Amigos,
Quiero compartir con ustedes este relato que hace el poeta y
astronomo aficionado Juan Meneguin sobre su tio,
Jorge Andrés Ferrier (LU4JC-SK).
Saludos,
Marcelino - LU7DSU
-------- Mensaje original --------
Yo tuve un tío, hermano de mi madre y mayor que ella,
que siempre cuando llegaba --generalmente con tal don
de la oportunidad pues lo hacía en medio de un gran
caos de enojos y discusiones--, anunciaba con voz
tonante: Alegráos y regocijáos!
Inmediatamente todas las voces destempladas cambiaban
de modulación, las miradas de láser lo apuntaban como
fusileros SWAT y acto seguido pasaba a ser el centro
anticiclónico de las furias que quedaban por
descargar. Los platos volvían solos a la alacena, los
tenedores se enderezaban, los libros repetían las
lecciones que no aprendíamos y el perro desaparecía de
tal modo que había que buscarlo hasta arriba del
techo.
Mi tío, que se llamaba Jorge pero le decíamos Pipo,
era de alguna forma el modelo incompleto del tío que
todos deseamos pero nadie debería tener. Hablaba de lo
que en casa no se hablaba, consentía los hobbies
infantiles, siempre andaba atrás de algún invento
estrafalario o reparando el dínamo de la Royald
Enfield 500 que tenía de 0Km. Y salir a dar una vuelta
en esa máquina modelo 1949 era la invitación
más fantástica que podríamos recibir, aunque al
regreso, el laser nos estaba esperando desde la
esquina, bien afinado, para perforarnos hasta el alma.
Hombre piadoso y fervoroso que tuvo 11 hijos, les
enseño a 5 de ellos al arte del código morse, porque
decía que algún día podrían trabajar en el correo o el
ferrocarril. Cada uno tenía un manipulador chiquito,
"made in casa" y él uno lateral que había comprado
segunda mano. Entrar al medio día a su comedor era
hacerlo a una fiesta de alborotos de tenedores contra
vasos y cuchillos contra jarras, que más parecía una
jam session que un diálogo infernal de cristales
sacudidos por el estropicio de los punto-barra punto
punto barra barra, tira dira tirá dirá. Eran los
almuerzos de los códigos distintos donde nadie
absolutamente nadie te llevaba el apunte, los ojos
perdidos en la pared mientras sucedía el zafarrancho
morsístico y las sopas seguían enfriándose en los
platos.
Pipo era el fiel representante de esa clase de hombres
que ya no existen. Formado a los ponchazos, con apenas
la escuela primaria hecha, intentó vivir de un taller
de armado de bicicletas pero se fundió; intentó vivir
de un taller de armado de radios, pero se fundió, y
terminó de obrero electricista en un frigorífico hasta
una madrugada en que la Enfield no pudo luchar más
contra el arenal del camino y lo sacó afuera. Cayeron
ambos y Pipo ya no pudo levantarse hasta que salió el
sol y lo encontraron enredados en los cables y casi
congelado en las escarchas del pasto, con la moto
encima, todavía haciendo puf-puf puf-puf.
Se refugió entonces en su taller, el QTH, de donde
salía a veces para anunciar: "anoche salvé un mickey
mouse en el Indico", o "la encontramos a Shila,
perdida en Bangkok, los padres la van a buscar desde
Darwin, Australia". No sé qué recuerdo guardo de estos
anuncios, si credulidad o fantasia o qué. Pero yo
entraba silenciosamente y siempre lo encontraba
claveteando una postal de China o Kuala Lumpur, Viena
u Oslo, Michigan o Honolulú, y entonces era como si
cayera en las selvas de Sandokán o me fuera otra vez a
las 20.000 leguas de Julio Verne, mientras las
radiofrecuencias se ponían radiantes, las válvulas
alcanzaban una temperatura de punto caramelo, los
capacitores estaban gordos de electrovoltios, y por
los parlantes salía un concierto de música
electroacústica que sonaba mejor que los violines de
Zagreb: "Aquí Radio Moscú internacional transmitiendo
en la banda de 49 metros" o los primeros tonos de las
campanas del Big Beng traían cierta tranquilidad
ideológica y una voz de teatro anticipaba "good night,
ist the British Broadcasting Corporation". Y Pipo
entonces manejaba los controles del Ströemberg-Carlson
y el receptor Telefunken buscando el código Q que
alertara de un C3 Dakota en picada, un meremoto en
Valdivia, o la reaparición de un viejo amigo perdido
hace años en el infinito de las hertzianas.
Hasta la madrugada que la Royald Enfield no pudo más y
ella y él se fueron a la barranca. Y como una pareja
fiel, comenzaron la lenta e inexorable declinación y
ya no hubo tanto morse ni barcos fantasmas
reencontrados ni misterios en las islas Aleutianas. Y
todos nos fuimos quedando como más silenciosos, más
creciendo en la edad, y más estúpidos.
Y ya no pudimos volver a regocijarnos, ni alegrarnos.
Esta tarde en que llueve tanto otra vez, un destello
como de fuegos de San Telmo pone luz en una lejana
antena de radio. Y me acuerdo.
juaneme