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MANUEL DE GORINA - NAVEGANDO CON WALREY

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    * * La historia de Manuel , el chamán de Gorina (tel 0221 471 5988 ) ( Historia real verificada por Walrey ) En La Plata
    Mensaje 1 de 1 , 26 feb 2012
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    La historia de Manuel, el chamán de Gorina (tel  0221 471 5988 )

    ( Historia real verificada por Walrey )


    En La Plata no hay quien no haya escuchado hablar de él. Agazapadas en cada ochava de la ciudad de las diagonales se puede uno cruzar con las miles de leyendas que repasan cómo su ayuda revirtió los finales más dramáticos, o atrajo simplemente la buena fortuna en el amor o el trabajo de quien lo visitó. Los que osan contarlas, claro, asumen el riesgo de ser tomados por locos. Creer o reventar. “Recupera a tu pareja para siempre”. “Parapsicólogo 2x1 consulte amor, salud, trabajo”. “Todo lo que necesitás saber en una lectura de tarot”. Manuel, de 50 años, en sus veinte años de trabajo jamás recurrió a publicar un clasificado similar en ningún periódico, pero sin embargo es visitado por entre 200 y 500 personas diarias, tanto de la capital provincial como de otras provincias y países alejados.Manuel no cobra un peso en retribución. Acepta, a voluntad, donaciones de alimentos, ropa, objetos y hasta dinero, que el que quiera puede colocar en la alcancía de madera con forma de casita que se encuentra en el hall de espera, cerrada con candado. Manuel tampoco quiere dar ninguna entrevista. “No me gusta la prensa porque la información que uno da, el periodista la puede transmitir tanto para bien como para mal”, explica ese martes entre los ruegos de la cronista por obtener un sí como respuesta. 

    CONTRASTES. La mañana del miércoles recién comienza pero calle 7 ya está cortada. Una señora se resbala perdiendo el equilibrio y cae despatarrada en medio del asfalto; los peatones miran de reojo y apresuran su marcha mientras los autos runrunean esperando para acelerar segundos antes de que el semáforo les dé luz verde. El ruido de las máquinas trabajando en un edificio en construcción se funden con el de los bocinazos que los conductores propinan hacia los colectivos, que atascan las calles internas de la ciudad porque deben virar su recorrido para abrirse paso. 
    Cinco kilómetros más allá de la furia del centro, en Gorina, la rutina sigue rodando, pero avanza a otro ritmo. El olor del pasto recién cortado perfuma su contradictorio paisaje: caserones prolijos, mansiones lujosas adentro de un country, y humildes casillas de chapa, todas, desperdigadas entre sus manzanas. La heterogeneidad de su fisonomía urbana se condice con la de los visitantes deManuel: congregados en la descuidada galería que oficia de sala de espera, hay pobres, ricos, gente de clase media, famosos, profesionales, hombres, mujeres, ancianos, adolescentes, creyentes y hasta escépticos. 
    Un cartel escrito con tiza ofrece choripanes de oferta. Unos metros más allá la angosta y asfaltada calle 138 se bifurca hacia una diagonal de tierra. De un lado, chiquitos descalzos merodean por entre la fila de precarias casillas. Del otro, los gallos picotean la basura que cubre el piso de un terreno baldío. Al fondo, una cuadra más allá de la derruida casa en la que atiende Manuel, se vislumbra una fábrica textil abandonada, en la que hoy viven siete familias enteras que se salvan de la intemperie. “Mientras está atendiendo Manuel en el barrio no pasa nada, después no sé”, dice Mabel, una de sus fieles visitantes. Ante la sola mención de Manuel, su rostro se enciende. “Él ayuda a todo el barrio, reparte entre los vecinos la mercadería que le traen los que vienen a atenderse”, cuenta, y abre la duda: “Si no estuviera él no sé qué haría la gente de acá”. 

    AMIGO. “Vengo a verlo hace cinco años. Manuel te ayuda, no hace milagros. Uno hace amistad, él se convierte en un amigo. En temas de salud, si te vas de acá con alguien en el Hospital, es seguro que ese día le van a dar el alta. Es 100% efectivo. Si no puede ayudarte también te lo dice”, asegura Elsa, una señora de cuarenta y largos teñida de rubia con agua oxigenada. Vino a hacer su visita y de paso trajo a una amiga que nunca había venido. “¿Cómo lo conocí? Me lo recomendaron. Mi hijo tenía en ese momento un soplo en el corazón, ya lo estábamos por operar. Le traje todos los estudios y él enseguida me dijo que no tenía nada. Hoy tiene quince y está más sano que cualquiera. Desde esa vez lo vengo a ver siempre, y hasta ahora no me falló nunca”, cuenta. 
    Para Elsa, Manuel “es lo mejorcito de La Plata. Mirá que yo fui a muchos que dicen cualquier boludez y te cobran. Fui a un parapsicólogo allá por 555 al fondo que me cobró 50 pesos. También dicen que hay uno en Berisso, de nombre Don Antonio. Manuel no cobra, vive de lo que la gente le agradece. Tengas o no plata, todos tienen los mismos derechos. Él te agarra las manos y sabe a qué venís, no le tenés que decir nada. Si no creés también te lo dice él. Tenemos la suerte de que nos puede ayudar, tiene ese don, que es indefinible. Esto es como un vicio, lo ves y te da paz, y una vez que te atendió, te vas contento”. 
    Manuel llega a bordo de una ostentosa camioneta gris todo terreno pasadas las 6 de la mañana. “No vas a pensar mal y creer que esa camioneta se la compró él. No… esa se la regaló Verón, cuando él le curó una lesión. Él no tiene nada”, apunta María. Y baja Manuel, estatura baja, morocho y de pelo lacio hasta los hombros peinado con raya al medio, remera blanca, pantalón de jean, zapatillas grises con cámara de aire. Estaciona y enfila con paso rengo atravesando la puerta de madera de pino agujereada, ingresando a la descuidada galería de espera para poner manos a la obra a la atención de los cientos de visitantes que ya tienen su número en mano. En la espera las diferencias sociales y etarias parecieran no tenerse en cuenta. Las miradas que se cruzan los que aguardan su turno son entre cómplices y animosas. Algunos están parados, otros sentados en las sillas plásticas, de metal, banquetas y tablones de madera que están dispuestas contra las mugrientas y extensas cuatro paredes del lugar. Se prenden los dos ventiladores y hacen temblequear las telarañas que cuelgan del techo como guirnaldas. En un rincón del salón se asoman bolsas de consorcio llenas de basura y diarios viejos. En la pared del fondo, de ladrillo a la vista, descansan aberturas y puertas sueltas, de distintos materiales. 
    ¿Sanador? ¿Chamán? ¿Brujo? ¿Vidente? Manuel no cuadra con ningún estereotipo y sus poderes son un misterio en el que anidan las más diversas hipótesis. “Buen día Manuel”, “Volví”, “Hola Manuel”, lo saludan cuando lo ven entrar. Imprime en el aire un leve halo de respeto pero está muy lejos de recibir reverencias o persignaciones. Un hombre de pantalón azul y chomba con el logo de cocodrilo se acerca y le da un beso. También una mujer de vestido negro, tacos y pelo planchado. Manuel, jugando con una bandita elástica entre sus dedos, va hasta la cocina, de donde sale uno de sus ayudantes para depositar una estructura ovalada de metal en el medio del salón. Después, trae a un loro para posar en el caño angosto que atraviesa a la estructura. 

    MANOLO. “Al loro lo pone ahí para absorber las malas energías, para limpiar un poco el ambiente”, afirma un hombre casi pelado, de bigotes y ojos claros, que espera sentado con el número 234 doblado en una mano y la otra palma abierta apoyada en la pierna de su mujer, a su lado. “Hoy hay poca gente, hay días en que esto es un hormiguero. A mí Manuel me solucionó un montón de cosas. Hace 14 años que vengo. Nos salvó de mil cosas, de operaciones, él no te deja hablar, te dice lo que te pasa y no le erra”, explica mientras niega con su cabeza. Preguntarle cómo lo define es meterlo en un terrible brete. Duda, piensa por larguísimos segundos con su mirada puesta en el piso de cemento repleto de huellas de gallo dibujadas, entorna sus ojos, hasta que suelta: “Para mí es un amigo que nos da una mano, lo recomendamos, sobre todo cuando, con el correr de los años, conocemos más casos de gente a la que ayuda. Y su mayor diferencia es que no te pide nada a cambio”. 

    -Manolo rompe el hielo, socializa con la gente que espera, nada más que eso- dice Manuel sobre el loro, y luego ofrece un mate dulce. En la cocina también están María, Joel, Tamara y Bebu, chicos de entre 16 y 24 que trabajan ahí; una atiende el teléfono, otra da los números, Joel está como encargado y Bebu de remisero, trayendo y llevando gente. Hay una reproducción de La última Cena colgada, y una foto grande del hijito de Manuel vestido con el uniforme de un club de futbol y la pelota bajo su pie derecho. Las preguntas se disparan llenas de curiosidad y encuentran un interlocutor de pocas palabras. 
    -¿Siempre tuvo este don? 
    -Desde los ocho años, que vivía en Tucumán. Yo hablaba con los muertos. De a poco fui entendiendo cosas que no entendía. Todo cuesta. 
    -¿Cómo definiría lo que hace? 
    -Yo ayudo espiritualmente. Me sale nato. No estudié nada. Me sale del corazón. Es mi deber. 
    -¿Por qué cosas vienen a verlo? 
    -Enfermedades, cosas del corazón. 
    -¿Qué pasa si percibe algo feo? 
    -Si no los puedo ayudar o si veo algo feo también se los digo. La vida es así. Con la verdad se sale al frente. Yo hablo con la verdad. 
    -¿Cómo es la dinámica cuando atiende a alguien? 
    -Yo no pregunto, digo. Si preguntara, tendría que estar tres horas con cada uno. Después deduzco. 
    -¿Qué hacé cuando no estás atendiendo? 
    -Soy una persona normal. Me gusta jugar al fútbol. 
    Manuel se levanta de la silla y dice que se tiene que ir a atender, dando por concluido el escueto mano a mano. Sale de la cocina hacia la sala de espera y se mete en el pequeño cuarto de al lado, que tiene una puerta de chapa blanca. 

    El PIBE DE LA BIBLIA. Ingrid lo conoce desde que era chiquita. Su papá tenía una cancha de fútbol en el barrio y Manuel era habitué. Dice que era un chico normal pero que siempre andaba con la Biblia bajo el brazo. Esta vez, lo vino a ver porque la ve mal a su hija, una adolescente de no más de 14 años que está sentada a su lado. “A él no le gusta hablar de lo suyo”, asegura. Mientras tanto, la gente va ingresando por número al cuartito en el que los recibe Manuel, que cierra la puerta ni bien entran. Durante el vaivén se alcanzan a divisar adentro infinidad de estatuillas de Cristo y vírgenes colgadas en las paredes. Y dos sillas en el centro. No transcurren más de tres minutos cuando Manuel abre nuevamente la puerta y los despide. Casi todos salen con una sonrisa dibujada en el rostro, mirando al frente. Que pase el que sigue. 
    Cristina salió de hablar con Manuel hace pocos minutos. “Salgo relajada, me gustaría quedarme más tiempo hablando con él, es un amigo”, dice. Ella quedó impresionada cuando, años atrás, vino con una amiga. “Sin que yo le diga nada me preguntó si quería que me saque a mi marido de encima o que lo cure. Opté por lo segundo y desde ese día mi marido no me pegó nunca más ni tuvimos ningún problema. Me cambió la vida”, dice hoy. De la misma forma, trajo a muchas de sus amigas, aunque “hay una que no le cree, la traje y no tuvo piel, él le dijo que no le creía y es así”. 
    Para Gastón, de 19 años, que espera ser atendido de pie apoyado contra una pared en un rincón,Manuel “es un tipo que te ayuda a creer, no sé cómo. Lo conocí siete u ocho años atrás, me trajo una prima, yo estaba en un momento familiar crítico y después de que vine, todo mejoró. Entrás y te dice cómo sos, qué estás haciendo bien o mal, no sé cómo sabe tanto”. Gastón vive en Arana. Estudia para ser ingeniero agrónomo. Se levantó a las 4 de la mañana para llegar a Gorina a las 6. Viene todos los meses. También tiene un amigo que le dice cosas “así, como Manuel, él tiene ganas de venir, es creer o reventar, pero después de que pasan las cosas te das cuenta que tenían razón”. 

    ESTUDIANTES. Manuel atiende todos los días de la semana, salvo jueves y feriados, de 6 a 15. A María, Joel, Tamara y Bebu les encanta trabajar ahí. “Es lindo laburo, la gente te trata con respeto”, cuentan. Ellos lo consideran un curandero. “A nosotros nos ayuda a full”, señala Bebu. Y enumera que como visitantes fueron desde famosos hasta dirigentes del Club Estudiantes y personas que viajaron especialmente desde Australia. “La gente que no puede esperar, los discapacitados, los nenes, tienen prioridad, siempre los atiende primero”, explica Tamara mientras reparte números a las personas que siguen llegando ininterrumpidamente y luego se sientan en alguno de los asientos. “Lo peor que me puede pasar es que se quejen porque alguno se coló y entró antes de lo que le tocaba, pero más de eso no pasa”. 
    “Yo antes trabajaba en un pool, y como Manuel conoce a mi familia desde chiquita, porque somos del barrio, les propuso que me venga a trabajar acá. Y la verdad que estoy tranqui. Al principio sentía que la energía de acá me cansaba, pero después me acostumbré. Además, Manuel nos ayuda con mercadería, o con lo que necesitemos”, relata María desde atrás del mostrador apostado en el primer cuarto, adonde atiende el kiosco en el que se venden golosinas, bebidas, velas, sahumerios, estatuillas religiosas. Arriba de uno de los tres freezers que hay en el cuarto, descansa una caja llena de pequeños libritos que se venden a 15 pesos, titulados Manuel. El discípulo abnegado. “Ese es un libro que habla de Manuel, lo escribió una señora que venía acá”. 
    Desde el año pasado que Manuel va a la cancha con el Club Estudiantes en todos los partidos, sea de local o visitante. A Verón, cuenta María, Manuel lo atiende en su casa. “Y cuando salió campeón la última vez, Verón le agradeció a Manuel ante los micrófonos”, apunta. 
    De repente, María rememora el peor suceso que le tocó vivir desde que trabaja ahí. Un fin de semana del año pasado, una llamada telefónica avisó a Manuel que su hermano Juan, de 35 años, se había lastimado con una pared de su casa que se había desmoronado. “Él no pensó lo peor, no se lo vio venir, pero había pasado: cuando llegó, Juan había muerto aplastado”, narra María. Manuel, entonces, suspendió su atención por un par de semanas. “No lo demostraba pero estaba muy triste”, asegura ella. El funeral de Juan, cuenta María, fue multitudinario por la cantidad de gente que se solidarizó con  Manuel y lo quiso ir a acompañar. 

    VOLVER. “Estás muy triste, sentís mucha soledad, mucha confusión”, le dice a la cronista mientras la mira a los ojos como viendo a través de su cabeza. Su compañero fotógrafo, que ya recibió también una dosis espontánea de sus visiones, le relatará luego cómo su rostro se transformaba lentamente en una mueca entre seria y de amarga sorpresa. Manuel le dice que quizás el resto se lo revelará a solas. “¿Y a vos en qué te beneficiaría que yo te de una entrevista?”, le había preguntado a la cronista el día anterior, martes, entre sus ruegos. Hasta que terminó accediendo. “No me gustan las notas, pero está bien, volvé a verme y la hacemos mañana”. 

    http://www.taringa.net/posts/noticias/10548528/Ricardo-Fort-visito-al-Equot_brujo-ManuelEquot_-de-Gorina.html

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    EN GORINA

    La fábrica abandonada donde viven más de 160 familias 

    La histórica Textil es ahora un barrio que tiene comedores comunitarios y hasta un curandero que recibe 500 visitas por día
    Por FACUNDO BAÑEZ

    A principios de los 80, casi quince años después de que sus galpones y maquinarias dejaran de funcionar, la vieja fábrica textil de Gorina era una mole de hormigón que se alzaba en medio de un descampado que comenzaba en 138 y 481 y se perdía en calles de tierra sin nombre ni número. Sus instalaciones, despobladas y gigantes, eran fuente de todo tipo de historias. Muchos decían que por las noches aún se sentían los motores de las enconadoras de hilo como si nunca hubiesen parado, y había quienes aseguraban que en las madrugadas solitarias se podían oír los gritos de los obreros muertos que había dejado la desmenuzadora de algodón. Todos en Gorina tenían una historia sobre la fábrica abandonada. Los chicos del barrio solían visitarla a escondidas y los más grandes alertaban sobre los peligros de recorrer un edificio desolado y misterioso cuyas paredes parecían siempre a punto de caer. Hoy, 42 años después de que la histórica fábrica Andes Textiles e Hilados cerrara para siempre, el lugar es un barrio donde viven más de 160 familias. En lo que eran los galpones de producción se levantaron casillas y hasta almacenes, y en las usinas que antes generaban energía funcionan ahora comedores infantiles que reciben a cientos de chicos y madres todos los días.

    "Parece mentira cómo cambió todo", dice Lucho Gieser, vecino de Gorina y referente por excelencia de toda esa zona. Lucho ya pasó los sesenta y no sólo nació y llegó a vivir en la fábrica cuando aún había producción, sino que, fiel al legado paterno, fue uno de sus obreros hasta el último día de actividad.

    Era usinista y trabajaba doce horas por día. Su padre lo había hecho antes que él y todavía recuerda el sector donde se crió. "Ahí, justo donde eran las oficinas", dice, pero señala algo que lejos está de parecerse a su recuerdo: es un corredor donde las viejas paredes de la textil ya casi no se ven y lo que predominan son decenas de casillas con paredes de chapa ondulante y oxidada.

    "Antes había funcionado un laboratorio muy importante -cuenta Lucho-, que era propiedad de Guzmán Sansona y José Ferrari. Donde ahora están las casillas se juntaba a la yeguada y se les retenía la orina. Esa orina, todavía me acuerdo, se exportaba a Estados Unidos para producir medicamentos".

    HABIA UNA VEZ

    Corría el año 1923 cuando se decidió la construcción de un ferrocarril provincial que uniera La Plata con Avellaneda. Una de las estaciones por las que pasaría el tren eran las tierras que pertenecían a Joaquín Gorina, quien las cedió a los responsables del emprendimiento con la condición de que la obra llevara su nombre. El 2 de junio comenzó a funcionar la estación y años más tarde, cuando Gorina ya era un páramo habitado por unas pocas familias, se eligió unos terrenos llamados haras "El Argentino" para construir los enormes galpones de un laboratorio industrial. Se lo llamó Estrona y funcionó hasta 1940. Luego las instalaciones fueron alquiladas por la fábrica Armour y más tarde, en la década del 50, albergaron a la fábrica textil.

    "Era la tejeduría -recuerda Lucho-. Todos los que vivíamos en Gorina trabajábamos en la tejeduría. Muchos de los vecinos más viejos nos criamos en estos galpones. Había un movimiento increíble. Cientos de obreros. Pero eso fue hasta el año 68, cuando cerró. A partir de ahí quedaron sólo dos familias y después todo se vino abajo. Hubo saqueos y no quedó nada. Recién a mediados de los 80 se volvió a poblar, pero muy de a poco. En los 90 se fue haciendo el barrio y comenzaron a abrirse los comedores infantiles. De la fábrica sólo quedaron los galpones y las viejas usinas".

    En una de esas usinas funciona desde hace un mes un comedor atendido por Leonor y Norma Luna, dos hermanas que viven en la fábrica desde hace quince años y que, por su cuenta y sin la ayuda de nadie, decidieron darle de comer a los chicos del lugar. "Vienen casi cincuenta por día", cuenta
      Norma. Es curioso y casi una metáfora de la crisis lo que pasa en ese cuartito de vieja fabrica devenido en comedor: allí Norma alimenta a los nietos de los que alguna vez fueron los obreros de la textil. "Parece mentira pero es así -dice ella, sonriente y campechana-. Los abuelos de estos nenitos tuvieron más suerte: acá había trabajo y nadie necesitaba que le dieran comida. Ahora la historia es otra. Tuvimos que abrir el comedor porque los chicos tienen hambre".

    Cerca de esa usina, o de ese comedor surgido de sus cenizas, vive Miguel Luna desde hace siete años y habla de la fábrica como lo que es: un barrio con problemas. "El mayor drama son las calles -explica-. Están poceadas y cuando llueve se hace un barrial. Acá adentro los remises no quieren entrar y
      tampoco las ambulancias porque se hacen pelota. Yo me críe en Gorina y me acuerdo de los cuentos que había sobre la fábrica abandonada. Pero ahora hay que entender que esto es otra cosa. Es un barrio. Y tenemos necesidades como cualquier otro barrio humilde".

    MANUEL, EL CURANDERO

    Cerca de lo que alguna vez supo ser el acceso principal a la fábrica, todavía perduran las dependencias que usaban los obreros en los años sesenta. En ese lugar, a unos metros de una improvisada canchita de tierra, vive el personaje más famoso de la fábrica abandonada: Manuel, el curandero de Gorina. Por su casa llegan a pasar casi 500 personas por día, y sus trabajos son tan conocidos en la región que, según cuentan, atraen hasta la atención de famosos futbolistas del medio local y nacional.

    Lejos de buscar publicidad, pidiendo no ser fotografiado y en un tono sereno, Manuel cuenta que lo suyo en realidad es difícil de explicar. "Es un don que tengo de chiquito -dice-. Ya viene de familia. Mi abuela tenía el mismo don. ¿Si cobro por los trabajos? No, la plata no me interesa. Hago sanaciones porque me sale del alma. Aunque por supuesto que no todo tiene cura. Hay cosas que son irreversibles. Y cuando las veo lo digo. No me gusta crear falsas ilusiones en la gente. Por fiero que sea lo que uno ve, hay que decirlo. Con eso no doy vueltas. Al pan pan, y al vino vino".

    Las historias que rodean a la figura de Manuel son infinitas, casi tantas como las que alguna vez, hace ya varios años, supieron contribuir a la mitología fantasmal de la vieja fábrica. Se dice que un futbolista famoso le regaló una camioneta en agradecimiento a una lesión curada. Se cuenta también que acompañó a varios planteles de fútbol y que presenció charlas técnicas adentro de vestuarios. Manuel cuenta esas vivencias pero prefiere no hacerlas públicas. "No me gusta la publicidad -se excusa-. Fijate que hace poco me ocurrió una tragedia y no llamé a ningún medio para que viniera".

    Es cierto: hace apenas diez días Manuel tuvo que afrontar uno de los momentos más difíciles de su vida: la muerte de Juan Ramón, su hermano. Vivía
      con él y las paredes desgastadas de la fábrica le quitaron la vida. "Se le vino abajo esa pared -dice, y señala una montaña de escombros de lo que alguna vez supo ser una dependencia administrativa del viejo laboratorio-. Cuando lo vi ya estaba destrozado. Tenía todos los pulmones pinchados y supe que no había nada que hacer. Es así. Es la vida. Ahora le estoy haciendo un santuario acá mismo, junto a mi casa. Hace veinte años que vivo en la fábrica y es el lugar donde quiero seguir estando".

    EN LOS GALPONES

    Al cruzar lo que era la antigua entrada de la fábrica, pasando el viejo complejo de oficinas que conserva intacto su techo de teja francesa, aparecen como gigantescos fantasmas de hormigón los galpones donde funcionaban las máquinas que desmenuzaban el algodón. Hoy ese lugar es un laberinto de sombras donde la luz del día apenas se filtra. Y donde alguna vez supieron estar las maquinarias, se levantan casillas de chapa y madera que se dividen entre sí por un alambrado recubierto de lonas. Cada casilla tiene su espacio propio. Hay colchones a la vista de todos, perros que van de aquí para allá y muebles que se comparten. Por momentos parece un refugio de trincheras, oscuro y húmedo. Es un barrio cerrado, pero pobre.

    "Acá estoy bien, lo único que me falta es una cocinita". Quien lo dice es Rosa, que vive con su marido en la fábrica desde hace veinte años. Rosa tiene sonrisa fácil pero mirada dura. Le gusta posar para las fotos y dice que la vida en la fábrica es tranquila. "Una ya está acostumbrada -cuenta-. Esta es mi casa. Estos galpones son mi barrio".

    Mientras ella habla, Lucho recorre los antiguos talleres y parece que se estuviera viendo cuando era obrero. La memoria le dicta los recuerdos con precisión: "Acá se enconaba el hilo", apunta, y otra vez lo que señala parece no coincidir con el pasado: es un galpón ennegrecido por la humedad donde lo único que hay son baratijas: televisores rotos, changuitos vacíos y sin rueditas, neumáticos quemados, latas, cartones.

    "Las enconadoras funcionaban justo en este lugar", sigue él, como si en realidad fuera una memoria la que estuviese viéndolo todo. Se queda un instante callado y parece pensar algo. Suspira profundo y entonces lo vuelve a largar con pena y resignación: "Parece mentira cómo cambió todo". Tiene razón. En Gorina ya nadie habla de historias fantasmagóricas sobre la fábrica abandonada. Dejaron de existir los cuentos de aparecidos o de gritos lejanos que salían de esos galpones en medio de la noche. Ahora las historias son otras. Familias enteras que viven como pueden y vecinos que abren comedores en viejas usinas para matar el hambre. Son historias simples y reales. Se pueden ver. Tal vez por eso, dicen, asusten un poco más.
     

     

     
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