CUANDO LLEGÓ a casa apenas tenía un mes y era una cosa chiquitita. Con sus orejitas, sus patitas y sus ganas de morder y arañarte cuando jugaba. Porque, al nada de llegar, esa gatita pequeñita se convirtió en el juguete de toda la familia. No dejaba de corretear por toda la casa y te ponías a mirar cómo se abalanzaba sobre tus zapatillas, que habías dejado en la cocina. Lo cierto es que se te pasaba el tiempo viéndola hacer sus gracias. Hasta el perro, aunque al principio no parecía hacerle mucha gracia la presencia de la nueva habitante, no tardó, sin embargo, en dejar de refunfuñarle y en encariñarse con ella. No protestaba cuando le mordía una oreja, lo arañaba o simplemente se le colgaba del rabo. Y hasta le cedía su sitio para dormir.
No tardó en hacerse con su sitio en la casa, se buscó su rincón en una silla en la cocina al lado del fuego y te ponía mala cara si la sacabas de allí cuando dormía su siesta en esas lluviosas tardes de invierno.
Aunque parezca mentira, llegas a encariñarte con estos animales, hasta tal punto que acaban haciéndose su propio sitio dentro de la familia. Tal es la compañía que proporcionan que, aunque no haya nadie más en casa, no te sientes solo si están ellos. Son los primeros en darte los buenos días cuando te levantas por la mañana temprano y los primeros en recibirte cuando llegas a casa.
Aunque lleven poco más de dos años, ya han dejado un montón de anécdotas que contar, ya han sido retratados en algunas fotografías y ya te han hecho reír y enfadarte unas cuantas veces. Supongo que por todas esas cosas es inevitable tomarles cariño y sentirse un poco triste cuando uno de ellos se muere. Será por eso que a veces te sobrecogen el corazón las imágenes televisivas del maltrato de animales, peleas de perros o cualquier otra salvajada por el estilo por cuenta de algún bestia insensible.