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Etología

Cuando lloran los elefantes

Fecha de publicación: 1-1-2005

Revista: The Ecologist para España y Latinoamérica

Jeffrey M. Masson y Susan McCarthy son los autores del excelente libro “Cuando lloran los elefantes” (Ediciones Martínez Roca). Resumimos en estas páginas, con explícito permiso de la editorial, el prólogo que Masson escribió para su propio libro. En él, aborda, sobre todo, la necesidad de superar los prejuicios que llevan a muchos científicos ortodoxos a tildar de “antropomorfistas” a aquellos otros investigadores de la conducta animal que hablan de “sentimientos”, “sensaciones”, “estados de ánimo”...

Se dice que el elefante indio llora a veces
Charles Darwin


Los animales lloran. Al menos vocalizan el dolor o la angustia, y en muchos casos parecen pedir ayuda. La mayoría de la gente cree, pues, que los animales pueden ser infelices y también que tienen sentimientos primarios como la felicidad, la cólera y el miedo. La persona normal y profana en la materia cree que su perro, su gato, su loro o su caballo siente. No sólo lo cree, sino que las pruebas de ello están constantemente ante sus ojos. Todos sabemos anécdotas extraordinarias de animales que conocemos bien. Pero sobre este asunto hay una distancia tremenda entre el punto de vista basado en el sentido común y el de la ciencia oficial. Gracias a una preparación rigurosa y a grandes esfuerzos mentales, la mayoría de los científicos modernos (en especial, los que estudian la conducta de los animales) han logrado ser casi ciegos ante estas cuestiones.

ANIMALES EMOCIONALES
Mi interés por las emociones de los animales nació de experiencia que tuve con ellos (algunas traumáticas, otras profundamente conmovedoras), así como de la opacidad y la inaccesibilidad de los sentimientos humanos en comparación con la pureza y la claridad sin diluir que a veces encontré en los de mis amigos animales, en particular en los que se encontraban en estado natural.. En 1987 visité en el sur de India una reserva de animales conocida por sus elefantes. Una mañana, a primera hora, salí con una amiga pasear por la selva. Llevábamos recorridos unos dos kilómetros cuando tropezamos con una manada de elefantes, entre los que había algunas crías, que pacían tranquilamente. Mi amiga se detuvo a una distancia prudente, pero yo me acerqué un poco más y me detuve a unos seis metros de ellos. Un elefante de gran tamaño me miró y sacudió las orejas. 
Yo no sabía nada de elefantes, así que no me di cuenta de que el movimiento de las orejas era una advertencia. Con la tranquilidad que nace de la ignorancia, como si estuviera en un zoológico o en presencia de Babar o de algún otro elefante de un libro de cuentos, me dio la impresión de que había llegado el momento de comunicarme con los elefantes. El elefante barritó y durante un segundo pensé que era su forma de responder a mi saludo. El animal se volvió de pronto, con una agilidad sorprendente, y cargó en midirección y entonces vi claramente que no participaba de mis fantasías sobre los elefantes. Vi con horror que aquel animal de dos toneladas avanzaba a toda velocidad hacia mí. No era bonito ni se parecía a Ganeza. Di media vuelta y huí a todo correr.
Sabía que el peligro era muy cierto y me daba cuenta de que el elefante estaba cada vez más cerca. Pensando que correría menos peligro si me encaramaba a un árbol, me dirigí a una rama inclinada y di un salto. La rama estaba demasiado alta. Corrí alrededor del árbol y me interné en una extensión de hierba alta. Sin dejar de barritar amenazadoramente, el animal rodeó el árbol y me siguió de cerca. Estaba claro que pretendía verme muerto, derribarme con la trompa y pisotearme. Pensé que me quedaban sólo unos segundos de vida y casi me volví loco de miedo. Recuerdo que pensé: “¿Cómo has podido cometer la estupidez de acercarte a un elefante salvaje?”. Tropecé y caí entre la hierba alta.

ESPACIO INVADIDO
Al perderme de vista, el elefante se detuvo. Alzó la trompa y olfateó el aire, buscando mi rastro. Por suerte para mí, la vista de los elefantes es bastante deficiente. Comprendí que lo mejor que podía hacer era no moverme. Después de un buen rato, el animal se volvió y salió corriendo en dirección contraria, buscándome. A los pocos instantes, me levanté sin hacer ruido y, temblando de pies a cabeza, volví al lugar desde el cual mi amiga había contemplado con horror todo el episodio, convencida de que iba a ser testigo de mi muerte. De haber poseído un conocimiento rudimentario sobre elefantes, no hubiese corrido ningún riesgo: una manada con crías pequeñas presta atención especial a los peligros; a los elefantes no les gusta que invadan su espacio; el sacudir las orejas es una advertencia directa. El encuentro no fue más que una proyección de mi propio deseo de que un elefante en libertad quisiera conocerme.
Fue un error pensar que podía comunicarme con un elefante desconocido en aquellas circunstancias. Sin embargo, el animal se comunicó muy claramente conmigo: estaba furioso y yo debía irme. Creo que esto es una descripción realista de lo que ocurrió.
A diferencia de los animales, las emociones de las personas a menudo son distanciadas. Por ejemplo, yo experimento emociones agudizadas en sueños (cólera, amor, celos, alivio, curiosidad, compasión), con un grado de intensidad que no tiene paralelo en estado de vigilia. ¿A quién pertenecen tales emociones? ¿Son mías? ¿Son lo que imagino que es un sentimiento? En el sueño no hay nada abstracto en ellas: siento un amor extraordinario, siempre por personas a las que amo realmente, sólo que no tanto. En mi condición de ex psicoanalista, pensé que eran sentimientos que había suprimido en mi vida diurna y que sólo tenía acceso a los sentimiento reales en mi vida nocturna. Pensé que los sentimientos eran reales, sólo que el acceso a ellos estaba bloqueado. Los sentimientos siempre estaban presentes, pero sólo podían hacerse conscientes en ciertos momentos en que alguna parte de mí bajaba la guardia, estaba dormida, por así decirlo. Era necesario burlar mi ego, flanquearlo, y allí estaban esperando, puro, sin mancha, preparados. ¿Era posible que los animales tuvieran más acceso al mundo de los sentimientos que en gran parte le era negado a mi yo en estado de vigilia?

EMOCIONES EMOCIONANTES
Cuando estudiaba psicoanálisis, descubrí que en realidad a los psicoanalistas no les interesan tanto las emociones. O, mejor dicho, que su interés no iba más allá de interpretar el significado de una emoción para la psique o de analizar si una emoción era apropiada o no. Pensé que ser o no apropiado era una categoría ridícula. Las emociones sencillamente eran. Asimismo, parecían acudir espontáneamente. Eran visitas misteriosas, difíciles de atrapar. A veces me parecía sentir algo durante sólo un segundo, pero luego desaparecía y era imposible volver a sentirlo. A veces me despertaba en plena noche y recordaba un sentimiento que había tenido una vez y experimentaba una especie de sensación de pérdida.
Según dicen, el psicoanálisis se ocupa de los sentimientos, en particular de los sentimientos profundos. Para los psicoanalistas, la esencia de una persona no es lo que piensa o lo que consigue, sino lo que siente. La pregunta habitual, casi humorística, que hace el terapeuta, “¿Qué le hace sentir eso?”, resultó ser arquetípica y difícil de contestar. No siempre lo sabemos, y de ello nace el concepto (en los comienzos de la obra de Freud) de las emociones inconscientes, a las cuales se nos niega el acceso. El primer objetivo del psicoanálisis era hacer el inconsciente consciente e iba dirigido a crear conciencia de los sentimientos, a hacer que las emociones sumergidas aflorasen a la superficie. Sin embargo, los tratados de psicología apenas se ocupaban y se ocupan de la cuestión de las emociones en los sueños.
Lo que me fascinó de los animales era que parecían tener fácil acceso a sus emociones. Me pareció que ningún animal necesitaba soñar para sentir. Demostraban sus sentimientos de manera constante. Si los molestas, no vacilan en demostrarlo. Si a un gato le gusta lo que le haces, ronronea y se frota contra tus piernas. ¿Qué puede parecer tan satisfecho como un gato? Un perro menea la cola porque se alegra de verte y su alegría parece más sincera que la de cualquier ser humano. ¿Qué podría parecer tan feliz como un perro? ¿Hay algo capaz de parecer tan pacífico como una vaca? ¿O se trata meramente de proyecciones humanas?
De niño yo tenía un pato que parecía tomarme por su madre. Me seguía a todas partes. Una vez, al irnos de vacaciones, un vecino se ofreció a cuidar de él. Al volver, pregunté ansiosamente cómo estaba mi pato y el vecino contestó: “Delicioso”. Aquel día me hice vegetariano. Todavía soy incapaz de comer algo que tenga ojos. El reproche es demasiado profundo.

PERROS SINTIENTES
Me encantan los perros; siempre he visto claramente que llevan una vida emocional intensísima. “No, Misha, nada de pasear ahora”. “Qué?”. Las orejas se levantaban. “He oído bien?”. “Lo siento, Misha, pero no”. Inconfundible, Misha agachaba las orejas y se tiraba al suelo. No cabía duda de que su decepción era total.Igualmente claros eran la intensa dicha que sentía al decir yo. “De acuerdo, trae la correa, vamos a dar un paseo”, y el placer que sentía Misha al pasear, al adelantarse corriendo para perseguir alguna hoja, al volver luego sobre sus pasos, al salir disparado hacia el interior del bosque y aparecer nuevamente delante de mí. La satisfacción cuando volvíamos a casa, encendíamos la chimenea y yo me sentaba a leer y él descansaba a mi lado, su cara apoyada en mi rodilla, era igualmente visible. Cuando se hizo viejo y ya no pudo andar tan bien como antes, yo casi podía verlo visitando con la imaginación los escenarios de su vida anterior. ¿Nostalgia, en un perro? Bien, ¿por qué no? Darwin opinaba que era posible.
En su libro la expresión de las emociones en los animales y en el hombre, Charles Darwin se había atrevido a imaginar la vida consciente de un perro: “Pero, ¿podemos sentirnos seguros de que un perro viejo dotado de excelente memoria y de cierta imaginación, como indican sus sueños, nunca reflexiona sobre los placeres que sintió al cazar? Esto sería una forma de conciencia propia”. De manera aún más evocadora preguntó: “¿Quién puede decir lo que sienten las vacas, cuando rodean a una compañera moribunda o muerta y la contemplan atentamente?”, Darwin no temía hacer conjeturas sobre campos que requerían más investigación.
Otra razón por la cual empecé a pensar con cierta profundidad en las emociones de los animales era la experiencia común de visitar un parque zoológico. Todos hemos visto la expresión de tristeza y desamparo en la cara de un orangután, los lobos que caminan nerviosamente arriba y abajo, los gorilas sentados sin moverse en absoluto, desanimados, o quizá es que han abandonado toda esperanza de ser libres algún día.
Un libro fundamental para mi pensamiento relativo a las emociones de los animales fue The Question of Animal Awareness, de Donald Griffin. Atacado en muchos ámbitos cuando se publicó en 1976, el libro sugería la posibilidad de vida intelectual en los animales y preguntaba si la ciencia era justa al examinar el conocimiento y la conciencia de los animales. Si bien Griffin no se ocupó de ellas, dijo que las emociones eran un campo que había que investigar. El libro era convincente y apasionante desde el punto de vista intelectual y despertó en mí el deseo de leer una obra equiparable sobre las emociones de los animales, pero me encontré con que casi no había ninguna investigación de la vida emocional de los animales en la literatura científica moderna.

¿ANTROPOMORFISTAS?
¿A qué era debido? Una de las razones es que los científicos, los estudiosos de la conducta de los animales, los zoólogos y los etólogos temen que los acusen de antropomorfismo, lo cual equivale a una blasfemia en el mundo científico. Las emociones de los animales no sólo no son un campo de estudio respetable, sino que las palabras asociadas con las emociones no deben aplicarse a ellos. ¿Por qué es polémico hablar de la vida interior de los animales, de sus capacidades emocionales, de sus sentimientos de dicha, decepción, nostalgia y tristeza? Jane Goodall ha escrito recientemente sobre su labor con chimpancés: “A principios de los años sesenta, al utilizar sin tapujos palabras como ‘infancvia’, ‘adolescencia’, ‘motivación’, ‘excitación’ y ‘estado anímico’ recibía muchas críticas. Peor crimen todavía era sugerir que los chimpancés tienen ‘personalidad’. Me acusaban de atribuir características humanas a animales no humanos y, por ende, de ser culpable del más grave de todos los pecados etológicos: el antropomorfismo”.
Ávido de aprender de modo más sistemático cosas sobre las emociones de los animales, me encontré con que el libro que quería leer aún no se había escrito. En vista de ello, me puse a estudiar informes sobre animales en particular.
Entre las primeras personas a las que pregunté sobre la vida emocional de los animales había investigadores que trabajaban con delfines. Estos animales muestran tanto placer por actuar en público, incluso por crear nuevos números, que parece obvio que hay en ello algún componente emocional complejo. Visité Marine World Africa USA, cerca de Berkeley (California), para entrevistarme con Diana Reiss, destacada especialista en delfines. Me enseñó “sus” cuatro delfines, que se encontraban en una piscina espaciosa y la estaban mirando claramente, observando sus movimientos, ansiando que se metiera en el agua y jugara con ellos. Se lo pregunté a Diana. Dijo que sí, que comían, se apareaban, que estaban físicamente sanos y disfrutaban con los juegos que ella inventaba con el fin de investigar su conducta. Asentí con la cabeza. Pero, ¿era suficiente para considerarlo felicidad? Recordé lo que George Adamson, el marido de Joy Adamson, que se había hecho famosa con su libro Nacida libre, decía en su autobiografía. “Un león no es un león si sólo tiene libertad para comer, dormir y copular. Merece ser libre para cazar y escoger su propia presa; para buscar y encontrar a su propia compañera; para luchar por su territorio y retenerlo; y para morir donde nació: en la Naturaleza. Debería tener los mismos derechos que nosotros”.
Pensando que los expertos que trabajaban con animales y los estudian tal vez me ofrecerían en persona observaciones que serían reacios a incluir en un artículo científico, pedí a otros renombrados estudiosos del comportamiento de los delfines que me contasen sus experiencias con las emociones que expresaban dichos animales. Me encontré con que no querían hacer conjeturas ni tan sólo observaciones. Uno de ellos dijo: “No sé qué significa ‘emociones’”. Otro me dijo que preguntase a sus alumnas de la universidad, con lo cual dio a entender que su dignidad científica (¿o masculina?) no le permitía ocuparse de semejantes cosas.

MOMENTOS CON DUENDE
Lo que estos estudiosos decían contrastaba con lo que hacían. Uno abrazó a su magnífico delfín n un momento claramente emocional, al menos para el investigador. El otro no encontraba el momento de irse a casa por la noche, de tanto apego como les había tomado a los que él llamaba sus “sujetos. Las alumnas universitarias me contaron muchas historias sobre el afecto mutuo entre investigadores y delfines, incluso de algunos delfines que vivían en libertad. Cuesta creer que estos científicos expresaran sentimientos intensos a seres a los que sinceramente considerasen incapaces de experimentar sentimientos y de corresponder a ellos.
En todo caso, ¿cómo puede saber alguien que un animal no siente nada si nunca se ha investigado la cuestión? Si antes no se ha estudiado el asunto, sacar la conclusión de que el animal no tiene sentimientos o no puede sentir equivale a basarse en un prejuicio, en una parcialidad muy poco científica, en nombre de la ciencia. No es éste el único campo en que los científicos se aferran a un dogmatismo que no tiene nada de científico. 
En busca de información sobre cómo los adiestradores trabajaban con las emociones de los animales que trabajaban en sus espectáculos, me dirigí al director de relaciones públicas de Sea World, en San Diego. Me dijo sin rodeos que estaba en contra de la idea de que los animales sentían emociones y que no permitiría que el nombre de Sea World apareciese relacionado con mis investigación porque ésta “olía a antropomorfismo”. No es extraño, pues, que viera con asombro que a la orca y a los delfines de Sea World les enseñaban a saludar, dar la mano y salpicar con agua a los espectadores. Les habían enseñado a comportarse como personas¼ Más exactamente, como personas a las que habían doblegado y convertido en esclavos graciosos al servicio de la explotación comercial.
Todavía hoy la psicología comparada analiza la conducta y los estados físicos que se observan en los animales, así como las explicaciones de su existencia basadas en la evolución, pero no quiere ocuparse de los estados mentales que forman parte inextricable de dicha conducta. Al examinar tales estados, se concentra la atención en el conocimiento y no en las emociones. Una disciplina más reciente, la etología, que es el estudio científico del comportamiento de los animales e insiste en hacer distinciones entre las especies, también busca explicaciones funcionales y causales en vez de emocionales. Las explicaciones causales se centran en teorías de la “causalidad última” (el animal se aparea porque esto aumenta la buena marcha de la reproducción) en lugar de la “causalidad inmediata”, es decir, el animal se aparea porque se ha enamorado. Aunque las dos explicaciones no se excluyen mutuamente (una de las figuras más conocidas de la etología, Konrad Lorenz, dijo que los animales se enamoran, se desmoralizan o lloran la muerte de otros), esta ciencia ha continuado tratando las emociones como algo que no es merecedor de atención científica.

CRUELES EXPERIMENTACIONES
Con el advenimiento de los estudios de animales en el laboratorio, especialmente durante el decenio de 1960, el mundo de los sentimientos de los animales quedó más distanciado. Este distanciamiento favoreció a los científicos que llevan a cabo experimentaciones dolorosos con animales y creen que éstos no sienten dolor ni sufren, o al menos que su dolor es muy diferente del que padecen los seres humanos y, por tanto, no es necesario tenerlo en cuenta al idear experimentos. Los intereses profesionales y económicos en la continuación de los experimentos con animales contribuyen a explicar, por lo menos en parte, el rechazo de la idea de que los animales tienen una vida emocional compleja y son capaces de sentir no dolor, sino también emociones superior como amor, compasión, altruismo, decepción y nostalgia. Reconocer tal posibilidad supone ciertas obligaciones morales. Si los chimpancés pueden padecer soledad y angustia mental, es obvio que está mal usarlos para experimentos en los cuales están aislados y prevén que sufrirán dolor cada día. Como mínimo, esto plantea una cuestión para un debate serio¼ un debate que apenas ha comenzado.
Parte de la labor más innovadora que hoy se hace con animales tiene que ver con el uso del lenguaje, la conciencia propia y otras capacidades cognitivas, por lo que la ceguera voluntaria de la ciencia ante el mundo de las emociones de los animales parece a punto de desmoronarse. Los tentadores temas de la cognición y la conciencia son a la vez más fáciles de someter a prueba y más respetables que el de las emociones. La inteligencia es en verdad fascinante, pero un animal, al igual que un ser humano, no necesita ser inteligente para experimentar sentimientos. Los datos que tenemos sobre las emociones de los animales no son fruto de trabajos de laboratorio, sino de estudios hechos sobre el terreno. Algunos de los más apreciados entre los actuales estudiosos de los animales, de Jane Goodall a Frans de Waal, de vez en cuando desafían a la ortodoxia y desde la eminente posición que ocupan en su campo utilizan palabras como "“mor"”y "“ufrimiento"”al hablar de los animales. Sin embargo, estos aspectos de su labor virtualmente se pasan por alto y, desde el punto de vista profesional, para los científicos menos acreditados utilizar tales términos sigue siendo un riesgo.
Pero hay señales de cambios significativos. Recientemente, Sue Savage-Rumbaugh, científica del Yerkes Primate Center en Atlanta (Georgia), escribió lo siguiente en el prefacio de su libro Ape Language: “Si se mira más allá de su cara, cuya forma es ligeramente distinta, es posible leer las emociones de los monos con tanta facilidad y exactitud como se leen las emociones y los sentimientos de los seres humanos. Hay pocos sentimientos que los monos no compartan con nosotros, exceptuando quizás el odio dirigido contra uno mismo. No cabe duda de que sienten y expresan euforia, dicha, culpa, remordimiento, desdén, incredulidad, temor reverencial, tristeza, asombro, ternura, lealtad, cólera, desconfianza y amor. Tal vez algún día podremos demostrar la existencia de tales emociones en un nivel neurológico. Hasta entonces, sólo los que viven e interactúan con monos tan de cerca como con miembros de su propia especie podrán comprender la inmensa profundidad de las semejanzas entre la conducta del mono y la del hombre”.

UNA VIDA EMOCIONAL COMPLEJA
En Cuando lloran los elefantes, trato de mostrar la existencia de una vida emocional compleja en toda clase de animales. Aunque muchos científicos han creído que los animales a los que observaban experimentaban emociones, pocos han escrito sobre ello. Por esto mi coautura y yo hemos examinado gran número de escritos científicos en busca de las pruebas no reconocidas. He hecho uso de una larga lista de testigos experimentados, en particular científicos que han estudiado animales salvajes sobre el terreno. He utilizado principalmente obras de científicos reconocidos, con el fin de que incluso los escépticos vean que las pruebas proceden de una gran variedad de estudios meticulosos de animales en entornos diferentes.
Estos estudios de campo demuestran lo que la mayoría de los profanos en la materia han creído siempre: que los animales aman y sufren, lloran y ríen; que su corazón se alza con la esperanza y cae con el desánimo. SE sienten solos, se enamoran, sufren decepciones o sienten curiosidad; miran atrás con nostalgia y prevén la felicidad futura. Sencillamente sienten.
Nadie que haya vivido con un animal lo negaría. Pero negarlo es justamente lo que hacen muchos científicos y por esta razón me he ocupado de sus preocupaciones más detalladamente de lo que sería necesario en el caso de una persona normal y corriente. “Es obvio”, dice el propietario de un animal de compañía. “Es una pretensión enorme”, señala el científico. 
Muchos científicos han evitado pensar en los sentimientos de los animales porque han temido (con razón) que les acusaran de antropomorfismo. Por esto he examinado detenidamente este asunto. Si es posible descartar el antropomorfismo tachándolo de falsa crítica, el estudio de las emociones de los animales puede efectuarse sobre una base científica, liberado de falsos temores.
También he procurado examinar de modo objetivo los argumentos de la biología evolutiva y preguntar cuándo ayudan a explicar las vidas emocionales reales que muestran los animales y cuándo se usan para rechazar la realidad.
Puede que se lleve usted una sorpresa al leer los ejemplos de inesperada conducta emocional en algunos animales: un elefante que tiene un ratón por animal de compañía; un chimpancé que espera el regreso de su cría muerta; un oso que se extasía al contemplar una puesta de sol; búfalos que patinan sobre hielo; un loro que habla en serio; un delfín que inventa sus propios juegos¼ y en todos estos casos hay científicos que se niegan a reconocer lo que probablemente a usted le parecerá obvio.

OPCIONES MORALES
En la conclusión hablaré de algunas de las opciones morales que son fruto de una comprensión correcta de las emociones de los animales. Habremos visto animales que sienten cólera, miedo, amor, dicha, vergüenza, compasión y soledad en una medida que sólo se encuentra en las novelas y las fábulas. Tal vez esto afectará no sólo lo que piensa de los animales, sino también su forma de tratarlos. Cuanto más obvio me resultaba que los animales experimentan sentimientos profundos, mayor era mi indignación al pensar en cualquier tipo de experimentos con animales. ¿Podemos justificar estos experimentos cuando sabemos lo que sienten los animales al sufrir tales torturas? ¿Es posible seguir comiendo animales cuando sabemos cómo sufren? Nos sentimos horrorizados al leer, incluso en una novela, sobre personas que matan a otras con el fin de vender partes de sus cuerpos. Pero todos los días se matan elefantes para conseguir sus colmillos, rinocerontes para obtener sus cuerpos o gorilas para hacerse con sus manos. Mi esperanza es que a medida que la gente vaya dándose cuenta de que estos animales son seres que sienten, resulte cada vez más difícil justificar estos actos tan crueles.

Jeffrey Moussaieff Masson, Half Moon Bay, abril de 1995


Despiece
UN LIBRO EMOCIONANTE
LA SABIDURÍA NATURAL

Jeffrey M. Masson y Susan McCarthy son los autores de Cuando lloran los elefantes. Editado por Ed. Martínez Roca, la obra es un fascinante compendio de todo tipo de experiencias de científicos o no en el campo de las emociones animales. Nada más y nada menos que 350 páginas de un sinfín de emociones animales capaces de conmover incluso al más escéptico.


 

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Mar, 1 de Mar, 2005 5:43 am

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Etología Cuando lloran los elefantes Fecha de publicación: 1-1-2005 Revista: The Ecologist para España y Latinoamérica Jeffrey M. Masson y Susan McCarthy...
anouk sickler
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1 de Mar, 2005
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Avanzado

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