LA PASIÓN QUE MUEVE LAS COSAS
Autor:
© Jesús Alejandro Godoy"Sentencia y silencios.... sólo eso —pienso—. No puedo inventar artilugios ni eludir lo que es... pero sí puedo..."
—¡Ni lo intentes! —vocifera levantando la vista y cortando de cuajo mi pensamiento—.
Estupefacto, lo miro; lo veo, analizo mi mente y comprendo la idiotez suprema de pensar lo ilógico junto a alguien que sabe cosas que yo ni siquiera puedo elucubrar en las más cercanas de las sabidurías mundanas.
Trato de abreviar alguna defensa en mi honor, pero estoy más que convencido que la reciprocidad de las palabras que luego escucharé como un vendaval a mis incoherencias, sólo me llevarán más cerca de la insensatez, que de alguna explicación lógica y aceptable.
Me remuevo en mi asiento. Él, sigue leyendo el periódico de la mañana, es viernes, y en el suplemento de cultura está Cortázar en blanco y negro con su inmortal cigarrillo y sus ojos de exilio tan cercano. Debajo, Carlos Fuentes y Osvaldo Soriano parecen mirarse de reojo; muy cerca, un eximio Shakespeare parece mirar el asta de la bandera en el centro de la plaza de Ituzaingó. Borges le dice algo al oído a Bioy y Sábato se atusa el bigote mientras trata de reacomodar sus lentes de marco grueso. Cuando voltea la página, ésta es atrapada por una leve brisa y quedan frente a mí, Voltaire, Séneca y mi estimado Plutarco.
Mira hacia algún lugar, trato de revelar su mirada pero no acierto.
—¿Todo tiene que ser así? —me pregunta sin rodeos.
—¿Todo?
—Sí... todo —me dice con una intolerante paciencia, como si yo tendría que saber que es "todo"—. No comprendo que es... "todo"...
—¿Por qué la vida, el amor, los sacrificios, las historias... caben solamente en un puñado de momentos y los sentimientos aún vivos, queman severamente aún luego de la muerte?
—No tengo la más mínima idea —respondo—. Me mira y creo que lo único que puede hacer es sonreír. No me equivoco.
Pero no es una sonrisa piadosa, sino, que es una carcajada monumental que hasta llama la atención de algunos sorprendidos transeúntes. Me siento ofendido.
—¡Por favor no te ofendas! —me dice secándose las lágrimas que palpitantes aún caen de las órbitas de sus ojos lánguidos e inquisidores—. ¡No es nada del otro mundo!
(Sigue leyendo en Cuentos para el Alma)
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