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Para los señores chinchilleros y demás abusadores de animales   Lista de mensajes  
Responder | Reenviar Mensaje #17997 de 23490 |

Capture a un inocente, luego cóbrele a un tonto
Luciano Bonfico Sept. 2004 - veganismo@yahoogroups.com

¿Cómo es posible hablar siquiera de comprar y vender un animal como
quien habla de comprar y vender un mueble, sin que nuestras mejillas
engranen de rubor y nuestro corazón encoja de vergüenza? ¿De qué
material maligno, de qué nauseabunda premisa, de qué inconcebible
abismo donde chapotean la usura más bastarda y la indiferencia más
estúpida puede provenir semejante auto-atribución de derechos de
parte de un simple ser humano? El mismo zampatortas sin agallas que
no se atreve a estornudar demasiado fuerte por temor a un
escrache "progre", se vuelve de pronto acometedor y valiente cuando
se trata de abusar de los débiles. ¿De dónde, entonces, le vendrá a
este ser asustadizo y tímido, burgués de tomo y lomo por donde se le
mire, semejante brío para la acción de capturar y esclavizar, y
semejante desprecio por la vida ajena? Lo más curioso es ver luego a
ese mismo insensible capturador aleve enjuiciar los pasados racismos
y sollozar mecánicamente, obedientemente, cuando el fariseo que hay
en él se topa con una fotografía de un campo de concentración o
cuando le mencionan a los desaparecidos de la última dictadura
militar... Le vemos también hacer el personaje, escrito por otros
(porque todo en su vida es, al fin y a la postre, un mandato de
otros), de celoso custodio de los derechos humanos... Le vemos hacer
tantas cosas a este simulacro de hombre... Le vemos, por ejemplo,
obrar con tanta mala fe y parejo disimulo, que sólo contemplarle
mientras rema en su vida nos sugiere un sinfín de interrogantes. Y
la respuesta a todos estos interrogantes es bien sencilla: esa
intempestiva y fácil sensación que le domina de poder hacer a otros,
indefensos e inermes, lo que calificaría de brutalidad asesina en
caso de ser él mismo la víctima o alguien perteneciente a alguno de
los grupos de poder que él teme, le viene siempre de la misma región
de donde son oriundos todos los atropellos: la región de la
impunidad. Captura, esclaviza, mata, compra y vende animales porque
la ley se lo permite, porque no ve en ello riesgo alguno, porque la
norma consuetudinaria lo apaña, porque el poder adquisitivo del
mercado lo instiga y porque su cobardía moral le impele a jamás
enterarse de nada. Vive y vegeta en una sociedad liberal donde le
han asegurado de pequeño que es el rey de la Creación y válido
morador de una cima de civilización a la que llama, con solemnidad
estúpida, Occidente... ¿Cómo semejante cabeza hueca no ha de ser
presa del espejismo, vano igual que él, de tener derecho a todo, de
que todo sea lícito a su capricho y de que todo tenga un precio en
este mundo? Sería un milagro que un ser tal, maleducado por una
sociedad que necesita maleducarlo para luego mejor manejarlo, diera
en comprender que cualquier derecho que esté dispuesto a ejercer
sobre otro debe augurar la correlativa disposición a que otro lo
ejerza sobre él. Ninguno de los defensores históricos de la
esclavitud como un beneficio social se ofreció jamás a beneficiarse
él mismo con ella en calidad de esclavo... De este modo, consentido
y apañado por el mismo marco jurídico y moral que lo engaña y lo
explota bajo el pretexto de liberarlo, sólo cederá su afán de
apoderamiento ante la eventualidad subsecuente de recibir, en pago
de las ofensas por él inferidas a la naturaleza y a los seres que en
su seno habitan, idénticas ofensas en su propia carne. Entonces
estemos seguros de que clamará porque alguien lo defienda, y
levantará los ojos al cielo pidiendo socorro a su asqueroso Dios
tribal judaico-cristiano, que en la Biblia ha barrido de antemano
todos sus escrúpulos de conciencia asegurándole que cuanto camine,
vuele o nade en la Tierra, camina, vuela y nada a su servicio. Si un
oso matase a su vecino, nuestro malcriado niño-hombre derramaría
lágrimas ofendidas ante un ataque tan cruel y artero, y pediría a
gritos que el ejército y que la gendarmería y que todos los cuerpos
de poder coactivo de que dispone el Estado vinieran en su auxilio
rápida y eficientemente. Y puesto que sospecha, y sospecha con
acierto, que tales poderes sólo le defenderán, llegado el caso,
mientras él esté dispuesto a sostener la parodia institucional de
esta sociedad liberal, hará cuanto le manden que haga y llorará
cuánto le manden que llore allí donde los amos ocultos de esa
sociedad, los amos del dinero, le manden hacerlo.
Por eso vemos a este repulsivo aborto humano, incapaz de opiniones
propias y de la mínima clemencia hacia un animal, estallar en
lamentos de indignación gregaria apenas el mismo poder que ampara
sus infamias comerciales le manda estallar en lamentos e indignarse.
Por ejemplo, nuestro miserable dirá muy suelto de cuerpo que le
asiste el derecho a comprar, a encerrar, a exhibir y a vender
animales, en legítimo ejercicio de sus derechos constitucionales.
Pero si alguien le hiciera notar que el mismo derecho al legítimo
ejercicio de traficar, sólo que mercancía humana, asistía a sus
antecesores esclavistas de hace siglo y medio, entonces se
disfrazará por unos cuantos minutos de ciudadano colérico y repetirá
a los cuatro vientos que aquella sociedad nada sabía de derechos, y
que, por suerte, él vive en otra muy distinta, donde Amnesty
International y las Madres de Plaza de Mayo vela por ellos. Dirá que
no es lo mismo la esclavitud de un ser en cuatro patas que la de un
bípedo implume, ciudadano de una república y activo contribuyente de
las arcas federales. Con lo cual evidencia que lo ingrato, a sus
ojos, no es la idea misma de esclavitud sino quién la padezca.
Mientras la padezca un débil ente extra-jurídico, él como si tal
cosa. Los tartufos del pasado, cuyas filas este imbécil engrosaría
en caso de haber nacido antes, aseguraban que el negro y el indio no
eran sujetos jurídicos, e incluso que carecían de alma (como hoy se
sostiene que carecen de alma los animales), de modo que era lícito
hacer con ellos lo que el buen sentido comercial aconsejara... Claro
está que hoy dirán que aquello fue un lamentable error y que la
humanidad ha progresado mucho desechando la esclavitud. ¡Oh sí! ¡La
humanidad ha progresado tanto! Tengamos por seguro que si aquel
mismo tráfico redituase nuevamente los porcentuales de ganancia que
redituó en aquel momento, los poderes del lucro y del comercio que
dominan Occidente encontrarían, y bien a prisa, argumentos a granel
que legitimasen jurídica y moralmente su nueva puesta en marcha.
Hollywood nos regalaría con seis o siete películas al año
mostrándonos entre lagrimones de mal gusto y argumentos
políticamente correctos que, ¡caramba baby!, eso de que la
esclavitud está mal es un prejuicio pasado de moda del que hay que
desembarazarse si quieres estar "in". Simpáticos, entradores y
musculosos muchachos románticos y ojiclaros surcarían las rutas
yanquis en motocicleta en películas Technicolor, acarreando de una
ciudad a otra jaulas brillosas y desinfectadas con simpáticos
negritos dentro; negritos adorables a primera vista, negritos de
dientes perlados que analizarían democráticamente la vida mientras
viajan de un episodio a otro, apretados pero no apretujados en
amable connivio con otros negritos, y al final de cada película o de
cada capítulo serial veríamos emocionados cómo el negrito
protagonista agradece el edificante trayecto de ciento diez minutos
al musculoso de marras, tras haber desbaratado ambos solidariamente
(el negrito junto al noble muchachito musculoso al comando de la
motocicleta) los intentos antidemocráticos de algún otro negrito
díscolo que quiso abrir la jaula, aconsejado -vaya a saber- por
algún nazi sobreviviente y polizón en la libre América... Los
intelectualoides a salario por línea publicada escribirían libros y
ensayos burlándose de esos represores fascistas que defienden a los
negros "pero nada dijeron de Auschwitz"... Los aparatos culturales,
gigantescos y bien pagos, organizarían mesas redondas con
formulaciones tales como "¿es acaso beneficioso para un negro andar
suelto?", o "¿pueden proliferar sin tasa los negros?", o "¿en verdad
le duele el brazo a un negro cuando le clavan un alfiler?". En fin,
nuestro hipocritón defensor de la libertad de comercio se siente
protegido en medio de una telaraña sistémica que le permite todo
menos cuestionar la telaraña -ni hablar de cuestionar a la araña...
Muy bien. Digámoslo alto y claro: a los hombres y mujeres decentes
nos importa un pito seco lo que digan las leyes, porque es bien
evidente, para quien haya estudiado historia, que las leyes han
dicho y dicen cosas distintas en épocas distintas. Nuestra
obligación para con los animales no se altera un ápice con la
excusa, propia de pequeño-burgueses de panza llena, de que las leyes
digan esto o digan lo otro. Quien se siente honrado y valeroso se
siente también, siempre y en todo lugar, por encima de las leyes, a
las que concibe como meras contingencias; del mismo modo en que es
mera contingencia para él tener paraguas si no está lloviendo...
Usaré mi paraguas cuando llueva, del mismo modo en que usaré y
respetaré a nuestras leyes cuando parejamente respeten éstas la vida
de mis hermanos. Pues bien claro está que si mañana aprueban
nuestros papanatas a sueldo del Parlamento una ley que nos mande
almorzar a nuestros hijos, yo no voy a respetarla; y me reservaré,
incluso, el derecho a resistirla y a aconsejar a grito pelado que
todos los hombres y mujeres decentes la resistan. Si una ley me
manda, como hoy me manda, hacer distingos entre un tráfico legal y
otro ilegal de animales, yo y todos los hombres decentes diremos que
es una ley patibularia y tan digna de respeto como otra que me
dijese que hay asesinatos legales e ilegales (porque la vida humana
es valiosa pero hay vidas humanas más valiosas que otras, ¿no es
cierto? Porque para nuestros popes mediáticos un atentado
fundamentalista es siempre asesinato, pero nunca lo es un bombardeo
de represalia). Un animal en cautiverio es una cachetada en la
mejilla de los hombres plenos que aspiramos a ser. Que la ley
autorice a tratarles como meras mercancías, susceptibles de
languidecer y morir durante su transporte a centros de
comercialización, es algo que hiela la sangre y desaloja de la mente
cualquier otro conato excepto el de rebelarse. El tráfico "ilegal"
de animales mueve más de 4.000 millones de dólares por año, cifra
sólo rebasada por el contrabando de armas y el narcotráfico. Pero
que sea ilegal a nosotros no nos calma la conciencia; y no es que a
otros se las calme sino que sencillamente no la tienen... Ha llegado
el momento de que los hombres y las mujeres dignos de la vida
abandonen su papel contemplativo, que sólo es digno de la muerte, y
decidan de una vez por todas pasar a la acción directa.
Estos animales arrastran una vida de penurias sin nombre. Se les
encierra en pequeñas jaulas con fines de exposición pública. A
menudo, estas jaulas se hallan expuestas a tempestades climáticas, o
bien encimadas una sobre otra, con lo cual sus moradores se
encuentran separados sólo por la fina banda de unos cuantos hierros
trasversales; los que están arriba defecan sobre los que están
abajo. La usual falta de limpieza es un hecho tan extendido en la
mayoría de estos comercios como el encierro y el consiguiente
maltrato son su común denominador. Ni siquiera en el caso de jaulas
relucientes y esterilizadas y ni siquiera en el caso de un
ostensible buen trato hacia los animales de parte del comerciante
nos inclinaría a admitir lo inadmisible: el comercio en sí mismo de
animales. Arrancados de su medio ambiente, confinados en ciudades
que no les son propias, pájaros sin espacio para extender sus alas
agonizan días tras días, mientras otros animales caminan de aquí
para allá agobiados por el aburrimiento que en cualquier ser vivo
provoca la imposibilidad de desplegar a pleno sus energías. Más aún,
¿qué pasa con esos cachorros que no son vendidos? ¿Qué pasa cuando
han dejado de ser esos graciosos y juguetones objetos de
contemplación?, ¿dónde termina su vida? Sincerémonos y atrevámonos a
mirar sin anteojeras por entre los barrotes de esa tienda
de "mascotas". Tu mirada va a chocar con otras miradas, tus ojos con
otros ojos; sólo que los tuyos mirarán con curiosidad y los otros
con tristeza, con desesperanza, con súplica.






Lun, 1 de Nov, 2004 3:09 pm

frutariano
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Capture a un inocente, luego cóbrele a un tonto Luciano Bonfico Sept. 2004 - veganismo@yahoogroups.com ¿Cómo es posible hablar siquiera de comprar y vender...
luciano bonfico
frutariano
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1 de Nov, 2004
3:15 pm

En Barcelona, España, prohibieron la venta de animales en tiendas. Seria una buena iniciativa a copiar en Buenos Aires. Se puede enviar mails a la Legislatura...
Paola
paoliina
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5 de Nov, 2004
5:55 am

Me gusto mucho tu inicitaiva, re da esse proyecto... A ver si nos ponemos las pilas y lo intentamos. Besos y abrazos xLau Paola <paola_pannucci@...>...
xLau
primavera_la...
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5 de Nov, 2004
6:34 pm
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