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Discurso completo de Rosa Rotenberg en el Acto de IOM HASHOA

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  • Aida Ender
    * * Autoridades presentes, compañeros, amigos. Sras y Sres En esta semana de recordación del Holocausto también se cumple un nuevo aniversario del
    Mensaje 1 de 1 , 14 abr 2010

      Autoridades presentes, compañeros, amigos. Sras y Sres

      En esta semana de recordación del Holocausto también se cumple un nuevo aniversario del Levantamiento del Ghetto de Varsovia. Esta resistencia armada, que culminó el 19 de abril de 1943 como respuesta a la última gran deportación, debe constituir un símbolo de la lucha contra la tiranía para toda la humanidad.

      El Ghetto de Varsovia se estableció en octubre de 1940 y fue el más grande de la Europa ocupada por los alemanes. Albergó a casi 400.000 personas, entre los judíos de Varsovia y los miles de refugiados que llegaban forzados desde zonas aledañas. Esto provocó hacinamiento y epidemias, hambre y miseria y en poco tiempo su población se encontró en situaciones límites para sobrevivir.

      Yo nací en ese Ghetto. Nací en junio del  41, en medio de la desesperanza de mis padres que veían poco probable mi supervivencia en las condiciones imperantes.

      Imagino vuestra sorpresa al ser presentada como sobreviviente cuando subí a este escenario. Pues sí, soy sobreviviente, de hecho soy una de los pocos sobrevivientes bebé del Ghetto de Varsovia. Quizás la única en Argentina.

      He sobrevivido milagrosamente. Fui sacada del Ghetto a los 6 meses de edad, en la misma época en que tenía lugar la Conferencia de Wannsee, en enero de 1942, cuando los líderes nazis decidieron la famosa “solución final”, es decir exterminar a todos los Judíos de Europa.

      Pasé clandestinamente hacia el lado ario, el de la salvación, el lado en el que quizás tendría la oportunidad de seguir viviendo. Pasé camuflada dentro de una bolsa que llevaba al hombro uno de los tantos trabajadores que salían diariamente del Ghetto para cumplir con las tareas designadas por los alemanes. Mi familia se había impuesto esta misión y la prepararon durante meses, previendo que mi vida estaba en peligro: las órdenes de Hitler eran muy precisas respecto de los niños. Los niños éramos la semilla de la continuidad del pueblo judío y teníamos vedado seguir con vida. Los alemanes se encargaban de ello si es que lográbamos superar el hambre, frío y las enfermedades.

      Gracias a una cadena humana fui depositada en un lugar seguro que me cobijó hasta el final de la guerra. Mis padres desconocían este paradero y a la mayor parte de las personas involucradas en este periplo. Mi escondite fue un convento de monjas católicas, que funcionaba como orfanato. Se trataba de la casa del Cura Boduena.

      Sobreviví. Desnutrida, llagada y enferma, pero estoy viva y puedo estar hoy aquí con Uds. Mis salvadores fueron personas de buena voluntad y elevado sentido humanitario. Lástima que hubo tan pocos de ellos en esta guerra inédita e irracional.

      Salvaron mi vida, pero además y por suerte, también me salvé de muchas situaciones aberrantes y macabras que eran habituales durante los violentos enfrentamientos y deportaciones.

      *me salvé de que me arrancaran de los brazos de mi madre, si me descubrían, y dieran fin a mi corta vida de cualquiera de las perversas formas empleadas por los nazis: arrojarme por una ventana, liquidarme con un tiro de gracia o simplemente estrellarme contra una pared para no gastar una bala en forma innecesaria.

      *me salvé de una muerte segura si recibía el culetazo de un revolver o fusil dentro de mi bolso salvador, mientras franqueaba la puerta del Ghetto.

      *me salvé de que tuvieran que ahogarme para acallar mi llanto dentro de los Bunkers cuando estos eran acechados por los nazis durante la resistencia.

      *me salvé de ser gaseada o terminar en un horno crematorio de haber permanecido con mis padres hasta el penoso traslado en los trenes.   

      En resumen, fui cuidada con amor hasta la decidida y desgarradora separación de mis padres. Pero no me salvé de las cicatrices que dejaron los males padecidos durante mis primeros años de existencia.

      *No me salvé de sorber lágrimas amargas durante mi infancia, al ser arrancada de mis sucesivos hogares. Y no conocí el arrullo materno.

      *No me salvé de padecer múltiples enfermedades durante mi niñez, que fueron secuelas de epidemias y del hambre.

      *No me salvé de tener una adolescencia tormentosa plena de restricciones y prohibiciones. No podía exponerme ni arriesgar a que algo malo me sucediera por haberme salvado de la maquinaria destructiva nazi.

      *No me salvé del enorme impacto emocional que sufrí a la edad de 18 años cuando supe que mi madre biológica había perecido en el último transporte desde el Ghetto de Varsovia hacia Auschwitz.

      *Ni me salvé de la desazón que me produjo la búsqueda infructuosa de un retrato suyo. No conozco la cara de mi madre. Me hubiera gustado saber si alguno de mis hijos o nietas se le parecen o tan siquiera yo misma.

      *Y tampoco me salvé, ya adulta, de las múltiples sensaciones de persecución y desarraigo consecuentes a varias migraciones.

      Dicen que las secuelas de los grandes traumas perduran por 7 generaciones.  Y debo admitir que en mí, persisten miedos y desvelos. Entrar en pánico frente a situaciones de violencia o marchas militares y sentirme desvalida en reuniones multitudinarias es algo habitual. Es decir que, no he sido objeto de malos tratos físicos, ni fui obligada a efectuar trabajos forzados, ni estuve, felizmente, en ningún campo de exterminio como algunos de los sobrevivientes que nos acompañan hoy. Pero este es mi testimonio de sobreviviente niña que se une a los suyos, tan invalorables e imprescindibles. Ellos y nosotros, los niños de la Shoá, tenemos la obligación de contar nuestras historias para que nunca se repitan estas abominaciones.

      Somos los testigos presenciales, los documentos vivos. Difundir nuestros testimonios en forma presencial es darle un matiz palpable. Somos la prueba de lo inconcebible, pero al mismo tiempo la prueba de la potencia y fuerza de la vida. 

      Mi padre perteneció a la resistencia clandestina e intervino activamente en el Levantamiento del Ghetto de Varsovia. Salió de allí con el último convoy antes del gran incendio. Dedicó los últimos años de su vida a escribir su autobiografía donde relata sus experiencias vitales antes y durante la guerra, describe el heroísmo de la lucha dentro del Ghetto y las iniquidades junto con el trato denigratorio a los que estuvo sometido en dos campos de trabajos forzados.

      También fue un milagro que él sobreviviera y venciera al terror, hambre, enfermedades y a la muerte, que eran los elementos cotidianos tanto en el Ghetto como en los campos. Fue también milagroso que después de buscarme denodadamente, me encontrara cuando finalizó la guerra. Y aún sin olvidar hubo que reinsertarse en la vida, tratar de que esta fuera lo más normal posible. Pero seguimos lamiendo nuestras heridas.

      Creo que los términos “Convivencia en la Diversidad Cultural” es un título por demás obvio para hablar sobre algo que debiera ser natural en las relaciones humanas. Me refiero a la tolerancia y respeto hacia el otro, a poner en práctica los valores morales y culturales que son inherentes a toda convivencia respetuosa y democrática. Es lo que debemos inculcar a los jóvenes para evitar que se repitan hechos tan atroces y este constituye uno de los objetivos de Sherit Hapleitá y de Generaciones de la Shoá en Argentina. Ambas agrupaciones, de las que soy miembro, se ocupan de esta educación y también de mantener la memoria. 

      Recordar y difundir lo ocurrido en el Holocausto es un deber y también una advertencia para toda la humanidad.

      Es mi deseo honrar aquí la memoria de los asesinados y brindar un homenaje no sólo a mis padres sino a todos los sobrevivientes, a todos los perseguidos y masacrados por diferencias étnicas, ideológicas y raciales. Debemos impedir la discriminación con el fin de que estos genocidios no sigan ocurriendo. 

      Con estas breves palabras deseo honrar la vida, la justicia y sobre todo, la libertad.


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      Aida Ender
      aidaend@...
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