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NATURALIDAD DEL ARTE y artificialidad de la crítica   Lista de mensajes  
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El Matrimonio Arnolfini, Jan Van Eyck, 1434, óleo sobre tabla

Fragmento de:

NATURALIDAD DEL ARTE
y artificialidad de la crítica

(PRE-TEXTOS, 1996)

Por Ramón Gaya *

Puede, eso sí, juzgarse lo que hacemos, pero no lo que somos -y aquí es donde se encuentra el nudo de la cuestión-, pues la verdad es que la poesía, la música, la pintura, la escultura, no son en absoluto, como se ha dado por descontado siempre, actividades, las muy bellas y elevadas actividades de ciertos seres de excepción -los artistas-, sino inactiva, pasiva naturaleza carnal, animal, del hombre, del hombre... común.

No haber visto, no haber comprendido el carácter "común" del arte creador, del acto creador, es lo que más contribuye a desviarnos de su naturaleza verdadera, de su verdadera identidad, de su razón de ser, ya de por sí escondidas y misteriosas. El arte ha sido visto siempre como la meritoria inclinación de unos cuantos-de esa clase especial de hombres que llamamos artistas- y se supone que esa clase de hombres se desvive por componer unas sonatas, escribir unos poemas, pintar unos cuadros; que se las ingenia como puede para fabricar unas "fantasías", unas "bellezas" con los cuales apagar las ansias de esos otros que llamamos gustadores, amadores, consumidores; todo sucedería, pues, dentro del más perfecto mecanismo económico-social de la oferta y la demanda.

Pero la realidad de verdad es muy otra; la creación artística no es un asunto personal del artista creador, ni un asunto privado entre el artista creador y el gustador o consumidor de su obra, mas tampoco se trata de nada... social, general; lo "común" de la creación no tiene ningún estrecho carácter... socialista, sino extensamente humano.

La poesía, la música, la pintura, han sido siempre realizadas por unos pocos, sí, pero en nombre de todos. Si se hubiese tenido en cuenta que el arte creador -no el arte artístico, ya que éste sí va destinado y dado a un público- no se ha hecho jamás para unas gentes, sino en lugar de ellas, nos habríamos evitado tanta palabrería sobre arte social, o minoritario, o revolucionario, o aristocrático, o burgués, o puro, o útil, o... moderno. El arte creador, hacedor de criaturas, no se dirige a nadie ni a lugar alguno conocido; podría decirse que la creación no va a ninguna parte, sino que... viene , viene de muy lejos y muy dentro hasta alcanzar una superficie real, de la realidad. Es sumamente tonto decir que la obra de Miguel Ángel se hizo al servicio de unos papas o la de Velázquez al servicio de unos reyes; Juan Van Eyck, por ejemplo, pudo él mismo, de buena fe y con ingenua modestia, pensar que trabajaba para unos comerciantes, pero hoy sabemos que no es verdad; el retrato de los esposos Arnolfini fue emprendido, no por honesto y vil encargo, sino porque necesitaba urgentemente pintarse, realizarse; pero no se trataría de una necesidad de los Arnolfini y tampoco de una más extensa necesidad medieval, histórica, ni siquiera de una íntima necesidad del pintor como pintor, del artista como artista, sino de una primaria y tiránica energía del hombre como especie pura, bruta. Escuchar esa voz originaria, antigua, perenne, sustancial, esencial, y obedecer a ella, es lo propio del creador, pero la verdad es que esa voz suena para todos, y lo que pide -porque viene a pedir, a exigir-, nos lo pide a todos; no es una voz especialmente destinada a los artistas creadores, sino una imperiosa voz que suena para el oído total humano, aunque sea, eso sí, oscura subterránea, que se oye apenas. Es entonces cuando el creador -ese vívido hombre común a quien después llamaremos creador- da un paso decidido, decisivo, hacia delante, y se destaca a pesar suyo de los demás, de todos esos demás que también son creadores, pero creadores mudos, sordo-mudos; es entonces cuando, pasivamente, el creador se decide a tomar en sus manos la enigmática acción creadora. Pero lo que hace no lo hace para sí -¡qué tontería!-, ni para los otros, sino porque... tiene que ser hecho sin remedio, porque ha de estar haciéndose continuamente, perennemente, y los demás, al parecer, viven distraídos, ofuscados. No es tanto que Fidias, Juan Van Eyck, Miguel Ángel, Cervantes, Velázquez, San Juan de la Cruz , Shakespeare, Rembrandt, Mozart, Tolstoi, hayan hecho esas obras que sabemos, como que nosotros, los demás, los demás comunes mortales hemos dejado de hacerlas; aceptando ellos, humildemente, pasivamente, ser los autores de esas obras -esas obras que no son obras, sino criaturas-, nos han dispensado de tener que llevarlas a cabo nosotros, ya que se han prestado a realizarlas en su propio nombre y en el nuestro, pues en esos instantes impersonales de la creación, de la creación absoluta, nos representan.

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* Ramón Gaya (1910-2005) Pintor y escritor español

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El Matrimonio Arnolfini, Jan Van Eyck, 1434, óleo sobre tabla Fragmento de: NATURALIDAD DEL ARTE y artificialidad de la crítica (PRE-TEXTOS, 1996) Por Ramón...
Adriana Villagra
adrianavil7
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8 de May, 2008
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