CURRO & ROMPESUEÑOS
Curro vive tranquilo, no tiene prisa por nada. Se tumba cada día a tomar el sol en mitad de la plaza. Toda su ocupación consiste en sentarse cerca de los comensales del restaurante donde vive y esperar tranquilamente a que alguien le dé un trozo de comida. No acepta cualquier cosa, no crean, él también tiene sus propios gustos culinarios. Está rollizo, cuidado, y nadie le increpa ni molesta en su apacible existencia. Curro es un perro bien considerado que vive en la plaza mayor de la localidad vallisoletana de Tordesillas, el mismo lugar donde cada septiembre cientos de ciudadanos acorralan y hostigan a un toro hasta conseguir clavarle varias lanzas, algunas de las cuales llegan a atravesar su cuerpo de lado a lado. Por suerte para Curro, él es un perro, el amigo de la familia al que seguro todos aprecian. Son los mismos que después, en un acto de extrema violencia, persiguen al toro hasta matarlo. Ironías de la vida. Quienes en un acto amable ofrecen a Curro parte de su comida y esbozan una sonrisa al verle sesteando en las gastadas losas de la plaza, festejan el linchamiento del bóvido. Este escenario refleja, una vez más, la viva estampa de la discriminación que hacemos de los animales en función de su especie. Si Curro fuera toro, su vida sería radicalmente distinta. Tras apartarlo de los suyos, de la apacible dehesa (su único hogar hasta ese momento), y después de un tormentoso viaje, acabaría en un lugar para él desconocido. El desconcierto, el miedo y el terror harían que perdiera unas cuantas docenas de kilos, para finalmente terminar en medio de una horda de exaltados mozos (ignoro si también mozas) que no pararían hasta horadar su cuerpo con lanzas. Intentaría huir, enloquecido de miedo, aunque nada haría cambiar el transcurso de la sangrienta tradición. Pero Curro, como nosotros los humanos, hemos tenido mucha suerte por no haber nacido toros. A Rompesueños, en cambio, le espera un doloroso final.
Hace poco leí la reflexión de un conocido director de cine sobre el trato que damos a los animales, y en su comentario final acababa con un significativo “ya nos hemos divertido bastante”. Falta que los ciudadanos y ciudadanas de Tordesillas y con ellos todos los poderes públicos de la zona sepan ver en Rompesueños la imagen de Curro, la estampa de cualquiera de nosotros. Como falta también la sensibilidad y una mínima dosis de empatía del propio alcalde, para que, como profesional de la educación que es, transmita a todos sus convecinos valores de respeto y solidaridad, de la misma manera que seguro lo hace ante otras realidades sociales. No vivo en Tordesillas, pero me gusta la arquitectura local, su calor que todo lo envuelve, ese cielo de un azul intenso desconocido por mi tierra, y sobre todo el sosiego de un pueblo grande de Castilla. A pesar de ello, no sería capaz de dejar la educación de mis hijos e hijas en manos de alguien que no respeta la vida de los demás por la peregrina razón de que ésta no es humana. No me parece decente. Nada puede justificar la sangría publica de un ser con las mismas terminaciones nerviosas que yo misma. No intenten engañarnos disfrazando su insensibilidad con los trasnochados conceptos de la tradición, el arte y la cultura. Ya no sirve.
Sí, el toro sufre. Tanto como lo haría cualquier habitante de Tordesillas si le insertaran lanzas en sus costados. Hagan ustedes el paralelismo histórico que quieran, lo dejo a su criterio.
Que los que este año van a torturar hasta la muerte a Rompesueños oigan una vez más lo que tantas veces se ha repetido: tengan compasión, pónganse en su lugar intentando sentir el padecimiento del toro y, por favor, no permitan que sus hijos e hijas crezcan rodeados de tanta violencia. Quizás un día se topen de bruces con una de esas incómodas preguntas que nos reservan los niños. Tal vez sean los suyos propios quienes, mientras acarician a Curro, les pregunten por qué le hacen eso a Rompesueños.
Mariasun Heras
ATEA
ATEA
Asociación para un Trato Ético con los Animales
1 de septiembre de 2006