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SOBREVIVE 18 HORAS EN ALTA MAR - RESCATE MILAGROSO EN EL MAR

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      ORGANIZACIÓN RESCATE HUMBOLDT / SAR / VENEZUELA
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      Información para los niños y jóvenes sobre sismos, inundaciones, huracanes,
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      TITULARES: SOBREVIVE 18 HORAS EN ALTA MAR - RESCATE MILAGROSO EN EL MAR


      Domingo 11 de abril de 2004.- Panamá.- Luego de 18 horas de flotar a la
      deriva en aguas de la costa de Florida, Estados Unidos, Miguel Ernesto
      Corcó, panameño de 55 años de edad, fue rescatado por el yate Pegasus 25
      millas al norte del lugar de donde zarpó.

      Ana Matilde Icaza

      aicaza@...

      Corcó cayó en alta mar, sin salvavidas, y su bote siguió rumbo con el piloto
      automático.


      Fue rescatado por la tripulación del yate Pegasus a las 9:00 a.m. Cuando lo
      sacaban del agua pensó que lo confundirían con un cubano, “así que empecé a
      hablar en inglés”... Y así se identificó ante el capitán del yate.


      Después de todo lo que pasó Corcó confiesa. “Físicamente me siento bien”.
      ¿Emocionalmente? “No acepto el hecho de que amistades y familia son solo
      amistades y familia. Si te puedo decir que te quiero y te puedo abrazar, lo
      haré”.


      Corcó asegura que no le queda ningún miedo o frustración con el mar, aunque
      aprendió una gran lección: no estar en un bote solo, y sin salvavidas.


      En esta entrevista exclusiva, Corcó cuenta cada detalle de su tragedia y
      cómo hoy “ha vuelto a nacer”.

      RESCATE MILAGROSO EN EL MAR

      ‘Cuando sentí que estaba cerca de la muerte conversé con mis parientes;
      también hablaba con Dios. Lo más importante era la paz interna que sentí’

      Ana Matilde Icaza

      aicaza@...

      Eran las 2:00 de la tarde del viernes 2 de abril del 2004 cuando Miguel
      Ernesto Corcó zarpó solo en su bote.


      Estaba en Islamorada, en Los Cayos, Florida, y se disponía a dar un paseo.
      Jamás se esperó que un día soleado y un mar lato en su horizonte le
      cambiarían la vida.


      Se dirigía hacia el este en su Boston Whaler de 28 pies cuando un mar
      calmado y un cielo azul lo sedujeron para que soltara las cañas y se diera a
      la suerte con la pesca.


      Por cuestiones del azar encontró en su bote dos cañas y dos anzuelos, equipo
      suficiente para emprender la travesía.


      Estando a 10 millas náuticas de la costa se encontró una alfombra de algas;
      allí bajó la velocidad.


      Se había puesto un salvavidas especial para el frío, ya que soplaba algo de
      brisa —la temperatura ambiental estaba a 21ºC y la del agua a 23ºC—. Pero,
      mientras armaba las cañas, le dio calor y se lo quitó.


      Como integrante, desde hace dos años, del Servicio de Guardacostas auxiliar
      (en reserva) de Estados Unidos y con un bote equipado con todo lo necesario
      para sobrevivir hasta la peor de las tormentas, este marino no tenía nada
      que temer. Tiró sus cañas al agua y a esperar.


      De repente, el panel de control emitió una alerta que le indicó que uno de
      los dos motores —de 225 caballos— tenía solo 0.3 galones de aceite, lo que
      no le permitiría regresar. Apagó el motor izquierdo, colocó el barco en
      piloto automático a una velocidad de 3 nudos (mil 500 revoluciones) y se
      dirigió a la parte trasera del bote, a echarle aceite al motor.


      Segundos de pánico


      Al tratar de llenar el tanque con aceite se le derramó; tomó un trapo para
      limpiarlo, pero estaba mojado. Al levantarse para buscar otro trapo, el
      exceso de aceite le hizo resbalar. Rápidamente se agarró del riel pero sus
      manos también estaban llenas de aceite.


      Miguel Ernesto cayó al mar, mientras su bote se alejaba hacia el este.


      “Aquí estaba yo, a las 2:30 de la tarde, a 10 millas náuticas de la costa
      —donde no se ve tierra, solo agua—”, relató vía telefónica, desde su hogar
      en Miami.


      Miguel Ernesto Corcó se encontraba en medio de la nada, con 400 pies de
      profundidad, y según cuenta sólo vestía un par de blue jeans —que se quitó
      para perder peso—, una camiseta polo roja, un par de anteojos y una gorra
      azul.


      De pronto, le pasó cerca la línea de pescar que estaba en el agua. Se sujetó
      a ella pensando utilizarla como soga, pero las probabilidades de terminar
      enredado en 200 pies de hilo sin cuchillo para cortar, eran altas, así que
      la dejó ir.


      Frente a su realidad, su primera reacción fue de pánico. Luego vino la
      rabia. “Eres un estúpido... ¡cómo dejaste que esto pasara!”, se dijo.


      Al correr el tiempo y verse rodeado de horizontes cubiertos por agua,
      “acepté mi realidad: me iba a morir”, cuenta.


      Vio dos salidas: o se ahogaba o se moría de hipotermia, pero la muerte era
      inevitable. Sabía que no lo empezarían a buscar sino hasta el anochecer,
      cuando su esposa, Ann, con quien lleva más de 20 años casado, se preocupara,
      y ya para ese entonces visualizarlo sería muy difícil.


      La larga espera


      Miguel Ernesto decidió nadar en dirección contraria a su viaje, utilizando
      el sol como guía.


      Al dar las primeras dos brazadas quedó extenuado y decidió no gastar sus
      energías. Se colocó de espaldas hacia su destino y con un movimiento leve de
      los brazos emprendió rumbo.


      Como a las 4:30 p.m. vio que se le venía encima un barco mediano, lleno de
      contenedores. “Nadé rápido para que no me chupara, pero lo más cerca posible
      para que me vieran”, relata, aunque todo fue en vano; el barco siguió su
      rumbo.


      El oleaje empezaba a subir y el viento soplaba —según datos del servicio de
      guardacostas— a 20 nudos. Al ver el sol caer, se despidió de su último
      atardecer.


      Vio entonces unos cuantos helicópteros, pero demasiado lejos. Sabía que
      estarían buscando un bote y no a una persona. “Una cabeza en el mar no la
      encuentra nadie”, pensó.


      También salieron unos falcon jets; tampoco lo vieron.


      Al caer la noche, una luna casi llena le alumbró como un foco y pudo ver un
      barco que se dirigía al este. Pero su plan era viajar al oeste y decidió
      desatenderlo.


      “Cuando sentí que estaba cerca de la muerte”, relata Corcó, “conversé con
      mis parientes que han muerto. Mandaba mensajes telepáticos a mis seres
      queridos, tratando de despedirme. También hablaba con Dios, le preguntaba
      ¿cómo sería? ¿Si me iba a doler, si iba a tragar mucha agua o me quedaría
      dormido?”.


      Para Miguel Ernesto, lo más impactante fue la paz interna que sintió. “Te
      das cuenta de que todos nos vamos a morir y es sólo cuestión de cuándo y
      cómo”.


      Esto lo entretenía del temor. Para él, era mejor rezar a estar pensando en
      la tintorera que lo podía morder. Aunque sí lo picaron varias aguamalas,
      nunca se enfrentó a mayor peligro. Buscó donde apoyarse. Pero nunca encontró
      nada.


      Luchando para no rendirse


      Esperó a que saliera nuevamente el sol. “Un par de veces me dio por guindar
      los guantes... pero cuando el agua me llegaba a los ojos decía que todavía
      no”.


      Cada vez que una ola se llevaba su gorra, entraba en desesperación. Sabía
      que esta le ayudaba a mantenerse en calor.


      Cuando el sol salió, miró su reloj para saber la hora, pero no veía nada.
      “El agua salada me había hinchado los ojos y estaba ciego”, recuerda. Ahora
      sólo dependía de sus oídos, así que tomó la determinación de darle 12 horas
      a los guardacostas para que lo rescataran.


      Como a las 9:00 a.m. vio la imagen nublada de un yate que cruzaba a unos 100
      pies de él.


      “Cogí el sombrero, empecé a hacer señales y a gritar”. El barco ya había
      pasado de largo....pero repentinamente bajó las revoluciones... “Volteo a
      mirar, y este monstruo de 70 pies venía hacia mí”.


      “Pegasus”, que en la mitología griega representa el caballo blanco de
      Poseidón, rey del mar, es el nombre del barco que rescató a Miguel Ernesto.


      Cuando al capitán le avisaron que había un hombre en el mar, pensó que era
      un chiste. Para su sorpresa, se equivocó.


      De regreso al hogar


      Luego de 18 horas sin comer, tomar algo o apoyarse de nada, Miguel Ernesto
      Corcó abrazó a su esposa; ella no pudo decir nada. Ni siquiera imaginaba lo
      que había vivido su esposo.


      Por el momento no se sabe nada de su lancha “Scooby Doo 3”. Miguel Ernesto
      piensa que quizás la encuentren en alguna isla de las Bahamas, ya que le
      quedaban 100 galones de gasolina cuando la abandonó.


      Después de esta experiencia Corcó dijo que “cuando llegué a la costa, hice
      la promesa de que todas las mañanas abrazaría a mis dos hijos y a mi esposa
      y les diría cuánto los quiero... ellos fueron los que me mantuvieron vivo”.


      El rescate

      A Miguel Corcó, panameño retirado que ha trabajado para Merryl Lynch en San
      Diego, Puerto Rico, Nueva York y Panamá, lo rescataron a 25 millas hacia el
      norte de donde había caído (a 10 millas náuticas de Islamorada). La
      corriente de 5 nudos y el viento de 20 lo habían arrastrado hacia esa
      ubicación.


      Lo llevaron al hospital tan pronto pisó tierra. Hoy ya está en su casa, con
      sus hijos y su esposa.


      Sus ojos siguen hinchados, pero se está recuperando.

      VER FOTO ANEXA
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      CASO SAR EN PROGRESO
      (Informaciones y datos preliminares obtenidos, los mismos se encuentran en
      proceso de verificar, confirmar o descartar).


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