A propósito de la muestra de la artista guatemalteca Regina José Galindo. Otra nota relacionada con su muestra publicada en Clarín es la siguiente:
Una obra de arte que consiste en "morir" y ser
reconocida
Sedada y desnuda, la prestigiosa artista guatematelca hizo
pensar en la muerte.
Enlace de la nota
http://www.clarin.com/diario/2008/08/05/sociedad/s-01730300.htm
Todo lo que se supone "arte"
Regina José Galindo yace inmóvil, narcotizada, sobre una camilla. La
gente que va a ver esa muestra de arte en Córdoba se aproxima a su
cuerpo apenas cubierto por una sábana y espía, formando ya parte de una
escena macabra en la que se reconoce la muerte.
Regina
José Galindo es una singular creadora guatemalteca que cuenta que lo
que se propone es recrear el acto de los reconocimientos de los
cadáveres, tan frecuentes en las eternizadas violencias de su país. En
el 2005 ganó el León de Oro de la Bienal de Venecia con un video que
mostraba la operación por la que le reconstruían el himen.
Regina
José Galindo cree que es una artista, como lo sostienen el caballero
que filmó cómo se moría un perro de hambre y lo exhibió y la francesa
que grabó en video la agonía de su madre y que hace poco visitó el país.
Hace
años los expertos discuten si estas piruetas tan rutilantes significan
una manifestación artística o una forma mediática más. Lo que resulta
confeso y manifiesto es que la intención es la de llamar la atención
--a veces por el escándalo, siempre por la transgresión-- sobre un
asunto o un tema de actualidad.
Es cierto que a veces el arte
--e incluso el grande: pensemos en "Guernica" de Picasso-- ha echado un
grito de luz sobre cierta realidad. Pero también es verdad que cuando
ese gesto adquiere la misteriosa categoría de arte es porque pasa a ser
algo más que una forma de discurso. Es decir, no consiste en emitir,
por otros medios, una opinión más sobre la realidad de las cosas.
"Baco",
de Caravaggio; "Madonna con el Niño", de Duccio; "Ventana abierta", de
Henri Matisse; "La Anunciación", de Fra Angélico; "Las señoritas de
Avignon", de Pablo Picasso, o "Figuras en la terraza", de Lino Enea
Spilimbergo, para dar algunos ejemplos ejemplares, son mucho más que
una interpelación o una incitación a quienes contemplan. Son como
fragmentos de maravilla echados a andar por el mundo, dignos de
competir con la atónita observación de las estrellas, con el susurro
del río o las casi voces de un bosque agitado.
Quizá por eso, a
diferencia de los experimentos tan personales Galindo, esas obras que
no nos quieren persuadir ni conquistar para ninguna causa nos seguirán
hablando, mudas, según pasen los siglos.