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por Manuel Zavala y Alonso
El artista no escoge el serlo, tiene la necesidad interior de serlo, está más allá de su voluntad; el ser artista es una cuestión de destino o de maldición, puede tener obras buenas y malas, finalmente su condición irreductible es la de ser artista. ¿Qué es un artista?
Es el que crea imágenes que están más allá de lo nombrable; es el que explora
las fronteras de los lenguajes y estructuras de las palabras, cuerpos, movimientos,
colores, sonidos, espacios, tecnologías, formas e historias; es el que
desarrolla discursos que señalan esto y aquello de la sociedad en proceso,
independiente de su postura política; es el que renuncia a las formas
pervertidas de mercados, marcando en su hacer, una postura de renovación
continua y no de repetición de estilos que lo lleven al éxito seguro; el ser
artista es una postura, una condición categórica en el individuo; de cierta
manera un apostolado, que se verá afectado por la diversidad de elementos de la
cotidianidad y de la manera de operar del sistema, llevándolo a elegir entre
tres opciones posibles: ser artista oficial, alternativo o marginal.
El joven que reconoce en sí su vocación de artista, primero define su área o
campo de acción, y así decide comenzar su proceso de educación a pesar de las
protestas de los padres, sean de clase acomodada o desposeída, que ven en el
artista al bohemio, al fracasado social o al vicioso; al fin, el joven se
inscribe en la escuela de artes plásticas, en la de literatura, en la de música
o en cualquiera de las demás que le den las bases para iniciar su proceso
dentro de las artes y del campo de la cultura en general. Ahí encuentra sus
primeras barreras, su primer cruce con el ogro filantrópico; escuelas
anquilosadas por programas fuera del contexto del tiempo; maestros con poca o
casi nula participación como artistas de respeto en la comunidad -salvo sus
honrosas excepciones-; tecnologías, instalaciones y recursos materiales
decadentes; y sobre todo, una estructura formativa que lo conducen más hacia el
camino del artista asimilado a la estructura del sistema, que al de ser el
artista que renueva, señala, actúa y propone nuevos horizontes.
El joven en ciernes, se da cuenta de todo esto, y es cuando inicia su saludable
proceso de rebeldía frente a todas estas condicionantes. Si tiene suerte y
logra organizarse con otros, podrá cambiar en algo esas estructuras docentes y
avanzar dentro de la escuela, si no, por seguro desertará -por rebeldía y frustración-
al poco tiempo e iniciará su producción bajo otros términos.
Aquí hay un punto importante de señalar; en estos tiempos de avalancha de
información por todos los medios, el artista joven desea incorporarse a los
nuevos lenguajes, a las nuevas tendencias, a las nuevas posturas y estilos a la
brevedad posible, y por desgracia, en su afán de renovación absoluta, descuida
la parte esencial de la formación académica, del fomento del oficio, de la
cocina de las artes, del saber el cómo hacer las cosas y aterrizar las ideas y
conceptos.
Esto nos lleva a la sentencia de que sin tradición no hay futuro, sin academia
no hay renovación, sin oficio no puede haber rompimiento de viejos estilos y
escuelas. La sabiduría del pasado es lo que hace que el artista pueda romper
con las formas, estructuras y lenguajes prevalecientes.
El joven artista empieza a formar parte de una comunidad artística y sabrá de
los placeres y sinsabores de participar en proyectos colectivos, irá probando
suerte en sus incursiones y deleitará las primeras puñaladas de traición y
admiración de sus compañeros, e igualmente se enfrentará al ogro filantrópico
que se disfraza en concursos y premios para estimular la creatividad de los
jóvenes. De esa manera el monstruo filantrópico irá detectando los artistas que
deberá cobijar, alentar y más adelante cooptar.
En esa etapa, el artista en ciernes, empezará a tomar sus decisiones sobre el
camino a seguir; si participa en concursos y premios, estará aceptando de facto
las reglas del sistema para su estímulo; si se niega a participar, habrá
iniciado la marcha hacia la alternancia o de plano marginalidad en su accionar.
Más adelante habremos de analizar las ventajas y desventajas de cada uno de
estos caminos.
Pero la vida sigue su marcha y el paso de los años le irán marcando al artista
joven y en camino a la madurez, una diversidad de circunstancias que pueden ser
mortales para su carrera como productor de arte. Estas circunstancias son:
primero, el retiro del apoyo económico por parte de su familia, después un
matrimonio, más adelante los hijos y como consecuencia el mantenimiento de un
hogar; estos elementos se aplican de una u otra manera, a los artistas hombres
y mujeres.
Pero en fin, si su vocación, por destino o maldición es lo suficientemente
fuerte, prevalecerá su compromiso de crear, no importando que tenga que
abandonar o compaginar lo que sea a fin de producir.
Ahora bien, vamos a suponer que pudo pasar la trampa mortal del desarrollo
normal de un individuo entre los veintitantos y treinta y tantos años, y que ha
podido sobrevivir a la tragedia de educar hijos, conseguir empleo, ayudar al
marido, en el caso de las mujeres, que piensa que era tan artista como ella; o
bien de que él, después de una jornada de trabajo de más de diez horas, sueña
que puede llegar al restirador por la noche, y crear la instalación,
performance, coreografía, novela, puesta en escena, pintura o dibujo más
espectacular de la cuadra, y cuando menciono el término cuadra, aludo al
término con el que los galeristas nombran a su grupo de artistas, esto es:
cuadra, como de caballos.
Ya para ese momento, estará más que definido su accionar como artista; si pudo
sortear los compromisos antes mencionados chambeando en un museo u oficina
dedicada a la promoción de la cultura, laborando en algún departamento
sospechoso de comunicación o promoción cultural de alguna secretaría que podría
ser la de agricultura; o bien, dando clases en la escuela de la cual es
egresado, o impartiendo talleres y cursos en la provincia, y soñando que algún
día su obra -ya para esos momentos menor en virtud de que no le dedica el
tiempo necesario- será reconocida y obtendrá algún fuerte presupuesto para
crear su máximo resplandor como artista; y finalmente participando en cuanto
concurso y premio le pongan enfrente, en ese momento, se habrá convertido en el
perfecto artista oficial, protegido, apapachado, y sobre todo, cooptado
tristemente por el sistema, ya sea oficial o bien de la iniciativa privada,
para ser el artista tranquilo y manso, con un buen discurso, con oficio, pero
que no incomoda a nadie y que todo mundo aplaude porque su obra es cómoda y
bella para la sociedad.
¿El artista oficial es artista? Tremenda pregunta que responder, pero en fin,
allá ellos y su mala cabeza.
Pero pasemos al segundo camino, el artista alternativo: este individuo ha
caminado su suerte como ser humano al igual que el artista oficial, pero con
más valentía, tratando de no caer en las trampas de la docencia permanente;
escapando de las chambas de tiempo completo; elaborando un discurso que está
más allá de las modas; retirándose a tiempo de concursos, exposiciones, premios
o encuentros dudosos; no escuchando los cantos de las sirenas de una familia
feliz; haciendo convivir una economía mixta de estímulos tanto privados como
oficiales; dedicándole el máximo tiempo a su obra, a fin de no menoscabar
oficio y propuesta; cultivándose con lecturas extensas a fin de reforzar su
hacer artístico; estableciendo alianzas en su comunidad y en la comunidad
cultural en general; integrándose a movimientos que tienen bases y propuestas y
alejándose de movimientos políticos y estéticos de vivales que no tienen
principios ni conceptos.
Todos esos pasos del artista alternativo, le dan como resultado una obra
vigorosa, con propuesta, con oficio, y sobre todo con calidad moral frente al
ogro filantrópico a fin de negociar lo que tenga que negociar, con tal de
fortalecer su obra y discurso como artista. Pero en el artista alternativo
también existe una trampa ética en si mismo, y es el querer convertirse a fin
de cuentas, en la otra voz que marca estéticas, grupos y mafias, esto es,
aspira a ser la otra voz oficial del sistema.
Finalmente pasemos al tercer camino, el artista marginal: este individuo desde
un principio ha sido un gladiador contra el sistema; se revela desde la escuela
contra estructuras de academia y de la sociedad en general, posiblemente ni
siquiera pasa por alguna escuela de arte; se burla de los compañeros que se
asimilan a modas, concursos, premios y estímulos sociales; abandera estéticas
marginales que hablan más de lo subterráneo y de la doliente sociedad; busca
utilizar lenguajes y técnicas de bajo presupuesto a fin de accionar su
producción; es indomable y no negocia centímetro alguno con el sistema; no le interesa
pasar a la historia en los libros de los consagrados, y finalmente, si es
verdaderamente artista marginal, no aspira jamás a convertirse en la voz
oficial marginal del ogro filantrópico. Su paso por la sociedad, será quizá el
más puro en acción tanto ética como moral, pero desafortunadamente su obra no
tendrá un impacto masivo, a menos que de el brinco por dedo y gracia del
sistema y en ese momento se convierta en artista de culto, trágico instante, ya
que dejará de tener su calidad de marginal.
Esto es, en su esencia de artista que se aleja de los mecanismos del sistema
por voluntad propia, encuentra su destino final, oscuro, poco conocido y sin
reconocimiento.
Durante estas líneas, me he referido de una manera recurrente al ogro
filantrópico, término que acuñó hace algunas décadas Octavio Paz para referirse
al estado mexicano y sus labores de filantropía; el actual sistema es el que
está compuesto por iniciativa privada y gobierno, el que promueve y difunde a
los artistas; el que crea, promociona y apapacha mafias y grupos; el que
reconoce a la diversidad de artistas con estímulos económicos; el que da foros
y estructuras museísticas; el que da teatros y espacios dancísticos; el que
edita libros y memorias que serán las bases del futuro; pero también el que
detiene iniciativas incómodas para él; el que bloquea a los individuos que no
se alinean a sus estatutos; el que es capaz desde la oscuridad de un
funcionario, aplastar la obra de uno o varios creadores simplemente por
capricho; el que impone modas y tendencias de oscura procedencia; y también,
ese ogro es el que apoya, desde diferentes trincheras, obras que pasarán a la
historia.
El ogro filantrópico no es un grupo, no es una institución en sí, no es un sólo
hombre, es el sistema, que a fin de cuentas somos todos. Todos componemos en un
momento u otro al ogro filantrópico, y su maldad y virtud está en todos, es
finalmente parte de la naturaleza mexicana. El tema del ogro filantrópico es
demasiado extenso para tratarse en unas cuantas líneas de este texto, y a
manera de conclusión, finalizo:
De cada artista depende el escoger su camino, sea el oficial, el alternativo o
el marginal, cada quien escoge su condena dentro del sistema de la mejor
manera. Eso está más allá del ogro filantrópico.
29 de mayo, 2002
Coyoacán, Ciudad de México