Decidí transcribir literalmente un fragmento
de mi libro
"Travesías Argentinas". Está referido a
la epidemia de Fiebre Amarilla que estragó Buenos Aires en la segunda
mitad del siglo XIX.
El texto se asocia a éste clima y a éstos miedos por las fiebres que
nos acechan.
Nada de lo que aquí se transcribe es ficticio. Aquí va:
"La peste comenzó oficialmente el 27 de enero de 1871. Los preparativos
del carnaval ya alborotaban a San Telmo como siempre, y la muerte se
ocultaba tras las máscaras. Ese día se diagnosticaron tres casos. Tres
hombres habían muerto por la fiebre amarilla, y hubo tres médicos que
denunciaron el brote ante la Comisión Municipal, pero las autoridades
prefirieron soslayar el dato y suponer que no había epidemia.
El
carnaval era efectivamente inminente y la verdad no debía arruinar la
fiesta. Los doctores Luis Taminí, Santiago Larrosa y Leopoldo Montes de
Oca coincidieron y previeron el horror. Pero no se les hizo caso.
La fiebre amarilla. Óleo de Juan Manuel Blanes
Los
cadáveres llegarían en procesión. Entre enero y junio de 1871 murieron
en Buenos Aires catorce mil personas víctimas de la fiebre amarilla, y
la ciudad quedó vacía. De los ciento noventa mil habitantes que la
poblaban, sólo quedaron sesenta mil viviendo en el casco urbano.
El éxodo fue ancho y anárquico como el pánico. La peste había empezado
en el sur, en los conventillos atestados, brotó en San Telmo, rebasó
hacia El Socorro, continuó avanzando y sembrando la nada.
La población huía de la parca que la perseguía y diezmaba a razón de
ciento cincuenta muertos por día.
El carnaval no se detuvo.
El 20 de febrero, San Telmo era un aquelarre de candombes sagrados,
mascaradas y serpentinas, y disfrazada como uno más entre los
murgueros, la infección, aunque invisible para la ceguera oficial, ya
era un hacha que hacía trizas por todas partes.
No faltó un diario
mentiroso. Por ejemplo, Manuel Bilbao, director de La República,
pontificaba desde sus páginas afirmando muy suelto de cuerpo que no se
trataba de fiebre amarilla. Es que con la peste siempre es igual. Al
principio siempre es increíble.
Como escribió Alessandro Manzoni
en su extraordinaria novela "Los novios": "Al principio, pues, peste
no, absolutamente no: prohibido hasta pronunciar la palabra. Luego,
fiebres pestilenciales: la idea se admite de refilón con un adjetivo.
(...)
Los ricos del sur se fueron al norte, al Barrio Norte, y así
quedó el sur, abigarrádonse en el corazón de la matanza. También se fue
Sarmiento. Era el presidente de la Nación en ese entonces, y la Casa
Rosada estaba allí a la vera de la fiesta de los sepultureros. En
efecto, Sarmiento se alejó de Buenos Aires en esos momentos de
tribulación. Lo malo fue que lo hizo a lo Sarmiento, es decir,
estrepitosamente, con ostentación, rodeado de una llamativa escolta de
70 individuos demasiado visibles y embarcando en un tren especial.
Bartolomé
Mitre, en cambio, su enconado rival y jefe de la oposición se
arriesgaba a diario, con el chambergo y el coraje bien puestos, por las
calles infestadas. Ayudaba con sus manos a los agonizantes, y él mismo
y sus hijos que lo acompañaban contrajeron el mal. Pero se salvaron,
como si, piadosos, los hados los perdonaran por haber tenido la bravura
de meterse entre los afiebrados.
Otro héroe fue Eduardo Wilde,
médico y luego escritor, testigo y cronista de la peste; fue uno de los
pocos que desde un primer momento se atrevió a ponerle el nombre
verdadero al mal, en llamarlo fiebre amarilla y en combatirlo a brazo
partido en medio de los moribundos..."