea. Introduje dentro de esta caja mi Saco de la risa. Después la envolví en papel de regalos. Entonces le hablaría a los niños sobre un misterioso regalo que acababa de recibir desde otro país, mandado por un payaso que me quiere mucho a mi y a ellos. Redacté una especie de cartica en la que, el supuesto amigo, me comentaba que se trataba de un presente que nos iba a agradar mucho, enviado con la idea de que, en esa actividad tan especial, nosotros nos divirtiésemos de lo lindo.

Llegaron los participantes y comenzó todo.

Eran alrededor de 22 muchachos. De ellos sólo 3 eran adolescentes. Los demás estaban comprendidos entre 2, 3, 6 y 8 años de edad, acompañados cada uno por un familiar.

Se inició el encuentro con una obra teatral que ellos mismos habían preparado en el hospital. Esta trataba sobre un niñito que tenía miedo a someterse al tratamiento médico. En la pieza – escenificada por la mayoría del grupo – una doctora muy buena, acompañada de otros niños enfermos, logran convencer al pequeño de que se deje curar por el equipo médico.

Todo el tiempo que transcurrió ,desde que empezaron a actuar hasta el final de la misma, yo estuve sentado observando el talento, la valentía, el optimismo, el dolor y la fe de esos infantes. Fue una fuerza descomunal la que me entró y me hizo olvidar todo para entregarme por completo a ese instante en que me correspondía desbordar felicidad.

También miré hacia el rostro de sus padres en los cuales sólo vi dolor, un dolor que para mi no hay palabras capaces de dibujarlo.

Salté a mi escenario y comencé con la presentación planificada. Todos trataban de adivinar cual era el presente que nos mandaba este amigo mío. La caja grande daba posibilidad para versionar muchas cosas. Así apareció quien dijo que podía ser un vídeo, o una grabadora, o un equipo de música, o un velocípedo, o un muñeco de peluche bien grande.

Agotadas las ideas, me puse a quitarle el papel de regalo que envolvía a la caja de Tronchos. Los ojos de todos los niños brillaban como nunca. El misterio se iba a aclarar. La tira con que sellé el papel tenía un nudo que me demoró en desnudar mi cajón cerrado. Al fin logré quitarlo . Fue entonces que uno de los niños – tendría 6 años aproximadamente – al ver pegada en la caja la etiqueta que anunciaba Tronchos en conservas , sin poder contenerse, gritó con una alegría enorme en todo el local aquel:

- ¡¡¡¡¡ TRONCHOSSS !!!!

A mi el corazón se me estrujó de una manera terrible. Ese angelito había pensado que yo dentro de aquel cajón tenía una buena cantidad de latas con tronchos para jactarnos todos en la fiesta.

Le miré sus ojitos gastados y rojos quizás por el resultado de los tratamientos, pero aun brillosos y alegres en la espera de mi acción y, sin poder contenerme, disimulando lo apretado que sentía mi pecho, le dije :

- No mi niñito, desgraciadamente yo sé que no son tronchos. Ojalá este pobre payaso tuviera ahora mismo la posibilidad de traerte no una, sino dos y tres y cuatros cajas completas de tronchos, que de seguro que no las íbamos a comer los dos juntos aquí mismo.

-Sí payaso, y con los demás también ! - respondió el niño.

-Sí mi niño, con todos ustedes que están aquí - le dije y rápidamente saqué mi saquito de la risa y continué con la actividad.

Hice muchas competencias. Todos se divirtieron de lo lindo, también el niño de los ojos gastados y rojos que encontró mucho mejor este regalo en el Saco de la Risa.

A sus padres me costó un poco de trabajo levantarlos de sus asientos. La tarea era difícil y yo no tenía experiencia. Me auxilié con los mismos niños diciéndoles que los trajeran al escenario. Entonces formé las parejas. Puse a sus hijos de jurado. Inventé una competencia de baile con ellos. Al final de la actividad, los pequeños me pidieron que fuera yo quien les entregara los regalitos : hermosos jugueticos donados, para ellos, por personas de distintos países. Y así lo hice.

Me despedí después de cerca de 4 horas. En la despedida, a uno de los tres adolescentes, el muchacho, le sorprendí mirándome con una tristeza enorme. La animadora, siempre al tanto de todo, intervino en cuestión de segundos y logro sacarlo, en ese momento, del estado en que estaba. Me despedí y partí a mi casa.

Pasadas dos semanas coincidí nuevamente con este matrimonio. Sentí una alegría enorme al verle y me les acerque para saber de los niños, fundamentalmente de aquel chiquitico que gritó !!!!Tronchos!!!!. Fue entonces que supe del fallecimiento ,en esa misma semana, de aquel niño.

Sus ojitos, aquellos gastados y rojos, hablaban de lo terminal de su enfermedad, cosa que yo no sabía. Su alegría chispeante en ellos confirmaba que ese hermoso día fue un instante feliz, quizás el último, en su corta historia de vida.

Ya él no está entre nosotros. El payaso Alex nunca más a utilizado en sus presentaciones las nombradas cajas de tronchos que aun siguen llegando a las bodegas de esta su ciudad querida. Sé que en el fondo trata de guardar esta experiencia como única , bien protegida de alguna otra que pudiera querer intentar compararse. Por las calles de su Habana, rememorando ese hermoso miércoles, suele decirle a ese su niñito querido: Chico no pude darte tronchos, pero muchas gracias por haberme permitido a ti hacerte feliz.

ALMARPE

 

 



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Mié, 3 de Ago, 2005 2:25 pm

alemartin1969
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alejandro martin
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