Me pasó el otro día después de ver 1408. La peli me gustó mucho, pero me quedé pensando: «Joder, la que tienen que liar a base de ruido y efectos especiales para darte un par de sustos y desorientarte a golpe de giro de espacio y de tiempo ilógico».
Por algún motivo que desconozco, salí del cine no con ganas, sino con la necesidad de abrir cualquier antología de M.R. James, el anticuario que inventaba cuentos de miedo para las noches de Navidad victoriana y familiar y que creó algunos de los relatos más espeluznantes del género casi sin proponérselo.
Pues a eso me refiero. A que de tarde en tarde merece la pena volver a aquellas historias ya casi ancestrales venidas de un tiempo en que, llegada la noche, sólo quedaba la llama de los candelabros o del gas. Y entonces se narraban historias de aparecidos, de habitaciones vacías en mansiones medievales de la campiña inglesa, de cadáveres que cambiaban de rostro, del Diablo encarnado en un hombre negro que se paseaba por los cementerios de Escocia seguido por una bandada de cuervos, de espíritus que tomaban los cuerpos de los muertos para volver a la luz, de silbatos que tienen la propiedad escalofriante de llamar a los que ya están al otro lado, de sótanos secretos, de ladrones de cadáveres, de desventurados que encuentran su futuro descrito en los grabados de una tumba escandinava, de edificios donde las habitaciones y los pasillos cambian de lugar como si estuvieran vivos, de castillos alemanes habitados por presencias intuidas que jamás se revelan ante los vivos.
El regreso a todas estas cosas y más pide el cuerpo de tanto en tanto. Y aunque no soy para nada un experto en el género, me permito recomendar especialmente dos novelas cortas que creo que no son demasiado conocidas: Un fantasma enamorado, de Vernon Lee, y Monsieur Maurice de B. Amelia Edwards. La primera es un relato de fantasmas sin fantasma. Un prodigio de atmósfera y composición psicológica habitado por sugerencias y silencios en un escenario alucinante. La segunda no es de miedo, pero la autora nos hacer ver el mundo a través del prisma de una niña de nueve años, así como su relación con un prisionero de guerra francés y con una presencia sobrenatural como telón de fondo. Y aunque pueda sonar chorra, no existe un despliegue de fantasía más inmenso que el de este mundo tan normalucho en el que vivimos visto por los ojos de un niño.
Así que nada, como parece que en el futuro se avecina una arremetida de terror nacional con nombres y apellidos de mucho peso, ¿por qué no ir preparándose volviendo a los tatarabuelos del miedo?
La puerta del desván espera entreabierta.
“Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”, dejó dicho James Dean. Y todo lo que tocó o dejó, se convirtió en oro. Sin embargo, no tenía Internet a mano, ni webs como eBay. Todo lo contrario que a Heath Ledger. 


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